29 de julio de 2013



Muerte: pérdida y misterio

Publicado por: David Sánchez Venegas
 Muerte: pérdida y misterio

La muerte ha sido uno de los misterios que el hombre ha tratado de desentrañar desde su génesis. Asociada en un principio al mal, los ritos mortuorios han estado presentes en todas las religiones como una forma de asegurar un camino plácido al más allá. Sin embargo, ya desde sus orígenes la filosofía occidental nos ha prevenido contra una manera demasiado pesimista de abordar la muerte, una forma de pensar racionalista que nos recuerda que, una vez despojada de mitos y temores, lo único que resta de la muerte es la incógnita, acompañada de una sola verdad: que la muerte supone el fin de lo conocido.

Desde el punto de vista científico, hoy día llamamos muerte al cese de todas las funciones del cuerpo del individuo, siendo así una oposición a la vida, que por lo general es considerada como el conjunto de esas funciones (nutrición, reproducción, etc.). Se forma así por tanto un dualismo, una pareja de opuestos, y se considera el tema zanjado. Esto no debe sorprendernos: la ciencia se limita a corroborar hechos comprobables, y no es lugar para especulaciones. Considerada así, la muerte acarrea el fin de todo placer y todo dolor, un mutismo infinito e inconsciente. Dicho de otro modo: la nada.

La filosofía sin embargo, como área del pensamiento humano especializada en la búsqueda del conocimiento, ha teorizado a lo largo de la historia más de forma más extensa sobre el tema, aportando de este modo nuevos focos a la luz de los cuales considerar el problema. Veamos, pues, algunos de ellos, para tratar de entender como la muerte ha sido separada del mal.

Comenzamos, como no podía ser de otro modo, en la antigua Grecia. En la Apología -escrita por Platón, aunque considerada por la mayor parte de los expertos como una transcripción relativamente fiel de las palabras que su maestro pronunció durante el juicio en el que fue condenado a muerte-, Sócrates conmina a los presentes a no afrontar la muerte con temor, sino con ánimo. Tal sugerencia puede parecer extraña, concede el pensador ateniense, pero deja de serlo si se considera que la muerte solo puede ser dos cosas: o el fin de toda sensación, en cuyo caso sería una gran ventaja, un descanso; o el descenso al Hades, donde podría reencontrarse con hombres sabios, justos y de gran valor, lo que resultaría una experiencia única y deseable. Sócrates pensó durante toda su vida que nada malo podía acaecerle al hombre bueno, y no pensaba que esto pudiera ser diferente tras la muerte.

Aun se dio un paso más en esta dirección en la Edad Media, época en la que el pensamiento occidental, dominado por el cristianismo, consideró la muerte como el mayor de todos los bienes. En efecto, considerando el contexto de la época y las creencias imperantes, no resulta dificil ver por qué: de un lado, una vida sujeta a grandes penurias para la gran mayoría del pueblo, una vida azotada por graves epidemias y por la violencia de la guerra y el poder ejercido sin mesura por aquellos que lo ostentaban, en resumen, la vida entendida como "valle de lágrimas". De otro, el paraíso, el descanso y la felicidad eternos junto al Mesías en el cielo. Evidentemente, la segunda opción resultaba mucho más halagüeña.

Hoy, tras un proceso de Ilustración que fue capaz de sacudir los cimientos de una filosofía que había sido perpetuada con relativamente pocas modificaciones durante más de veinte siglos, estas ideas sobre la muerte no han sido, sin embargo, deshechadas. Jacques Lacan, uno de los pensadores más originales e influyentes del siglo XX, entendió la muerte como un fin necesario para la vida. El filósofo francés consideraba que, sin la certitud de que nuestra vida acabará, no podríamos soportar los avatares de la misma. En otras palabras: el hombre no está hecho para la eternidad.

Estos son solo algunos ejemplos que, sin embargo, espero hayan sido suficientes para que el lector sea capaz de contemplar su futuro, su destino, con tranquilidad y mesura. Ante las tragedias que ocurren diariamente en el mundo, debemos ser conscientes de que la lógica no puede consolar al sentimiento, no puede sofocar el dolor, al menos a corto plazo. Sin embargo confio en que, pasado el tiempo, aquellos que han sufrido lleguen a conclusiones similares y puedan encontrar la paz, aquella paz que Sócrates y Lacan lograron atisbar al borde del abismo.
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