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16 de marzo de 2018



Forma y contenido

Artículo enviado para su publicación por el Autor
por @jrherreraucv

Dice un adagio popular que “hablando se entiende la gente”. Entenderse es, en consecuencia, el propósito, el objetivo, el fin último que se busca, mediante el hablar. Se trata de llegar al entendimiento a través de la acción inmanente al diálogo, al debate, a la negociación, al intercambio de perspectivas diversas y puntos de vista opuestos, al seguimiento de las posibles conexiones o coincidencias en-cubiertas que se pudiesen llegar a des-cubrir. En fin, se trata de des-velar o des-cubrir lo velado, de quitar el velo y poner al des-cubierto lo que se en-cubre. Hermes –padre de la hermenéutica– fue para los helenos el dios mediador, el inter-locutor, entre lo divino y lo humano, lo infinito y lo finito, lo absoluto y lo relativo. Pero por esa misma razón todavía sigue siendo el patrono de los comerciantes, de los “negociadores” de oficio.

Sensibilidad y sentimiento.

La sensibilidad sin el entendimiento es ciega.
El entendimiento sin la sensibilidad es vacío

Immanuel Kant.

Entendimiento, por lo demás, es palabra latina. Intellectus quiere decir intelligere: inter-ligar, inter-conectar, inter-relacionar, aquello que se ha roto, que se ha partido y esparcido. Hasta que, enseñoreado, el entendimiento pierde la conciencia de sí mismo, su función estrictamente negativa. Entonces, recurre el entendimiento –que ya no es inteligencia– al automatismo, al mecanismo, como mero instrumento o medio, transmutando su condición de re-ligare en la de re-legere, una mera “ley” en la que la forma de la subjetividad, subestimándolo, se escinde de su objeto, y ya no se reconoce en él. Da por sentado que quien sea asistido por las formas del entendimiento –quien sepa hablar– podrá llegar a colocarse por encima de las diferencias y recoger, así, los cristales rotos. El entendimiento, pues, se ha puesto, y se ofrece, como el portador de “el método” más idóneo para alcanzar la re-solución de todo conflicto a resolver, para superar toda posibilidad de desgarradura, a través de la di-solución de los puntos hostiles, sustituyendo los “problemas” por los “temas”. La ontología, entonces, deviene “epistemología”. Es toda una maravilla “metódica” que habrá que agradecerle al creador de las “reglas para la dirección de la mente”, un tal monsieur René Descartes.

En todo caso, la pregunta que conviene hacerse es qué o quién ha roto el cristal de la unidad que ha generado el conflicto y ha terminado por convertir el problema real en “tema” formal. Pues ha sido el propio entendimiento, en su empeño por abstraerse de toda eventual equivocación, de querer aprender –¡y enseñar!– a nadar sin tener que vérselas con las turbulentas aguas de aquello que considera deleznable: los contenidos propios de la sensibilidad, de la llamada “certeza sensible”, de los “asuntos subordinados de la vida”, o como gustaba decir Vico, de la imaginatio. El entendimiento, convertido en juez y parte, pierde así toda su inteligencia y se transforma en mera religión positiva, en un acto de fe, en una hueca forma, con su fosilizada e insensata liturgia, vaciada de todo contenido. Entender, pues, no es comprender y, mucho menos, re-conocer. Por lo que su impotencia no logra ser capaz de superación alguna.

Como dice Hegel, en esta mala praxis tan característica del presente, se ha formado todo “un ejército inmenso de pequeños tiranos y haraganes” -orgullosamente autoproclamados como “técnicos” y “especialistas”- quienes han hecho que “la desvergüenza y el desafuero” lleguen a “extremos increíbles”, perdidos como suelen estar entre sus “fórmulas”, “gráficas” y “estadísticas”, pomposamente calificadas como “teoría”. Quizá sea por eso que “la infamia de las costumbres está a tono con la infamia de las instituciones”. En todo caso, se trata de “el imperio del desafuero de los individuos en el campo de la vida civil y de la vida política”, que “es también el desafuero en lo tocante a la conciencia, al pensamiento”. Es, en última instancia, “la carencia absoluta de inteligencia”, “la idea general de cómo deben ser las cosas, pero sin que esté en sus manos el modo de conseguirlo”. En una expresión, es la negación misma del intelligere. Y, en efecto, el mundo de los hombres no está por debajo de las formas políticas. Todo lo contrario, cuando se le descalifica la política se transforma en una soberana abstracción, en una forma a la que se le han sustraído todos sus contenidos.

Es hora de la imaginatio viquiana. Hora de profanar el entendimiento abstracto con las “bajezas” propias del mundo de los hombres, si es que se quiere salir de la comodidad del “segundo escalón”, por cierto, descrito por Spinoza en su Reforma del entendimiento, y transformar de una buena vez el actual estado de cosas, el cual, sea dicho de paso, es la proyección, el reflejo especular, del propio entendimiento, la ficción de una ficción, el “hecho” a su “imagen y semejanza”. Y tal vez –solo tal vez– se puedan descubrir detrás de los rumores del día los acordes de la eternidad. Si es asombroso que un pueblo pierda interés por su ciencia del derecho, sus principios, sus costumbres morales y virtudes, con mayor razón resulta no menos asombroso que un pueblo pierda su capacidad de pensar sus propios contenidos, su existencia real, en fin, su metafísica.

Insistir en la separación de “lo político” de “lo social”, del entendimiento de la sensibilidad, en suma, de las formas de los contenidos, será muy propio de los aspirantes a politólogos o a científicos sociales, de sus afanes epistemológicos y metodológicos. Pero con todo ello, con todos sus métodos, instrumentos, datos, “tortas” y “retortas”, no conseguirán saltar el Ródano: sobrepasar “la fe y la esperanza” en un mundo como “debería ser” y no es. Es la religión atrapada dentro de los límites de la mera positividad. Como dice Vico, con mucha mayor pertinencia que la que suelen exhibir los doctos analíticos de toda realea, “las fábulas son historias verdaderas de los hombres y de sus costumbres, que han florecido en todas las naciones en la época de su barbarie”. Para comprender la Res-publicae no es posible aferrarse a lo público sin ocuparse, simultáneamente, de la res, es decir, de “la cosa misma”. Ni a la inversa. Y es que la expresión res non verba no significa, de ningún modo, que “las vacas no hablan”. Forma y contenido, entendimiento y sensibilidad son “el otro del otro” y, lo que es igual, “el uno para el otro”, si es que no se quiere insistir en los fracasos de las falsificaciones propias de la novísima teología filosofante del presente o en su “alma gemela”: las insensatas prepotencias del empirismo precrítico –anterior a Kant–, ese “cientificismo social” inherente a toda doctrina neo-positivista.

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