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13 de marzo de 2018



Vivir bajo sospecha

Publicado por: Norberto E. Martín

No importa la verdad, sino quién puede instalarla.

Somos una sociedad que desprecia los hechos y ama las teorías. Muchas de esas teorías responden a dogmas previos cristalizados, o peor aún a intereses particulares.
En el marco de la posverdad, para un conjunto de actores (sobre todo vinculados al poder económico, político, religioso, científico, comunicacional), no importa la verdad, sino quién puede instalarla. Logran instalar como verdad algo que se le parece pero no lo es.

Desde hace un tiempo, la posibilidad de acceder a la  verdad, fue puesta en duda[1]. Hoy parece que es imposible, nos conformamos con que algo sea verificable o simplemente verosímil, aún así nos queda la duda, quedando a criterio y discernimiento propio su aceptación.

Para poder entender la paradoja que esta situación nos plantea, es necesario hacer un recorrido sobre algunos conceptos y definirlos:
-         Qué entendemos por verdad desde las distintas áreas de la filosofía: lógica, teoría del conocimiento, ontología, ética y psicológica.
-         Proceso de conocimiento.
-         Concepto de verdad.
-         Verificabilidad.
-         Verosimilitud.

Qué entendemos por verdad:
Desde la Lógica, la verdad es una herramienta, que junto con las reglas formales del razonamiento, nos llevan a un resultado válido. O sea, la verdad en este caso es absoluta, algo o es verdadero o falso, no hay término medio, no puede existir una verdad a medias (sería falsa), pues se aplica el principio de tercero excluido.
En la Teoría de Conocimiento, se considera a la verdad como una adecuación entre el objeto y lo que piensa de él el sujeto. O sea una relación entre lo que pensamos subjetivamente y una realidad objetiva.
En cuanto a la Ontología, el ser es uno, bueno y verdadero. Es decir, la verdad es una de las características esenciales del ser.
En relación a la postura Ética, es lo opuesto a la mentira, se conoce algo como verdad y se decide, voluntariamente, sostener lo opuesto.
Desde la psicología filosófica, se identifica a la verdad con la certeza, que es la seguridad, interior y subjetiva, de poseer la verdad.
La verdad, que hoy nos parece imposible acceder, se refiere más a la mirada gnoseológica que al resto, por lo cual me voy a enfocar en esta perspectiva.


En cuanto al proceso de conocimiento:
Analicemos el siguiente cuadro acerca de la relación de conocimiento:

La relación de conocimiento se da entre un objeto al que se conoce y un sujeto que lo adquiere, entre la realidad y el cognoscente:
-                           La realidad irrumpe, perturba  la indiferencia de nuestros sentidos, los excita y a partir de ese momento se pone en funcionamiento nuestra capacidad cognitiva.
-                           Los sentidos reciben los estímulos, y con ellos conforman una imagen.
-                           De esa imagen, la inteligencia extrae las notas inteligibles y elabora los conceptos y los asocia a palabras que los designan, que también hemos recibido del exterior.
-                           Los conceptos e imágenes se guardan en la memoria, que también tiene su particularidad, que es el de modificar, de alguna manera, el recuerdo a la hora de necesitarlo.
-                           Al relacionar conceptos, realizamos representaciones, interpretaciones de esa situación que nos afecta; proposiciones que nos permiten referirnos a la realidad.
-                           Pero, aún nos falta un paso más, es comprobar si ese enunciado se corresponde con aquello a lo que se refiere. Es en este momento donde se puede comprobar la verdad de la proposición.
De este esquema podemos sacar algunos datos a tener en cuenta:
-                           No hay conocimiento sin observador.
-                           Todo lo conocido pasa a través de los sentidos, aunque después lo reelaboremos.
-                           La verdad es una relación de adecuación, y se refiere a la interpretación que hacemos de la realidad, no al objeto.
-                           No hay objeto conocido sin sujeto cognoscente.
Concepto de verdad:
La definición más común, desde el punto de vista del conocimiento, es aquella de Aristóteles, “la verdad es la adecuación de la mente a la realidad” o dicho de otra forma: “La Verdad es la correspondencia entre una relación pensada ‘subjetiva’ (proposición) con la situación ‘objetiva’ a la que se refiere (realidad)”.

Sostenía B. “Spinoza que el orden y la conexión de las ideas es idéntico al orden y la conexión de las cosas. Pero cuando se genera una ruptura –precisamente, un desgarramiento, una escisión– recíproca de los términos de esta adecuación o, lo que es igual, cuando se pone objetiva y explícitamente de manifiesto la inadequatio existente de lo uno y de lo otro, el resultado es la pérdida de la más importante de todas las riquezas: la del espíritu, sin la cual no es posible la prosperidad material de una sociedad”[2].

En este punto es donde comienza la dificultad, pues, tanto la realidad, en cuanto objeto capaz de ser pensada, como la relación que el sujeto establece entre dos o más conceptos (proposición), son construcciones sociales. Una y otra dependen del observador, ya que es éste el que constituye al objeto y al sujeto como lo que son, respecto al conocimiento.
En cuanto a la realidad, la forma y características de las cosas, aunque existentes en sí mismas, pues de ellas se reciben los estímulos que excitan los sentidos; no existen por sí mismas como objeto, con objetividad propia, sin un observador que las defina, legalice o sancione.
Voy a utilizar un ejemplo que me propuso Oscar Schvarzer, “podríamos suponer un hipotético Ser inteligente muy pequeño de menor tamaño que un microbio. Este observaría que si el núcleo de un átomo fuera del tamaño aproximado de una Nuez, su nube de electrones circundantes, ocuparía un espacio superior al de una cancha de fútbol y el siguiente átomo más próximo constitutivo de esa porción de materia, se encontraría a decenas de kilómetros del anterior (o sea que en proporción equivaldría a una distancia, equivalente a esta) de manera que el espacio vacío sería gigantesco, frente al ocupado por materia densa. Otro ser un poco más grande, podría ver los átomos como una manzana y estos estarían a una distancia “equivalente” a varios km unos de otros, (2, 5 o 10 km, según el tipo de sustancia) es decir que si este observador se encontrara en un lugar intermedio, no podría visualizar nada material”.
Todos estos modelos, pueden ser válidos o inexistentes según el observador. Decir que el mismo objeto tiene distintas formas o tamaños simultáneamente, podría ser equivalente a que no posea una existencia propia mientras que ésta no se pueda probar, aunque la tenga y no dependa de la existencia o no del espectador. Es decir, el universo existe aunque no existiera vida inteligente capaz de constituirse en observador que pudiera afirmar su existencia.
De esta situación surgen varias posturas, desde la realidad está ahí y lo único que tengo que hacer es dejar que transcurra, es inasible;  pasando por lo que sostiene Aristóteles: “nada está en la inteligencia, que primero no haya pasado por los sentidos”; hasta el más absoluto nihilismo que sostiene que la realidad extra-mental es una construcción de mi mente (soy lo único que existe), o al menos no puedo probar la existencia de algo fuera de mi.
En conclusión, el observador es el que da entidad cognoscitiva al objeto como tal y en referencia a sí mismo, que se instituye como sujeto, y establece, con aquél, una relación de conocimiento.
Pero, la realidad, está ahí y nos golpea, el objeto también nos convierte en sujeto, sin él no habría conocimiento y no cabría la posibilidad de cuestionarnos acerca de la verdad.
Resulta casi imposible, entonces, conocer la realidad (lo existente fuera del observador) tal cual es, para lo cual necesitamos la posibilidad de comparación con otros observadores, de ahí que el conocimiento se convierte en un hecho social.
Es en el marco del lenguaje, donde se elabora la relación pensada por el sujeto (proposición), que es una conexión entre conceptos, predicando una propiedad (predicado-cualidad) a un determinado objeto (sujeto, en lenguaje sintáctico) que la contiene.
En filosofía es muy usada la frase “vivimos en el lenguaje” para anunciar que la realidad humana descansa sobre la plataforma del lenguaje. El lenguaje es el sistema lingüístico mediante el cual nos comunicamos los seres humanos a partir de signos sonoros que pueden ser representados gráficamente. En tanto que tenemos la facultad de usarlo, el lenguaje se nos presenta como la condición necesaria para organizar un mundo a la manera humana. Sin este sistema de comunicación, la vida no sería la que es toda vez que el lenguaje define el entorno en el que cobra acción la vida de los hombres.”[3] El lenguaje define, pero no da existencia real.
“Pensemos por un momento que careciéramos de lenguaje. Sin lenguaje toda esa realidad sólo sería un ‘eso’, es decir, un todo indeterminado imposible de definir en el que no se descubren partes, no se distinguen cosas como mesa, silla o árbol, no hay nada concreto, sino una espesa nube colorida y difusa en donde los objetos desaparecen en el todo. Y es que el lenguaje hace que las cosas se destaquen, que ‘salgan’ a la realidad y se manifiesten, que cobren ‘existencia’”[4].
Lo que sostiene J. Derrida, hace pensar que damos existencia al objeto, pero, la realidad misma es la que hace que nosotros, a través del lenguaje, podamos nombrarla y darle ‘existencia como objeto’.  De hecho, cada vez que nos encontramos con una cosa desconocida, le ‘inventamos’ un nombre.
Pero además, los observadores, están insertos y atravesados por la sociedad espacio-temporal en que se desarrollan y se moldean a través del lenguaje.
Como sostiene Descartes “Y si escribo en francés, que es la lengua de mi país, en lugar de hacerlo en latín, que es el idioma empleado por mis preceptores, es porque espero que los que hagan uso de su pura razón natural, juzgarán mejor mis opiniones que los que sólo creen en los libros antiguos; y en cuanto a los que unen el buen sentido con el estudio, únicos que deseo sean mis jueces, no serán seguramente tan parciales en favor del latín, que se nieguen a oír mis razones, por ir explicadas en lengua vulgar[5].
“Aparentemente, nos encontramos aquí con la distinción, incluso con la oposición, entre lengua y discurso, lengua y habla. En la tradición saussuriana se opondría, de este modo, el sistema sincrónico de la lengua, el ‘tesoro de la lengua’, a los actos de habla o de discurso, que serían la única efectividad del lenguaje. Esta oposición, que cubriría también la de lo socioinstitucional y lo individual (el discurso sería siempre individual), suscita numerosos  problemas… Ante esta dificultad, que él trata un poco como un accidente terminológico inesencial. Saussure dice… que… es preferible interesarse por las cosas mas que por las palabras”.[6]
“Sin embargo, si nos fiásemos, por pura comodidad provisional, de esta posición saussuriana, de este modelo mas ‘estructural’ que ‘generativo’, tendríamos entonces que definir nuestra problemática así: tratar aquello que en un acontecimiento filosófico como acontecimiento discursivo o textual, siempre tomando en la lengua, llega por la lengua y a la lengua, ¿qué pasa cuando semejante acto de discurso se nutre del tesoro del sistema lingüístico y eventualmente lo afecta y lo transforma?”.[7]
Sería, “una poderosa combinatoria de discursos que se nutre de la lengua y está condicionada por una especie de contrato social preestablecida y que compromete de antemano a los individuos”.[8]
Aquí se presenta la paradoja de la lengua natural, aquella con que nos comunicamos en una determinada sociedad, dando un significado especial a cada término donde intervienen todos los aspectos que hacen al humano como tal, aunque solo intente interpretar; y de la lengua artificial, creada a propósito para determinada función, general, que trasciende las diferencias y connotaciones culturales, dando así un común significado a cada símbolo, como ocurrió con el griego antiguo o el latín, y ahora con el lenguaje matemático o de las ciencias duras; ambas responden a un contrato social preestablecido, uno particular y otro universal. En una se manifiestan las particularidades humanas, pasiones, emociones, etc., y en la otra solo las racionales, lógicas, estrictas. Sin embargo en ambas se puede perder de vista la necesidad de adecuar las proposiciones a la realidad. Realidad que es interpretada en razón del lenguaje mismo.
Pero, cuando se rompe el contrato social, para el observador, ya no existen referentes, salvo las cosas, para construir expresiones que se refieran al hecho.
En el mundo científico, es difícil que se rompa el contrato social que da base al sistema lingüístico, por la misma razón de su rigidez estructural y metódica.
Pero, en las ciencias humanas, en las relaciones sociales y culturales, etc., la globalización de la economía y especialmente de las comunicaciones, produjo esa ruptura.
El sistema –mundo globalizado– hace que se difuminen las referencias. Los distintos sistemas culturales, lingüísticos, ponen en duda las estructuras de referencia.
Solo se trata de interpretaciones.
Por la cual podemos llegar, fácilmente a la conclusión que:
“En el marco de la posverdad, para un conjunto de actores (sobre todo vinculados al poder económico, político, religioso, científico, etc.), no importa la verdad, sino quién (o quiénes) puede instalarla, evidentemente, estos actores vinculados con el poder del estado y de los medios de comunicación, logran instalar ciertas interpretaciones como verdades y no lo son, o por lo menos no se adecúan a la situación objetiva. Solo apariencias”.
Sostiene F. Nietzsche, "la apariencia es la viva realidad misma actuando que, irónica consigo misma, había llegado a hacerme creer que aquí no hay más que apariencia, fuegos fatuos, danzas de duendes y nada más."[9]
"La creencia en la reputación, el nombre, la apariencia, el valor, el peso y la medida habituales de una cosa –que en un principio fueron algo erróneo y arbitrario que cubrió a la cosa como fina capa totalmente extraña a su naturaleza e incluso a su epidermis–, la creencia en todo esto, digo, transmitida de generación en generación, se fue convirtiendo en el cuerpo de esa cosa en solidaridad de algún modo con su crecimiento más íntimo; ¡la apariencia primitiva acaba siempre convirtiéndose en la esencia y actuando como tal! ¡Qué locura supone pretender que bastaría denunciar ese origen, ese velo nebuloso de la ilusión para aniquilar ese mundo que consideramos esencial y al que llamamos "realidad"! ¡Sólo podemos aniquilar siendo creadores! Pero no olvidemos tampoco esto: que basta crear nuevos nombres, nuevas valoraciones y verosimilitudes para crear, a la larga, "cosas" nuevas."[10]
Dice I. Asimov, “Negar un hecho es lo más fácil del mundo. Mucha gente lo hace, pero el hecho sigue siendo un hecho.”




[1] Este tema está desarrollado en //www.microfilosofia.com/2017/03/el-camino-la-subjetividad-nem.html
[2] //www.microfilosofia.com/2017/10/del-dicho-al-hecho.html
[4] Ídem.
[5] Rene Descartes, Discurso del método. pdf. Pg. 61. Hablando del presente francés que lo atraviesa a Descartes, Derrida sostiene “Este presente marca… el acontecimiento aparente de ruptura, pero también de continuidad de un proceso histórico interminable e interminablemente conflictivo… el imperativo de la lengua nacional, como medio de comunicación filosófica y científica, no ha dejado de reiterarse y de re-iterarnos al orden… en una Nota de… (1982) que la lengua francesa ‘debe seguir siendo o volver a convertirse en un vector privilegiado del pensamiento y de la información científica y técnica’.” Jacques Derrida, El lenguaje y las instituciones filosóficas, Paidós, 1995, pg. 34.
[6] Jacques Derrida, El lenguaje y las instituciones filosóficas, Paidós, 1995, Pg. 31
[7] Ídem Pg. 32
[8] Ïdem, pg 33

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