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Vivir bajo sospecha, apariencias.

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No importa la verdad, sino quién puede instalarla.                                                      


Tengo de todo para ver y creer, 
para obviar o no creer 
y muchas veces me encuentro solitario 
llorando en el umbral de la vida. 
Busco hacer pie en un mundo al revés 
busco algún buen amigo 
para que no me atrape algún día, 
temiendo hallarla muerta 
a la vida. 
La realidad duerme sola en un entierro 
y camina triste por el sueño del más bueno. 
La realidad baila sola en la mentira 
y en un bolsillo tiene amor y alegrías, 
un dios de fantasías, 
la guerra y la poesía.
León GIECO, La colina de la vida



Sostiene F. Nietzsche, “la apariencia es la viva realidad misma actuando que, irónica consigo misma, había llegado a hacerme creer que aquí no hay más que apariencia, fuegos fatuos, danzas de duendes y nada más.”[1]
La instalación de una ‘verdad’, sea por el grupo que sea, solamente por el uso del poder que suelen ejercer, conduce a producir una situación incongruente, por un lado los iluminados creedores de poseer la verdad y por el otro el escepticismo total de no considerar que es posible alcanzar cierto grado de veracidad.
En el primer caso, los iluminados, José Rafael Herrera[2], expresa: “Como se sabe, toda oración –toda oratio– se compone de verbo y predicado. En clave spinoziana, verbo es principio, sustancia. Predicado es atributo y modo. Predicar es la acción de quien pre-dice, de quien está facultado para anticiparse a lo inminente y lo-dice-antes. Él es, pues, quien advierte, porque su función consiste, precisamente, en pre-dicare el verbo, la verdad que ya conoce, porque le ha sido revelada. El “portador de la verdad” se anticipa al hecho, advierte lo que se viene y, por ello, debe tomar las pre-visiones y actuar en consecuencia. Es, todo él, un “iluminado” por el efecto del chispazo, por el resplandor de la revelación divina. Es el fulgor en sí del flash en el rostro del portador de la “filosofía del pistoletazo”. Y fue eso lo que pudo ver Isabel la Católica en el semblante hosco –y aún tiznado por los abrasivos fogonazos de la verdad– de Torquemada: a solicitud de la reina, y mediante bula del Papa Sixto IV, el bruciante es designado inquisidor general, dependiente, directamente, de la Corona española. Su crueldad y fanatismo contra los “enemigos de la fe cristiana” –particularmente contra los judíos– aún son objeto de estupor. Muy caro ha pagado España –y con ella buena parte del mundo occidental– el odio esparcido por aquél siniestro personaje, en nombre de la verdad”[3]. Cuántos ‘bruciantes’, ‘torquemadas’, existen y están imponiendo al resto de la sociedad sus verdades, como poseedores, iluminados por un ser superior, de la verdad absoluta.
En el otro extremo, el escepticismo, que nos lleva a pensar en que nada es verdad, y que incluso esto mismo tampoco lo es, nos deja en no poder conocer, en que el conocimiento, ni siquiera como forma de adaptación y dominio de la naturaleza, es inútil.
En la antigüedad, ya Platón advierte la necesidad de dar respuesta a este dilema y en la “Alegoría de la caverna” expresa que el mundo que observamos, al que llamamos realidad, es apariencia. Lo verdadero, la verdad está más allá de lo que vemos, en otra dimensión, no está en este mundo. Si la verdad es absoluta, no le cabe la carencia, no puede ser una parte, tiene que ser el todo. Por lo que lo resuelve creando un mundo de ‘Arquetipos’, hoy diríamos en otra dimensión, del cual lo que vemos son copias más o menos parecidas.
Darío Sztajnszrajber, sostiene “la cuestión de la verdad, se mueve entre dos polos: existe y es imposible, o no existe. Aunque no existe no se puede dejar de buscarla, pero si existe no es para nosotros”[4]
Aristóteles, sostuvo, que ‘la verdad se oculta tras las apariencias por lo que hay que develarla’. Los arquetipos de Platón los ubicó en las cosas, en la realidad, en las esencias, las cuales hay que aprehenderlas, hacerlas conscientes.
A la verdad hay que buscarla, se escabulle de nuestra mirada cual animal salvaje que siente el peligro de ser encontrado y devorado.
“Hacer  filosofía es la construcción permanente de una inseguridad existencial; huimos cuando nos peleamos con las seguridades de ese adormecimiento que al mismo tiempo provocamos, porque buscamos un saber que sabemos que nunca vamos a alcanzar”[5]
Lo cual significa vivir en la apariencia, en la penumbra.
“La penumbra tiene la propiedad de no dejar percibir dónde termina la oscuridad y dónde comienza la luz. Su sombría presencia circular no permite precisar con exactitud el inicio de la una y el acabamiento de la otra. No sin cierto riesgo -que, llevado de la mano por la tentación de su belleza singular, bien se puede antojar divino, como casi todo riesgo- es posible leer en la penumbra. Salva al encantamiento del riesgo en cuestión el hecho de poder percibir cierta magia en los caracteres desdibujados que, de pronto, cobran vida y que permiten sorprender, para la mirada atrevida, y detrás de la letra muerta, nada menos que al Espíritu: al Logos re-cobrando realidad inmanente, ejercitando la pureza del fuego que es su ser y que, a la vez, no lo es. La filosofía propiamente dicha, es decir, la que comporta sentido enfático, sin duda vive entre luces y sombras por el bien de las ideas. Sólo quien ha penetrado en la más densa oscuridad puede conquistar la luz de la verdad: “en el círculo el principio y el fin coinciden”, observa, en la penumbra, el Éfeso oscuro (Heráclito).”[6]
Por su parte, Darío Sztajnszrajber  expresó que en la actualidad “la dicotomía real-aparente es una categoría arcaica, no tiene sentido en la era digital” y que “la tecnología no destruye ni mejora al ser humano, lo transforma”.A su vez, problematizó los conceptos de verdad y mentira en la sociedad actual”. “La posverdad tiene que ver con la mentira, con el mentirse a sí mismo. Lo opuesto a la verdad no es la mentira, es la ficción, la apariencia”, dijo. En relación a lo que concebimos como la realidad, aseguró que es una construcción social.  “Lo más interesante es que el espectáculo del espectáculo convence. Todos saben que no es así, pero parece no importar”.[7]
J. A. López sostiene que “tal vez esta vida ausente que llevamos, donde lo virtual le gana terreno a la realidad, no esté tan mal, en el fondo. Perdemos una dimensión, sí, pero ganamos otra. Quizá no estemos muy presentes en el lugar donde estamos, pero las fotos y los comentarios que colgamos sobre él construyen otro que se le parece. ¿No es eso, para bien o para mal, lo que hemos hecho siempre? Creamos nuestro propio mundo imaginario ―construido con nuestras percepciones, nuestras impresiones, nuestras expectativas…― y nos desenvolvemos en él como si fuera real. En ese juego del “como si…” reside el sentido, que es completo en sí mismo, y nos queda más cerca que la siempre fragmentaria realidad”.[8]
La búsqueda de un camino para volver a una realidad objetiva, independiente del observador, es un esfuerzo que hasta los científicos desvela.
Así S. Hawkins dice: "Los filósofos, desde Platón hasta ahora, han discutido a lo largo de los siglos sobre la naturaleza de la realidad. La ciencia clásica está basada en la creencia de que existe un mundo real externo cuyas propiedades son definidas e independientes del observador que las percibe. Según la ciencia clásica, ciertos objetos existen y tienen propiedades físicas, tales como velocidad y masa, con valores bien definidos. En esa visión, nuestras teorías son intentos de describir dichos objetos y sus propiedades, y nuestras medidas y percepciones se corresponden con ellos. Tanto el observador como lo observado son parles de un mundo que tiene una existencia objetiva, y cualquier distinción entre ambos no tiene importancia significativa."… sin embargo “Diferentes teorías pueden describir el mismo fenómeno a través de marcos conceptuales distintos”… ya “David Hume (1711-1776), escribió que a pesar de que no tenemos garantías racionales para creer en una realidad objetiva, no nos queda otra opción sino actuar como si dicha realidad fuera verdadera.” Es por eso que propone “No hay imagen —ni teoría— independiente del concepto de realidad. Así, adoptaremos una perspectiva que denominaremos realismo dependiente del modelo: la idea de que una teoría física o una imagen del mundo es un modelo (generalmente de naturaleza matemática) y un conjunto de reglas que relacionan los elementos del modelo con las observaciones. Ello proporciona un marco en el cual interpretar la ciencia moderna.”[9]
Sobre esto podemos decir: “Siempre hemos vivido en un mundo paralelo: el de nuestras fantasías, nuestros temores y nuestras esperanzas. Ahora lo hemos hecho más rápido y más grande. Si eso acaba arrastrando nuestra vida, y convirtiéndola en “líquida”, como reflexiona Zygmunt Bauman, tal vez sea porque no queremos estar en ella, porque no nos atrevemos a quedarnos y preferimos correr y correr, … La vida ya era ilusión, a veces feliz y otras terrible.”[10]
“La negación de la verdad nos lleva hacia, una vida vacía de hechos. La cual, niega también el conocimiento, donde no hay verdad no existe el conocimiento. Para después hundirse en la ignorancia de una realidad, que termina negando los hechos. Mientras el presente se diluye entre los deseos y las ilusiones, las cuales alimentan una vida de inconsciencia colectiva. Esta es una de las realidades en donde se desarrollan las masas sociales. Domesticadas y encadenadas a una existencia de oscuridad, la cual recorre los pasillos de lo laberintos de la ignorancia compartida. La verdad siempre será negada por las muchedumbres inconscientes, porque la verdad les destruye las inútiles ilusiones, y los deseos no consumados.”[11]
Nos encontramos aquí ante la pérdida de sentido de la categoría error.
Ya no puede haber verdad, no hay posibilidad de confrontarla con la realidad, pues ésta es ilusión.
Todo es mera ilusión, deseo, penumbra, que nos oculta la verdad. El afirmar algo es tomado como intento de instalar una mentira, hacerla pasar como verdad, sin entender que para mentir es necesario conocer la verdad. Pues la mentira es un concepto moral. En cambio desde una mirada gnoseológica el error, el equívoco, son lo opuesto a la verdad.
       Y nos sobreviene la posibilidad de la ‘teoría conspirativa’. “No importa la verdad, sino quién puede instalarla.”
       


[2] José R. Herrero es docente de la Cátedra de Filosofía en la Universidad Central de Venezuela
[4] http://www.telam.com.ar/notas/201508/117824-dario-sztajnszrajber-sabemos-que-la-verdad-no-existe-pero-no-hacemos-otra-cosa-buscarla.html
[5] http://www.telam.com.ar/notas/201508/117824-dario-sztajnszrajber-sabemos-que-la-verdad-no-existe-pero-no-hacemos-otra-cosa-buscarla.html
[8] https://www.microfilosofia.com/2017/11/la-presencia-virtual-jal.html?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed:+Microfilosofia+(Microfilosofia)
[9] S. Hawkins y L. Mlodinov,  El gran diseño. www.librosmaravillosos.com 
[10] https://www.microfilosofia.com/2017/11/la-presencia-virtual-jal.html?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed:+Microfilosofia+(Microfilosofia)
[11] dario-sztajnszrajber

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