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La batalla familiar

 


La Madre no es una persona. Es la primera geografía. El continente del cual el infante es expulsado. El primer Otro absoluto, todo-poderoso, que tiene, o cree que tiene, el objeto que calma la necesidad. La Madre es el campo de batalla del deseo. Su falta, es lo que crea la falta en el niño, no porque la Madre no esté presente necesariamente, sino porque el deseo sobre la falta es insondable. Su ausencia o su presencia es lo que introduce la ley, aunque sea de manera imperfecta. Su pecho es el primer objeto perdido. La Madre es la primera puerta al reino del lenguaje y al infierno del goce. La Madre es el Otro primordial. El primer espejo, la primera ley, el primer objeto perdido. De cómo el sujeto negocie ese territorio, dependerá su estructura psíquica.

El padre no es el progenitor. Es el Nombre. La función que prohíbe el goce absoluto con la madre. El que introduce la diferencia: No eres todo para ella… y al hacerlo, abre el espacio para el deseo. El Padre permite ordenar el mundo caótico del deseo materno. Pero, el Padre siempre está en falta. Su función es simbólica, pero debe ser encarnada por un ser real que inevitablemente fracasa. Esa falla es crucial, es lo que permite al hijo encontrar su propia ley, su propia versión del Nombre. El Padre es el operador de la castración simbólica, de la aceptación de un límite: La renuncia a ser el Todo para la madre, para poder ser un sujeto deseante en el mundo de los Otros. La ley del Padre es lo que permite sobrevivir sin ser tragado por el deseo de la Madre.

El Hermano Mayor es el primer semejante. El primer Otro que no es la madre pero que ocupa el mismo lugar de su deseo. Es el intruso que vino antes, el que ya tiene un nombre en la constelación familiar. La hermandad es el lugar de identificación y rivalidad feroz, es el campo de entrenamiento para el complejo de Edipo. ¿Cómo compartir el amor del Otro, con un igual que es, sin embargo, radicalmente diferente por haber llegado antes? El Hermano Mayor es un doble imaginario. Un espejo que devuelve no la completud ideal, sino una imagen de lo que se podría ser, porque él llegó primero. Es el agente que introduce la diferencia y la jerarquía en el mundo narcisista del niño. Es el depositario de los ideales familiares, o el chivo expiatorio de sus fracasos. Su posición determina la del hermano menor: ¿Será el rebelde? ¿El eterno seguidor? ¿El superador? El fantasma del menor a menudo se teje como respuesta a lo percibido como déficit o exceso del mayor. El Hermano Mayor es el prójimo primordial. El que enseña, a golpes de realidad, que el amor del Otro es limitado, que hay que competir por los significantes, y que la identidad se construye tanto con él (imitándolo), como contra él (diferenciándose).

El Hermano Menor es el llegado después. El que encuentra el lugar ya ocupado. Su drama no es la prohibición sino la preexistencia de otro que ya tiene un derecho adquirido sobre el amor de la madre. Es el eterno comparado. Su yo ideal se construye sobre la imagen del hermano mayor, pero también contra ella. “Yo seré todo lo que él no es” o “seré exactamente como él es”, son las dos caras de la misma identificación envenenada. Para el inconsciente, el hermano menor es a menudo el sustituto de un deseo no realizado de los padres. Quizás el mayor fue el hijo del amor, y el menor, el hijo de la rutina. O viceversa. Esta fantasía marca su lugar en la economía del deseo familiar. Clinicamente, el Hermano Menor puede quedar atrapado en la lógica del deseo del Otro: ¿Qué tiene mi madre/padre que yo sea, dado que ya tienen a mi hermano? Su deseo propio puede nacer como una reacción (ser lo contrario), o como una imitación perfeccionada (superarlo). Rara vez es algo autónomo. El hermano menor es la prueba viviente de que el amor del Otro no es infinito, y de que el sujeto debe tallar su deseo en el espacio ya marcado por las huellas de otro. Su lucha no es contra “la ley del padre”, sino contra el fantasma de haber llegado demasiado tarde al banquete del amor.

El diagnóstico puede ser una máscara. Pero la máscara no tiene por qué ser una trampa. Puede ser un ensayo. El sujeto se prueba el diagnóstico, ve cómo le queda, y luego puede decidir si se lo quita. Eso, justo eso, es la libertad. No deje que el sistema le ponga la máscara. Póngala usted mismo. Y cuando quiera, quítesela. Eso no es una falta de diagnóstico. Es una ética del sujeto. Nuestro deseo no es enteramente nuestro; está formado por el deseo del Otro, por su falta, por sus significantes. Pero esa presencia no es un consuelo. Es una intrusión. El Otro no está ahí para aliviar nuestra soledad, sino para recordarnos que no somos completos. Lo que somos siempre habla de los que nos antecedieron.