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La desaparición de la obra






Hay una pregunta que ya no se puede formular: ¿Qué es el arte? No porque sea difícil, sino porque presupone que el arte tiene una esencia. Y la esencia es un simulacro de la era de la profundidad. Es lo que pensaría Jean Baudrillard: El arte no tiene esencia. Tiene historia, tiene mercado, tiene instituciones, tiene discursos. Pero no tiene ser. O mejor: su ser es un efecto de superficie. Su ser es un simulacro. Y los simulacros no se definen: se juegan. 

El siguiente texto pretende ver el arte, analizarlo, desde la difícil óptica del citado filosofo, el filósofo del simulacro: Jean Baudrillard.


Durante siglos, el arte tuvo un referente. El arte imitaba la naturaleza. El arte representaba lo bello. El arte expresaba lo sublime. El arte revelaba la verdad. El cuadro remitía al paisaje. La escultura remitía al cuerpo. La música remitía al alma. La poesía remitía a los dioses. Había un original: Dios, la naturaleza, la idea, el yo. El arte era una copia. Una copia noble, una copia sagrada, pero copia al fin. El artista era un artesano de la representación. Su obra era un puente entre lo visible y lo invisible. Su genio era una deuda con el más allá.

Después, con la modernidad, el arte se emancipó. Ya no quiso copiar. Quiso crear. Ya no quiso representar. Quiso presentar. Ya no quiso revelar. Quiso provocar. La vanguardia rompió con el referente. El cubismo descompuso el rostro. El dadaísmo escupió sobre el museo. El surrealismo exploró el inconsciente. El arte abstracto eliminó el objeto. La obra ya no remitía a nada. O eso creía. Porque en realidad, la vanguardia seguía creyendo en algo: en la novedad, en la ruptura, en la subversión, en la verdad del arte. El artista de vanguardia era un profeta. Denunciaba la alienación. Anunciaba la liberación. Creía que el arte podía cambiar la vida. Todavía había un referente: la revolución, el deseo, lo real.

Hoy ya no. Hoy el arte ha entrado en el tercer orden de simulacros. Ya no copia. Ya no crea. Produce. Produce signos que remiten a otros signos. Produce imágenes que remiten a otras imágenes. Produce obras que remiten a otras obras. El arte contemporáneo no representa nada. No expresa nada. No revela nada. Se exhibe. Se cita. Se recicla. Se parodia. Se vende. El arte se ha convertido en un género del mercado. En una marca. En un signo de distinción. En un activo financiero. En una experiencia. En un contenido. En un evento. En un Espectáculo.

Piensa en el museo. El museo ya no es un templo. Es un centro comercial. Un parque temático. Un espacio de consumo. Allí no se contempla: se circula. No se admira: se fotografía. No se interpreta: se comparte. La obra ya no es un objeto: es una imagen. Y la imagen no remite a la obra. Remite a otras imágenes. A Instagram. A TikTok. Al catálogo. A la tienda. Al selfi. El arte se ha vuelto una experiencia para ser consumida. Y como toda experiencia de consumo, se agota en el acto mismo de consumirla. La obra desaparece en su reproducción. La obra desaparece en su difusión. La obra desaparece en su comunicación. La obra ya no está en el museo: está en la red. Y en la red, todo es simulacro.

Piensa en el artista. El artista ya no es un genio. Es un productor. Un empresario de sí mismo. Un gestor de marca. Un influencer. Un creador de contenido. El artista contemporáneo no sufre. No se angustia. No busca la verdad. No rompe con nada. Se adapta. Se promociona. Se expone. Se vende. El artista ya no es un marginal: es un profesional. Ya no es un profeta: es un proveedor. Ya no es un revolucionario: es un emprendedor. El arte se ha convertido en una carrera. Y la carrera se mide en visibilidad, en seguidores, en premios, en ferias, en bienales, en subastas. El artista ya no crea obras: crea audiencias. Y las audiencias no buscan verdad: buscan entretenimiento. Buscan emoción. Buscan experiencia. Buscan vértigo.

Piensa en el espectador. El espectador ya no contempla. Consume. No interpreta. Reacciona. No busca sentido. Busca impacto. No quiere ser transformado. Quiere ser entretenido. El espectador contemporáneo no va al museo a pensar. Va a ver. A ver y ser visto. A fotografiar y ser fotografiado. A compartir y ser compartido. El arte se ha vuelto una forma de comunicación. Y la comunicación no busca la verdad: busca la conexión. Busca el like. Busca el comentario. Busca el share. El espectador ya no es un sujeto: es un terminal. Un nodo. Un punto en la red. Y en la red, todo es simulacro.

Entonces, ¿qué es el arte? El arte es lo que se llama arte. Y lo que se llama arte es un efecto del discurso. Del museo. Del mercado. De la crítica. De la academia. De los medios. De las redes. No hay arte sin institución. No hay arte sin discurso. No hay arte sin simulacro. El arte no es una esencia: es una producción. No es una verdad: es un régimen. No es una obra: es un signo. Y el signo no remite a nada. Remite a otros signos. El arte es el juego de los signos cuando ya no tienen que significar.

Pero cuidado. No digo que el arte haya muerto. Digo que ha desaparecido. Y la desaparición no es una muerte. Es una transformación. El arte ya no está en la obra. Está en su difusión. Está en su reproducción. Está en su comunicación. Está en su consumo. El arte se ha vuelto ubicuo. Y lo ubicuo ya no tiene lugar. Lo ubicuo ya no tiene aura. Lo ubicuo ya no tiene original. El arte está en todas partes. Y por eso ya no está en ninguna. El arte se ha vuelto un simulacro. Y el simulacro no se contempla: se juega.

¿Es esto una catástrofe? No. Es una oportunidad. Si el arte ya no tiene esencia, entonces todo puede ser arte. Si el arte ya no tiene original, entonces todo es copia. Si el arte ya no tiene verdad, entonces todo es ficción. Y en ese juego, en esa copia, en esa ficción, hay una libertad nueva. La libertad de no tener que ser arte. La libertad de no tener que ser obra. La libertad de no tener que ser verdad. La libertad de jugar con los signos. De seducir con las imágenes. De producir simulacros. Sin creer en ellos. Sin aferrarse a ellos. Sin morir por ellos.

El arte, entonces, no es una cosa. Es un juego. Un juego con los signos. Un juego con las apariencias. Un juego con los simulacros. Y el que juega bien no busca la verdad. Busca el vértigo. No busca la belleza. Busca la intensidad. No busca la eternidad. Busca el instante. El arte es el vértigo de la superficie. Es la seducción de la imagen. Es el simulacro de la obra. Y en ese juego, en ese vértigo, en esa seducción, el arte se juega. Sin red. Sin garantías. Sin excusas. Sólo el juego. Sólo la superficie. Sólo el simulacro.