Elogio de la negación
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| La negación como motor del pensamiento y principio del devenir frente a la positividad hegemónica. |
“Yo no soy uno de los que están implicados en la lucha; soy ambos combatientes; soy la lucha misma. Yo soy el fuego y el agua que se tocan, y el contacto mismo”. G.W.F Hegel
Pocas expresiones despiertan tanta desconfianza en la actualidad como la palabra negación. De hecho, se la asocia automáticamente con el pesimismo, la toxicidad, el fracaso o, incluso, la destrucción. Todo lo contrario ocurre con lo positivo, con la positividad, un término que parece haberse convertido en el nuevo ideal de los tiempos. De hecho, para el presente, ser positivo significa exaltar el bienestar, motivar la serenidad, promover una existencia reconciliada consigo misma, libre de conflictos y contradicciones. Por eso, el éxito editorial de las diversas versiones contemporáneas del estoicismo constituye quizá el síntoma más visible de esta aspiración. Y sin embargo, conviene recordar que la filosofía comienza, justamente, donde lo que aparece como lo más evidente -como una “certeza absoluta”- deja de serlo.
Hace aproximadamente unos dos siglos, en un ensayo dedicado al escepticismo antiguo, el joven Hegel desarrolló una intuición que, poco tiempo después, terminaría por transformarse en el fundamento de toda obra. Una intuición que fue el resultado de sus estudios del pensamiento de Spinoza, y que terminaría por convertirse en uno de los principios más fecundos de la filosofía contemporánea: Omnis determinatio est negatio. Toda determinación es una negación.
No se trata de un simple juego de palabras. Determinar significa fijar límites. Como ya lo había advertido la filosofía clásica antigua, decir lo que una cosa es significa, necesariamente, decir aquello que no es. Toda afirmación comporta una negación. Toda identidad lleva inscrita una diferencia. La negación no aparece después de lo positivo, como si se tratara de un desafortunado accidente de la realidad. Más bien, la constituye desde su propio origen. Es lo que la hace posible, porque, en efecto, ahí donde existe una determinación, inevitablemente existe una negación.
Esta sencilla observación basta para desmontar una de las ilusiones más frecuentes y persistentes del presente, cabe decir, la creencia según la cual la vida consiste en conservar lo positivo y eliminar lo negativo. Semejante representación “lógica” supone que ambos momentos existen separados y que bastaría con suprimir al uno para preservar intacto al otro. Pero nada resulta más ajeno a la lógica ontológicamente concebida. No es verdad que la realidad esté dividida entre un “lado bueno” y un “lado malo”. Lo que aparece como plenamente afirmado contiene ya, en sí, la negación que habrá de transformarlo. La semilla contiene al árbol que se desarrollará negándola. La positividad absoluta no existe. Sólo existe para el entendimiento abstracto, incapaz de reconocer que toda determinación lleva en sí el principio de su propio devenir.
Ésta es precisamente la grandeza filosófica del escepticismo antiguo, tal como Hegel lo comprendió en su ensayo juvenil. Durante siglos, el escepticismo fue considerado como la doctrina de la duda o de la incertidumbre. No obstante, su verdadero significado consiste en algo muy distinto. El escéptico no niega por el simple placer de negar, como enseñan los manuales. La negación no es un capricho. Ni pretende instalarse en la esterilidad del relativismo empirista. Su tarea consiste en dejar que cada determinación revele el límite que ella misma contiene. La negación no es una operación arbitraria del sujeto, sino el movimiento interno de la cosa.
Por eso el escepticismo representa un momento determinante y necesario de toda filosofía. El concepto de negación del escepticismo antiguo, no destruye la verdad. En todo caso, destruye la ilusión de que alguna determinación finita pueda presentarse como definitiva e infinita. Y es que donde el entendimiento cree haber alcanzado una certeza absoluta, el escepticismo descubre que esa certeza sólo es posible al precio de ocultar la contradicción que la sostiene. Quizá sea por eso que el pensamiento de Hegel sigue teniendo una sorprendente actualidad.
Sin embargo, la muy influyente -y en muchos sentidos hegemónica- cultura positivista contemporánea, parece haber emprendido una verdadera cruzada contra toda posible forma de negatividad. Se multiplican las exhortaciones para “llegar a pensar” positivamente, a preservar la calma, a administrar las emociones, a protegerse de los conflictos. La serenidad deja de ser una virtud para convertirse en una obligación, en un mandato, como si la libertad consistiera en permanecer inmune frente a las contradicciones de la existencia. El problema es que las contradicciones no desaparecen porque se las ignore o se las oculte. Más bien, bajo la superficialidad de la burda apariencia positiva, la contradicción sigue actuando, sigue creciendo y se sigue profundizando. Un ejemplo de tal ignorancia y ocultamiento es la insistente -y cínica- afirmación de que todo un país -indignado y muy sufrido- no para de bailar y celebrar en las calles, o quizá entre sus escombros.
La doctrina positivista se empeña, no sin vehemencia ciega, en no reconocer la contradicción social y objetivamente manifiesta, por lo que prefiere catalogarla como una patología individual, una ansiedad privada, una frustración o fracaso personal, o un “brote psicótico”. No acepta que no ha podido superar la inevitable inmanencia de la negatividad. Simplemente, insiste en ocultarlo bajo la lógica del maniqueísmo y del lenguaje del bienestar. Spinoza propuso comprender las cosas sine ira et studio: sin ira y con objetividad. No porque la filosofía deba renunciar a la pasión por la verdad -“nada grande se ha hecho en el mundo sin una gran pasión”, afirmaba Hegel-, sino porque el pensamiento sólo alcanza su libertad cuando comprende que las cosas son el resultado manifiesto de su propia necesidad. Hegel prolonga esta enseñanza hasta una consecuencia inesperada: comprender significa acompañar el movimiento mediante el cual cada determinación revela su propia insuficiencia y se transforma en otra. Con ello, la negación deja entonces de ser concebida como una privación para venir a ser el principio mismo del devenir.
Ésta es la razón por la cual la filosofía, desde sus orígenes, ha elogiado la negación. Por el contrario, se mantiene atenta -cual búho de Minerva- frente a la positividad, fuente de sus mayores dolores de cabeza, dado que de continuo suele presentarse como la verdad perpetua y definitiva, mediante el ocultamiento de los límites que la constituyen. Nada hay más abstracto que una identidad incapaz de negarse a sí misma. Nada más ajeno a la vida del espíritu que una serenidad comprada al precio de reprimir la contradicción.
Tal vez por eso convenga volver hoy la mirada hacia el escepticismo antiguo, el de Pirrón o el de Sexto Empírico. No para tanto para el “aprender a dudar de todo” que se le atribuye a Descartes, sino para aprender algo mucho más difícil: a reconocer que toda determinación lleva en sí el impulso de su propia superación. La negación no constituye el fracaso de la realidad. Más bien, ella es la condición de su movimiento.
Sólo el entendimiento abstracto insiste en buscar refugio detrás de las lápidas de mármol del cementerio de las certezas. Siguiendo a Kant y a Fichte, Hegel demostró que la razón sabe que toda positividad es, de suyo, una negación determinada, y que únicamente gracias a ella el ser deja de ser una abstracción para concrecer -crecer-con- su devenir. Acaso sea ésta una de las enseñanzas más profundas dadas por Hegel. No hay que temerle a la negación. Hay que temerle, más bien, a la hegemonía de la positividad que, bajo la apariencia del bienestar y la serenidad, termina por hacer de la vida una cadena de montaje, una ciega repetición de sí misma. La paz de los sepulcros: eso es la compra y venta de la ideología de lo abstractamente positivo. Porque ahí donde desaparece la negación no comienza la felicidad. Comienza, silenciosamente, la muerte del pensamiento y, con ella, la muerte de la libertad.

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