Toda idea crítica lleva dos vidas: la que vive cuando es peligrosa y la que vive cuando se ha vuelto respetable. El feminismo, hoy, vive las dos al mismo tiempo, en lugares distintos del mundo, y esa simultaneidad es lo primero que hay que decir, porque casi todo lo demás se deduce de ella. En un país se discute si una mujer puede conducir; en otro se discute si puede quejarse de su jefe. Llamar a ambas cosas con la misma palabra no es un error: es una necesidad política y, a la vez, una fuente inagotable de confusión. Quien no vea esa tensión no está describiendo el feminismo: está describiendo su propia comodidad.
Empecemos por lo que el feminismo no es, porque en esto he aprendido a ser desconfiado. No es una cuestión de identidad, como no lo es el pensamiento crítico. No se es feminista como se es socio de un club, con carné y cuota. El feminismo es una manera de mirar: una hermenéutica de la sospecha, como diría Susan Sontang, aplicada al orden sexual. Y como toda hermenéutica, corre el riesgo de volverse dogma, de encontrar siempre lo que ya sabía que iba a encontrar. Ese es el peligro. Una sospecha que no se sospecha a sí misma deja de ser lucidez y se convierte en teología.
He desconfiado buena parte de mi vida de la naturalización. Decir que algo es "natural" es, casi siempre, una manera de decir que no queremos cambiarlo. Se nos dijo durante siglos que la mujer era más intuitiva, más pacífica, más cercana a la tierra y al cuidado. Esas frases se pronunciaban con tono de elogio, y eran jaulas. La metáfora se volvía destino. Bien: ese combate no ha terminado, sólo ha cambiado de disfraz. Hoy se nos dice que la mujer es más resiliente, más auténtica, más empoderada. Y no es casualidad que esas virtudes sean exactamente las que el mercado laboral contemporáneo exige: flexibilidad, resistencia al sufrimiento, capacidad de soportar la incertidumbre sin quejarse. La vieja jaula tenía barrotes de virtud doméstica; la nueva tiene barrotes de superación personal. La palabra "empoderamiento" ha sido secuestrada con una eficacia que merece respeto: ha convertido una crítica estructural en un programa de optimización individual. Ya no se trata de transformar las condiciones; se trata de que la mujer se adapte a ellas con más elegancia. Eso no es liberación. Es la misma habitación con otra pintura.
Hay un punto en el que debo ser preciso, porque se ha malinterpretado. La igualdad dentro de una estructura injusta no es justicia: es complicidad. Que haya más mujeres en los consejos de administración de las empresas que destruyen el mundo no es un avance civilizatorio; es un avance de algunas mujeres, lo cual es distinto. Y no lo digo como reproche moral, sino como advertencia analítica. Cuando la única medida del progreso es la presencia femenina en las jerarquías existentes, hemos aceptado que las jerarquías son el horizonte. La pregunta por el poder se ha sustituido por la pregunta por el acceso al poder. Y esa sustitución es, quizá, la operación ideológica más exitosa de nuestro tiempo.
Ahora bien, la crítica a la estructura no debe conducir a la disolución de la experiencia. Existe una tentación simétrica a la naturalización, y es igualmente perezosa: la de decir que "la mujer" no existe, que es una construcción, un efecto, una ficción útil. Es verdad que la categoría es histórica y que las mujeres no somos un bloque. Nunca lo hemos sido. Una mujer de Laos y una mujer de Estocolmo no comparten condiciones, ni miedos, ni enemigos. Pero de ahí a concluir que no hay nada que la categoría designe hay un salto exagerado por decirlo menos, porque ese salto se hace siempre desde un lugar cómodo, y sus consecuencias las pagan otras. Cuando se disuelve la categoría, se pierde la posibilidad de nombrar la estadística: quién limpia las casas, quién cuida a los ancianos, quién muere en el parto, quién es asesinada por su pareja. La abstracción es un lujo que se paga con el silencio sobre los cuerpos concretos.
El cuerpo es el lugar donde el orden social escribe sus miedos. El cuerpo de la mujer ha sido, durante siglos, el territorio donde se dirimen las ansiedades de otros: la pureza de la familia, el honor del clan, la continuidad de la nación, la moral pública. Y hoy se libra una batalla absurda entre dos puritanismos que se necesitan mutuamente. Uno dice: tu cuerpo es sagrado, no lo toques, no lo muestres, no decidas. El otro dice: tu cuerpo es tu marca, optimízalo, exhíbelo, monetízalo. Son enemigos que se alimentan. Ambos convierten el cuerpo en un mensaje dirigido a otros. Ambos desconfían del deseo femenino como algo que no necesita justificación. La libertad sexual no consiste en follar mucho ni en follar poco: consiste en que el deseo no tenga que dar explicaciones, ni a la iglesia, ni al estado, ni al algoritmo, ni al feminismo catequístico que ha decidido qué es un deseo correcto. Porque el deseo es una falta, tan particular como singular.
Y está la violencia, que no admite metáforas... no se debe pensar el sufrimiento por analogía. La violación no es una metáfora de la guerra: es un instrumento de la guerra. El feminicidio no es un síntoma de una "cultura": es un hecho, con un autor, con una impunidad calculada. hay que desconfiar de cualquier discurso que, al hablar de esto, se refugie en la teoría. La teoría es necesaria, pero hay un punto en el que la teoría se vuelve obscena: cuando sustituye al recuento. Nombrar, contar, exigir. Lo demás es literatura, y yo escribo literatura, pero sé distinguir cuándo mi oficio es un lujo. Tengo el lujo de escribir, aunque sea un trabajo pesado, con muchos peros detrás, con muchos miedos y horas y horas de lectura... tengo el lujo de escribir, a veces es mas de lo que puede pedir un tipo de en mi condición.
Hay una última cosa que quiero decir, y es la que considero más urgente para este siglo. La gran vergüenza del pensamiento feminista contemporáneo es que ha hablado mucho de la mujer que trabaja fuera de casa y muy poco del trabajo que sostiene la vida. El cuidado. La dependencia. La vejez, la enfermedad, la infancia. La pandemia lo puso a la vista con una claridad brutal, y lo olvidamos con una velocidad igualmente brutal. La pregunta no es si las mujeres pueden acceder a la esfera pública: esa pregunta ya la ganaron, aunque la ganaron mal. La pregunta es si la esfera privada va a dejar de ser una colonia. Mientras el cuidado siga siendo una tarea feminizada y mal pagada, o no pagada, la igualdad será una ficción para las mujeres que pueden comprar sustitutos, y una doble jornada para las que no. El feminismo que no piensa esto es un feminismo de clase media que se ha tomado a sí mismo por el mundo.
Termino con lucidez, y desconfianza hacia el consuelo. El feminismo que se vuelve catecismo se vuelve iglesia, y toda iglesia tiene inquisición. Prefiero un movimiento que incomode, que se equivoque, que discuta consigo mismo, a uno que exija pureza y castigue la duda. La energía del feminismo no está en su capacidad de consolar, sino en su capacidad de seguir preguntando cuando las respuestas se han vuelto cómodas. Y pienso, para no perderme en abstracciones, en una mujer concreta: la que espera en el pasillo de un hospital público, con un hijo en brazos y otro en casa, y que no leerá este artículo. La teoría que no sea capaz de estar a su altura no merece llamarse pensamiento. Merece llamarse adorno.

Publica un comentario: