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2 de agosto de 2018



Colapso.

Artículo enviado para su publicación por el Autor

Colapso por @JRHerreraucv

Un colapso es el síndrome que sufre un determinado objeto, sea este natural o social, a causa de una incapacidad orgánica o insuficiencia sistémica. La palabra proviene del latín collapsus, que significa “caída completa”. El colapso de un paciente gravemente enfermo anuncia la inminencia de su muerte, tanto como el colapso de la economía de una sociedad y, por supuesto, el de un determinado régimen político y social o, incluso, el colapso del espíritu de toda una nación. Lo que se contiene en lo mínimo se contiene lo máximo, afirmaba un hereje impenitente que atendía al nombre de Giordano Bruno. Pero, más allá de toda herejía: Non coerceri maximo, contineri minimo, divinum est, reza el epígrafe que Friedrich Hölderlin colocara en el pórtico de su Hiperión, citando el conocido epitafio dedicado a San Ignacio: “Divino es no estar constreñido por lo máximo y estar limitado por lo mínimo”. En todo caso, las malformaciones generadas en nombre de los más sagrados principios no se resuelven ni con el auxilio del puro entendimiento reflexivo ni, mucho menos, del puro deseo.

Colapso.

“Ya no queda nada que perder…Y hay todo un mundo que ganar”

Karl Marx



Venezuela, hace tiempo, dejó de ser una nación en el estricto sentido republicano para devenir una tiranía gansteril. El tránsito del derrocamiento de la dictadura hacia la consolidación de la democracia fue alevosa y premeditadamente invertido desde La Habana. El resultado fue el tránsito desde la democracia hacia la consolidación de la dictadura. Muerto el tirano, el país quedó en manos de un “Directorio”, movido por las peores pasiones, muy tristes e inevitablemente ignaras: el odio, el resentimiento, la sed de venganza y las ansias de la camarilla por mantenerse en el poder “como sea”. Los portadores de los “valores revolucionarios”, señalan in der praktischen cuatro puntos cardinales. Son muy simples: por el Norte, el rentismo populista y el neolenguaje; por el Sur, la heteronomía y el analfabetismo funcional; por el Este, el facilismo y el culto a la mediocridad; y, por el Oeste, la siembra de la corrupción del ser y de la conciencia. Todos coinciden en una única consecuencia “lógica”, a la que ellos mismos han catalogado como “el quinto punto cardinal”, que tal vez no se sepa bien en qué dirección apunta, porque quizá apunte en todas y cada una de las posibles direcciones del infierno: se trata del colapso absoluto que, después de estos veinte largos e insufribles años de controles, derroches, desfalcos, y saqueos, de atropellos y humillaciones tortuosas, barbáricas y despóticas, finalmente se ha hecho “concreto”: empobrecidos como nunca antes en la historia, extrañados de toda condición humana y reducidos a entes de instintos básicos –comer, reproducirse y guarnecerse–, sometidos y cada vez más dependientes de la Matrix roja, de un “registro y control”, de una numeración, de una cifra más, a la que llaman “carnet de la patria”, como único modo de obtener algún alimento, algún servicio básico, algún modo de sobrevivencia, aunque sea mínimo, para poder morigerar las urgentes y crecientes necesidades. Es la dependencia llevada a los extremos de la atrocidad. El país convertido en un campo de concentración. Los opresores de un lado, los oprimidos del otro: la boliburguesía –y sus bolichicos– aplastando a los cyber-fámulos. Tecnología en barbarie ritornata, en suprema “síntesis dialéctica”, según el santo grial del diamat. Mayor fascismo imposible.

El país ha colapsado por completo. Pasó de “la gran Venezuela” a la “Venezuela (im)potencia”, de la nación civilista al asalto militarista, de las virtudes de Vargas a las osadías de Carujo. Los “controles” económicos, comunicacionales, sociales y políticos resultaron ser el acta de defunción de una de las naciones potencialmente más ricas, pujantes, capaces, educadas y libres de Latinoamérica. Secuestrado por una montonera de facinerosos de capuchas reales y virtuales, víctima del llamado “síndrome Estocolmo”, ante la sorprendida mirada de una clase política obesa de cuerpo y mente, cómoda y más habituada al fashion y a las perfecciones del “tiempo de Dios” que al barullo de las calles y a los “latidos del corazón del topo” de la realidad, fue progresivamente acostumbrándose –a punta de ofertas mesiánicas, cuando no de bayonetas– al “exprópiese” que terminaría destruyendo su aparato productivo, su tejido social, cultural y educativo, expropiándolo, depauperando drásticamente su vida material y espiritual, y condenándolo a la mayor de las sumisiones: la del hambre. En fin, el caos sobre el orden, para invertir el conocido título del compendio del Rector magnífico de la Universidad de Caracas.

No hay forma. La trampa sale, como dice el adagio. Los llamados “hechos” no son entidades independientes del sujeto social, son creaciones de factura humana. Los números ya han cobrado realidad, mientras las banderas rojas que impulsaron el fervor de otros tiempos van cayendo una tras otra. Las visibles grietas del mítico “acorazado Potemkin” criollo hacen aguas por doquier y van poniendo en evidencia las fragilidades, ante el inminente hundimiento. El colapso es más que la sospecha de una impotencia manifiesta. Es la puesta en evidencia del fracaso rotundo de un régimen que quiso poder consumir sin producir, enriquecerse sin trabajar, en medio de una época orientada a convertir el conocimiento en la mayor fuente de riquezas. Ningún sistema político y social nace: se hace. Ni el socialismo ni el liberalismo son sistemas naturales. Ni la sociedad está por encima del individuo ni el individuo por encima de la sociedad. Más bien, cuando se pone en evidencia la inadecuación, en no-reconocimiento recíproco, correlativo, de dichos factores, se producen inevitablemente los antagonismos que terminan en un período de crisis orgánica y de agudos conflictos impredecibles, que ningún metodólogo, por más pedantes que puedan ser sus gráficas, está en condiciones de prever. Se trata de la lucha por el reconocimiento.

Despojados de lo más elemental, del sustento diario; sometidos a las ruinas de un salario que solo alcanza para comprar impotencias; obligados a “rebuscarse” para poder soportar el pesado fardo que la corrupción y la ineficiencia metastásicas han colocado sobre sus hombros; empujados por la fuerza de las dificultades creadas a huir en masa del país. El derrumbamiento cobra cuerpo en contra de sí mismo. La antipolítica social ya no es la simple negación de la política profesional sino su complemento directo. El anonimato del sujeto se despliega con las horas de cada día, se organiza, va dejando de ser cosa y va cobrando en él la fuerza de convicción del ser auténtico, capaz de revertir, una vez más, el tránsito desde los intereses de la opresión gansteril al ethos la libertad republicana.

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