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El obrero






 El trabajo sin cosmos: de la pertenencia a la condena circular


Hubo un tiempo en que el trabajo tenía un lugar en el universo. No hablo de un paraíso perdido ni de una edad dorada que nunca existió. Hablo de una estructura de sentido que, con todas sus injusticias y jerarquías, otorgaba al esfuerzo humano una coordenada. El campesino que araba la tierra sabía que su sudor alimentaba a su aldea, a su señor, a su Dios. El artesano que tallaba la madera sabía que su obra sobreviviría a su cuerpo. El comerciante que cruzaba rutas peligrosas sabía que su riesgo movía el mundo. Cada uno tenía un oficio, y el oficio era una identidad. El trabajo no redimía, pero ubicaba. Decía quién eras, de dónde venías, a quién pertenecías.

Ese cosmos se ha desmoronado. No de un golpe, sino por una lenta erosión de siglos. La modernidad primero, el capitalismo industrial después, y finalmente el feudalismo corporativo que hoy nos gobierna, han ido despojando al trabajo de su función ubicadora. Ya no dice quién eres. Dice cuánto vales. Y ese valor no se mide en dignidad ni en pertenencia, sino en unidades monetarias intercambiables. El trabajo se ha convertido en una mercancía más, y el trabajador en un portador de esa mercancía, un número en una planilla, un costo laboral que hay que minimizar.

En el orden premoderno, el trabajo era parte de un cosmos jerárquico. Esa jerarquía era injusta, sin duda. El siervo no era libre. El aprendiz no elegía su oficio. La mujer no accedía a los gremios. Pero dentro de esa injusticia había un orden. Había un lugar para cada uno, y ese lugar, aunque estrecho, era un lugar. El campesino no era un "recurso humano". Era el que sembraba. El artesano no era un "operario". Era el que hacía. El comerciante no era un "emprendedor". Era el que traía lo que faltaba. El trabajo no redimía, pero ubicaba. Daba identidad, pertenencia, sentido.

La modernidad trajo la promesa de la libertad. El siervo se convirtió en ciudadano. El aprendiz en trabajador libre. El gremio en sindicato. La promesa era que el trabajo, ahora libremente elegido, sería una expresión de la individualidad, un camino hacia la realización personal. Esa promesa se cumplió para unos pocos. Para la mayoría, se convirtió en una trampa. Porque la libertad de elegir tu trabajo, en un sistema donde el trabajo es una mercancía, significa que puedes elegir entre morir de hambre o vender tu tiempo al mejor postor. La libertad formal no es libertad real.


El feudalismo corporativo llevó esta trampa a su culminación. En el orden actual, el trabajo ya no ubica. El obrero produce algo que no entiende, que no posee, que no controla. No sabe para quién trabaja, ni dónde termina su esfuerzo, ni quién se beneficia de él. Solo sabe que debe trabajar para vivir, y que si deja de trabajar, deja de vivir. Su pago es la única certeza en un proceso que le es ajeno. No hay un fin trascendente, no hay un cosmos que lo contenga, no hay una comunidad que lo reconozca. Solo hay supervivencia.

Y cuando el pago es la única justificación, el trabajo se convierte en una condena circular: trabajo para vivir, vivo para trabajar. No hay redención posible porque no hay un fin que trascienda el acto mismo de trabajar. El trabajo ya no es un medio para un fin; el trabajo es el fin, y el fin es el trabajo. Es la definición misma de la alienación. El trabajador se ha convertido en un engranaje de una máquina que no comprende y que no le pertenece.

Esta condena circular tiene consecuencias psicológicas profundas. El trabajador moderno vive en una ansiedad permanente. No sólo teme perder el empleo, sino que teme perder su identidad, porque su identidad se ha construido sobre el trabajo. Cuando el trabajo falla, el yo se desmorona. Cuando el trabajo no reconoce, el yo se vacía. El trabajador moderno es un ser sin cosmos, un ser sin lugar, un ser sin pertenencia. Está solo en medio de una multitud de otros seres solos, todos compitiendo por un lugar que ya no existe.

El feudalismo corporativo ha creado una paradoja perfecta. Por un lado, ha liberado al trabajador de las cadenas de la servidumbre premoderna. Ya no está atado a la tierra, ni al señor, ni al gremio. Es libre de moverse, de cambiar de trabajo, de vender su fuerza en el mercado. Por otro lado, esa libertad es una condena. Porque sin un cosmos que lo ubique, sin una comunidad que lo reconozca, sin un fin que trascienda el acto de trabajar, el trabajador moderno es un ser sin hogar. Su libertad es la libertad del náufrago: puede nadar a donde quiera, pero no hay tierra firme en ninguna parte.


La hegemonia gerencial ha inventado una solución falsa a esta crisis. La "cultura del trabajo", la "meritocracia", el "emprendimiento". Son mitos que prometen redención a través del esfuerzo. Si trabajas duro, si te sacrificas, si eres productivo, serás recompensado. Serás reconocido. Serás alguien. Pero es una mentira. Porque el sistema no recompensa el esfuerzo; recompensa el acceso. Y el acceso no se gana trabajando; se hereda o se compra. El trabajador que cree en la meritocracia es como el peregrino que cree que la reliquia lo salvará. Se consuela con la fe, pero la fe no lo alimenta.

El trabajo, entonces, ya no es un lugar en el cosmos. Es una maldición que se repite todos los días. El trabajador moderno se levanta, va a un lugar que no eligió, hace algo que no entiende, recibe un pago que no le alcanza, y vuelve a casa a descansar para poder repetir el ciclo al día siguiente. No hay redención posible porque no hay un fin trascendente. Sólo hay supervivencia. Y la supervivencia, cuando se convierte en el único horizonte, es una forma lenta de morir.


¿Hay salida? No desde dentro del sistema. El sistema no está diseñado para dar salida. Está diseñado para reproducirse. La salida, si existe, es la reconstrucción de un cosmos. No el cosmos premoderno, que era injusto y jerárquico. Un cosmos nuevo, donde el trabajo vuelva a ubicar, donde la producción vuelva a tener un fin que trascienda el acto mismo de producir, donde el trabajador vuelva a ser algo más que un portador de mercancía. Ese cosmos no se decreta. Se construye, desde abajo, en los márgenes, en las comunidades que resisten, en las economías informales que sobreviven a pesar del sistema. Es un cosmos frágil, precario, pero real. Y en él, el trabajo vuelve a ser lo que fue: no una condena, sino un lugar.