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12 de mayo de 2018



Ética y libertad

Publicado por: José Antonio López

Elegir lo bueno, lo bueno de elegir

No se entiende la una sin la otra: la ética escoge lo mejor y se hace responsable de ello; la libertad no tiene sentido sin criterios que la guíen. Ambas cuestan y nos dan miedo.


Sartre propone una moral autónoma, sin trascendencias ni códigos a priori, basada en la responsabilidad y la autenticidad. ¿Por qué es bueno lo verdadero? Porque solo en la verdad el hombre realiza su naturaleza, que es la libertad; solo allí es él mismo y decide sin subterfugios.
Las excusas y las imposturas nos hacen menos libres, nos esconden de nuestro destino, que es elegir responsablemente. Hacen que nuestra vida sea menos nuestra. ¿Realmente será peor por ello? Al fin y al cabo, en la verdad expuesta hace mucho frío; la falsedad nos cobija de nuestras impotencias entre sus mantos imaginarios. Sin embargo, a la larga es un abrigo equívoco: puede que la verdad nos deje al descubierto, pero la mentira nos traiciona al primer golpe de viento. Además, entretanto, nos somete a su tiranía: somos esclavos de nuestras falsedades, porque hay que apuntalarlas, porque una lleva a otra, porque una vez establecidas les pertenecemos. En cambio, la verdad se sostiene por sí misma, y no nos pide más que el valor de afrontarla.

El que vive al abrigo de la excusa se disminuye, erosiona su conatus, su fuerza vital. Cuando se empieza a huir, ya solo se puede seguir huyendo, y un hombre en retirada vive en una angustiosa ausencia de sí mismo. No hay realización sin autenticidad: quiero ser yo el que se realiza, no un impostor.
La libertad, por consiguiente, no es solo un imperativo moral: es también una necesidad existencial. No es extraño que a veces seamos capaces de las luchas más enconadas contra quienes pretenden arrebatárnosla. Sin embargo, cuando la alcanzamos nos da miedo y somos nosotros los que imploramos que se nos imponga algo. Y así pasamos la vida: reclamando nuestra libertad y conspirando contra ella.

Un caso de esa vacilación que siempre me ha asombrado es el final de una relación amorosa. Algo en nosotros sabe que ya no hay vuelta atrás, que todo está perdido y lo coherente es despedirse y partir. Sin embargo, titubeamos: nos duele el riesgo de perder demasiado por una mala decisión, nos abruma la responsabilidad. No queremos ser los culpables del dolor del otro; pero sobre todo no queremos ser los que se equivocan, los que malogran por torpeza o maldad una oportunidad quizá irrepetible.
Entonces empieza una etapa tremendamente dolorosa, en la que cada uno procura empujar al otro para que sea el que decide, hacer que el otro sea el que se harte y tome la iniciativa; o acabe por hacernos tanto daño que ya no quepa duda en lo justificado de rechazarle. No soportamos separarnos desde el amor: por eso azuzamos todo aquello que puede alimentar el odio. Hasta que la decepción es lo bastante grande, el resentimiento lo bastante enconado, y parece que la relación se quiebra por sí misma, o al menos no por nuestra culpa.
Los que no saben amarse, lamentablemente, acaban a menudo por odiarse. Solo así encuentran la coartada para el alejamiento. Pero al urdir el pretexto, en lugar de asumir la responsabilidad, se esconden tras la mentira y se escatiman la propia libertad. Su vida queda encogida, su fuerza interior debilitada. Al traicionarse, al huir, se convierten en prófugos de su propio destino: el destino que correspondería a la persona que no se engaña, que reside en el coraje de elegir, con todas las consecuencias.

Solo el que se asume como responsable aprende y se realiza. Solo el que es conscientemente libre crece y se siente seguro en sí mismo. Todas las terapias se resumen en sustituir “Me vi obligado a…” por “Elegí…”

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