La herida del concepto
“El concepto es la herida que padece lo no idéntico”
T.W. Adorno
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| La filosofía como cura negativa ante la violencia de la identidad conceptual. |
Una de los enunciados más densos y, a la vez, fascinantes del pensamiento de T.W. Adorno es aquel que define la tarea principal de la filosofía como el intento de “curar las heridas que ella misma se inflige”. Esa formulación paradójica -o más bien, abiertamente dialéctica-, condensa el núcleo central de la que, tal vez, sea su obra más importante: la Dialéctica negativa. Es la conciencia de que cuando el pensamiento deviene concepto, en su afán por presentarse como conocimiento verdadero, científico y universal, necesita forzar y ejercer violencia sobre lo que pretende exhibir como absoluto, de modo que la tarea de la crítica filosófica consiste, precisamente, en no olvidar esa agresión sino en denunciar la herida abierta y curarla, dejando constancia de la violencia con la que actúa el entendimiento abstracto. Se trata de una problemática que Adorno recibe de la tradición idealista alemana, y especialmente de Hegel, pero que reformula desde una experiencia histórica radicalmente distinta: la de una sociedad mundial sometida por la cosificación, el dominio de la ratio técnica y la consecuente catástrofe de los totalitarismos. El modelo positivista de racionalidad es el campo de concentración, el Helicoide del pensamiento. La filosofía, en este contexto, ya no puede presentarse como la reconciliación alcanzada por el concepto consigo mismo sino como la crítica permanente que el pensamiento ejerce sobre sí mismo.
En su Dialéctica negativa, Adorno parte de una constatación fundamental: pensar es identificar, pero toda identificación implica una reducción. El concepto subsume lo singular bajo lo universal, tritura y compacta lo no idéntico bajo lo idéntico. Para poder ejercer su dominio, el concepto lesiona, lacera, mutila. Y esta operación, tan necesaria como vital para el predominio del entendimiento abstracto, es, a la vez, una expresión abierta y directa de la violencia dictatorial y totalitaria, porque, como dice Adorno, “el concepto es siempre menos que aquello que subsume”.
De hecho, lo que el concepto no logra captar -lo excedente, lo particular, lo irreductible- queda como un remanente o excedente: es la negatividad, lo no integrado. Y justo aquí se produce la herida: el pensamiento objetivado hiere a su objeto al forzarlo a entrar en una forma que no le cabe, que no le es plenamente adecuada. Contra la tradición metafísica teologal, que concibe esta reducción como una mediación legítima y finalmente superable, Adorno insiste en que la no-identidad no puede ser anulada sin residuo. La herida -lo que sangra- no cicatriza definitivamente. Pretender lo contrario —como ocurre en los “sistemas cerrados”— equivale a ejercer una segunda violencia: la intentio de ocultar o borrar el daño producido por el propio concepto.
En este punto, Adorno considera que la zanja abierta por Hegel todavía requiere de una mayor profundización. Para la dialéctica hegeliana, la negatividad es un momento necesario y determinante que conquista su verdad en el reconocimiento de la superación que conserva (Aufhebung). Pero con ello -sostiene Adorno- la herida del concepto queda integrada al entendimiento que se proyecta y refleja como totalidad. La razón parece haberse reconciliado consigo misma y con lo real, y el señor y el siervo parecen reconocerse. Pero la dialéctica negativa se construye explícitamente contra esta clausura reconciliadora y exige su traspaso. Adorno no rechaza la dialéctica de Hegel, pero la despoja de su ilusión afirmativa, de su inquebrantable “final feliz”. La negatividad ya no es -como lo pudo haber sido en tiempos de Hegel- un momento transitorio sino una dimensión constitutiva, inmanente, que no debe ser superada sino sostenida.
Y, en tal sentido, la filosofía ya no puede prometer curaciones plenas o definitivas. Su tarea es más modesta, aunque tal vez, más exigente: se trata de mantener vivo el punctum dollens, el recuerdo de las heridas sufridas, de cuyas cicatrices resurgen nuevas lesiones. La verdadera cura es la permanente función crítica de la autoconciencia. En una expresión, se trata de impedir que el pensamiento se tranquilice en identidades falsas. La famosa fórmula de Adorno: “pensar contra el pensamiento”, apunta exactamente a este propósito, es decir, que el concepto debe volverse contra sí mismo, reconocer sus límites, su historicidad y su complicidad con las formas de dominación. Cuando Adorno afirma que “la filosofía intenta curar las heridas que ella misma inflige”, no hace referencia a una forma de restauración armoniosa, sino a una curación negativa, sustancialmente distinta de cualquier reconciliación instrumentalmente prefigurada. La cura -The Cure- consiste, pues, en hacer consciente la violencia del concepto, en resistir ante la tentación de cerrar el sistema, en dar voz a lo no idéntico dentro del propio pensamiento.
La filosofía se convierte así en una práctica de autorrestricción reflexiva. No renuncia ni al concepto ni a la unidad —lo que sería imposible para ella—, pero renuncia a la ilusión de que el concepto y la unidad puedan agotar la realidad efectiva y la multiplicidad. Las heridas no son defectos accidentales del pensamiento sino los signos de su honestidad. Solo un pensamiento que reconoce el daño que es capaz de causar puede aspirar a una forma de verdad no ideológica, capaz de trascender el huero balbuceo de las llamadas “narrativas”. La radicalidad de Adorno reside en que esta problemática no es una cuestión epistemológica o gnoseológica. La herida del concepto refleja una fisura onto-histórica, real y efectiva: la de una sociedad organizada según el principio de “identidad y no-contradicción”, el Tertium non datur, o del intercambio equivalente y la racionalidad instrumental. La violencia conceptual es inseparable de la violencia social y política. El pensamiento que reduce lo singular a lo intercambiable reproduce, a nivel teórico, la lógica de una sociedad que reduce los individuos a funciones. Por ello, la Dialéctica negativa no es solo una crítica del conocimiento -de eso que hoy tan pomposamente se autodesigna como “epistemología”-, sino una crítica de la realidad social contemporánea. Mantener abierto el recuerdo del calvario de las heridas del pensamiento es una forma de resistencia frente a la clausura ideológica del mundo administrado.
En última instancia, la herida que la filosofía no debe ocultar es la del desconsuelo. Adorno insiste en que el sufrimiento tiene derecho a ser expresado, y que todo “juego adelantado”, toda reconciliación prematura, traiciona a las víctimas de la historia. Por eso, la filosofía asume una función ética negativa: no redimir, no justificar, no totalizar. Pensar se convierte en un acto de escepticismo antiguo y de memoria crítica, en la negativa de transformar el dolor en olvido. La Dialéctica negativa se sitúa en el punto en el que la filosofía reconoce sus fallas sin renunciar a su responsabilidad: es verdad que no puede sanar el mundo, pero puede impedir que las heridas sean maquilladas en nombre de una falsa totalidad detrás de la cual se ocultan los totalitarismos.
La imagen adorniana de la filosofía expresa una concepción profundamente contemporánea y, quizá por eso, trágica del pensamiento. El concepto hiere porque no puede no herir. La filosofía cura solo en la medida en que no oculta sus heridas, porque ellas la convierten en el principio crítico del presente. Frente a la tradición de la reconciliación y los happy ends, Adorno propone una filosofía que niega las identidades abstractas y valora el pathos y la negatividad irreductible de la realidad. En ello reside su fuerza. Su pensamiento no promete sanaciones definitivas, pero ofrece la resistencia necesaria para que las heridas no se transformen en trofeos de la ideología, en la necrópolis de la cultura.

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