La herida del espíritu: dolor y dialéctica en Hegel y Marx

Análisis de la negatividad y el dolor en la filosofía de Hegel y su traducción material en la alienación de Marx. El sufrimiento como motor dialéctico
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La herida del espíritu

“El espíritu es, esencialmente, el resultado de sí mismo”

G.W.F. Hegel
Ilustración conceptual del dolor en Hegel y la alienación en Marx con grieta luminosa
 La negatividad como motor de la historia: del espíritu a la materia.

En la filosofía de Hegel el dolor ocupa un lugar, sin duda, importante, aunque no llegue a adoptar la forma de una teoría explícita de los sentimientos. No es una experiencia meramente psicológica ni un estado interior privilegiado de la subjetividad, como en el caso del romanticismo, sino una figura de la negatividad que atraviesa el movimiento del espíritu. El dolor es la vivencia concreta de la Trennung: la experiencia sensible de la contradicción entre lo que es y lo que debe llegar a ser. Y es por eso que, en Hegel, el dolor no es un accidente del o en el proceso histórico, sino uno de sus momentos necesarios y determinantes, aunque no sea su verdad última.

Como ya se ha sugerido, esta concepción se distancia radicalmente de la sensibilidad romántica. Para el romanticismo, el dolor tiende a absolutizarse como experiencia interior, como marca de autenticidad o como refugio de una subjetividad herida frente a un mundo hostil. Una actitud que en la Fenomenología del espíritu recibe el nombre de la conciencia desventurada o el subjetivismo piadoso. Pero para Hegel, por el contrario, el dolor no ennoblece por sí mismo ni confiere verdad alguna. Su sentido no reside en la intensidad de la vivencia, sino en su función mediadora dentro del proceso de formación (Bildung) del espíritu. El dolor no es un valor sino un síntoma.

En la Fenomenología del espíritu, el movimiento del saber avanza únicamente en la medida en que la conciencia se enfrenta a la negatividad de sus propias certezas. Hegel insiste en que el espíritu no progresa evitando el desgarramiento, sino confrontándolo y atravesándolo. En un célebre pasaje fenomenológico afirma que “la vida del espíritu no es la que huye de la muerte y se mantiene pura de la devastación, sino la que soporta la muerte y se conserva en ella”: “Das Leben des Geistes ist nicht das Leben, das sich vor dem Tode scheut und von der Verwüstung rein bewahrt, sondern das ihn erträgt und sich in ihm erhält”.

El dolor es, precisamente, la forma vivida de ese “soportar”. Es la experiencia de la pérdida de sentido inmediato, de la quiebra de una forma de conciencia que ya no puede sostenerse. De allí que Hegel hable del “trabajo de lo negativo” (die Arbeit des Negativen), una expresión con la que designa al proceso mediante el cual el espíritu se forma atravesando la experiencia de la negación: “Este trabajo de lo negativo es la fuerza motriz del sí mismo”.

Por cierto, el momento en el que esta experiencia se vuelve más explícita es en el de la conciencia desdichada. Allí, el sujeto se vive desgarrado entre un ideal absoluto y su existencia finita, entre lo que reconoce como verdadero y lo que efectivamente es. El dolor surge, justamente, de esa escisión. Pero Hegel es enfático: esta figura no representa una reconciliación, sino una forma histórica de alienación espiritual. La conciencia desdichada sufre porque aún no ha encontrado la mediación que le permita superar la separación entre el sí mismo y el mundo.

Y en este punto se hace visible una tesis central: el dolor no es la verdad del espíritu sino el signo de que la verdad aún no ha sido alcanzada. Allí donde el romanticismo tiende a sacralizar la herida, Hegel ve una tarea inconclusa. El sufrimiento señala un límite, una insuficiencia, el agotamiento de una figura histórica de la vida espiritual. Por eso, el dolor es index de su historicidad, ya que muestra que una forma de vida ha dejado de ser racional. Esta idea se articula con otra tesis decisiva para Hegel: “Lo verdadero es el todo” (“Das Wahre ist das Ganze”).

El dolor es parte constitutiva del proceso, pero no es el resultado. Es el precio necesario de la mediación, no su culminación. No hay reconciliación inmediata ni superación sin la fuerza de lo negativo. El espíritu sólo se reconcilia consigo mismo después de haber atravesado el desgarramiento. Pero esa reconciliación no consiste en aceptar sin más el dolor, sino en superarlo (Aufheben) mediante una forma superior de libertad.

Es justo aquí donde Hegel traza su criterio de demarcación con el romanticismo. Mientras éste convierte el dolor en una suerte de capital moral o estético, Hegel lo concibe como un momento esencial, pero que debe ser superado. El sufrimiento que no se eleva al concepto deviene enfermedad que queda atrapada en la inmediatez que se repite sin producir libertad. Sólo cuando lo negativo es comprendido y superado deviene praxis fecunda.

Este planteamiento abre el camino hacia una lectura, en clave histórica, que será radicalizada por el joven Marx. En los Manuscritos económico-filosóficos, de 1844, Marx retoma críticamente la herencia hegeliana y traduce la negatividad espiritual en términos histórico-concretos bajo el concepto de alienación (Entfremdung). El dolor ya no aparece sólo como un movimiento de la experiencia de la conciencia, sino como una vivencia concreta de una realidad social escindida.

Marx describe cómo el trabajador se ve separado del producto de su trabajo, de su propia actividad, de su esencia genérica y de los otros hombres. Esa separación no es meramente objetiva: se vive como sufrimiento. El trabajo alienado produce una existencia desgarrada, en la que el sujeto no se reconoce en el mundo que produce. El dolor deja de ser un problema interior para revelarse como síntoma de una contradicción histórica objetiva. En este punto, la afinidad con Hegel se hace evidente, aunque también su ruptura. Ahí donde Hegel sitúa el dolor en el proceso de formación del espíritu, Marx lo reinscribe en las “condiciones materiales de existencia”. Y sin embargo, ambos pensadores coinciden en algo esencial: el sufrimiento no es un destino ontológicamente abstracto ni una prueba moral, sino el efecto de una forma de vida históricamente no reconciliada. Y es, precisamente por eso, que puede ser superado mediante la transformación de las condiciones que lo generan.

Desde esta perspectiva, el dolor no es algo que deba ser celebrado ni interiorizado, sino comprendido como núcleo de la negatividad histórica. En Hegel, esa negatividad impulsa el movimiento del concepto; en Marx, la crítica radical de la sociedad existente. En ambos, el dolor señala la ausencia de libertad y, al hacerlo, abre la posibilidad de su superación práctica. Pensar el dolor, dialécticamente, implica una exigencia ética y política. No se trata de justificar retrospectivamente el sufrimiento, sino de negarse a sacralizarlo. La reconciliación —en el caso Hegel— y la emancipación —en el de Marx— no consiste en soportar indefinidamente la herida, sino en producir un mundo en el que esa herida pueda cerrarse y dejar de sangrar.

En tiempos en los que el dolor vuelve a ser estetizado o privatizado, recuperar esta lección resulta urgente. El dolor es real, pero no es sagrado. Es la huella de una contradicción histórica que exige ser conservada y superada simultáneamente, a un tiempo. Esa es, quizá, la enseñanza más profunda que une a Hegel con Marx: el sufrimiento sólo encuentra su verdad cuando deja de ser un fin y se convierte en un impulso hacia la libertad. Decía Adorno que “la filosofía consiste en el esfuerzo del concepto por curar las heridas que necesariamente inflige el propio concepto”. Así también con el espíritu, toda vez que el pensamiento hiere y cura a la vez. Sin duda, este dolor y esta vergüenza pasarán, a condición de que su recuerdo nunca jamás sea olvidado.

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