Herder y la educación para la humanidad
“Herder fue uno de los primeros en concebir el espíritu de un pueblo como un todo vivo, animado por una misma alma”.
G.W.F. HEGEL
![]() |
| Herder y la educación como formación de la humanidad |
En tiempos de estandarización cultural, de tecnocratización instructivista, de depauperación del lenguaje y, en última instancia, de una cada vez mayor pobreza espiritual, resulta pertinente volver la mirada hacia una de las contribuciones más fecundas del humanismo moderno: el ensayo sobre la Filosofía de la historia para la educación de la humanidad, de Johann Gottfried Herder, publicado en 1784 y 1791. No se trata de un ejercicio erudito ni de un sentimiento de nostalgia por las formas de la metodología ilustrada sino, más bien, de una auténtica concepción histórico-filosófica que se propone dar cuenta de la causa principal de las crisis orgánicas sufridas por las sociedades, a saber: la desestimación de la educación.
Herder concibe la educación a la luz de un principio fundamental: la humanidad no es un dato natural ni una abstracción moral sino una conquista histórica. No se nace humano en sentido pleno: se llega a serlo mediante un proceso de formación (Bildung) que se despliega en el tiempo, en la lengua, en las costumbres, en la memoria colectiva y en las formas de vida compartidas. Todo lo cual se resume en una expresión: Ethos. La labor de Educar para la humanidad no es, en consecuencia, el mecanismo de transmisión de un repertorio de normas universales abstractas sino la formación y con-formación de sujetos capaces de reconocerse como agentes históricos de un mundo que ellos mismos producen. Solo así se llega a conquistar la autentica ciudadanía.
Se trata de una tesis aparentemente simple que, no obstante, comporta una ruptura decisiva con el racionalismo y el empirismo dominantes en su tiempo, doctrinas que, además, sustentaron buena parte de las tesis de la Ilustración y, más tarde, de la fe positivista. Frente a la idea de “lo dado naturalmente” o de la razón universal desarraigada de la experiencia histórica, Herder afirma que el ser humano es, ante todo, un ser situado, es decir, sensible, lingüístico, afectivo y esencialmente histórico. La educación no puede reducirse a la mera instrucción técnica ni a los hueros esquemas del adoctrinamiento moral. Educar es un proceso orgánico para el cultivo de las potencialidades humanas en su contexto vital. Un argumento que, por cierto, tiene en Vico su mayor antecedente y en Hegel su mayor y más acabada expresión filosófica.
De hecho, la afinidad de Herder con la concepción historicista de la filosofía resulta evidente. La humanidad no se realiza fuera de la historia ni por encima de ella, sino en, con y a través de la praxis histórica concreta. Cada época, cada pueblo, cada forma cultural, aporta una figura singular de lo humano. No existe un modelo único de civilización ni una vía privilegiada hacia la plenitud. Existen múltiples caminos, laberintos, galeras históricas que, en su diversidad, van configurando el rostro diverso, múltiple y plural que va con-formando la unidad concreta del espíritu humano.
Uno de los aportes más decisivos de Herder es el hecho de haber situado el lenguaje en el centro del proceso educativo. El lenguaje no es un simple medio de comunicación: es el espacio originario donde se forma la conciencia histórico-concreta. En la lengua se sedimentan las experiencias de un pueblo, su relación con la naturaleza, su sensibilidad moral y su imaginación simbólica. Educar para la humanidad implica, por tanto, educar en y para la lengua viva de una comunidad, no para encerrarse en ella sino para compenetrarse desde ella con otros pueblos, con otras culturas.
Se trata, además, de una concepción profundamente antidogmática y anticolonial del humanismo. La humanidad no se impone desde un centro que se arroga el monopolio de la razón, sino que se reconoce en la pluralidad de las culturas. La tarea educativa no consiste en homogeneizar sino en formar la capacidad -más que de entender- de comprender, traducir y dialogar. La verdadera universalidad no es abstracta: es el resultado de un trabajo histórico de mediación de las diferencias.
Pero la idea herderiana de Humanität no se agota en la dimensión de la Kultur. Comprende, de igual modo, un núcleo ético-político irrenunciable: educar para la humanidad es formar la capacidad de simpatía, de reconocimiento del otro, como semejante en la diferencia. No se trata de una moralidad formal, en sentido kantiano, sino de una ética encarnada en la experiencia histórica, en la que sentimiento y razón se articulan en la historicidad del Verum-Factum. La educación es, en este sentido, inseparable de la formación del juicio y de la responsabilidad. No hay, por tanto, un “pensamiento crítico”, porque tal cosa no pasa de ser una cacofonía, una innecesaria adjetivación, una redundancia y, en último término, una tautología. No hay manera de que el pensamiento, en sentido enfático, no sea crítico en y para sí mismo.
A la luz de la perspectiva herderiana, la educación aparece como una praxis histórica fundamental, como el medio en virtud del cual la humanidad se reproduce y se transforma. No hay humanidad sin transmisión, pero tampoco sin creación. Cada generación recibe un legado que no puede limitarse a conservar, por lo que tiene que ser reelaborado sobre la base de sus propias condiciones históricas. La educación es, así, el lugar donde se entrecruzan la tradición y la novedad, la memoria y el proyecto, la conservación y la superación.
Este es un aspecto que resulta especialmente relevante para la reconstrucción de la educación en sociedades marcadas por un profundo desgarramiento, esas que terminan en la pérdida de sentido y la fragmentación social. Cuando la educación se reduce al simple entrenamiento instrumental para el mercado laboral o a la mera gestión de las competencias técnicas, entonces pierde su dimensión humanizadora. Instruir no es lo mismo que educar. Herder advierte que educar implica formar sujetos capaces de comprender su tiempo y de intervenir en él. No basta con los ejecutores de las funciones metódicas predefinidas.
De ahí que la Educación para la humanidad se revele como el fundamento de una concepción crítica e histórica de las sociedades abiertas, libres, auténticamente democráticas. Y si bien Herder no describe en su ensayo el mundo tal como es, lo orienta a la acción de lo que puede y debe necesariamente llegar a ser. Porque la humanidad como tal no está garantizada por ningún progreso automático, y porque la libre voluntad es una tarea siempre inacabada, expuesta al fracaso e, incluso, a la barbarie y la regresión. Precisamente por eso, la educación constituye el principio ético-político más profundo del quehacer social, dado que forma y con-formación las condiciones de posibilidad de una vida histórica digna, conscientemente conducida por auténticos ciudadanos.
Es verdad que Herder no ofrece un sistema acabado ni un programa pedagógico detallado. Ofrece, más bien, una exhortación filosófica que concibe la educación como la praxis histórica esencial de toda humanización. En esto reside su vigencia. En un mundo que oscila entre el tecnicismo sin alma y el moralismo vacío, entre el culto por lo privado y el pensamiento débil, el ensayo de Herder invita a recuperar una concepción de la educación como formación integral del ser humano en su historicidad. Educar para la humanidad es, pues, educar para la libertad, entendida no como una entelequia metafísica sino como la capacidad de hacerse responsables del propio destino. En esta tarea, su filosofía no prescribe recetas, pero sí ilumina el sentido de la actio mentis. Quizá por eso, el eco de la voz de Herder no retumbe en el presente como una voz del pasado, sino como un interlocutor indispensable de un tiempo que ha sido aprehendido con el pensamiento.
