¿Qué se entiende por “daño antropológico”?

La crisis venezolana va más allá del daño moral, exigiendo reconstruir las relaciones históricas entre poder, sociedad y formación cultural.
“El ideal del dominio totalitario no es el nazi o el comunista convencido, sino
el individuo para quien la distinción entre verdad y mentira ha dejado de existir”
Hannah Arendt
Desde hace algún tiempo, entre estudiosos, analistas y académicos, críticos del régimen chavista, se ha hecho frecuente el uso de la noción de “daño antropológico” para describir las devastadoras consecuencias materiales y espirituales que más de un cuarto de siglo de destrucción institucional ha producido en Venezuela. Se trata de una expresión conceptual que posee, sin duda, una poderosa fuerza descriptiva. Permite referir con claridad el deterioro del tejido de las relaciones humanas, la pérdida de la confianza social, el imperio del miedo como última manifestación de la existencia, la tiranía de la resignación, de la esperanza y del cinismo, la sistemática degradación del lenguaje público y la erosión de las más mínimas normas de convivencia ciudadana. En síntesis, dicha noción intenta dar cuenta del profundo proceso de descomposición ético-político que ha terminado por afectar el modo de vida de los venezolanos.
No obstante, a la luz de un registro de lectura más detenido, el diagnóstico en cuestión pudiera presentar algunas insuficiencias, especialmente si se lo representa como un concepto de naturaleza abstracto-universal o, de igual modo, cuando viene a ser utilizado como una herramienta metodológica, un mecanismo interpretativo, un instrumento cognoscitivo. Porque cuando se habla de “daño antropológico” dando por supuesta la existencia de una suerte de “naturaleza” o “esencia humana” originaria venezolana, que ha sido objeto de perjuicio o corrupción ab extra -desde afuera-, por parte de la ideología chavista, el análisis termina reduciéndose a una retórica de índole doctrinaria que, por más sensible que pueda ser, poco ayuda a comprender las densidades y complejidades inherentes al fenómeno de la crisis orgánica que ha sufrido la sociedad venezolana durante los años de la hegemonía gansteril. Y algo similar ocurre con el metodologismo, porque, puesto el instrumento encima del objeto de estudio, este se modifica, tal como ocurre cuando se colocan los lentes de aumento sobre las superficies. Pero una vez que el instrumento es retirado del objeto, el problema parece quedar igual que como se hallaba al principio.
En realidad, la cuestión consiste en que la noción de “daño antropológico” suele operar sobre un presupuesto filosófico discutible: la existencia de una “naturaleza humana”, fija y estable -por no decir estática-, que ha sido gravemente lesionada por la acción deformadora de un poder político corrupto. Sin embargo, que el ser humano posea una sustancia fija e inmutable es un asunto discutible. Más bien, lo que se denomina esencia humana es el resultado del hacer histórico y social: Verum ipsum factum. El hombre no existe fuera de las relaciones concretas que conforman su vida material, espiritual, institucional y simbólica. Es por esa razón que el chavismo no puede interpretarse, exclusivamente, como un fenómeno que “dañó” moralmente al venezolano. Y es que lo que ha ocurrido en Venezuela durante estos últimos veinticinco años es un problema mucho más profundo y estructural: la transformación histórica de las formas de sociabilidad, de las mediaciones institucionales, de los mecanismos de reconocimiento, de la relación entre individuo y comunidad, entre Estado y ciudadanía, entre trabajo y sobrevivencia. No se trata únicamente de una afección del ethos, sino más bien de la Bildung, de toda la reconfiguración histórica del ser social venezolano.
La destrucción progresiva de la autonomía institucional, la subordinación de la justicia al poder político, la conversión de la dependencia económica en instrumento de dominación, la militarización de la vida civil, la normalización de la arbitrariedad, la degradación sistemática del lenguaje político, la sustitución del ciudadano por el “cliente” o el subordinado y la imposición de una cultura de sobrevivencia permanente, constituyen procesos históricos concretos que no pueden ser reducidos a simples “desviaciones” de la moralidad. En la Scienza Nuova, Vico observaba que el “cliente” era un tipo de siervo en busca de la protección de los señores. De ahí que “la clientela” no sea un accidente moral, sino una condición histórica. La humanidad no nace ni racional ni contractual -como creen los seguidores del iusnaturalismo-, sino que atraviesa formas arcaicas características del temor, la dependencia y la autoridad.
Muchas veces, el discurso opositor termina describiendo los efectos visibles de la crisis -el temor, el servilismo, la apatía, la pérdida de confianza, etc.- sin interrogar suficientemente por las condiciones materiales y espirituales que producen semejantes conductas. La tarea de la filosofía no consiste solamente en condenar la degradación de la moralidad, sino en comprender las estructuras concretas que la generan y reproducen. La filosofía exige la formulación de preguntas antes de convalidar la presuposición de respuestas: ¿qué ocurre con la subjetividad colectiva cuando la precariedad se convierte en forma cotidiana de existencia? ¿Cómo se modifica la conciencia social bajo condiciones prolongadas de dependencia servil, arbitrariedad e incertidumbre? ¿Qué sucede con el espacio público cuando el temor reemplaza la deliberación y la sobrevivencia sustituye la ciudadanía? Son preguntas que obligan a desplazar el análisis desde la denuncia deontológica hacia la reconstrucción del proceso histórico.
En este sentido, el señalamiento del chavismo no debe ser interpretado como una suerte de anomalía, una plaga sobre una sociedad medianamente próspera, sana y democrática. Esa visión, impide comprender las condiciones históricas a partir de las cuales surgió y se consolidó el chavismo. Y es que dicho fenómeno constituye, en buena medida, la exacerbación extrema de las contradicciones históricas preexistentes en la sociedad venezolana: el rentismo petrolero, el caudillismo positivista, la fragilidad republicana, el providencialismo estatal, la gelatinosidad de la sociedad civil, la escasa institucionalización democrática y la dependencia estructural respecto del Estado como distribuidor de riqueza y reconocimiento. La tragedia venezolana no se puede explicar exclusivamente bajo los términos de la lógica del entendimiento abstracto, como el simple resultado de la corrupción o de la incompetencia administrativa, aunque ambas hayan alcanzado dimensiones históricas inéditas. Más bien, lo que parece haberse producido es una alteración profunda de las formas históricas de convivencia y conciencia colectiva.
Hannah Arendt advirtió que uno de los efectos más devastadores de las formas modernas de dominación consiste en destruir el espacio común donde los individuos pueden reconocerse como ciudadanos y actuar colectivamente. Por eso mismo, la noción de “daño antropológico” corre el riesgo de producir un efecto paradójicamente contrario al que se propone. Porque si el daño en cuestión es concebido como una suerte de corrupción irreversible de la esencia humana, entonces toda posibilidad histórica de reconstrucción y superación queda oscurecida bajo una visión fatalista de un esencialismo que se traduce en el anuncio de una irremediable derrota, a pesar de que la propia experiencia venezolana demuestra lo contrario.
Es verdad que el régimen chavista ha conducido a la sociedad venezolana al borde de la desaparición, y que el terror y el saqueo han terminado provocando una inmensa pobreza material y espiritual. Sin embargo, junto con la destrucción premeditada, y sin sospecharlo, han hecho emerger nuevas formas de conciencia histórica y de resistencia social. Resurgen las protestas civiles, la persistencia de la memoria democrática, la capacidad de millones de venezolanos tejiendo vínculos de solidaridad aun en medio de la devastación, el esfuerzo de la diáspora por preservar la nación más allá del territorio y la desobediencia cotidiana de quienes se niegan a aceptar la normalización de la barbarie, revelan que la sociedad venezolana no ha sido simplemente anulada. Ninguna forma de dominación logra clausurar completa y definitivamente las posibilidades de la conciencia y los anhelos de libertad. Incluso en las condiciones más adversas, las contradicciones de la realidad producen nuevas formas de experiencia, de reflexión y de acción colectiva. Tal vez por ello, resulte adecuado repensar la noción de “daño antropológico” como resultado de una profunda crisis histórica del ser social venezolano. Una crisis cuya comprensión exige superar tanto las abstracciones esencialistas como los esquemas metodologicistas, para dedicarse a reconstruir las relaciones concretas entre poder jurídico y político, sociedad, economía y formación cultural en la Venezuela contemporánea. Solo entonces será posible comprender la magnitud de la tragedia vivida. Pero también las posibilidades históricas de su superación.
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