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31 de marzo de 2018



El arte del elogio

Publicado por: José Antonio López

De admiradores, aduladores y vanidosos  

¿Quién no necesita escuchar de vez en cuando algún halago? ¿A quién no le apetece ofrecerlo? Sin embargo, como todo intercambio humano, el elogio también está sujeto a códigos; hay que contar con su gracia y su desgracia, su equilibrio y su exceso.   


Halagar es un regalo, pero, como todo, tiene su oportunidad y su arte. A todos nos gusta que nos admiren, pero pocos confiaremos en quien nos adule. Un elogio fuera de lugar puede ser recibido con recelo: “¿Contra quién va ese elogio?”, ironiza un receloso personaje de Unamuno en su novela Abel Sánchez.
Desde los griegos, y en particular Aristóteles, sabemos que el arte consiste ante todo en hallar la justa medida. El arte del elogio no es una excepción: si se queda corto, provocará seguramente frustración y despertará rencor; si resulta demasiado ostentoso, sonará a coba interesada y tendenciosa (como en la fábula del zorro y el cuervo). Con tantas leyes, rara será la ocasión en que el elogio deje satisfecho a alguien.

Y es que pocas veces la alabanza es completamente sincera; debemos asumirlo en las ajenas y reconocerlo en las propias: incluso cuando expresan una franca admiración, es probable que disimulen algunas sombras de envidia. Unamuno iba más lejos en sus críticas al elogio: afirmó alguna vez que en todos ellos hay un tercero a quien se pretende desprestigiar, y en la mayoría una intención de ensañarse con el elogiado.
No es extraño que las lisonjas nos pongan a la defensiva. Hay culturas que las rechazan abiertamente, y se recibe con recelo tanto la felicitación por una buena cosecha como los halagos a un hijo. Tras un adepto se insinúa un rival o un interesado, y se comprende que a menudo respondamos procurando minimizar nuestros méritos, no vaya a ser que el otro se los tome demasiado en serio y nos haga pagar por ellos.

Pero también el halagador corre sus propios peligros. Hay por el mundo muchos egos hambrientos de reconocimiento, que por alguna razón inseguridad o mera petulancia necesitan acaparar vorazmente continuas expresiones de admiración. Son como los niños, que nos rondan una y otra vez para que les repitamos lo bien que lo han hecho, y nunca tienen suficiente: “¡Mira, papá, sin manos!”.
El acaparador de elogios interpreta sus prodigios, entre lo fastidioso y lo patético, requiriendo las dulces loas del público, como aquel personaje de El principito que levantaba el sombrero cuando alguien aplaudía. “Golpea tus manos, una contra otra”, pide, y de entrada parece divertido, pero al rato acaba por resultar monótono.
Los rastreadores de aplausos se activan en cuanto dan con alguien dispuesto a prodigarles uno, y desde ese momento no aceptarán que se les niegue su regalo. Cuando el público se levante para ir a otra cosa, cambiarán de espectáculo o extremarán su pantomima. Todo con tal de mantener al espectador como rehén. Y si uno insiste en marcharse, tal vez incluso lo tomen a mal: qué falta de tacto, qué desvergüenza, qué ignorancia no saber reconocer los méritos que se nos ofrecen.

En definitiva, el arte del elogio procurará cultivar la parquedad, la sutileza y la prudencia. Alabanzas, las justas, y mejor que el otro no parezca demasiado goloso de ellas. Todos necesitamos que nos reconozcan, y tampoco se trata de escatimar una adulación afable cuando nos sale del alma; bienvenido algo de dulce, pero sin empalagar.
El cariño se complace en elogiar, a veces incluso exagerando, solo por el gusto de despertar la alegría en el otro, como una manera juguetona de mimarlo. Yo conocí a una persona tan gélida, tan poco dada a la empatía, que no solo era incapaz de regalar una lisonja amistosa, sino que ni siquiera lograba comprenderlas, y las consideraba una tontería. El que ama no necesita comprender nada. Pero amamos poco y queremos mucho, por eso nos conviene ser cuidadosos.

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