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3 de mayo de 2018



Teoría conspirativa

Publicado por: Norberto E. Martín

Cuando es el otro el culpable de mis males.

Hay quienes, desde su construcción personal, creen que todo conspira para su mal. Otros que lo hacen con motivaciones distintas, a sabiendas que pueden hacer daño, utilizan todos los medios a su alcance para beneficio personal, y en cuanto se ven expuestos utilizan la teoría conspirativa para defenderse.


Puedo afirmar que estamos hechos, blindados,
sobornados por cada camino de la niñez.
¿Tanto podemos cambiar a lo largo de la vida?
Sin embargo, algo nos remite, una y otra vez,
a esos senderos, a sus bifurcaciones, sus paradas,
sus polvaredas, sus pozos,
a los momentos de libertad insigne que nos hizo discernir.
Nos educan con cariño y rigor.
Pero sin darnos cuenta hay una libertad desesperada
que elegimos desde nuestros primeros pasos.
Hay un idioma interno que se concibe en las raíces del instinto.
Es un lugar infranqueable, es presencia, es su ardor,
que de por vida será un escudo para el bien y para el mal.
Francis Mallman.

Hay quienes, desde su construcción personal, desde ese idioma interno, creen que todo conspira para su mal. Le hecha la culpa a los otros de sus desgracias, malas decisiones, elecciones, etc. A ellos los entiendo, aunque no los justifico, pues quizá, ese camino, sendero, con sus bifurcaciones de la vida los ha marcado en ese sentimiento, convirtiéndolo en un lugar infranqueable, que los llevó a elaborar ese escudo para defenderse de la vida a veces mala, a veces cruel.

A los que no entiendo, es a aquellos que, esos senderos recorridos, esas bifurcaciones, los caminos polvorientos, han hecho mella en su capacidad de discernir, en sus elecciones realizadas.
Han tomado caminos llenos de pozos, oscuros, han modificado su capacidad de percibir lo bueno y distinguirlo de lo malo.
Lo hacen con motivaciones distintas, a sabiendas que pueden hacer daño, utilizan todos los medios a su alcance para beneficio personal, y en cuanto se ven expuestos utilizan la teoría conspirativa para defenderse.
Algunos, como el caso de los cinco jóvenes de ‘La Manada’, lo ven como algo natural:
“Hay algo peor que el cariz de la condena a los cinco jóvenes de ‘la manada’. Y es que estos no entiendan lo que ha pasado. La imagen de uno de los acusados llorando de indignación y angustia ante el juez, porque no sabía qué mal había hecho ni qué hacía allí, me parece lo más grave de todo el proceso. Ese llanto era sincero. He ahí la raíz del mal…
El tipo que lloraba ante el juez veía como algo kafkiano (que tiene el carácter trágicamente absurdo de las situaciones descritas por Kafka, en sus obras), tener que estar en la cárcel por «follarse a una chica»…
…Para él y para muchos, esas son cosas que cabe esperar que le pasen… (a la chica)
…La banalidad con la que estos chicos de barrio abusan, violan y vejan a una mujer es escalofriante para nosotros, pero no para el que vive en su mundo de valores. Y son esos valores, tan profundamente arraigados – en el instinto, en la tradición, en los grupos de referencia, en ciertas instituciones –, los que hay que deconstruir y desactivar. Están en la familia, en la calle, en los cuarteles, en las hinchadas de fútbol…”[1]
Otros, quienes han hecho de ese lugar infranqueable un escudo para el mal.
Es odio, es tristeza, es “según Spinoza, ‘el odio es la tristeza, acompañada por la idea de una causa exterior’. Es, pues, ‘una tristeza surgida del daño de otro’. Si se imagina lo que se ama siendo afectado por la tristeza, entonces pronto el odio tomará cuerpo en su contra, porque quien afecta con alegría o tristeza lo que se ama o se odia no solo afecta a dicho objeto, sino que, al mismo tiempo, se afecta a sí mismo. De tal modo que quien predica tan vehementemente sus afecciones contra el odio, en realidad, pretende ocultar el odio profundo que las anima. El más patético de los sentimientos ha servido de sustento, de fundamento, a quienes, creyendo hallarse más allá del bien y del mal, se han tomado la molestia de ponerse al descubierto la proyección de su pálido reflejo.”[2]
Odio, tristeza, el ‘otro’, el que conspira, al decir de F. Nietzsche estos hombres “son muy ingeniosos y agresivos; saben que existen otras maneras de matar diferentes a las causadas por un puñal y un golpe de mano, y no desconocen que todo lo que se dice bien’ goza de credibilidad”[3], y toda mentira que se repite hasta el hartazgo al final queda subyacente como verdad.
Son quienes “…se preocupan del momento más de lo que lo hacen sus oponentes... De esta manera, se unen con gusto a los violentos, pues se sienten capaces de actuar y disponen de recursos que la masa no comprendería ni perdonaría, mientras que, por otro lado, descubren que el César extiende el concepto de derecho del individuo hasta incluir también sus transgresiones, y que le interesa convertirse en el intérprete de una moral privada más audaz… y quiere también que los demás piensen, lo que a su modo dijo Napoleón de una manera totalmente clásica: ‘Tengo el derecho a contestar todas las quejas que me hagan con un eterno 'yo soy el que soy'. Yo estoy al margen de todos, no acepto condiciones de nadie. Deben someterse a todos mis caprichos y estimar como absolutamente natural que me entregue a tales o cuales distracciones’. Así le aseveró Napoleón a su esposa, un día que ella puso en duda, no sin fundamento, la fidelidad conyugal de su marido”[4]

“La única forma legítima de competir con ellos tiene que ser la educación formal y obligatoria. Una educación en la que la reflexión en torno a valores no sea algo marginal, sino el eje mismo del currículo. Mientras concibamos la educación como mera formación profesional y académica no hay nada que hacer. Los problemas de valores no los resuelve la policía, ni los psicólogos, ni los discursos. A nadie se le convence simplemente a palos, ni con terapias, ni con discursos.”[5]

Quizá sintamos algo que nos remita, una y otra vez, a esos senderos, a sus bifurcaciones, sus paradas, disipando polvaredas, rellenando pozos, a los momentos de libertad que nos hace discernir, a construir una sociedad fundada en valores sin la necesidad de recurrir a la teoría conspirativa para defender las decisiones tomadas.



[1] Víctor Bermúdez Torres https://t.co/1Efl1LEgNg
[2] José Rafael Herrera, https://www.microfilosofia.com/2017/11/el-odio-como-reflejo.html
[3] Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia, edición digital.
[4] Ídem.
[5] Víctor Bermúdez Torres, idem.

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