La muerte como crítica radical a la identidad moderna

Descubre cómo la muerte desafía la identidad moderna y nos invita a abrazar la quietud y la impermanencia, según la filosofía y el budismo.
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La muerte como crítica radical a la identidad moderna

Persona contemplando un horizonte infinito, representando la quietud y la desapropiación de la identidad frente a la muerte
La quietud nos permite aprender a habitar la impermanencia y a soltar las ficciones de nuestra identidad.

Hacia una ontología de la pérdida y la quietud


    La fisura que no queremos mirar

    Vuelvo a leer después de muchos años El libro tibetano de la vida y de la muerte de S. Rimponché, innumerables vivencias median entre la primera vez que lo hice y ahora, sin embargo, la sensación de belleza se mantiene intacta al volver a él. En este ensayo no solo pretendo dar cuenta de la lectura del texto, sino también vincularlo a las experiencias propias de la vida y da la muerte que he realizado durante este tiempo y con ello llevarlo al presente, pretendo realizar una lectura crítica de la realidad que nos toca vivir, ir a nuestro problemas actuales desde una interpretación critica de la modernidad, que he titulado la muerte como critica radical a la identidad moderna.

    Nos ha tocado un tiempo de muerte… como a todos. Con esta frase empezaba un artículo que está en mi libro Comentarios filosóficos para tiempos actuales. La muerte siempre ha estado presente en todo tiempo. Desde la modernidad hemos construido un mundo a partir de certezas que nos ofrecen tranquilidad, el “pienso luego existo” del filósofo R. Descartes no es otra cosa que una verdad, una columna vertebral desde la cual hemos edificado un mundo y nos hemos construido, una manera de entendernos y habitar la realidad. Quizá lo decisivo no es la muerte en sí, sino lo que ella interrumpe. La muerte no llega solo a quitar la vida. Llega a desarmar una construcción. Ella interrumpe: el relato que sosteníamos sobre nosotros, mismos, la continuidad imaginaria del “yo”, la ilusión de estabilidad. Lo que para la razón moderna es una catástrofe sobre la cual deberíamos luchar y finalmente vencer, para la modernidad la razón y una de sus grandes herramientas la ciencia deben dominar lo que provenga de la naturaleza y la muerte es una de ellas. Yuval Harari afirma en su libro Sapiens: “el sueño de Frankenstein anda suelto”. En el libro de M. Shelley todo el empeño del doctor Frankenstein no es otro que vencer a la muerte, crear vida. Convertirse en Dios. Quizá ese sea el sueño de toda una época que se inaugura en la modernidad y que perdura hasta nuestros días. La muerte amenaza no solo al cuerpo, ella atenta a la identidad y al mundo que hemos construido. La modernidad ha levantado un sujeto que necesita persistir: en acumular (riquezas, éxito, etc.), que se encuentra obsesionado por proyectarse al futuro sin ser capaz de vivir el aquí y el ahora, y afirmarse en todo ello para lograr una seguridad que lo tranquilice. Es así como la muerte aparece entonces para el sujeto moderno, como lo que ese sujeto no puede integrar sin desmoronarse.

    Frente a la muerte, no reaccionamos de manera espontánea. Sino que lo hacemos desde estructuras y condicionamientos que nos acompañan desde etapas tempranas de nuestra vida. En la actualidad sin lugar a dudas que hemos hecho grandes avances en el plano médico y que decir de la tecnología, la inteligencia artificial es solo una muestra de ello. Pero todo ello está sirviendo entre otras cosas para fortalecer nuestra identidad, también para protegerla. La idea moderna de dominar la naturaleza para quitar los miedos del hombre, se ha llevado al extremo, una muestra de ello es la crisis climática en que nos encontramos, también huimos hacia la distracción idiotizaste, al consumo desenfrenado que nos promete felicidad pero que nos deja vacíos. Nada de eso nos transforma de manera verdadera, la muerte comporta esa contradicción, porque en el fondo el problema nunca ha sido la muerte, sino que no queremos dejar de ser lo que creemos ser.

    Para la razón moderna morir es perder el “yo” esta idea la encontramos en importantes pensadores de la cultura occidental, por ejemplo, en el filósofo I. Kant y también en F. Hegel, la razón es una herramienta que debe combatir la muerte. Pero la enseñanza de El libro tibetano de la vida y de la muerte es radical: El yo no es una entidad sólida. Es una construcción dependiente. Nombre, historia, vínculos, posesiones. Eso que llamamos identidad es una red. Y la muerte no hace otra cosa que mostrarlo: la red se desarma. “Venimos a esta vida a perderlo todo.” La modernidad, en cambio, ha construido un yo que: se apropia, acumula, se afirma. La muerte introduce una experiencia silenciosa: todo aquello sobre lo que se sostenía el yo desaparece. No existe hay transición suave, lo que hay es desposesión.

    No es que la muerte –solo- destruya algo sólido. Como diría Marx “todo lo solido se desvanece en el aire” también podría pensarse como “todo lo solido se desvanece en la muerte.” Ella nos revela lo que nunca fue. Un concepto central para el budismo es el de impermanencia, este no comienza con la muerte. La muerte la hace visible. Para el médico S. Freud “no se puede vivir sino muriendo”. Es claro que perdemos cosas y estamos muriendo a cada instante, pero vivimos como si tal cosa no ocurriera, dando vuelta la espalda y la mirada. Estamos condicionados a relaciones para siempre, éxito acumulable, biografías coherentes. La impermanencia rompe esa narrativa. La identidad moderna le cuesta soportar el cambio y sobre todo que no exista un centro fijo que permanezca.

    El miedo a la muerte no es solo biológico. Es estructural, cultural, social y político. El Poder se alimenta de nuestro miedo, crece gracias a él. Una sociedad inundada de miedo, miedo que se trasmite a diario desde la televisión, la radio, las redes sociales, es fácil de controlar, se disciplina fácilmente y se somete sin cuestionar a los dictados del Poder. Este miedo tiene profundas raíces, ignoramos quienes somos, no hacemos el ejercicio de intentarlo. El texto tibetano lo plantea con precisión:
    el miedo surge de no conocer la naturaleza de la mente

    Así, el cruce es claro:
    Ignorancia ontológica → miedo
    Miedo → control social
    La identidad moderna no solo es frágil. Es profundamente gobernable.

    Y, sin embargo, la muerte no es solo destrucción. Representa también una apertura.

    El texto tibetano mira lejos; en la muerte puede revelarse la naturaleza de la mente, y esto implica algo radical: cuando el yo se disuelve es probable que aparezca otra forma de experiencia. No una identidad más profunda. Sino la ausencia de identidad como apertura.

    Racionalizar la muerte no transforma, no basta con comprender, no se trata de algo cognitivo, hay que experimentar

    Para la tradición budista:
    el conocimiento conceptual no libera
    solo la experiencia directa transforma

    Esto es una crítica silenciosa a gran parte de la filosofía moderna: hablar no basta, clasificar no basta, definir no basta. La muerte exige algo distinto: un trabajo sobre sí. Esto se encuentra en trabajos filosóficos anteriores al pensamiento moderno, estos es, una tranformación del sujeto mediante; ejercicios, atención, y desplazamientos (P. Hadot y M. Foucault) Y esto conecta indudablemente con la tradición tibetana; meditación, observación, reconocimiento de la mente.

    Vivimos en una cultura que excluye la muerte, la oculta, la estetiza, la externaliza. Pero al hacerlo, excluye también: el límite, la fragilidad, el misterio El resultado es una vida superficial. Algo así como una forma de muerte en vida, cadáveres funcionales, productivos y ansiosos. Hombres muertos caminando.

    La Muerte también puede ser vista como un acto profundamente político – existencial. Aceptar la muerte no es pasivo sino que profundamente disruptivo. Porque implica:
    dejar de sostener la ficción del yo
    renunciar al control absoluto
    debilitar el miedo

    En una sociedad basada en:
    competencia
    acumulación
    identidad fuerte

    Esto es casi un gesto subversivo. La muerte empuja hacia un lugar incómodo: Ese espacio donde:
    no hay dominio
    no hay centro fijo
    no hay identidad consolidada

    Perderlo todo no es una tragedia final, es una condición originaria, la muerte no introduce la pérdida., la revela. Y en esa revelación aparece una posibilidad: no ser algo fijo, no sostener una identidad, no aferrarse Desde aquí, la pérdida deja de ser carencia y se vuelve apertura.

    Conclusión:

    Llevo varios años escribiendo un libro que lleva por título El Margen. El acto político más radical: El Camino de la Quietud para reconfigurar el mundo. Al volver a leer El libro tibetano de la vida y de la muerte, comprendo con mayor claridad que la reflexión sobre la muerte y la búsqueda de la Quietud no son caminos distintos. Ambos apuntan hacia una misma experiencia fundamental: la posibilidad de dejar de aferrarnos a aquello que creemos ser.

    La muerte no pide respuestas conceptuales. No exige teorías ni explicaciones definitivas. Tampoco puede ser dominada por el conocimiento o reducida a una idea. La muerte pide una forma de estar. No se trata de comprenderla, explicarla o domesticarla, sino de aprender a habitar aquello que ella revela.

    Y lo que revela es que la pérdida no es un acontecimiento excepcional reservado al final de la vida. La pérdida constituye la trama misma de la existencia. Perdemos continuamente: personas, relaciones, certezas, proyectos, versiones de nosotros mismos. Vivimos inmersos en la impermanencia, aunque gran parte de nuestra cultura esté organizada para ocultarlo. La muerte simplemente hace visible una verdad que nos acompaña desde el comienzo.

    La identidad moderna se construye precisamente como una resistencia frente a esta realidad. Busca acumular, controlar, asegurar, proyectar y consolidar un yo estable. Pero cuanto más intenta afirmarse, más vulnerable se vuelve frente a aquello que inevitablemente cambia y desaparece. El miedo surge entonces como consecuencia de ese apego. No tememos únicamente a la muerte; tememos perder aquello con lo que hemos confundido nuestra existencia.

    Es aquí donde la Quietud adquiere un sentido profundo. No como una técnica de relajación ni como una forma de evasión del mundo, sino como una práctica de desapropiación. La Quietud abre un espacio donde la compulsión por sostener una identidad comienza a debilitarse. En ella dejamos de correr tras la necesidad permanente de convertirnos en algo, de demostrar algo o de conservar algo.

    La muerte nos muestra que todo aquello a lo que nos aferramos está destinado a desaparecer. La Quietud nos permite aprender a vivir con esa verdad antes de que la muerte llegue. Ambas nos conducen hacia un mismo umbral: un lugar donde no existe un centro fijo, donde la identidad deja de ser una fortaleza que proteger y se transforma en una apertura a lo que es.

    Quizás la enseñanza más radical de la muerte no sea que vamos a perderlo todo, sino que nunca poseímos realmente nada. Y quizás la libertad comience precisamente allí: cuando dejamos de resistir esa evidencia.

    Entonces aparece algo inesperado. No un nuevo yo, ni una identidad más auténtica o profunda. Aparece una presencia más simple, una forma distinta de habitar el mundo. Una quietud que no niega la pérdida, sino que la acoge. Una apertura sin centro, sin apropiación y sin miedo.

    Quizás ahí comienza otra forma de vida.

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