Trennung
A Venezuela, una nación desgarrada
“La conciencia de este desgarramiento es el dolor del espíritu”.
G.W.F. Hegel
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| Trennung; experiencia histórica de un mundo dividido. |
Una de las experiencias de vida más dolorosas del joven Hegel fue la creciente y amenazante aparición política, social y personal del fenómeno del desgarramiento. No se trataba de la simple formulación de una categoría sociológica o psicológica, ni de una metáfora ocasional, sino de un auténtico sino, de una determinación histórica objetiva, real y efectiva: precisamente, de la constatación de la experiencia de un mundo roto, escindido, dividido contra sí mismo, en el que las formas de vida hasta entonces conocidas iban perdiendo su unidad interior, tanto como sus determinaciones orgánicas. Hegel signó esta experiencia sufrida por la propia conciencia con un término que evoca el abismo: Trennung.
La Trennung, en efecto, designa, en los escritos juveniles de Hegel, nada menos que la condición histórica de la modernidad. No es una separación accidental, sino una fractura estructural que atraviesa las relaciones entre el individuo y la sociedad, entre la moral y la vida efectiva, entre el Estado y la sociedad civil, entre la razón y el mundo. Pensar la modernidad es, para el joven Hegel, pensar esta escisión y sus consecuencias. En este sentido, el joven Hegel no parte de una visión sistemática previamente fijada, de un presupuesto conceptual, sino de un diagnóstico histórico-cultural. La modernidad aparece como una época en la que la unidad ética (Sittlichkeit) de la vida antigua se ha disuelto. Ahí donde la polis articulaba sin fisuras la vida individual y la vida civil, el mundo moderno producía sujetos formalmente libres, pero existencialmente separados. Lejos de reconstituir la eticidad, la sociedad moderna percibe la libertad como una conquista que se obtiene pagando el precio del desgarramiento. Y quizá haya algo de razón en esa locura.
Este es, por cierto, el trasfondo del interés hegeliano por Grecia, por la religión popular y por la figura de Jesús, interpretada no desde una perspectiva religiosa sino como el símbolo de una reconciliación ética perdida. Pero tampoco se trata de una suerte de nostalgia arqueológica. Para Hegel, la cultura griega se transforma en la imagen crítica de un presente desgarrado, pero no como un modelo que necesita ser restaurado sino como un momento necesario y determinante para el propio reconocimiento en devenir, porque la escisión no se puede suprimir mediante la simplicidad mecánica del regresus, sino que debe ser pensada y superada concreta e históricamente.
Y aquí se vuelve pertinente la lectura de José María Ripalda. De hecho, en La Nación dividida, Ripalda muestra cómo la Trennung no es solo una categoría filosófica, sino una experiencia histórica y cultural concreta, vinculada a la formación del mundo moderno, a la nación y al Estado. La división -el desgarramiento- no es un accidente en el proceso histórico, sino su condición de posibilidad. La nación moderna nace escindida: entre el universalismo abstracto y los particularismos inmediatos, entre la legalidad formal del deber ser y el materialismo crudo del ser-ahí.
Esta clave hermenéutica permite comprender por qué, en el joven Hegel, la escisión no se reduce a una cuestión de oposición conceptual. Más bien, se trata de una fractura vivida, inscrita en las instituciones, en las prácticas sociales y en la conciencia de los individuos. La moral kantiana, por ejemplo, aparece como una forma elevada de Trennung: una moral del deber abstracto que separa la ley universal de la vida concreta, produciendo sujetos moralmente responsables, pero éticamente desarraigados.
La crítica de Hegel no se dirige contra la universalidad como tal, sino en contra de sus abstracciones. Cuando la universalidad no logra encarnarse como forma de vida efectiva, se convierte en principio de escisión. La ley se enfrenta a la vida, la conciencia moral al mundo, el individuo a la comunidad. El resultado no es la libertad plena sino el extrañamiento, la alienación. En este punto, la Trennung adquiere un significado decisivo para la razón histórica. La escisión no es solo algo que se constata: es algo que se produce históricamente. El mundo moderno no está dividido por la naturaleza sino por determinadas formas de organización social, política y cultural. La escisión es un resultado histórico, pero, por eso mismo, una realidad superable, transformable.
El joven Hegel comprende que no hay una superación inmediata de la escisión. Toda reconciliación que ignore la necesidad del desgarramiento es ilusoria. La unidad constitutiva de la cultura moderna no puede ser ni inmediata ni orgánica, como lo fue la antigua. Tiene que ser mediada, consciente de su propio desgarramiento. De ahí que la reconciliación no sea un retorno sino, más bien, un proceso. Esta es la idea que atraviesa los escritos juveniles de Hegel: la reconciliación solo puede lograrse a través de la historia, no en contra de ella. La Trennung es el punto de partida de una dialéctica que no busca borrar la diferencia, sino asumirla y superarla (Aufheben) en un nivel más alto de mediación. A pesar de la Ilustración, del empirismo o del positivismo, la unidad moderna no es un legado natural sino una conquista histórica, por lo cual no es algo dado sino producido.
Ripalda acierta al subrayar que esta problemática tiene una dimensión política ineludible. La nación moderna, como forma histórica, es el intento de resolver una escisión fundamental: la separación entre la universalidad del Estado y la particularidad de la vida social. Pero esta resolución es siempre inestable. La nación es, en este sentido, una figura histórica de la reconciliación fallida, constantemente amenazada por nuevas formas de división.
Desde el horizonte del historicismo filosófico, la Trennung no es una categoría negativa en sentido inmediato sino una condición de posibilidad de y para la libertad. Solo un mundo que ha sufrido la escisión puede llegar a producir sujetos libres, capaces de distanciarse críticamente de sus formas de vida precedentes. La escisión es dolorosa, sin duda. Pero es productiva. El problema no es la división en sí sino su fijación y absolutización, eso que Hegel define como la positividad.
De ahí que el joven Hegel comprenda que la tarea de la filosofía no consiste en negar la escisión, sino en hacerla inteligible. Pensar la Trennung es el primer paso hacia su superación efectiva. La filosofía no reconcilia el mundo por decreto: formula preguntas que se proponen iluminar las condiciones históricas para una reconciliación posible. En este sentido, la Trennung hegeliana conserva una actualidad inquietante: la posibilidad de vivir en sociedades formalmente integradas y materialmente fragmentadas donde la universalidad jurídica convive con profundos desgarramientos sociales, culturales y políticos. La experiencia del desgarramiento no solo no desaparece: más bien, se multiplica.
Pensar el significado de la Trennung no es, en consecuencia, un ejercicio académico sino una forma de interrogar al presente. La escisión no es un destino metafísico en sentido escolástico, pero tampoco es un problema que pueda resolverse mediante metodologías o apelaciones morales abstractas. Más bien, es un momento inmanente al hacer mismo, al compromiso y la labor histórica, un elemento constitutivo de la actividad sensitiva humana. Si la reconciliación es posible no vendrá de la supresión de las diferencias sino de su mediación consciente, a la luz de formas de vida más racionales y más justas. Ese es, quizá, el núcleo más actual del historicismo de Hegel, a saber: el haber comprendido que la humanidad (moderna) solo puede realizarse atravesando las borrascosas y turbulentas regiones de su propio desgarramiento.

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