Desproporcionalidad: El congreso, liderando un estado
soberano, versus Silicon Valley.
La crítica es hacia la oligarquía gerencial que usa la retórica "anticapitalista" de la justicia social para demoler a la clase media y crear una masa de siervos dependientes.
La era capitalista real
murió a principios del siglo XX. Lo que vino después fue una era
burocrático-progresista, financiada por la emisión monetaria sin respaldo y
legitimada por una prensa de alquiler.
El capitalismo, en realidad, no es el enemigo, el enemigo es
el capital y todas sus variantes parasitarias. En el feudalismo medieval, la
tierra era la fuente de riqueza, y se otorgaba como feudo a cambio de lealtad
militar. En nuestra forma económica, la riqueza se genera mediante el
privilegio estatal, no mediante la competencia. No es la tierra, sino un marco
regulatorio, una patente, un derecho de propiedad intelectual o una barrera de
entrada administrativa. Google no es rico porque compita en un mercado de
búsquedas, sino porque su monopolio es el feudo de facto otorgado y protegido
por el Estado administrativo. El señor feudal moderno no exige tropas; exige
adhesión ideológica.
El gran capital rinde pleitesía adoptando los dogmas del
Environmental, Social, and Governance (ESG). Una corporación que se desvíe del
dogma es excomulgada, "cancelada" y sus privilegios regulatorios
revocados. La sociedad no es una meritocracia abierta, sino un sistema de
castas con movilidad controlada. Por ejemplo: El Clero Catedralicio,
Universidades, Medios de Comunicación, Burocracias de Recursos Humanos y ONG.
Su función es definir la realidad, la moral y el lenguaje permitido. Su
producto es la legitimidad. Por otro lado, la Nobleza Corporativa: las grandes
tecnológicas, el Complejo Financiero, La Industria Farmacéutica y Los Contratistas
Militares. No producen riqueza ex nihilo; extraen rentas mediante privilegios
de propiedad intelectual, acceso asimétrico al crédito del banco central y
contratos gubernamentales. Un CEO de una Big Tech es funcionalmente un duque.
Los Siervos y los Villanos, la masa de la población, dividida en dos subclases:
El siervo dependiente: Mantenido con subsidios y transferencias directas, atado
a su circunstancia, despolitizado y aplacado con entretenimiento de masas y
retórica de opresión. El villano productivo: El pequeño empresario, el
profesional independiente, el trabajador cualificado que aún posee algún medio
de producción mental o material; este es el campesino libre medieval. Sostiene
el sistema con impuestos y regulaciones sofocantes, y es constantemente
amenazado y expropiado por los otros dos estamentos.
La ley no es un código fijo. Es una interpretación fluida,
continua y expansiva por parte de un sacerdocio (los jueces y burócratas), que
legisla desde el estrado (derecho creativo) y emite bulas regulatorias (fallos
de agencias como la EPA o la SEC). Para la nobleza corporativa, La Ley es un
arma para aplastar competidores. Para el villano (contribuyente), es un riesgo
existencial inescrutable.
El dinero fiduciario, gestionado por el Banco Central, es el
mecanismo de extracción de rentas más eficiente jamás creado. La expansión
cuantitativa es un diezmo que se cobra silenciosamente a todos los tenedores de
moneda, pero los beneficios se canalizan directamente a la nobleza financiera
(los que están más cerca de la imprenta), inflando sus activos mientras se
destruye el poder adquisitivo del Tercer Estado. No es un error; es una
característica del sistema.
Así como el rey medieval dependía de sus nobles para formar
ejércitos, el Estado Moderno externaliza funciones críticas. No sólo la guerra,
sino la vigilancia y la censura. Las grandes tecnológicas no son empresas
privadas neutrales; son feudos militares del clero, encargados de vigilar el
discurso (la nueva herejía) y ejecutar la excomunión digital (desplataformar)
sin juicio público. El feudalismo corporativo es una oligarquía bicéfala de
gerentes y mandarines que ha reemplazado la soberanía nacional y la competencia
de mercado por un sistema de extracción de rentas legitimado por un falso
igualitarismo moral.
El poder está fusionado con la propiedad de una manera que
hace irrelevante la distinción entre Estado y Mercado. No es socialismo, porque
los medios de producción están nominalmente en manos privadas. No es
capitalismo, porque esas manos dependen del favor del Estado, no del
consumidor. Es el statu quo. Es la realidad que el ritual electoral te pide que
ignores cada cuatro años.
El ingreso del rentista financiero (El Burgués), proviene de
la intermediación eficiente del capital. Presta, invierte y asegura en función
de cálculos de riesgo y retorno fríos. Su mundo es el de la aritmética, el
contrato y la señal de precios. Para él, una idea vale cero hasta que genera un
flujo de caja descontable. Su incentivo es la previsibilidad y el respeto
absoluto por la propiedad privada y el derecho de acreedores. La riqueza de la
intelectualidad que viene de un mercado libre es escasa, proviene más bien de
su "capital cultural". Escriben, enseñan, critican. Su moneda es el
prestigio, la credencial y la influencia sobre las mentes jóvenes. Su incentivo
es deconstruir, cuestionar, proponer utopías y elevar su estatus moral por encima
del "vulgar" hombre de negocios (generalmente, visto como
"liberal"). La intelectualidad genuina siempre muerde la mano del
burgués, porque denunciar el materialismo es su producto principal. En un
mercado libre, el financista ve al intelectual como un vendedor de humo
potencialmente peligroso para el orden contractual. Mientras el intelectual ve
al financista como un filisteo con la sensibilidad de una roca. Su relación
natural es de desprecio mutuo y vigilancia recelosa. El Banco financia, por
ejemplo, fábricas y ferrocarriles. Su consejo son ingenieros, contables y
abogados. No contrata poetas. Un error de cálculo lo lleva a la quiebra. Su
responsabilidad es fiduciaria, no moral. La Universidad forma a los hijos de la
burguesía en los clásicos, pero se mantiene como una torre de marfil. Sus
profesores son pobres, respetados e impotentes. Critican el industrialismo,
añoran lo pastoral, escriben poesía. Nadie en Wall Street les pregunta su
opinión sobre una fusión corporativa, ni a ellos se les ocurriría darla. Su
desprecio es un lujo que la burguesía tolera porque no amenaza su poder. Esta
separación es una salvaguarda. El intelectual mantiene la cultura, inculca
virtud y proporciona una brújula estética. El financiero mantiene la eficiencia
material. No se fusionan porque sus fines son divergentes: la verdad o la
belleza versus el beneficio.
El Estado abandona el patrón oro, así se corrompe al
rentista. Crea un Banco Central todopoderoso y empieza a imprimir dinero. De
repente, el financiero ya no gana dinero sirviendo al ahorrador y al
empresario, sino estando cerca de la imprenta. Su habilidad ya no es evaluar
riesgo, sino hacer lobby. Necesita una coartada intelectual que justifique
moralmente su parasitismo inflacionario. La izquierda cultural se la
proporciona.
El Estado inyecta subsidios masivos a la educación superior,
corrompiendo a la intelectualidad, y convirtiendo la universidad en una
burocracia mastodóntica. Los intelectuales ya no son pobres ni están aislados;
son un ejército de funcionarios administrativos que necesitan una justificación
para su nueva riqueza y poder. La izquierda política les da el enemigo (el
capitalismo malvado) y el rentista les da la financiación a través de
fundaciones y contratos de consultoría "woke". La fusión es un pacto
faústico; el banco de inversión paga al departamento de humanidades para que
diga que el dinero fiduciario es "justicia social". El departamento
de humanidades otorga al banquero un certificado de virtud que ningún contrato
comercial podría darle jamás. El rentista obtiene blindaje moral; el
intelectual obtiene poder material. Por eso, en un sistema de libre mercado
auténtico estarían separadas la intelectualidad del sistema financiero. El
capitalista real no necesita que un profesor le diga que es bueno; necesita que
el cliente compre su producto. El intelectual real no necesita que un banquero
le financie; necesita que su libro sea leído. La unión de ambos, forzada por el
Estado hacia abajo: gobernaciones, municipalidades, sindicatos, es la
definición misma de la oligarquía gerencial que hoy nos asfixia.
