Fusión de horizontes y el desgarramiento de la sociedad

Análisis filosófico de la crisis venezolana desde la hermenéutica de Gadamer y Croce. ¿Es posible el diálogo donde no hay racionalidad política?
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Fusión de horizontes y desgarramiento

“Hegel no es solo un pensador de la historia, sino el pensador de la historicidad del pensar mismo”
Hans-Georg Gadamer
“Lo que Hegel nos ha enseñado es que la verdad solo está en el devenir de la mediación”
Hans-Georg Gadamer

A mi Maestro, Giulio F. Pagallo, quien en su
condición de Director del Instituto de Filosofía de la UCV, hizo
posible que Hans-Georg Gadamer estuviese entre nosotros
y contribuyera decididamente con nuestra formación filosófica

Ilustración conceptual sobre la ruptura del diálogo, la fusión de horizontes de Gadamer y la crisis social
La ausencia de una racionalidad política compartida imposibilita una verdadera fusión de horizontes.

El concepto de “fusión de horizontes”, formulado por Hans-Georg Gadamer en Verdad y método, ha sido frecuentemente invocada como posible modelo de reconciliación en contextos de persistente polarización política. Según esta lectura -casi siempre llevada de la mano por cientistas de la política o por sociólogos-, allí donde existen posiciones enfrentadas, el reconocimiento recíproco y el diálogo permitirían ampliar la comprensión mutua, hasta alcanzar una síntesis superadora. No pocas veces, esta idea de “fusión” ha sido considerada, por lo menos, semejante a la teoría de la “acción comunicativa” propuesta por Jürgen Habermas, en la que la racionalidad comunicativa abre la posibilidad para consensos normativos mediante el intercambio argumentativo. Sin embargo, esta interpretación, aplicada sin matices al caso venezolano, incurre en una anfibología -para no decir abiertamente error- de factura fundamental.

Lo primero que conviene advertir es que la concepción hermenéutica de Gadamer no es una suerte de teoría política del consenso, sino una ontología del ser social. Su “fusión de horizontes” no describe la (re)conciliación de intereses contrapuestos, sino el proceso mediante el cual el intérprete, situado históricamente, entra en diálogo con la tradición o con otro horizonte de sentido y, en ese encuentro, termina transformando su propia perspectiva. La fusión no es la abolición de las diferencias, sino la ampliación del horizonte de comprensión propio, a partir del reconocimiento de la alteridad. Y esa alteridad debe ser, precisamente, un “horizonte de sentido”.

Fue Benedetto Croce quien, en su Lógica, formuló la diferencia presente entre la oposición y la distinción. Una diferencia, por cierto, que pareciera resultar decisiva para estos tiempos de confusión. Croce, en efecto, distingue entre la “dialéctica de términos opuestos” y la “dialéctica de términos distintos”. Los opuestos -como arriba y abajo, derecha e izquierda, libertad y autoridad, tradición y reforma- se definen mutuamente, y mantienen entre sí una relación de tensión constitutiva. Y aunque son incompatibles en su afirmación simultánea, su identidad, sin embargo, depende del otro término, de su término opuesto, pero recíproco. Por eso existe una relación dialéctica, de términos opuestos y recíprocos, es decir, correlativos, entre la Derecha y la Izquierda, porque entre estos términos existe un terreno común, necesario y determinante, sine qua non, sobre la base del cual la oposición se articula. Pero otra cosa ocurre con los términos distintos, que no forman una relación de oposición dialéctica, y que, en consecuencia, no se definen el uno por el otro. No constituyen polos de una misma estructura conceptual, son realidades heterogéneas, que no pueden sintetizarse porque no pertenecen al mismo orden. Pretender la superación de una antítesis entre términos distintos es un error categorial, una contradictio in terminis. Tratar, por ejemplo, la distinción de moral y política como si se tratara de una relación polar, de opuestos correlativos, en una aberratio. No existe dialéctica -ni en consecuencia diálogo- posible entre política y crimen. Entre estos términos solo hay distinción, no oposición. Como podrá observarse, se trata de una diferenciación que ilumina de manera realista -y si se quiere cruda- la actual crisis orgánica que padece -pathos- la sociedad venezolana.

Y en efecto, la crisis por la que atraviesa Venezuela no puede ser descrita adecuadamente como si se tratara de una confrontación entre dos proyectos políticos opuestos dentro de una misma lógica democrática. Esta ha sido la gran ficción que se ha vendido -y se ha comprado- durante, por lo menos, un cuarto de siglo. No se trata simplemente de una confrontación de la Izquierda contra la Derecha, del estatismo contra el liberalismo o de la revolución socialista contra la reforma socialdemócrata. A medida que el llamado chavismo se fue “deslizando por la alfombra” (carpet crawlwers) que conduce desde la praxis política a la criminalidad la fractura se fue haciendo más radical. Como podrá observarse, uno de los términos de la relación abandonó la lógica política en sentido estricto, sustituyéndola por prácticas gansteriles. A partir de ese momento, cambiaron el consenso por la coerción y tomaron el control -y secuestro- de toda la institucionalidad del Estado venezolano.

El ser social venezolano no puede ser caracterizado con base en las determinaciones que son constitutivas de la dialéctica de la oposición, porque se trata, más bien, de una distinción presente entre órdenes incompatibles: por un lado, una enorme mayoría de la sociedad civil que se mantiene dentro de la racionalidad constitucional y democrática; por el otro, un cartel que tomó por asalto la sociedad política y secuestró al país, renunciado a esa racionalidad y operando bajo una lógica distinta. Bajo tales condiciones, hablar de “fusión de horizontes” resulta, cuando menos, problemático.

La fusión presupone interlocutores que se reconocen como tales. Presupone, además, una comunidad lingüística mínima, un suelo compartido de significaciones y la disposición a dejarse interpelar por el otro. Allí donde una de las partes no reconoce la legitimidad del diálogo ni acepta las reglas básicas de la praxis política, la estructura hermenéutica misma se desmorona. Y sin embargo, esto no significa que la hermenéutica sea irrelevante para comprender la crisis venezolana. Por el contrario, permite esclarecer por qué, entre otras cosas, el llamado al diálogo fracasó reiterada y sistemáticamente. No fue por simple falta de voluntad, sino por ausencia de condiciones ontológicas para la adecuada comprensión recíproca. La crisis venezolana no es solo una crisis institucional o económica: es, además, una crisis del horizonte cultural compartido, una ruptura del espacio-tiempo común en el que, más bien, conviene promover un auténtico diálogo político y social.

Desde esta perspectiva, la fusión de horizontes no es una solución inmediata ni un programa normativo aplicable bajo cualquier circunstancia histórica. Es una posibilidad que exige presupuestos. Y esos presupuestos incluyen el reconocimiento mutuo como sujetos políticos y la aceptación de una lógica común de acción pública. En una expresión, para que pueda existir una auténtica fusión de horizontes entre la sociedad civil venezolana y lo que va quedando del aparato gansteril chavista, es indispensable que éste último abandone las prácticas criminales, se someta a la justicia y regrese a la política.

Solo si el término que ha abandonado la racionalidad política regresara a ella, entonces podría hablarse de una auténtica dialéctica de términos opuestos. Y solo entonces podría abrirse el espacio para una eventual fusión de horizontes que superara la escisión y comenzara a suturar las heridas dejadas por el desgarramiento. Las abstractas apelaciones al diálogo, al consenso y a la reconciliación, corre el riesgo de convertirse o en formulaciones de ingenuidad teorética o en retórica que oculta una interesada mala fe. No se trata, pues, de que la hermenéutica deba abandonarse, sino en comprender en qué consiste su uso con rigor conceptual. La fusión de horizontes no puede imponerse donde no hay horizontes comunes. No toda polarización es dialéctica. No toda confrontación es susceptible de síntesis. No pocas veces, el primer paso para comprender una crisis no consiste en hacer llamados a la reconciliación, sino en reconocer la naturaleza propia de su desgarramiento.

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