La omisión fundamental de la filosofía
del lenguaje
Una
de las omisiones más notables de gran parte de la filosofía del lenguaje de los
siglos XX y XXI consiste en tratar el lenguaje como si fuera independiente del
ente ontológico que lo genera.
Con frecuencia se estudian sus estructuras formales, sus relaciones semánticas
y su capacidad combinatoria, pero rara vez se examinan las condiciones
ontológicas del sujeto que hace posible su existencia.
El
lenguaje no es un sistema simbólico autónomo e ilimitado; es una capacidad
emergente de un ente ontológicamente finito. Sus posibilidades dependen necesariamente de las
estructuras biológicas, cognitivas, temporales y materiales del ser humano. La
tradición filosófica ha discutido ampliamente los límites lógicos del lenguaje
(qué puede expresarse coherentemente) y sus límites semánticos (qué puede
significarse o representarse). No obstante, ha prestado poca atención a una
cuestión previa: los límites ontológicos del propio ente simbolizador.
Si
el ser humano es un organismo finito, la capacidad simbólica que emerge de él
también debe estar sometida a condiciones finitas. La aparente infinitud del
lenguaje puede entenderse entonces como una ilusión epistemológica: El número
de combinaciones posibles es tan extraordinariamente grande que ningún
individuo puede agotarlo durante su vida. Que un sistema sea
prácticamente inagotable, no implica que sea ontológicamente infinito.
Si
el lenguaje depende de un cerebro finito, de una capacidad cognitiva finita y
de un universo físicamente finito, resulta razonable sostener que también posee
límites estructurales, aunque estos sean tan vastos que permanezcan
inaccesibles para la experiencia humana. La cuestión filosófica fundamental
deja entonces de ser únicamente qué puede decirse o significarse,
para transformarse en una pregunta más profunda:
¿Cuál es el horizonte máximo de
simbolización permitido por las condiciones ontológicas del ente humano?
El
problema del lenguaje no puede reducirse a la lógica o a la semántica; debe
incluir también una ontología del ente simbolizador.
La entropía como límite ontológico de las combinaciones simbólicas
La
segunda ley de la termodinámica introduce aquí una consideración relevante.
Todo sistema físico posee una cantidad determinada de energía, materia y
configuraciones posibles; en consecuencia, todo sistema material admite un
número finito de estados físicos, aunque dicho número pueda ser
extraordinariamente grande. El cerebro humano no constituye una excepción: como
sistema físico, debe poseer una
estructura material determinada, una capacidad energética limitada y un
conjunto definido de configuraciones neuronales posibles.
Dado
que el lenguaje emerge de esta estructura, resulta razonable preguntarse si sus
posibilidades simbólicas pueden ser realmente infinitas. La mortalidad humana
nos impide alcanzar el límite real del sistema y genera la impresión de que tal
límite no existe, pero la imposibilidad práctica de recorrer todas las
configuraciones posibles no demuestra que estas sean infinitas.
Podemos
formular entonces una hipótesis ontológica: Si el lenguaje depende de
un cerebro físicamente finito y si todo sistema físico posee un número
determinado de estados posibles, entonces el lenguaje también debe poseer un
horizonte máximo de combinaciones simbólicas, aunque dicho horizonte
permanezca inaccesible para la experiencia humana ordinaria.
Hagamos
un experimento mental que nos permita ilustrar esta idea. Si un ser humano fuese inmortal,
poseyera memoria perfecta y dispusiera de tiempo ilimitado, eventualmente
podría recorrer la totalidad de las configuraciones simbólicas permitidas por
el sistema. En ese momento descubriría que la aparente infinitud del lenguaje
era solamente una ilusión derivada de la finitud temporal de quienes lo
utilizan. La pregunta fundamental, por tanto, no es si el lenguaje parece infinito
para nosotros, sino si puede serlo ontológicamente cuando
depende de un soporte físico necesariamente finito.
¿Qué aporta esta premisa?
Se
cambian las preguntas habituales sobre el lenguaje. Pasamos de ¿Qué puede
decirse o significarse?" (preguntas tradicionales) a ¿Cuál
es el horizonte máximo de simbolización permitido por las condiciones
ontológicas del ente humano?
Esta
pregunta puede parecer trivial, pero es nueva desde la categoría del
lenguaje y supone un cambio de paradigma en el análisis:
ya no se trata de qué se dice, sino de hasta dónde puede llegar la
simbolización antes de topar con sus propios límites.
No solo eso, normalmente en la tradición lingüística encontramos preguntas como:
- ¿Cómo
adquiere significado una palabra?
- ¿Qué
relación existe entre lenguaje y mundo?
- ¿Cómo
funcionan las referencias?
- ¿Qué
puede decirse coherentemente?
- ¿Cómo
operan los juegos del lenguaje?
Introducir
este paradigma lingüístico nos hace preguntarnos algo no convencional como:
- ¿Cuál
es el límite estructural de la capacidad simbolizadora?
- ¿Puede
existir una simbolización ontológicamente infinita en un soporte finito?
- ¿Qué
consecuencias tiene la finitud biológica para la teoría del lenguaje?
Si nos remontamos a los precedentes, encontramos autores que han abordado el lenguaje desde ángulos cercanos, pero ninguno plantea el límite ontológico del lenguaje por el ente:
- Wittgenstein (tardío, Investigaciones
filosóficas) sostiene que el lenguaje está enraizado en formas de vida
humanas concretas, lo que implica condiciones de existencia finitas. Pero
su interés era el uso social, no la finitud ontológica del sustrato
físico.
- Merleau-Ponty argumenta que el lenguaje es
inseparable del cuerpo vivido. La corporalidad finita condiciona la
simbolización. Pero no plantea los límites ontológicos del lenguaje.
- Chomsky, con su gramática generativa,
sostiene que la recursividad del lenguaje produce infinitas oraciones a
partir de medios finitos. Él mismo usa la palabra "infinito"
deliberadamente. (La gramática generativa describe adecuadamente las
propiedades formales de la recursividad lingüística. Sin embargo, la
infinitud formal del modelo no implica necesariamente una infinitud
ontológica de la capacidad simbólica del organismo que lo implementa.)
“Ninguno de estos autores plantea el
límite ontológico del lenguaje por el ente”
Conclusión
El
lenguaje no es un sistema abierto que flota por encima de las condiciones
materiales de su productor. Es, antes que cualquier otra cosa, una capacidad
emergente de un ente físico, biológico y temporalmente finito. Ignorar esta
condición de origen no amplía el horizonte filosófico del lenguaje; lo
distorsiona.
La
tesis que proponemos para llenar ese vacío ontológico del lenguaje, trata
precisamente esa parte ignorada, se aborda la aparente infinitud del
lenguaje, cuando realmente es una ilusión epistemológica producida por
la desproporción entre la vastedad de sus combinaciones posibles y la brevedad
de la vida humana. Esa ilusión no constituye una propiedad ontológica del
sistema, sino una consecuencia de nuestra posición como sujetos mortales dentro
de él. Un sistema puede parecer ilimitado desde adentro y seguir siendo finito
desde afuera. Por lo que se postula una categoría de finitud ontológica del
lenguaje.
La
filosofía del lenguaje requiere, por tanto, ampliar su objeto de estudio. No
basta con analizar qué puede decirse o significarse; es necesario
preguntarse también sus condiciones, por lo tanto, desde una cosmovisión
privada. Los límites del lenguaje no son solo lógicos ni semánticos: son
también los límites del ente que lo produce. Y ese ente es, constitutivamente,
finito.
Bibliografía
Ludwig Wittgenstein — Investigaciones
filosóficas (1953)
Maurice Merleau-Ponty — Fenomenología
de la percepción (1945)
Noam
Chomsky — Estructuras sintácticas (1957)
Noam Chomsky — Aspectos de la teoría de
la sintaxis (1965)
Adrian Valencia
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