Miseria del positivismo: la razón como instrumento de poder

El positivismo redujo la razón a un instrumento de dominio. Descubre su impacto autoritario en la sociedad, desde Comte hasta Latinoamérica.
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Miseria del positivismo

“La razón que se reduce a instrumento
de dominio termina por volverse irracional”
                                                  T.W. Adorno

Maquinaria industrial de engranajes intentando aprisionar la luz del pensamiento crítico
 La reducción de la razón a mero cálculo instrumental consolida la dominación en lugar del progreso.

Pocas corrientes de pensamiento han ejercido una influencia tan decisiva -y a la vez tan silenciosamente devastadora- sobre la cultura contemporánea como el positivismo. Nacido en el siglo XIX, bajo la pretensión de erigir una filosofía científica de la sociedad, el positivismo se presentó como la superación definitiva de la metafísica y de la incertidumbre propia de la reflexión filosófica clásica. Su promesa era tan seductora como peligrosa: la de sustituir el debate de ideas por la certeza de leyes, la libertad por el orden, el inestable movimiento del pensamiento por lo puesto y fijado. De hecho, “positivo” proviene del latín positum, que significa puesto.

En su formulación originaria, el positivismo de Comte -por cierto, discípulo de Saint-Simon- se articuló en torno a la “ley de los tres estadios”: el teológico, el metafísico y el positivo. En este último, la humanidad alcanzaría su madurez intelectual al renunciar a la búsqueda de causas últimas y concentrarse en la descripción de los fenómenos observables. La consigna “orden y progreso” sintetiza una concepción del mundo que subordina la política a la racionalidad técnica y la ética a la funcionalidad. Se trata de un desplazamiento que pretende ocultar una renuncia decisiva: nada menos que la abdicación a la razón crítica e histórica. Es, en la práctica, la reducción de la razón a instrumento, al mero cálculo de medios en función de fines dados. Pero con ello, además, el positivismo vacía de contenido la pregunta por la justicia, porque ahí donde la razón se degrada a instrumento, el poder encuentra su justificación más eficaz.

En América Latina, y más específicamente en Venezuela, esta lógica encontró un terreno fértil después de las guerras de independencia. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, una generación de intelectuales asumió el positivismo como ideología de Estado. Figuras como José Gil Fortoul, Laureano Vallenilla Lanz, Eduardo Blanco, Luis Razetti, entre otros, contribuyeron a la construcción de una ideología en la que el atraso social justificaba la necesidad de un poder fuerte, centralizado y tutelar. La sociedad venezolana era concebida como un organismo inmaduro, incapaz de autogobernarse, que requería la conducción de un caudillo providencial: es el niño desamparado y maleducado que demanda un padre severo, estable, fijo, puesto.

La formulación del “gendarme necesario” de Vallenilla Lanz expresa con claridad esta deriva: la democracia deja de ser principio para convertirse en promesa diferida, siempre postergada en nombre del orden. El resultado fue la naturalización del autoritarismo como etapa inevitable del progreso. Así, el positivismo operó como la superación ideológica que conserva tanto a la tradición escolástica colonial como a la ideología de la ilustración independentista, con el objetivo de instaurar una visión jerárquica y heterónoma de la sociedad. Por eso, el socialismo criollo es hijo legítimo de la hegemonía positivista nacional.

No obstante, la doctrina positivista no se agotó en su versión original. A mediados del siglo XX reapareció bajo formas más refinadas en el pensamiento de Bertrand Russell, Rudolf Carnap, Ludwig Wittgenstein, Karl Popper, entre otros. Bajo “el manto de invisibilidad” del rigor lógico-matemático, estas corrientes establecieron un criterio de sentido que reducía lo pensable a lo verificable o falsable, excluyendo toda reflexión sobre la totalidad histórica y social. El célebre dictum de Wittgenstein según el cual “de lo que no se puede hablar, es mejor callar”, resume este gesto de clausura. Lo que se presenta como prudencia metodológica es, en realidad, una mutilación del pensamiento: la filosofía abdica de su vocación crítica y se repliega detrás de la administración del lenguaje. Frente a esta renuncia, alzó su voz la teoría crítica de Adorno y Horkheimer. En su confrontación con Popper, Adorno sostuvo una inversión radical de dicho principio: no es sobre lo indecible que se debe callar, sino precisamente sobre lo que el orden existente vuelve indecible donde el pensamiento debe insistir: “De lo que no se puede hablar -dice Adorno-, sobre eso hay que hablar”. La tarea de la filosofía no es limitarse a lo verificable, sino revelar las contradicciones de una realidad que se presenta como natural.

En la Crítica de la razón instrumental, Adorno y Horkheimer mostraron cómo ya desde la Ilustración, cuando se reduce la razón a cálculo, ésta termina justificando la dominación. El predominio de la técnica, lejos de liberar, organiza el sometimiento con una eficacia inédita. La racionalidad se convierte en dispositivo de control. Desde esta perspectiva, la “sociedad abierta” de los Popper se revela en su ambigüedad. Concebida como espacio de libertad y crítica, descansa sin embargo sobre una racionalidad formal que abstrae las relaciones reales de poder.

El resultado es, paradójicamente, una paradoja: cuanto más se perfeccionan los mecanismos de control -tecnológicos, administrativos, informáticos-, más se aproxima la sociedad a los mundos descritos por Orwell en 1984 o por Huxley en Un mundo feliz. La dominación ya no se impone: se interioriza. Esta lógica no ha sido ajena a la reciente historia venezolana. Bajo distintas figuras, la desconfianza en la formación para la autonomía de los individuos, la apelación a una supuesta cientificidad histórica y la exaltación del líder como encarnación del orden, reaparecen una y otra vez, incluso más allá de los períodos abiertamente autoritarios. La persistencia de esta matriz revela hasta qué punto el positivismo no ha sido una etapa superada, sino una estructura teológico-política profundamente arraigada en la psique, al punto de que para el sentido común “ser positivo” o “positivista” es sinónimo de ser “bueno”.

La miseria del positivismo consiste, precisamente, en su incapacidad para comprender que la sociedad no es un objeto natural, sino una creación histórica de y para la libertad. Más aún, ahí donde pretende imponer orden, engendra servidumbre; donde promete progreso, instala dependencia; donde invoca la ciencia, oculta el poder. La violencia es su estigma. Frente a esta herencia, la tarea es recuperar la razón, no como mero instrumento, sino como crítica histórica. Decía Hegel que la verdad no es un dato, sino un proceso; no es adecuación pasiva, sino devenir del espíritu. Solo una razón que se piense a sí misma puede resistir su reducción a técnica.

Cuando la razón es puesta como abstracción y renuncia a la comprensión de la totalidad, cuando se limita a administrar lo dado, entonces deja de ser razón. Y en su lugar, bajo el nombre del orden, lo que emerge es siempre la misma sombra: la barbarie. La verdad no habita en los hechos aislados ni en su administración técnica, sino en el movimiento que los atraviesa. Cuando ese movimiento es puesto y reducido a cálculo, la historia se vacía de espíritu, Y a partir de ese momento, bajo el nombre de progreso sigilosamente va avanzando su contrario.

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