El juicio: ética contra estética en la era del narcisismo

Reflexión filosófica sobre el conflicto entre la ética y la estética, la identidad y la superficialidad del narcisismo en la sociedad moderna.
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El juicio: ética contra estética

Escultura clásica que representa la dualidad humana entre la ética interna y la estética externa.
La constante batalla entre la realidad de nuestro ser y la máscara de la belleza superficial que exige la sociedad.

¿Cuántos de nosotros, insufribles seres, hemos vagado y tenido horas paupérrimas, de banal lucha por ser aquello que queremos ser pero no somos, porque los medios de los cuales tomamos estereotipos hermosos nos abruman, nos hacen sentir vacíos, nos hacen sentir vagos? Es una lástima el no saber qué directrices cortas tomaron para llegar a esa perfección, perfección de la que la llamada caja idiota y pasquines mediocres nos rellenan, como rellenar un embutido. Porque en sí, somos un embutido, solo que, como tal, también el contenido. Nos diferenciamos monetariamente de la calidad de lo que estamos hechos internamente; es un sentir de lo que estamos hechos. Nuestra mente está llena de cosas con las que podemos llegar a una belleza, de la cual nos comparamos o somos comparados porque jamás estaremos satisfechos de nuestra belleza.

Pero ¿cuál es el significado de belleza en nosotros? ¿Estaremos catalogados ¡¡por quiénes!! para llegar a ese clímax de belleza, clímax para algunos inalcanzables, o ¿es la apreciación uno de los sinodales a superar?

Como seres, todos tenemos momentos narcisistas. ¿Cuántas veces denotamos un cierto dejo de narcisismo al contemplarnos como el narciso mitológico que muere ahogado tratando de verse mejor, acercándose al agua y pagando ese pecado que es la vanidad con su vida? ¿Cuántas veces nos miramos en el espejo y vemos nuestras imperfecciones, lo bueno en nosotros y esas cosas que nos hacen humanos, y tratamos de borrarlas, empezando así el juicio de la ética contra la estética? Nunca entenderemos que tenemos que trabajar con lo que tenemos, con nuestros rostros, con nuestros cuerpos, solo aquellos que tienen recursos monetarios podrán componer sus llamadas “imperfecciones”, atacando la ética para llegar a una estética que resulta infalible, ganando el juicio de la ética contra la estética sin importar nada, y al llegar al espejo lograrán ganar ese juicio que pocos ganamos, pero ¡qué precio tenemos que pagar nosotros los terrenos!, los faltos de dinero, que tratamos de dar vida a aquello que no es hermoso en nosotros o que a otros no les parece así; le pondremos un cúmulo de sustancias con tal de tener un remedio, y esperamos que el tremendo juez “espejo del veredicto”, (aunque internamente sabemos que el juez es nuestro consciente) solo mostrará lo que queremos, o que quisiéramos ver, haciéndonos juez y verdugo. De ahí, ya ataviados, nos enfrentamos a nuestra familia y amigos, los cuales serán más bien nuestros aliados porque con tal de no herirnos, nos dirán lo que queremos escuchar, atacando otra vez la ética sobre lo estético. Esto tendrá un sabor agridulce por obvias razones, pero no faltan los que atacarán de una manera hasta de cierta forma hienesca, destrozando lo poco que se ha compuesto y dejándonos con nuestra verdad. Sabedores de esto, nos dejamos arrastrar por un sinnúmero de falacias al aire, construyendo un personaje falso para cazar algo que eleve ese espíritu estético destrozado. Esta dolorosa sustitución de la verdad (la ética) por la máscara (la estética) es el núcleo de la identidad narcisista. De hecho, si buscas profundizar en cómo esta tiranía de la imagen devora al individuo y a quienes le rodean, explora este exacto conflicto en Terapia Espinosa. Siendo hoy en día un mapa imprescindible entre los libros sobre narcisismo, la obra ayuda a desmantelar el simulacro y ofrece herramientas reales de recuperación frente al abuso narcisista.

Una obra de arte, sea cual fuere, podría ser catalogada de bella por aquellos quienes han alcanzado un estudio y así poder apreciar su belleza, o será la belleza algo más prístino, como poder decir que algo es bello. Si lleváramos a un campesino ignaro a ver al David de Miguel Ángel, este solo podría ver una estatua de un hombre desnudo y grotesco; no sabría apreciar sus relieves, su tamaño, su belleza.

Y partiendo desde otro punto, si a un docto en artes lo lleváramos a un lugar rural y le mostráramos una “bestia”, quizás solo podría sentir el olor y la fauna circundante antes de apreciar la belleza del animal. Sin embargo, el propietario apreciaría el alce, el tamaño de la bestia, que para él sería finalmente bella.

La cuestión es: ¿quién o qué delimita lo que es belleza? Tomando el ejemplo de estos dos expertos de la belleza, cada uno haría su propio juicio denotando lo estético, digamos un juicio de ética contra estética.

La belleza podría ser parte de un gusto propio en el que influyen el ambiente, la sociedad y los medios, el cual a veces se unifica con otros pensares y formas de apreciar; se acoplan a ciertas características que gustan a este sector, dando paso a una especie de moda, por cierta cosa, a lo que le damos un nombre que es belleza, o más bien, el sentido de belleza, porque acaso, ¿la belleza no es una moda? Tenemos que, cuando se convierte en ella, es entonces cuando se etiqueta como tal. Muchas veces, la belleza se encontrará en un estudio de las cosas, y muchas veces es un aprendizaje visual, en relación a su ambiente, ya sea laboral o de vida. Y lo visual sería un parámetro totalmente válido, si bien “el principal”, por obvias razones.

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