Liquidez y positividad: figuras del extrañamiento contemporáneo

Análisis de la modernidad líquida de Bauman y la positividad de Hegel como figuras de la enajenación y el extrañamiento en la sociedad contemporánea.
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Liquidez y positividad: figuras del extrañamiento

Reloj de arena derritiéndose sobre un bloque de piedra, ilustrando los conceptos de liquidez y positividad.
La tensión entre la fluidez del mundo moderno y las estructuras e instituciones humanas.

“Lo positivo es aquello que, siendo obra del espíritu
humano, se le enfrenta luego como un poder extraño”.
“En lo positivo, el hombre ya no se reconoce en lo que él mismo
ha puesto, y su propia obra se convierte para él en algo ajeno”.
G.W.F. Hegel

La noción de “modernidad líquida”, de Zygmunt Bauman, describe con sorprendente precisión esta fase de la sociedad contemporánea en la que las estructuras sociales, políticas y culturales en general, han perdido la solidez y estabilidad que en algún momento llegaron a tener, haciéndose flexibles, maleables, cambiantes e inciertas, tal como sucede con los cuerpos líquidos: un volumen constante sin forma fija que simplemente se adapta. A diferencia de la modernidad “sólida”, basada en instituciones duraderas (el Estado, la familia, el trabajo estable, etc.), la modernidad líquida se caracteriza por la precariedad de los vínculos, la volatilidad de las identidades, la desmedida aceleración del cambio y la primacía del consumo sobre la producción. En este contexto, el individuo queda cada vez más liberado de estructuras sólidas, pero también más expuesto a la inseguridad, a la fragmentación y al devenir de sí mismo en un mundo sin formas ni referencias estables.

La noción propuesta por Bauman ha logrado captar, con notable precisión, la experiencia cotidiana de un mundo en crisis, en el que los vínculos humanos se disuelven con pasmosa vertiginosidad, las instituciones pierden consistencia y la propia identidad se vuelve un elemento fluctuante. Todo parece deslizarse y diluirse. Nada permanece. Da la impresión de haber reivindicado el “παντα ρει” (todo fluye) de Heráclito, frente a la absoluta inmovilidad sentenciada por Parménides. Pero tal vez convenga preguntarse si la crítica de este importante fenómeno social será suficiente por sí misma como para exigir su sustitución por la añoranza de una supuesta solidez perdida. Más bien, cabe la posibilidad de que, en el fondo, se trate de una suerte de desgarramiento que, al poner de manifiesto su liquidez, se va cristalizando en el fenómeno de la positividad, ya denunciado por Hegel. Se trataría, entonces, de dos términos opuestos que son, en el fondo, correlativos, ya que forman parte de una misma complexión y de una misma formación histórica y social.

En sus escritos juveniles, Hegel desarrolló el concepto de positividad (Positivität) para designar aquello que, siendo originariamente producto de la actividad humana, se va presentando, progresivamente, como un algo otro, es decir, un ser externo, fijo, ajeno, hostil y coercitivo. Lo positivo es lo que ha sido puesto (positum), pero olvidado como tal: una creación similar a la que ocurre en el taller de El aprendiz de brujo de Goethe, en la que los objetos adquieren vida propia frente a su creador. Fenómeno que, si se examina con detenimiento, muestra cómo la liquidez descrita por Bauman constituye, en realidad, la negación abstracta de su propia positividad. Lo líquido no solo es la “materia prima” de lo positivo, sino su necesario resultado. Si la liquidez es el estado en el que las formas no logran fijarse, la positividad es el estado en el que lo líquido fija las formas. Por eso, ambas determinaciones forman los elementos constitutivos de un mismo proceso. En el primer caso, la exteriorización pone en evidencia su incapacidad para alcanzar su consolidación; en el segundo, la consolidación patentiza de tal modo su exteriorización que la obliga a poner (setzen) su estado de enajenación.

La positividad “coagula” la liquidez tanto como la liquidez “coagula” positividad. Tal como ocurre con el coágulo en el torrente sanguíneo, lo positivo interrumpe el flujo vital. Y sin embargo, ambos están hechos del mismo material. Solo cambia el estado. La positividad es, pues, negatividad encubierta: niega la libertad al presentarse como algo dado e incuestionable. La modernidad “sólida” -la de las instituciones firmes, identidades estables y normas duraderas- es positiva: un mundo de formas “puestas” que, por haber sido fijadas, contienen en sí la semilla de su disolución. Pero la liquidez, entonces, es más que una condición sociológica: es el movimiento mediante el cual lo puesto revela su contingencia. Pero esa liquidez es también positiva, porque ha sido puesta históricamente, como forma determinada del espíritu. Es negatividad abstracta, negatividad cristalizada, positiva, que se ha instalado como mundo. La positividad sólida (lo que ha sido fijado) es negativa porque reprime la libertad bajo la forma de lo dado. Por eso, la liquidez moderna es positiva, porque es la forma histórica en la que esa negación se manifiesta. Pero, al mismo tiempo, es negativa porque al carecer de forma, puede disolver las condiciones de posibilidad de la libertad efectiva. Así pues, dos momentos de la negatividad bajo diversas perspectivas: la una (la positividad) es negatividad que reprime; la otra (la liquidez) es negatividad desplegada. Pero ambas son momentos de la positividad: lo puesto como sólido (que oculta su condición); lo puesto como líquido (que exhibe su condición contingente).

A la luz de estas consideraciones, resulta insuficiente oponer a la fragilidad de las relaciones líquidas un ideal de relaciones “sólidas”, estables, normativamente garantizadas, “positivas”. Esta solución, tan promovida por ciertas corrientes de la psicología y la sociología instrumentales, no hace más que desplazar el problema sin resolverlo. Las relaciones rígidas, institucionalizadas hasta la inmovilidad, no superan la liquidez. Más bien la acaban y completan. Son su contra-cara, su “otro del otro”, su “sí mismo”. Ahí donde el vínculo se fija completamente, desaparece su carácter vivo y deviene positividad. Norma exterior, deber sin interioridad, estructura sin reconocimiento. En este punto, Bauman converge con Hegel, quizá sin proponérselo. El primero denuncia la disolución de los vínculos; el segundo, su petrificación. Pero ambas denuncias apuntan hacia un mismo fenómeno: el de la pérdida de la mediación viva de la acción ciudadana y su progresiva sustitución por la presuposición de individuos aislados.

Liquidez y positividad son, pues, figuras del extrañamiento, de la enajenación. En la primera, el sujeto no logra constituir formas duraderas de reconocimiento; en la segunda, esas formas se le imponen como algo extraño. En ambos casos, las relaciones sociales quedan desposeídas de su carácter propiamente ético. Por ello, la superación de la modernidad líquida no puede consistir en el retorno a la positividad. No se trata de solidificar (o cristalizar) lo fluido, sino de restituir la capacidad de producir formas que permanezcan vivas, formas que no se separen de la actividad sensitiva humana, de la praxis que las produce.

Solo mediante la conformación (Gebilde) de este difícil equilibrio se puede conquistar una salida a la paradoja del tiempo presente. No es endureciendo lo fluido (conservadurismo) ni disolviendo lo firme (progresismo) como se rescata el vínculo ético de la humanidad, sino reconociendo que tanto la liquidez como la positividad no solo son recíprocas, sino que por eso mismo son formas abstractas de una misma pérdida. Porque allí donde la vida no se reconoce en sus propias determinaciones, o se disuelve en un flujo sin fin o se petrifica en el umbral de la inmovilidad.

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