¿Qué es el estoicismo?

La filosofía nos exige ser agentes activos de la historia en lugar de refugiarnos pasivamente en la resignación estoica.
“La verdad del estoicismo está en el escepticismo”
G.W.F. Hegel
Pocas concepciones filosóficas han gozado de un prestigio tan prolongado como el que ha tenido el estoicismo. Desde la primera gran crisis sufrida por la Antigüedad clásica hasta la actual industria cultural en redes, dedicada al negocio de la autoayuda, la Estoa -como también se le conoce- ha sido presentada como la escuela de la fortaleza interior, de la serenidad, del dominio y el control de sí mismo. Sus máximas reaparecen una y otra vez bajo nuevos formatos: aceptar lo inevitable, concentrarse exclusivamente en aquello que depende de uno mismo, permanecer imperturbable frente a las vicisitudes del mundo. Y es que, para la Estoa, la resignación recibe el nombre de sabiduría, y la adaptación es concebida como libertad. Y no es por mera casualidad, porque a esta doctrina también se le conoce como la “libertad de la autoconciencia”.
Y sin embargo, justo ahí donde la certeza sensible supone haber encontrado las mayores virtudes y verdades estoicas, la filosofía se ve en la necesidad de poner al descubierto los límites que el propio estoicismo -quizá sin saberlo- se ha fijado. Porque la grandeza de la filosofía no consiste en reconciliar prematuramente al individuo con la realidad, sino en comprender que la propia constitución de la realidad -la Wirklichkeit- está, de modo inevitable, atravesada por contradicciones que reclaman no solo ser pensadas, sino comprendidas y superadas. En esto consiste su oficio, pues, como se sabe, el pensamiento filosófico tiene sus orígenes en la vindicación de la negación. Solo que no se trata de una negación indeterminada, abstracta, caprichosa o meramente destructiva, sino de aquella fuerza espiritual que es capaz de reconocer el hecho de que la inmediatez no agota la realidad efectiva, la “realidad de verdad”.
El estoicismo representa el primer gran intento sistemático por trasladar el conflicto histórico hacia el interior de la consciencia individual. De hecho, cuando los individuos se sienten incapaces de modificar el orden de las cosas, se ven en la necesidad de aprender a modificar su actitud frente al mundo. Por eso, donde las viejas estructuras políticas y sociales permanecen intactas, la libertad queda reducida al gobierno de las propias representaciones, y el universo puede continuar siendo injusto: sólo basta con aprender a no sufrir por ello.
No deja de ser significativo el hecho de que semejante pensamiento comenzó a alcanzar gran popularidad cuando las antiguas ciudades-Estado griegas iban perdiendo su autonomía política y los individuos empezaban a experimentar impotencia frente al peso abrumador del poder imperial. Cuando el curso de la historia parece haber llegado a su fin, la libertad termina refugiándose en la interioridad. En sus escritos juveniles, Hegel, no sin ironía, define la pérdida de la unidad orgánica y su consecuente pasaje a la mera ficción reflexiva citando las Escrituras: “El que no cabe en el cielo de los cielos, se encierra en el claustro de María”. Eso es el estoicismo.
Es evidente que toda retirada tiene un precio ético-político y conceptual. Ahí donde el sujeto se ve en la necesidad de renunciar al compromiso de transformar el mundo, resulta inevitable terminar adaptándose a él. La serenidad se convierte lentamente en conformidad. La sabiduría degenera en resignación. La libertad acaba confundida con la capacidad de soportar el peso de aquello que ya no se intenta modificar.
También en la Fenomenología del espíritu, Hegel observa que el modelo de libertad que proponen los estoicos es el modelo propio de la libertad abstracta. Es verdad que con la Estoa el pensamiento descubre la independencia interior, sea “sentado en el trono o atado con cadenas”. Pero lo hace al precio de abandonar la riqueza concreta de su existencia histórica, social y política. El sujeto permanece libre únicamente porque ha vaciado de contenido efectivo -has put in the trash can!- su relación con el mundo. La conciencia encuentra refugio en sí misma en el preciso instante en el que ha dejado de reconocerse como protagonista de la historia.
Tampoco es casual que las formas contemporáneas del estoicismo reaparezcan, por cierto, en sociedades atravesadas por profundas crisis económicas, sociales, políticas y culturales. La referencia no solo involucra a los eventuales Estados “51”. La grandeza de una sociedad no reside en el tamaño de su territorio. Millones de personas reciben a diario la invitación para controlar sus emociones, gestionar la ansiedad, aceptar la incertidumbre y fortalecer su resiliencia. Todo ello puede poseer un indudable valor psicológico. Pero cuando estas exhortaciones sustituyen la comprensión de las causas objetivas del malestar, la terapia termina funcionando como una extraordinaria pedagogía de la adaptación al sojuzgamiento. Un film venezolano de 1978, escrito por Rodolfo Santana, dirigido por Mauricio Walerstein y protagonizado por Simón Díaz, lleva por título: “la empresa perdona un momento de locura”.
Así, pues, el propósito de la Estoa no consiste en la transformación de las condiciones que producen la angustia, sino en aprender a convivir con ellas. Y si, como afirma Benedetto Croce, la filosofía es “la afirmación de que la vida y la realidad son historia y nada más que historia”, entonces, su tarea esencial comienza exactamente donde termina la resignación. Porque pensar significa descubrir que la realidad no constituye un destino inmutable sino el resultado histórico de la actividad humana. Lo que ha sido hecho puede ser re-hecho; lo que existe porque ha llegado a ser puede también dejar de ser. La historia no es el escenario donde los hombres representan un papel previamente escrito: es la obra que ellos mismos producen, incluso cuando todavía ignoran que son sus autores. Verum et factum convertuntur, dice Vico.
Por eso mismo, la negación constituye el verdadero principio de toda libertad. Negar no significa, como ya se ha indicado, destruir el mundo, sino rechazar los supuestos de una aparente “naturalidad” de las cosas. La negación rompe el hechizo -y el hastío- del hábito revestido de verdad. Pone en crisis, pues, la ilusión según la cual las instituciones, las relaciones sociales o las formas de poder son tan naturales como las montañas o los mares. Cuando la conciencia descubre que todo orden histórico ha sido objetivamente producido, descubre simultáneamente la posibilidad objetiva de transformarlo. Ésta es, tal vez, la mayor lección dejada por Spinoza, Vico, Hegel y Marx. El espíritu no habita fuera de la historia. La razón no contempla el mundo desde una altura inalcanzable. Pensar es participar en el movimiento mismo mediante el cual la realidad se hace y se des-hace constantemente, Immerwieder.
Quizá por eso, la serena quietud del ser parmenídico no constituya la virtud suprema del pensamiento. Mucho más fecunda resulta ser la inquietud del devenir heraclíteo. Aunque es justo reconocer que ambas determinaciones son términos opuestos correlativos y que, en tal sentido, cada una es determinante para la otra. Pero ahí donde la conciencia permanece tranquila o indiferente frente a la injusticia, se inicia el proceso de autoextinción del pensamiento. Y, a la inversa, ahí donde el espíritu experimenta la contradicción como una herida abierta, inicia auténtica y verdaderamente la filosofía. En estos tiempos, la Estoa ha devenido ideología, y con ello ha reafirmado su condición de conciencia infeliz que debe soportar el mundo. Su historia es la historia del nacimiento de la interioridad como respuesta a la desaparición del Ethos ciudadano. Pero más allá de la oferta -del “dos por uno”- que enseña a soportar el peso de la existencia, signada por la figura de Sísifo, la filosofía tiene la obligación de revelarse como el esfuerzo de comprensión de una vida que puede dejar de ser el ritornelo de la obstinación.
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