27 de mayo de 2017



YO – TÚ – ESO

Publicado por: Norberto E. Martín

MUROS

En la construcción del “yo” voy elaborando una cosmovisión (mi visión del mundo), construida en el aquí/ahora con las circunstancias que me rodean, en conjunto con una serie de instintos sublimados (voluntad de poder).
La necesidad de entrar en un “dialogo constructivo” que nos permita, como conjunto social, la construcción de un nosotros. La construcción de un mundo más humano.
Yo
Él
Las cosas
Yo – tú – eso.
Y al final, es uno mismo el que ignora la consciencia, 
El que avanza a contramano, sin medir las consecuencias. 
Porque soy mi propio esclavo cuando digo lo que pienso, 
Porque a veces hago daño, cuando callo lo que siento, 
Y se pone cuesta arriba y es tan fuerte la tormenta, 
Que uno va quedando solo como un faro entre la niebla…
Jorge Rojas, Uno Mismo

Primero yo.
Siempre yo.
Así es como vengo al mundo, sin conocer otra cosa que a mí mismo, aunque sin conciencia de ello.
Sin conciencia de mí mismo.
Después me encuentro.
Comienzo a relacionarme con cosas y personas, aunque son lo mismo.
Algo que me abriga, algo que me alimenta, los encuentro distintas de mí.
Y así, comienzo a construir el yo por distinción a lo otro.
Eso que me alimenta, que me da afecto, o no, lo comienzo a distinguir de las cosas y de mí.
Me relaciono.
A partir de ese momento construyo mi mundo, mi universo, mi proyecto por asociación, por oposición o por distinción del otro y de las cosas.
La primera relación que construyo es YO – TÚ, con los otros que me rodean, que me abrigan, que me dan afecto. Voy tomando conciencia de  mí mismo, por oposición al otro.
Después le toca el turno a YO – LAS COSAS/OTRO, sobreviene la etapa del animismo: no distingo aquello que tiene vida de lo que no, de personas, animales o cosas.
Posteriormente la distinción entre yo – tú – otro – las cosas.
En la correlación yo – tú, es la que considero al otro como un tú, o sea como otro yo, distinto de mi y como sujeto.
En ese proceso, someramente detallado, en el cual me convierto en un yo, consciente de mí mismo, o sea de mi realidad como sujeto, construyo mi propia personalidad, lo que soy.
“Tú y yo” no son suficientes para alcanzar la dimensión simbólica, necesita de un contexto más tercerizante. “Tú y yo” no alcanzan para hacer un mundo. Está la dimensión “del ausente” que contextualiza esta relación de dos en el mundo. Podría formularse “Yo/Tú y Ese” y supone la inserción del objeto en su mundo y contexto afectivo…[1]
Sartre sostenía que “el ser humano no tiene esencia, él es lo que se hace, su propio proyecto.[2]
Antes, Ortega y Gasset, sostenía que “yo soy yo y mis circunstancias”.
Soy mi propio proyecto, pero condicionado por las circunstancias que me rodean.
Las “circunstancias” es todo aquello que no he, ni tengo, la posibilidad de elegir.
La realidad espacio temporal, familia, sociedad, época, cultura, lugar geográfico, van condicionando mi forma de construir, de hacer, de poder elaborar mi proyecto, de ser yo mismo.
Elaborar mi propio proyecto de ser implica al menos dos cuestiones:
-                     Libertad
-                     Responsabilidad
Libertad, “estamos condenados a ser libres” sostiene Sartre.
Elegir es optar entre varias opciones.
No podemos no elegir.
Una vez arrojado al mundo sólo me queda seguir adelante por mis propios medios.
Pero, están las circunstancias, los otros, las cosas, mi construcción personal del universo, que me limita, que se me impone.
Es por eso que siempre puedo elegir entre distintas opciones,  no sobre todo.
Y, así como encuentro limitaciones, a veces a consecuencia de elecciones de otros, yo, con mis decisiones, limito a los demás, es aquí donde comienza la responsabilidad.
Responsabilidad.
Soy responsable de mis decisiones y de las consecuencias de mis actos. Debo responder por ellas.
Debo responder ante mí mismo, hacerme cargo de mis decisiones que me harán progresar y pero que también me va a permitir corregir aquello en lo que ocasioné daño a mí o a otro.
Debo responder ante los demás, ante el grupo, tribu, sociedad, que implica además de la posibilidad de corregir, la necesidad de entrar en un “dialogo constructivo” que nos permita, como conjunto social, la construcción de un nosotros. La construcción de un mundo más humano.
Y debo responder ante la cosas, pues cada decisión que tome en este ámbito, produce una reacción (principio físico de acción y reacción) que a veces es catastrófico o contra la humanidad.
Pero, ¿por qué nos cuesta tanto el diálogo, especialmente el constructivo?
La lucha entre los hombres 
Del poder y la ambición, 
De a poco van matando 
Los sueños y el amor 
Golpeando las murallas 
Que nos guarda la ilusión. 
No importa cuanto tengan 
Siempre quieren mucho más, 
Pues son como los tordos 
Se adueñan de tu hogar, 
Golpeando las murallas 
Donde esta la libertad. 
Se muestran sin cordura 
Y les sobra vanidad, 
Nos hablan con engaños, 
Ya no hay sinceridad, 
Golpeando las murallas 
Donde vive la verdad. [3]
En la construcción del yo voy elaborando una cosmovisión (mi visión del mundo), construida en el aquí/ahora con las circunstancias que me rodean, en conjunto con una serie de instintos sublimados (impulsos).
Uno de estos impulsos, es el ansia de poder, de dominación, que me induce a imponer a los demás, a veces sutil y otras violentamente, mi propia cosmovisión.
Es, en una interpretación común, lo que F. Nietzsche llama “voluntad de dominio”:
Suponiendo, …, que se consiguiese explicar nuestra vida instintiva entera como la ampliación y ramificación de una única forma básica de voluntad, a saber, de la voluntad de poder …; suponiendo que fuera posible reducir todas las funciones orgánicas a esa voluntad de poder, y que se encontrase en ella también la solución del problema de la procreación y nutrición …, entonces habríamos adquirido el derecho a definir inequívocamente toda fuerza agente como: voluntad de poder. El mundo visto desde dentro, el mundo definido y designado en su «carácter inteligible», sería cabalmente «voluntad de poder» y nada más.”[4]
Aunque también sostiene que: “Los fisiólogos deberían pensárselo bien antes de afirmar que el instinto de autoconservación es el instinto cardinal de un ser orgánico. Algo vivo quiere, antes que nada, dar libre curso a su fuerza -la vida misma es voluntad de poder-, la autoconservación es tan sólo una de las consecuencias indirectas y más frecuentes de esto. En suma, aquí, como en todas partes, ¡cuidado con los principios teleológicos superfluos!”[5]
Quizá para comprender mejor este concepto, voluntad de poder, consideremos lo frecuente que es el sentir rebeldía interior cuando nos indican lo que tenemos que hacer y lo que no.
La voluntad de dominio se manifiesta desde el querer convencer hasta la imposición física, y nos viene a consecuencia de instintos naturales que el ser humano fue perdiendo en su evolución, pero quedan las pulsiones o impulsos.
La “voluntad de dominio”, especialmente la imposición física, me coloca en la posición de no-diálogo. No permito, ni me permito considerar al otro como otro yo, o sea como un tú, sino como “eso” que me impide hacer mi voluntad.
Otras formas más sutiles de voluntad de poder, y que me ubican en el lugar de no-diálogo, son la intolerancia, la descalificación, e incluso la degradación del otro como incapaz de pensar por sí mismo, que son llevados de las narices por quienes tienen poder (aunque los hay).

Por tanto, a partir de este análisis:
¡Parecería que es imposible el diálogo!
No lo creo así, pues estos instintos naturales, que fueron racionalizados a través de la evolución humana, son impulsos, puedo dominarlos, voluntariamente. Esta voluntad de dominio, la puedo aplicar a mí mismo. Puedo construir una relación Yo – Tú – Eso, basada en el diálogo (dia = dos, logos = razón).
Para lo cual necesito:
-                     Mirar al otro desde su propia perspectiva (empatía) y considerar que realizó una construcción social de sí mismo, por tanto construyó su propia cosmovisión, (que también va a tratar de imponerla).
-                     Considerar que el otro como sujeto es una construcción social, cultural, o sea, construyo voluntariamente al otro como sujeto y le quito la categoría de objeto.
-                     También el Eso (el/lo otro tercerizante) es una construcción socio-cultural. Lo ubico en la categoría de objeto, que puedo usar, desechar, interpretar, asumir.
-                     Aceptar las distintas cosmovisiones y construcciones. Aceptar que el otro (Tú, Eso) es distinto de mí. Aceptación no resignación.[6]
-                     Diálogo también implica:
§                   Argumentar: dar razones para sostener lo que se piensa (no tiene sentido el "porque sí" o "es lo que yo opino").
§                   Analizar: Examinar detalladamente una cosa, separando o considerando por separado sus partes, para conocer sus características o cualidades, o su estado, y extraer conclusiones.
§                   Ceder: verbo transitivo.
·                   Dejar o dar voluntariamente a otro el disfrute de una cosa, acción o derecho.
·                   Perder posiciones ventajosas.
§                   Ceder: verbo intransitivo.
·                   Dejar de oponerse a algo.
§                   No descalificar: no importa “quien” lo dice sino “lo que dice”

La llama de los sueños 
Sigue viva en mi interior 

Y abrazo la esperanza 

Por un mundo mejor, 
Por eso en cada golpe 
Se me agranda el corazón.[7]






[2] Esencia y existencia. Nada puede existir (in re) sin esencia a no ser que su esencia sea la existencia el “esse”, o sea la existencia por sí mismo (dios) de esto Sartre toma nota y, al ser ateo, sostiene que el ser humano es existencia y por lo tanto debe proyectar su propia esencia.
[3] Jorge Rojas, Murallas
[4] Friedrich Nietzche, Más allá del bien y del mal
[5] Friedrich Nietzche, Más allá del bien y del mal
[6] Resignación es entender que no puedo modificar la realidad. No puedo intervenir para cambiar ningún curso de acción (concepto asociado “destino”. Aceptación es entender que a pesar que hemos construido distintas cosmovisiones, podemos intervenir, en la realidad, para modificarla, (concepto asociado “libertad”). También la puedo pensar como medio para ser feliz.
[7] Jorge Rojas, Murallas


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