La administración del alma
“La muerte de cualquier hombre me disminuye,
porque estoy involucrado en la humanidad; y por lo
tanto, no preguntes por quién doblan las campanas;
doblan por ti”.
John Donne, Meditación XVII, 1624
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| El malestar moderno: ¿anomalía individual o contradicción social? |
Toda época produce las formas de consuelo que le son necesarias para no tener que pensar en las contradicciones que ella misma engendra. No deja de ser paradójico que justamente en una época que se proclama como la más científica de la historia, proliferen con inusitada fuerza los nuevos mercaderes de la esperanza. Cambian los nombres, cambian los lenguajes y cambian los instrumentos, pero permanece inalterada la promesa de aliviar la incertidumbre, de disipar el miedo, de ofrecer un método seguro para alcanzar la serenidad. Donde antiguamente hablaban los oráculos, hoy hablan los protocolos; donde antes se consultaban los augurios, hoy se consultan manuales, algoritmos conductuales, técnicas de motivación, programas de bienestar emocional y recetas para alcanzar la felicidad. El antiguo sacerdote le cedió su lugar al coach especialista, al entrenador emocional, al terapeuta de turno. Solo que la estructura permanece sorprendentemente intacta.
No se trata, desde luego, de negar el valor que pueda tener la psicología clínica o la psiquiatría, cuando se enfrentan a patologías que requieren atención profesional. Una crítica indiscriminada sería tan injusto como filosóficamente improcedente. El problema real comienza cuando una parte considerable de la psicología contemporánea deja de interrogar por el origen histórico del sufrimiento para concentrarse en la administración técnica de sus síntomas. En este deslizamiento ocurre una transformación decisiva: el malestar deja de ser comprendido como expresión de una realidad histórica contradictoria para convertirse en una anomalía personal, susceptible de “sanación”. Un cambio que no es simplemente metodológico, dado que representa la renuncia de la psicología a sus propios orígenes filosóficos.
De hecho, mientras la antigua reflexión sobre el alma formaba parte de la filosofía, el problema consistía en comprender la unidad viva del individuo, la sociedad, la historia y el mundo. El alma no aparecía como un objeto aislado que pudiera manipularse mediante técnicas especializadas, sino como una instancia inherente a la totalidad del Ethos. Pero al constituirse en ciencia independiente bajo los presupuestos de la modernidad, la psicología aceptó también la visión que la modernidad le ofrecía: la separación de sujeto y objeto, de individuo y sociedad, de conciencia y realidad histórica. A partir de entonces dejó de pensar el espíritu para dedicarse a la administración de conductas. Y fue ahí donde comenzó a transformarse, muchas veces sin advertirlo, en uno de los instrumentos favoritos del entendimiento abstracto. Porque el entendimiento necesita clasificar, separar, cuantificar, protocolizar. Sólo puede operar fijando, poniendo, a pesar de que la realidad permanezca en movimiento. Su ideal es la sustitución de la complejidad por el esquema y la contradicción por el procedimiento. Donde el pensamiento descubre procesos históricos, el entendimiento encuentra variables; donde la filosofía encuentra mediaciones, el protocolo encuentra indicadores; donde la razón reconoce la negatividad, el manual prescribe técnicas de adaptación. Semejante operación suele ser presentada bajo el prestigioso sticker de “científica”.
Tal vez convenga recordar una vieja advertencia de Vico: los divinari, aquellos antiguos administradores de los oráculos, no obtenían su autoridad porque conocieran el porvenir, sino porque ofrecían certezas ahí donde reinaba la incertidumbre. Su función consistía en domesticar el miedo. No resulta difícil advertir que muchas de las modernas industrias de la autoayuda reproducen exactamente la misma estrategia. No les interesa la verdad, sino la venta de confort. No se trata de comprender el mundo, sino de soportarlo. Es un gran negocio: una inmensa industria dedicada a comercializar la esperanza.
Spinoza comprendió la lógica de este artificio. Los dogmas -afirmaba- prosperan donde el miedo sustituye al conocimiento. La dominación no solo necesita la fuerza. Necesita administrar las pasiones. Una vez que el temor ocupa el lugar del pensamiento, la obediencia aparece espontáneamente como virtud. La psicología positiva, el inmenso mercado del bienestar emocional y buena parte de la cultura contemporánea de la autoayuda participan, con frecuencia, de esta misma inversión. Ahí donde existen problemas públicos se ofrecen soluciones privadas; donde existen conflictos sociales se prescriben ejercicios individuales; donde la realidad exige transformaciones profundas se recomienda resiliencia. El sujeto termina siendo responsabilizado de sus padecimientos, a pesar de que no pocas veces es la víctima de los intereses del poder.
Y así, la represión, la pobreza, el exilio, la incertidumbre permanente, la violencia cotidiana, la destrucción institucional, etc., dejan de aparecer como contradicciones objetivas para convertirse en estados emocionales que requieren entrenamiento, medicación o intervención terapéutica. La sociedad permanece intacta; el individuo es quien debe corregirse y “sanarse” para adaptarse a ella. Por eso no sorprende que semejante perspectiva encuentre un aliado formidable en la expansión de la industria farmacológica. Es mucho más sencillo medicar el sufrimiento que interrogar por las condiciones históricas que lo producen. La ansiedad, la angustia, la desesperanza, dejan de ser interpretadas como experiencias humanas inseparables de determinadas circunstancias históricas para transformarse en desórdenes susceptibles de regulación química. No se cuestiona el mundo; se regula al individuo. Es, dependiendo del ángulo desde el que se le perciba, 1984 o Un mundo feliz.
En momentos de catástrofe colectiva, como los que atraviesa Venezuela, esta lógica adquiere una fuerza todavía mayor. Allí donde una sociedad entera experimenta pérdidas, precariedad, incertidumbre y desarraigo, proliferan inevitablemente quienes ofrecen fórmulas para conservar el optimismo, administrar las emociones o recuperar la motivación. Pero ninguna técnica puede sustituir la comprensión de la realidad. Ningún protocolo puede reemplazar el trabajo del pensamiento. Porque pensar nunca ha consistido en evadir las dificultades. Pensar significa precisamente atravesarlas para poder superarlas. La libertad no nace de la supresión del conflicto, sino de su comprensión. Allí donde todo malestar debe ser inmediatamente neutralizado, desaparece la posibilidad de que el espíritu descubra en la crisis el comienzo mismo de su recomposición. Comprender es superar.
Quizá el mayor fraude de nuestro tiempo no consista en la difusión de errores manifiestos, sino en algo mucho más sutil: en la sustitución de la verdad por la certeza. Ahí donde la filosofía interrogaba por el sentido de la existencia, se ofertan procedimientos para administrar la adaptación. Donde el espíritu era concebido como historia viva, aparece el individuo aislado que debe aprender a funcionar correctamente. La administración del alma ha terminado por ocupar el lugar del pensamiento. En una época saturada de métodos e instructivos para vivir mejor, resulta cada vez más difícil poder comprender el mundo de la razón y la razón del mundo.
En momentos de catástrofe colectiva, esta lógica adquiere una fuerza todavía mayor. Cuando una sociedad entera experimenta pérdidas, precariedad, incertidumbre y desarraigo, proliferan quienes ofrecen fórmulas magistrales para conservar el optimismo, administrar las emociones o recuperar la motivación. Pero ninguna técnica puede sustituir la comprensión de la realidad. Ningún protocolo puede reemplazar el trabajo del pensamiento.
Sin duda, es difícil. Pero las cosas bellas son difíciles. La cuestión decisiva consiste en comprender que el pensar no es una técnica de adaptación. El pensamiento no existe para reconciliar al individuo con un mundo que permanece inmutable, sino para descubrir que tanto el individuo como el mundo constituyen un mismo proceso histórico. Esa es la diferencia entre el entendimiento (Verstand) y la razón (Vernunft). El primero fija las determinaciones, separa, clasifica y las convierte en objetos susceptibles de manipulación. La segunda descubre el movimiento interno de las determinaciones, reconoce sus contradicciones y comprende que toda realidad es, en sí misma, devenir. Mientras el entendimiento administra lo existente, la razón revela su historicidad.
Sin duda, la psicología positiva ha encontrado en el entendimiento abstracto su fundamento más sólido. Al separar al sujeto de su realidad social, convierte el sufrimiento en propiedad privada. Lo que caracteriza a una época aparece como un desorden individual; lo que constituye una contradicción social termina siendo interpretado como un déficit emocional. La historia desaparece detrás del diagnóstico y el conflicto objetivo se disuelve en protocolo terapéutico.
Las consecuencias son, cuando menos, significativas. El individuo ya no comparece ante la crisis sociedad como sujeto de transformación, sino como objeto de intervención. Debe ser corregido, entrenado, medicado o motivado para restablecer su capacidad de adaptación. La contradicción deja de ser el motor del desarrollo del espíritu para convertirse en un síntoma que conviene neutralizar lo más pronto. Y donde el pensamiento encontraba el comienzo de la libertad, la técnica detecta anomalías que deben ser administradas. Toda techné presupone una determinada comprensión del ser. No existe técnica alguna que sea filosóficamente inocente. La pretendida neutralidad científica oculta, en realidad, una decisión ontológica: considerar al individuo como una entidad separada del ser social que lo constituye. Y así, bajo la égida positivista, la psicología dejó de ser una investigación acerca del espíritu para convertirse en un dispositivo destinado a gestionar conductas. Es el triunfo cultural de la modernidad.
La diferencia entre una técnica de adaptación y la filosofía consiste en que la primera procura acomodar al individuo al mundo existente, mientras que la segunda comprende que el individuo no es una sustancia aislada, sino un momento del devenir histórico, un modo inmanente de la realidad. Pensar no significa administrar el sufrimiento: significa reconocer en él la expresión de un mundo que reclama ser comprendido para poder ser transformado. No se piensa para sobrevivir a la historia. Se piensa porque el pensamiento, siendo resultado, es el punto de partida en el que la historia comienza a transformarse a sí misma.

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