La realidad como tarea: el devenir histórico en Hegel

Descubre cómo la filosofía de Hegel entiende la realidad como un devenir constante, superando la positividad y la alienación histórica y social.
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Ilustración conceptual sobre el devenir histórico y la transformación social en la filosofía hegeliana
La realidad no es un objeto inmóvil ni un hecho consumado, sino un proceso indetenible y continuo de realización histórica.

La realidad como tarea

Verum ipsum factum
                    G.B. Vico

Entre los numerosos malentendidos que han acompañado la recepción del pensamiento de Hegel a lo largo de la historiografía y de la hermenéutica contemporáneas, pocos han sido tan persistentes como la interpretación de la célebre frase según la cual “lo racional es real y lo real es racional”. Convertida en consigna, repetida hasta el cansancio y utilizada con frecuencia para justificar cualquier estado de cosas existente, la frase ha terminado por significar exactamente lo contrario de lo que su autor pretendía expresar. La lectura más superficial supone que Hegel estaría afirmando que todo cuanto existe es racional por el simple hecho de existir. Bajo semejante interpretación, la realidad sería una suerte de tribunal supremo ante el cual toda crítica quedaría anulada. Lo existente tendría siempre “la razón”, que es la base del más pedestre de los pragmatismos. Y, contrariamente a la exigencia de Benjamin, la historia terminaría siendo la legitimación retrospectiva de los vencedores. El pensamiento no tendría otra función que la de inclinarse reverentemente ante los hechos consumados. Pero nada resulta más ajeno al espíritu de la filosofía de Hegel.

La cuestión comienza por una precisión terminológica de enorme importancia. Hegel no utiliza el término Realität para referirse a la realidad efectiva. Emplea la palabra Wirklichkeit, cuya raíz proviene del verbo wirken, que significa actuar, producir, obrar. Lo efectivamente real no es lo dado, lo que simplemente existe o aparece. Lo que es efectivamente real es aquello que se va realizando en medio de una determinada racionalidad histórica. La diferencia es decisiva. Una enfermedad existe. Una catástrofe existe. Una tiranía existe. La mera existencia, sin embargo, no constituye por sí misma una prueba de racionalidad. El hecho desnudo, crudo, inmediato, carece de legitimidad filosófica. La efectividad, por el contrario, implica la realización concreta de un contenido histórico capaz de desplegarse y justificarse en el desarrollo de la vida social.

La filosofía de Hegel no es una apología de los hechos consumados. Es, más bien, la teoría y praxis del devenir. Y, precisamente, allí reside su actualidad. Durante décadas, buena parte de la cultura política latinoamericana ha oscilado entre dos extremos igualmente estériles. Por una parte, la resignación ante lo existente: la llamada positividad. Por la otra, la ilusión de que la realidad puede ser transformada mediante las simples declaraciones de fe de un voluntarismo abstracto. En ambos casos, se ha perdido de vista la naturaleza procesual, cabe decir, la objetividad propiamente dicha de la historia. Pero la realidad no es un objeto inmóvil, como tampoco es una materia disponible para cualquier capricho subjetivo. La realidad es un proceso indetenible y continuo de realización. Es, de hecho, la realización (Verwirklichung) propiamente dicha.

Tal vez sea esta la lección más profunda contenida en la Ciencia de la lógica de Hegel, una obra que se transformaría en el objeto principal de estudio del neo-hegelismo en Italia, con Francesco De Sanctis, Bertrando Spaventa, Antonio Labriola, Giovanni Gentile y Benedetto Croce, entre los más importantes. Por ejemplo, en su célebre ensayo sobre La reforma de la dialéctica hegeliana, Gentile sostiene que lo que Hegel descubre no es la simplicidad de una nueva forma de ordenar conceptos, sino el hecho de que el pensamiento mismo es un movimiento indetenible. Por eso, el ser puro se revela indistinguible de la pura nada. Y es de esa tensión que emerge el devenir. El comienzo de la Lógica no es una definición. Es un tránsito. Nada permanece encerrado en sí mismo. Nada coincide plenamente con lo que aparenta ser. Toda identidad contiene una diferencia. Toda afirmación alberga una negación. Todo presente está atravesado por posibilidades que todavía no han llegado a realizarse.

La dialéctica no es otra cosa que la lógica interna de esa inagotable transformación. Vista desde esta perspectiva, la filosofía hegeliana adquiere una sorprendente dimensión política. Uno de los mecanismos más eficaces de toda dominación consiste en transformar una situación histórica determinada en una apariencia de eternidad. Lo que surgió en circunstancias concretas termina presentándose como una necesidad “natural”. Lo contingente adopta el aspecto de lo inevitable. Lo histórico se disfraza de destino. Como ya se sabe, el joven Hegel denominó Positividad a este fenómeno. Las instituciones, las creencias y las formas de poder producidas por la actividad humana terminan apareciendo ante los propios individuos como fuerzas extrañas, independientes, superiores y por eso mismo, inmodificables. Lo que los hombres han creado se vuelve contra ellos mismos bajo la forma de una “segunda naturaleza”.

La positividad constituye, en este sentido, una forma de alienación o enajenación. La experiencia de la Venezuela de las últimas décadas ofrece un ejemplo particularmente revelador. Más allá de las circunstancias políticas concretas, el problema fundamental no radica únicamente en la permanencia de una determinada estructura de poder. El problema más profundo consiste en la progresiva “naturalización” de esa estructura. Después de tantos años, la dominación deja de percibirse como una situación histórica para comenzar a configurarse como una condición permanente de la existencia nacional.

La conciencia colectiva corre entonces el riesgo de adaptarse a la idea de que no hay alternativa posible. “No hay salida”, se concluye. Y es precisamente allí donde la dialéctica recupera toda su fuerza crítica. Porque el pensamiento dialéctico comienza negando la imposibilidad de modificación de lo existente. El Absoluto de Hegel consiste en comprender que nada es absoluto. Nada en la historia es definitivo. Nada en la historia puede reclamar para sí la condición de un destino irreversible. La realidad efectiva de la cosa, como la llama Hegel, nunca coincide por completo con su apariencia inmediata. Bajo la superficie de toda situación laten contradicciones, tensiones y posibilidades que anuncian inevitables desarrollos futuros. La historia no se reduce a una intelección inmediatista de lo que es, porque inevitablemente comporta en su vientre aquello que está llegando a ser.

Esta comprensión permite superar tanto el fatalismo como el voluntarismo. El fatalismo, como ya se ha sugerido, contempla el presente y concluye que nada se puede cambiar. El voluntarismo imagina que todo puede cambiar, con base en la abstracción de su inmediatez. El historicismo filosófico rechaza ambas posiciones, precisamente por abstractas. Reconoce las determinaciones concretas de la realidad, pero descubre simultáneamente las fuerzas que operan en la inmanencia de su transformación. Por ello, la verdadera enseñanza política de Hegel no consiste en aceptar el mundo tal como se presenta. Consiste en comprender que el mundo nunca está terminado. No hay un remate del mundo. La racionalidad no es -ni puede ser- una simple fotografía del presente. Es, más bien, una tarea histórica. La realidad no es una cosa acabada, sino una continua realización en curso.

Quizá el drama más profundo de las sociedades sometidas a largos períodos de crisis orgánica no sea tan solo la pérdida de recursos materiales, y ni siquiera la degradación de sus instituciones. Tal vez, el daño más grave consista en la erosión de la capacidad colectiva para la recreación estética de posibilidades históricas distintas. Cuando una sociedad deja de pensar el devenir, comienza a confundir lo existente con lo inevitable. Y en ese momento, la positividad alcanza su mayor victoria. La lección de Hegel apunta, justamente, en dirección contraria: el devenir constituye la verdad de toda realidad histórica. Lo que existe nunca agota lo posible. Lo efectivo nunca clausura el horizonte de nuevas realizaciones. La historia, siempre, permanece abierta.

Por eso, la racionalidad no debe entenderse como una justificación del presente, sino como la capacidad de reconocer en el presente las posibilidades de su propia superación. Leída desde esta perspectiva, la famosa fórmula hegeliana -“Todo lo racional es real. Todo lo real es racional”-, adquiere un significado radicalmente diverso. No afirma que todo lo existente sea racional: afirma que lo racional posee la necesaria y determinante capacidad de realizarse históricamente.

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