El pánico es lo real, que irrumpe sin la mediación del
fantasma. El cuerpo hablando en puro goce sin sentido. Un significante que no
significa, solo aterra. El pánico no es psíquico, es psicosomático puro, el
sujeto queda desalojado, y lo que habla es el organismo en su puro miedo a su
propia finitud. Las crisis gritan lo que el síntoma susurra. No hay escapatoria
porque la jaula es u propio sistema nervioso, y la llave se perdió en un lugar
que nunca se podrá recordar. El pánico es un mensaje escrito en el código del sistema
límbico. No lo lea. Sobrevívalo.
El goce es siempre un enigma, incluso para quién lo
experimenta. No se reduce el deseo a una patología o a una falta de amor
propio. En realidad, el deseo podría ser muchas cosas. Lo importante no es el
acto en sí, sino qué función cumple en su economía libidinal. ¿es un limite que
lo constituye? ¿Una forma de sentir existir? ¿una manera de localizar un dolor
que de otro modo sería difuso y aún más insoportable? Todos estos parámetros pueden
explicar el comportamiento sadomasoquista que cualquier individuo en cualquier área.
Las formas de capitalismo que han nacido descubrieron
brillantemente, en base a estudios filosóficos y antropológicos, que el objeto
no está en el consumo, sino en el ritual. Es un significante que no significa,
es lo real disfrazado de símbolo, un golpe sin sonido. En la psicosis es el
significante primordial rechazado, que retorna desde lo real como alucinación.
En la neurosis es el ombligo del sueño, ese punto que resiste toda
interpretación. Por eso todo recuerdo de pánico duele tanto, porque es la
presencia de una ausencia que se niega a ser significada. El testigo mudo de
que el lenguaje tiene límites, y que nosotros vivimos en ellos. Por ello el
goce es el nombre que le damos a nuestra relación imposible con lo real. Pero
lo real mismo es más antiguo que el goce. Es el hueso del mundo sobre el que el
goce, ese exceso de vida que duele, se engancha.
Lo real es indiferente, no le importamos. El goce en cambio
nos implica demasiado. Es la manera en que nuestro cuerpo, ese pedazo de real
que somos, intenta inscribirse en lo simbólico y fracasa, y de ese fracaso
extrae una satisfacción enloquecida. Lo real es el abismo, el goce es el vértigo
que sentimos al asomarnos. Y el síntoma es la barandilla torcida que
construimos para poder asomarnos sin caernos del todo. Así que lo real es lo
que hace posible y a la vez imposible todo goce.
Por ello solo existen identificaciones que el sujeto usa
para representarse en el teatro de Otro. El anima y el animus son ejemplos de
ello, Jung los miraba como complementos, aunque perfectamente pueden ser sólo
mascaras que le ayudaran a rechazar en algún sentido lo incontrolable. Pero
cuidado, la promesa de estar completo es la trampa más antigua. Esto es el
estadio del espejo, la escena fundacional. El momento en que el infante,
fragmentado, descoordinado, ve su imagen reflejada unificada, y esa ficción de
totalidad lo seduce para siempre. Ahí nace el yo como alienación primordial, que
es ese otro allí en el espejo, más coherente, más entero que lo que el infante
siente ser. Identificación jubilosa y trágica. De ahí toda su vida irá tras una
imagen ideal, la Gestalt perfecta que nunca coincidirá con su experiencia
vivida de deseo, de falta, de cuerpo en pedazos. Esto significa que el estadio
del espejo no termina nunca. El sujeto sigue identificándose con imágenes prestadas,
nuestro éxito, nuestra mascara social, nuestro “quien creemos ser”. Y esa
identificación es la fuente de toda rivalidad imaginaria, de todo amor al prójimo
como a uno mismo. Con esto es importante decir que la concepción especular es alienante
pero también fundante (Marxismo), porque sin esta identificación primera con la
imagen del otro nunca se accedería al orden simbólico, se quedaría en lo real
del cuerpo en pedazos, en un grito sin dirección. Lo trágico es, entonces, no
la alienación inicial, sino creer que se puede algún día recuperar lo que
perdimos. Porque no perdimos nada que tuviéramos, perdimos la posibilidad de no
estar alienados y esa posibilidad es ya imposible.
El pánico tiene sus raíces del hecho de que toda relación es
ya un problema. La armonía entonces sólo puede ser factible como armonía de
mascaras y no de goce, porque en una relación ningún goce es igual a otro. En
este abismo la cura es construir un puente frágil, sabiendo que el puente nunca
será territorio, sólo un cruce provisional entre dos extranjeros.
Conocer cómo fue engañado, no es para desenmascarar una
verdad ultima. Es para ganar libertad dentro del engaño. El único piso que hay
es el lenguaje, el mar de significantes sobre el que construimos balsas
temporales llamadas “yo”, “identidad”, “verdad”. La balsa no es tierra firme,
pero evita que nos ahoguemos. Cuando sienta pánico, mírese en el acto de nombrar
su hambre. Ahí en ese gesto esta todo lo que puede ser. Un animal que habla. Un
vacío que desea. Una ficción que al saberlo se vuelve, casi, autentica.
