29 de abril de 2017



El yo como consciencia de sí mismo.

Publicado por: Norberto E. Martín

EL VIAJE DE LA TIERRA

Hace unos cuantos años llegó a mis manos un cuento, del cual no recuerdo bien el título (viaje a Júpiter o algo así) ni el autor.
El cuento trata de un viaje que dura ochocientos años. Se selecciona un grupo de personas, de ambos sexos, para que fueran sucediéndose generaciones hasta llegar a destino.
Siempre recuerdo este cuento porque me hace pensar en nosotros, los seres humanos:   Embarcados en una nave, que llamamos tierra, que gira alrededor del sol, que tuvo un comienzo y tendrá un final del viaje. Se suceden generaciones.



Hace unos cuantos años llegó a mis manos un cuento, del cual no recuerdo bien el título (viaje a Júpiter o algo así) ni el autor.
El cuento trata de un viaje que dura ochocientos años. Se selecciona un grupo de personas, de ambos sexos, para que fueran sucediéndose generaciones hasta llegar a destino.
En un poco más de la mitad del viaje, debido al avance de la ciencia, comienzan a sobrepasar, a la nave, otras más modernas, que llevan el mismo destino.
Siempre recuerdo este cuento porque me hace pensar en nosotros, los seres humanos:
Embarcados en una nave, que llamamos tierra, que gira alrededor del sol, que tuvo un comienzo y tendrá un final del viaje. Se suceden generaciones.
Así como algunos de los nuestros han salido, o han mandado sondas, en búsqueda de otros planetas. En base a la teoría que la vida fue viajando de uno a otro, pero que el lado oscuro es la factibilidad de explotarlos materialmente; quizá también nos encontremos con otros seres vivientes, inteligentes, que lleguen a la tierra. Algunos sostienen que ya han llegado. O quizá poblemos toda la galaxia, como sostiene Isaac Asimov, en su prolífica literatura de ciencia ficción, que tiene mucho de ciencia y un poco de ficción.
Pero lo que más me hace pensar este cuento es:
-          Ninguno de nosotros elegimos estar acá.
-          No elegimos estar en este tiempo.
-          No elegimos ser parte de una familia, ni de una sociedad o cultura en particular.
-          No elegimos ser concientes de esta situación.
-          Seguimos trayendo seres humanos al mundo sin tener en claro el porqué ni el para qué.
-          Es como si fuéramos parte de la tripulación (de las generaciones intermedias) de esa nave.
Es evidente que somos seres concientes, algunos nos damos cuenta de esta situación. Que somos capaces de elegir, de modificar, de transformar la realidad.
Que, además, somos responsables del curso de la nave tierra (historia) al tomar decisiones que la transforman, (Ej, hoy vemos “desastres naturales”, aludes, inundaciones, desertificaciones, etc, producidas por la tala, el desmalezamiento, en fin por la acción humana).
Ante esta conciencia de sí mismos, de la capacidad de elegir, de la responsabilidad. Se nos plantea una serie de interrogantes:
-          ¿Qué hacer ante esta situación?
-          ¿Qué sentido tiene la vida humana?
-          ¿El ser humano es resultado del azar o es parte de un plan preestablecido, en que se le deja libertad de acción en algunos aspectos?
-          Si miramos alrededor nuestro somos los únicos seres, concientes de sí mismos, que podemos manifestarlo y comprender esa conciencia. ¿De dónde nos viene esa capacidad? ¿La podemos comprender sólo con la complejidad cerebral?
-          La observación de la naturaleza no conciente ni intervenida por la acción humana, nos arroja el resultado que cada miembro es parte de un sistema en que la única función que perdura es ser parte de la cadena alimenticia, para mantener el equilibrio sistemático. Nosotros, los seres humanos, como parte de la naturaleza, no escapamos a esta función. Entonces ¿para qué nos sirve el ser concientes y la capacidad de elegir?
-          Y la más sabida de todas las preguntas ¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos?
Todas estas preguntas tienen infinidad de maneras de responderlas, una respuesta por cada ser humano, pero podríamos sintetizarlas en las siguientes posturas:
El ser humano, en su deambular por el mundo, la postura más común es no tomar conciencia de sí y buscar una felicidad en apariencia, sólo vivir y seguir la secuencia que la propia naturaleza le impone. Como sostiene S. Kierkegaard "Un hombre puede realizar perfectamente en ella una vida temporal, y en el fondo, tanto mejor, una vida humana en apariencia, conquistando el elogio de los demás, el honor, la estima y la prosecución de todos los fines terrestres. Pues el siglo, como se dice, no se compone precisamente más que de gentes de su especie, dedicadas en suma al mundo, sabiendo utilizar sus talentos, acumulando dinero, triunfadores, como se dice, y artistas en prever, etc., cuyos nombres pasarán quizás a la historia. ¿Pero han sido verdaderamente ellas mismas? No, pues en lo espiritual han carecido de yo, no han tenido un yo por quien arriesgarlo todo; han carecido absolutamente de yo ante Dios... por egoístas que hayan sido."[1]
"muy a menudo en ellos los sentidos predominan mucho más ampliamente que la intelectualidad. Casi siempre, cuando alguien parece feliz y se vanagloria de serlo, en tanto que a la luz de lo verdadero es un desventurado, se halla a cien leguas de desear que se lo saque de su error. Por el contrario, se enoja y considera como a su peor enemigo a quien se esfuerce en tal cosa, y como un atentado y casi como un crimen a esa manera de comportarse y, como se dice, de matar su felicidad. ¿Por qué? Pues porque es víctima de la sensualidad y de un alma plenamente corporal; porque la vida no conoce más que las categorías de los sentidos: lo agradable y desagradable, y envía de paseo al espíritu, la verdad, etc. Porque es demasiado sensual para tener la valentía, la paciencia de ser espíritu. A pesar de su vanidad y fatuidad, los hombres no poseen de ordinario más que una idea bastante pobre, o incluso ninguna, de ser espíritus, de ser ese absoluto que el hombre puede ser; pero vanidosos e infatuados, ciertamente lo son."[2]
Estos seres humanos pasan por la vida, como dice la frase, sin pena ni gloria, sin una búsqueda de trascendencia, sin intervenir en el sino de la humanidad, sin transformarla, o si lo hacen es solo para beneficio personal, egoístamente personal. Aún cuando pueden sostener, con argumentos científicos, filosóficos, hasta religiosos, su postura, en definitiva, es falta de querer ser concientes de la problemática en que está inserta la humanidad y se dejan llevar por su egocentrismo.
En el otro extremo, encontramos, la postura de anteponerse a los dictámenes de la naturaleza y anularla, creyéndose seres puramente espirituales, por lo que, en la búsqueda de la felicidad, hacen desaparecer su “yo” y se vuelcan a un mundo imaginario, "Lo imaginario en general transporta al hombre en el infinito, pero sólo alejándolo de sí mismo y, de este modo, desviándolo del retorno a sí mismo."[3] Y cuando en su actividad, querer, conocer o sentir, ha pasado de ese modo a lo imaginario, al fin todo el yo también corre el mismo riesgo, se arroje por sí mismo a lo imaginario o más bien se deje arrastrar a ello; en ambos casos sigue siendo responsable. Se lleva entonces una vida imaginaria infinitándose en ella o aislándose en lo abstracto, siempre privado de su yo, del cual sólo se consigue alejarse cada vez más.[4]
Como es natural, ambos extremos se tocan, se mezclan y producen los mismos efectos no intervienen en el quehacer de la humanidad, no transforman la sociedad, o si lo hacen es solo para beneficio personal, egoístamente personal, para beneficio propio, sea éste material o espiritual. Sostienen, con argumentos filosóficos y hasta religiosos, su postura, y tratan de imponerla a los demás seres humanos, en definitiva, es falta de querer ser concientes de la problemática en que está inserta cada ser humano y la humanidad.

Por otra parte, hay quienes toman conciencia de esta situación, toman conciencia de sí mismos, pues, "de este modo la conciencia, la conciencia íntima, es el factor decisivo. Decisivo siempre y cuando se trate del yo. Ella da la medida. Cuanto más conciencia hay, mayor es el yo; pues más crece ella, más crece la voluntad; y cuánto más voluntad existe, más yo hay. En un hombre sin querer no existe el yo; pero cuanto más hay en él, también tiene más conciencia de sí mismo."[5]
"El yo está formado de finito e infinito”[6]. En el ser humano se da una tensión entre lo temporal y eterno. Por un lado está atado a la naturaleza, la cual a pesar de poder comprenderla, no se puede desligar. Los instintos están sublimados y dejan de serlo (instintos) para convertirse en tendencias naturales, un ejemplo de esto es no poder dar una respuesta, que no sea biológica (o una orden divina) a la razón de tener hijos. Por otra parte, hay una tendencia a la eternidad, ansia de inmortalidad; somos concientes de nuestra finitud pero, al mismo tiempo, no tenemos presente a la muerte y cuando se nos presenta, la tratamos como un paso, necesario en la consecución de la perennidad.
En la dialéctica entre lo temporal y eterno, "el yo está formado de finito e infinito. Pero su síntesis es una relación que, aunque derivada, se refiere a sí misma, lo que es la libertad. El yo es libertad”[7].
Libertad es fundamentalmente libertad de elegir. Elegir entre distintas posibilidades y necesidades. “Pero la libertad es la dialéctica de dos categorías, de lo posible y de lo necesario.”[8] Por ejemplo en el caso de la elección sobre tener o no hijos, una pareja puede elegir no tenerlos, pues ello entra dentro de las posibilidades, en cambio si tomamos a la humanidad en su conjunto, necesita procrearse, es una acción necesaria, la cual si no se realiza la se acabaría caería en suicidio.
Conciencia del “yo” es reconocimiento de las necesidades de las cuales no podemos dejarlas de lado, como comer, dormir, haber nacido en un determinado tiempo, y todas las circunstancias que nos tocan vivir y dentro de ellas reconocer las posibilidades de que disponemos para transformar nuestra propia vida y la del resto de los mortales en un progreso hacia condiciones de vida más humanas o sea donde la razón, aceptación de las diferencias, el diálogo, el ceder y conceder, el mirar hacia el otro, la empatía, en fin el bien común, la felicidad.

"Todo hombre que no se conozca como espíritu, o cuyo yo interno no ha adquirido conciencia de sí mismo (…), toda existencia humana que (…) se base nebulosamente en cualquier abstracción universal (Estado, Nación, etc.), o que ciega para sí misma, no vea en sus facultades más que energías de fuente mal explicable, y acepte su yo como un enigma rebelde a toda introspección, toda existencia de este género, por asombroso que sea lo que realice, lo que explique, incluso el universo, por intensamente que goce de la vida en esteta, incluso semejante existencia es desesperación.[9]




[1] Soren Kierkegaard , El Tratado de la Desesperación. http://a.co/bjVjdYy
[2] Ídem.
[3] Ídem.
[4] Cfr. Ídem.
[5] Ídem.
[6] Ídem.
[7] Ídem.
[8] Ídem.
[9] Ídem.
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