27 de agosto de 2013



Ética potencial, Moral estadística

Publicado por: Germán Gallego Laborda
Ética potencial, Moral estadística.
En este escrito se especula con la relación existente entre la ética personal y la capacidad potencial de ejecutar nuestras acciones, así como su efecto en la moral colectiva, relativizando la tópica existencia de valores universales y absolutos.

«Mientras pueda...»
¿Han pensado alguna vez en las infinitas formas de terminar la frase?  En mi caso, es una frase que siempre me ha fascinado. Convenientemente formulada se convierte en una afirmación que, formalmente, compromete mucho, ya que se completa con dos formas verbales que, por naturaleza, implican acción: un infinitivo y un futuro. Aunque se trata de una afirmación con trampa, ya que incluye una premisa inicial un tanto acomodaticia o, quizá mejor expresado, posibilista. Además, admite dos interpretaciones contrapuestas: en su interpretación negativa lleva implícita una especie de coartada justificativa, con una clara intención preventiva ante el fracaso. En esta interpretación, quien la pronuncia pretende disponer de una cláusula de descargo que esgrimir en su momento, tras encontrar una justificación (real o ficticia) que le exima del compromiso formulado, argumentando un patético y conveniente «yo ya lo dije». Por contra, en su interpretación positiva, implica determinación. El compromiso de ejecutar la acción sorteando todos los obstáculos sorteables, entendiendo como tales todos los que estén dentro de nuestras capacidades.

Una afirmación de este tipo puede darse en dos ámbitos: el interno y el externo. Evidentemente, en el primer caso, a menos que nos engañemos a nosotros mismos (algo no siempre descartable), nos estamos refiriendo a reflexiones que representan compromisos reales –o convicciones– que conforman el núcleo duro de nuestra ética personal. Afortunadamente –no sabemos por cuánto tiempo–, nadie tiene acceso a estos compromisos, aunque puede deducirlos a partir de nuestros actos. En el segundo caso –ámbito externo–, las afirmaciones de este tipo son públicas, a pesar de lo cual sigue sin ser accesible su carácter. Nadie está en condiciones de descubrir las verdaderas intenciones de quien las formula. Por lo tanto, en este caso, nunca está de más aplicar una cierta dosis de prevención ante una repentina epidemia de «mientras pueda...».

La colección de verbos es tan amplia como nuestro vocabulario, lo que le confiere subjetividad al tema: no todos nos podemos comprometer a las mismas cosas, haciendo bueno el aforismo de Wittgenstein que afirma «los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo» (TLP, 5.6). Como ejemplo de los más al uso podemos citar: hablar, leer, escribir (éstos, intrascendentes), engañar, robar, estafar, corromper, copiar (normalmente internos, en alza, muy extendidos), ayudar, enseñar, compartir, tolerar (hoy, en franca recesión).

Resulta también interesante explorar la relación existente entre los «mientras pueda...», la ética y la moral. Siempre hemos mantenido que la ética es personal e intransferible y que la conforman nuestros compromisos, representados por nuestro catálogo de «mientras pueda...», tomadas todas las afirmaciones en su interpretación positiva, es decir, sincera. Y que esto es independiente del juicio de valor que nos merezca, el cual depende de la moral al uso, la cual siempre es colectiva y estadística. Debemos suponer que Al Capone (por no citar ejemplos más próximos y sangrantes) obraba según su propia ética (sus propios «mientras pueda...») la cual, evidentemente chocaba de frente, por excepcional, con la moral de la época. Esto quiere decir que el número de mafiosos respecto a la población total de E.E.U.U. era muy pequeño, lo que estadísticamente le hacía ser un cisne negro. Probablemente, en la época actual y en determinados países (no quiero señalar), la situación es bien distinta. La evidencia cotidiana nos dice que la campana de Gauss estadística se va ensanchando, lo que indica claramente una moral más amplia (no quisiera emplear al calificativo de relajada), dando cabida dentro de la normalidad a una mayor cantidad (que no calidad) de «mientras pueda...». A eso vamos, a pesar de la hipócrita pose formal, cada vez más extendida en nuestra anestesiada sociedad, de rasgarse las vestiduras ante acciones que serán más y más frecuentes a medida que los «mientras pueda...» más habituales se vayan incorporando a la ética personal de los miembros de la colectividad: «a fin de cuentas, si lo hacen todos..., mientras pueda, lo haré».

Por acabar, sólo me comprometo a ésto: «Mientras pueda escribir, escribiré». Del resto de mis «mientras pueda...» no informo. Pero tengo mi catálogo. Revisen los suyos y se conocerán un poco mejor.


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