El poder, la ira y la tiranía en la filosofía de Séneca

Reflexión sobre Séneca, la ira y el poder. Descubre por qué la tiranía y la violencia ocultan la pobreza interior y la falta de autogobierno.
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Escultura de mármol de Séneca contrastando con una gran sombra que simboliza la ira y la tiranía
El verdadero poder reside en el autogobierno interior, no en la imposición de la ira.

Séneca, de ira, II, 1-3

Los entusiastas apologetas de la certeza sensible y del sentido común suelen identificar poder con grandeza, y hasta prescriben que el mando sobre los demás es la via regia para conquistar el empoderamiento de sí mismo. Y sin embargo, no existe mayor esclavitud que la de quien no puede gobernar sus propias pasiones. Maquiavelo y Spinoza los caracterizaban como “i tristi”, es decir, los tristes. Y es que, en efecto, son como almas en pena. El poder exterior del ególatra puede parecer inmenso, pero debajo de la opulencia se oculta el abismo de la pobreza interior que su ilimitada incapacidad, su estallido violento y su soberbia, tarde o temprano, ponen al descubierto. Hace casi dos mil años, Lucio Anneo Séneca supo comprender esta terrible paradoja.

Séneca nació en la España tutelada por Roma, cuatro años antes de la era cristiana. Provenía de una familia acomodada que muy pronto lo enviaría a Roma, donde recibió una extraordinaria formación filosófica. Su vida transcurrió muy cerca del poder imperial, desde donde pudo observar el reverso de la medalla. Acusado de adulterio y enviado al exilio en Córcega durante los primeros años del reinado de Claudio, regresó a Roma para convertirse en el preceptor del joven Nerón y, más tarde, en uno de sus principales consejeros. Pero el filósofo que había formado al futuro emperador terminó siendo su víctima: fue acusado de participar en la conspiración de Pisón, y recibió la orden de quitarse la vida en el año 65.

Una de sus obras fundamentales lleva por título De Ira. Se trata de un breve tratado compuesto por tres libros en los que la ira aparece no como una simple emoción pasajera, sino como una pasión capaz de trastornar el juicio y someter al individuo. Séneca no se limita a aconsejar moderación. Quiere comprender qué sucede cuando esa afección se apodera de sus víctimas para convertirlas en sus instrumentos. No se trata, pues, de cómo evitar la cólera, sino de cómo impedir que los individuos terminen siendo gobernados por eso que creen poder gobernar.

El iracundo suele imaginar que la violencia manifiesta su fortaleza. Pero la violencia puede ser, más bien, la exteriorización de su profunda impotencia. Quien necesita imponer constantemente su voluntad mediante amenazas, insultos, humillaciones o castigos revela carecer de lo que constituye la verdadera autoridad: la capacidad de autogobierno. Y es que hay individuos que, habiendo conquistado el poder sobre los demás, no logran conquistar el control de sí mismos.

El poderoso iracundo parece dominar porque todos a su alrededor le obedecen; pero cuanto más depende de su ira para sostener esa obediencia, menos libre se vuelve. No puede existir sin enemigos. Necesita fabricar continuamente aquello contra lo cual habrá de combatir. El adversario deja de ser una circunstancia política y se transforma en una necesidad patológica. Sin enemigos, el tirano corre el riesgo de encontrarse consigo mismo, que es, sin duda, el encuentro al que más teme.

Séneca sabía que la ira no es una forma superior de energía. Es una pasión que puede apoderarse de la razón y hacer que el individuo confunda la satisfacción inmediata de su furia con la realización de su voluntad. Por eso el problema político de la ira es un problema antropológico: un hombre incapaz de gobernarse a sí mismo difícilmente puede gobernar una comunidad sin convertirla en la extensión de sus propios traumas.

Hay gobernantes que poseen ejércitos, riquezas, palacios y aparatos enteros de propaganda. No obstante, padecen de una profunda miseria interior. Su indigencia no se mide por lo que poseen, sino por lo que necesitan convertir en botín de guerra para sentirse grandes. Necesitan humillar para sentirse superiores, atemorizar para sentirse fuertes. Pero sobre todo, necesitan mentir, porque la realidad contradice una y otra vez la imagen que han construido de sí mismos.

La séptima Proposición de la segunda parte de la Ethica de Spinoza contiene una resonancia infinita: no existen dos órdenes separados, como si la realidad pudiera organizarse por un lado y las ideas por el otro. Entre la existencia y las formas de la conciencia existe un Ordo et conectio que permite comprender cómo determinadas formas de vida acaban produciendo determinadas formas de pensamiento y cómo determinadas pasiones acaban objetivándose en determinadas relaciones sociales.

La pobreza interior no permanece encerrada en el individuo: deviene pobreza de toda la sociedad. Cuando quien gobierna es incapaz de distinguir autoridad de violencia, prudencia de cobardía, inteligencia de astucia y grandeza de soberbia, la sociedad comienza a padecer las confusiones del gobernante. Las instituciones se degradan porque son sustituidas por la voluntad del jerarca. La ley se vuelve instrumento de castigo. La política degenera en persecución y atropello. La palabra pública pierde su función racional y se degrada a jerga de rufianes.

En el fondo, no se trata de una cuestión racial, cultural o geográfica. El bárbaro retrocede desde la civilidad hacia el dominio inmediato de la fuerza. Es aquel para quien la razón constituye un obstáculo, el diálogo una forma de debilidad y el límite una ofensa. El bárbaro no comprende el poder como responsabilidad histórica, sino como propiedad personal. Por eso el gánster puede ocupar un palacio sin convertirse en estadista. El estadista necesita comprender la realidad porque gobierna un estado de cosas que no ha creado y que no puede someter enteramente a su voluntad. El gánster solo necesita que los otros crean que su voluntad es irresistible. El primero reconoce sus límites; el segundo los interpreta como objetos de su osadía. El primero necesita instituciones; el segundo necesita subordinados. El primero sabe que el poder pasa; el segundo convierte su existencia en el destino del mundo.

La soberbia del ignorante posee una característica particularmente trágica: no sabe que lo que considera una demostración de su grandeza es la prueba viva de su miseria. El auténtico hombre fuerte no necesita proclamar su fuerza constantemente. Quien posee autoridad no necesita convertir cada discrepancia en amenaza. Quien comprende la realidad no necesita destruirla para demostrar que existe. La inteligencia del poder consiste en saber que ninguna voluntad individual puede abolir las consecuencias de sus propios actos.

El bárbaro vive de espaldas a las consecuencias. Cree que cada peñero ultimado aumenta su poder. En realidad, solo aumenta su aislamiento. Cree que cada institución sometida fortalece su autoridad, pero solo destruye las condiciones que posibilitan esa autoridad. Cree que cada humillación infligida confirma su grandeza, pero solo revela cuánto depende de la humillación ajena para sostenerse.

La violencia de quien ha prometido poner fin a la violencia, confirma los vicios de su circularidad y la circularidad de sus vicios. Quien pretende someter a todos acaba siendo sometido: la ira -núcleo de su prepotencia- deviene su amo. El problema de la ira no consiste únicamente en que pueda hacer daño a los demás. Su tragedia es que desfigura a quien la padece. El iracundo termina organizando su existencia alrededor de aquello que detesta. Su enemigo ocupa su pensamiento, su lenguaje, sus decisiones, sus días y sus noches. La víctima llegar a desaparecer de su presencia, pero permanece instalada en su conciencia como condición de su miserable vida. La peor esclavitud es aquella en la que el hombre ya no puede vivir sino bajo el dominio de sus propias pasiones.

Séneca conoció la proximidad del poder y terminó siendo destruido por él. Sabía que ningún poder exterior garantiza la libertad interior. Al final, no es libre quien puede hacer lo que le da la gana, sino quien no necesita convertirse en esclavo de lo que quiere. El tirano puede parecer un gigante. Pero la magnitud de su poder no modifica la pequeñez de su alma. Podrá levantar muros, multiplicar sus armas, rodearse de aduladores y obligar a millones a escuchar su voz. Pero será inútil: serán más densos sus miedos, más profundos sus odios, más espeso el desprecio de sí mismo.

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