La barbarie de la reflexión o el retorno de la barbarie

Análisis sobre cómo la racionalidad instrumental y la desconexión entre teoría y práctica generan una nueva barbarie en la civilización actual.
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La barbarie de la reflexión (o el retorno de la barbarie)

Figura humana con engranajes en la cabeza sosteniendo una esfera
 La razón instrumental nos aleja de la creación humana, convirtiendo la reflexión en una nueva forma de barbarie.

“La razón sin el entendimiento no es nada;
el entendimiento sin la razón es algo”

GWF Hegel

A Don Asdrubal Aguiar

Existe una forma de barbarie que no nace de la ausencia de conocimiento sino, más bien, de su precipitación, una vez escindidas theoria y praxis, y colocada esta última más cerca de la techné que de la poiesis. No se trata, en consecuencia, de la barbarie del bestione, ese semi-hombre, machete en mano, todavía ajeno y distante al conocimiento -preso en la fertilidad de sus mitos y fantasías-, sino aquella que aparece con los “ataques cinéticos”, cabe decir, cuando el entendimiento ha llegado a alcanzar una extraordinaria capacidad de abstracción, al punto de perder la facultad de reconocer su responsabilidad en lo que ha hecho. Entonces, la reflexión deja de ser el movimiento mediante el cual la conciencia regresa sobre su propia actividad para convertirse en una operación que puede justificarse a sí misma mientras permanece externa e indiferente frente a sus consecuencias.

Vico había previsto la posibilidad de semejante malabarismo. Lo caracterizó bajo el nombre de barbarie della riflessione. Porque no se trata de un retorno mecánico de la sociedad a la condición primitiva. Lo que Vico designa como ricorso no implica un simple retroceso hacia estadios históricos “ya superados”, como si la historia pudiera desandar mecánicamente sus pasos. La barbarie retorna cuando la civilización, después de haber desarrollado las más elevadas formas reflexivas, pierde la condición sustancial de la actividad que las produjo, o en otros términos, cuando sustancia y sujeto dejan de reconocerse mutuamente. Entonces, los términos se invierten y cristalizan. El entendimiento asume el puesto de la razón mientras que la actividad sensitiva humana -la praxis- se vuelve ajena en sí misma. Y así, el entendimiento comienza a conocer cada vez más el cómo hacer algo sin preguntarse por el qué hace o por el por qué lo hace. Al desmembrarse lo concreto, lo que con-crece, solo resta lugar para las abstracciones.

Nicolás Maquiavelo ya había observado que la praxis -a la que llama Virtù- funda el concepto. De hecho, a partir de su argumentación, lo político deja de flotar sobre la realidad como una idea normativa exterior -como un “castillo sobre las nubes”- para devenir realtà effettuale de las cosas, permanente y continua compenetración de la actividad sensitiva humana y la real y efectiva objetividad del mundo. No como las cosas deberían ser, sino tal y como son.

Más tarde, Giordano Bruno comprendió que la praxis, en tanto que lo determina, es lo que transforma y hace concrecer al concepto. El universo infinito bruniano ya no puede ser comprendido como un orden cerrado y acabado, al que la inteligencia simplemente se debe adecuar. El concepto mismo cobra vida y su Spaccio entra en movimiento cuando la realidad que lo sostiene se transforma. Pero por si fuera poco, Spinoza coloca las premisas para elevar a sistema de la verdad la necesidad de la recíproca adecuación -la adequatio- de las ideas y las cosas, de tal manera que la praxis, como actividad subjetivamente objetiva, pueda ejercer el regressus al concepto tanto como el concepto puede hacerlo en relación con la praxis. Después de estas contribuciones de Maquiavelo, Bruno y Spinoza, el intelligere deja de ser la mera contemplación exterior de una sustancia inmóvil para devenir actividad de la misma realidad sustancial en el proceso inagotable de hacerse inteligibilidad. Después de ellos, todas as determinaciones necesarias para el surgimiento de la Scienza Nuova viquiana crecen y concrecen.

El Regressus que deriva de la Emendatio spinoziana consiste, precisamente, en ese movimiento: el re-tornar de la actividad de la conciencia a las causas de su propia actividad. Por eso mismo, no hay Regressus sin desgarramiento. Para poder regresar, es preciso comprender que la inmediatez que aparece como “ley eterna”, como algo inamovible, requiere ser sorprendido en su apariencia y compelido a reconocerse como un momento cosificado y extrañado de la actividad de la cual resulta. El problema comienza justo cuando el desgarramiento es puesto y fijado. Y entonces, inevitablemente, el concepto deja de regresar a la praxis y la praxis deja de reconocerse en el concepto. La reflexión invierte las imágenes. De ahí que el entendimiento pueda multiplicar al infinito -como los fractales- sus conexiones, sus categorías, sus sistemas de clasificación, sus procedimientos de cálculo. Pero cuanto más refinada se vuelve su capacidad operatoria, más se aleja de la verdad de la condición civil, cabe decir: de la Eticidad. No por casualidad, Spinoza escribió una metafísica que lleva por título: Ethica.

Este proceso que comienza con Maquiavelo y conduce directamente a Vico -¡y a Hegel!- configura, por cierto, los elementos fundamentales de la crítica hecha por Adorno y Horkheimer a la razón instrumental, esa forma particular de racionalidad de las sociedades industriales avanzadas en la cual el conocimiento se define por su capacidad de disponer de medios para alcanzar fines previamente establecidos, mientras la interrogación acerca de dichos fines queda fuera de la adecuación de lo real y lo racional. Así, la racionalidad instrumental se vuelve eficiente en la medida en que deja de preguntarse por lo que produce su eficiencia, sea “super inteligencia”, “oro de sangre”, gas o petróleo como “botín de guerra”.

No se trata de que la razón se haya vuelto irracional, como señalan los teóricos de la posmodernidad. Aparte de la acuciante necesidad de no confundir razón con entendimiento y de la exigencia de denunciar la usurpación hecha por éste de aquella bajo la figura de la racionalidad instrumental, se trata, más bien, de que mediante procedimientos perfectamente racionalizados inevitablemente se termina produciendo barbarie, al punto de convertirla en la más prominente de las mercancías de la gigantesca industria contemporánea, incluyendo la cultural. La civilización ya no necesita abandonar la instrumentalización de la razón para regresar a la barbarie: es ella quien la produce desde sus propias entrañas.

Este es el punto neurálgico del concepto viquiano de barbarie ritornata que, según él, se habría iniciado con el cogito cartesiano y su sustitución de la razón por “el método” y las “reglas”. Solo que ahora, como resultado de su pasmoso desarrollo exponencial, su condición civil puede disponer de estadísticas, instrumentos de medición, instituciones, tecnologías, especialistas, cálculos, sistemas administrativos y lenguajes algorítmicos altamente sofisticados, mucho más de lo que hubiese llegado a imaginar Descartes. La ratio technica está, incluso, en condiciones de producir “episodios” reflexivos permanentes sobre sí misma. El escenario está listo para la desaparición de la idea de Nación. Todo lo cual se traduce, en términos reales, en la confirmación del hecho de que la barbarie -unas veces bajo la forma del Big brother y otras bajo la de Un mundo feliz- hace tiempo dejó de ser lo contrario de la civilización para transformarse en su legítima heredera. En alguna parte, Federico Engels escribió, no sin razón, que el proletariado alemán era el legítimo heredero de la filosofía clásica alemana. Pues bien, mutatis mutandi, cabe la paráfrasis: la barbarie de la reflexión, autocrática y totalitaria que acompaña al pórtico del presente siglo, es la hija legítima del desbordamiento de la racionalidad instrumental.

La civilización contemporánea lleva en sus entrañas aquello que se había propuesto superar. El progreso tecnológico no garantiza el progreso humano porque la tecnología puede perfeccionar indefinidamente la masificación de sus medios mientras permanezca intacta la separación del hacer y su concepto. Las formas absolutistas y despóticas presentes en este torcido comienzo de siglo encuentran su justificación a la sombra de semejante construcción de las estructuras económicas y sociales.

Por eso la barbarie de la reflexión no es la ausencia de conocimiento, aunque sí de saber. Como se ha indicado, se trata de la reflexión convertida en sustituto del pensar como hacer y del hacer como pensar, de aquella asombrosa adecuación especulativa de Kosmos y Polis que no solo caracterizó al mundo clásico antiguo, sino también al Renacimiento. Con su ruptura, el pensamiento deja de ser una actividad mediante la cual la realidad se transforma para terminar siendo un tipo de técnica que administra las representaciones de la realidad. En una expresión, el pensamiento deja de pensar. Y cuendo no es reducido a una teología positiva, termina siendo una experta en administración y contabilidad. La conciencia contempla su propia impotencia, la describe, la interpreta, explica sus cómo y sus qué, e incluso, hasta puede llegar a indignarse ante ella. Pero la abstracción (lo separado) termina ocupando el lugar de la creación.

Tal vez, a la luz de estas consideraciones, se pueda llegar a comprender por qué la razón en sentido enfático es un Spaccio, como lo llama Bruno. Es decir, una forma de hacer circular, de distribuir o de espaciar -precisamente, de spacciare-, los signos de la bestia triunfante que pueden incluso llegar a reemplazar la cosa misma. La inversión es completa. Lo que debía ser mediación ha sido puesto como fin y lo que debía iluminar el derecho y la libertad termina sustituyéndolos. Así, pues, lo que debía ser conciencia de la creación humana es literalmente devorado por la maquinaria de reproducción de lo existente.

La barbarie ha retornado como resultado de una civilización manipulada que terminó por ser incapaz de asumir las consecuencias de sus propias incapacidades de comprensión. Y en este sentido, barbarie della riflessione significa que los hombres no solo han sido directa o indirectamente obligados a renunciar al pensamiento, sino que, además, han sido premeditadamente conducidos a renunciar a la recíproca adequatio de pensar y hacer, convenciéndolos de que sólo se trata de una ilusión. Y es que, quizá, el mayor peligro de la civilización no consista en la desaparición de la razón, sino en la escisión del Verum y el Factum. Porque cuando la razón ya no se reconoce como resultado de la actividad humana se convierte en el instrumento de aquello que pretendía superar.

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