Revolucionar la existencia y la transformación interior

Descubre cómo la verdadera revolución comienza en la transformación del sujeto y la existencia. Un análisis desde Wittgenstein hasta Michel Foucault.
Compártelo:

Revolucionar la existencia

Persona mirándose al espejo reflejando un universo interconectado, simbolizando la revolución interior del sujeto.
La verdadera revolución no se limita al cambio del mundo exterior; comienza necesariamente con la profunda transformación de nuestro propio modo de existir.

Cuando la revolución comienza en el sujeto

Ludwig Wittgenstein afirma que revolucionario será aquel que pueda revolucionarse a sí mismo. La frase, breve y aparentemente simple, contiene una exigencia radical: la revolución no solo comienza en las estructuras externas, sino en la transformación del propio modo de existir.

Tzvetan Todorov —siguiendo una larga tradición filosófica— distingue entre vida y existencia. Mientras los animales tendrían fundamentalmente vida, los seres humanos tendríamos existencia. Esta no se reduce a la mera supervivencia biológica, sino que se configura en relación con la mirada de los otros. La mirada implica consideración (Rousseau), atención (Adam Smith) y reconocimiento (Hegel). Desde esta perspectiva, revolucionar la existencia supone necesariamente revolucionar la mirada: una transformación en la manera de percibir el mundo y de percibirnos a nosotros mismos.

La palabra revolución suele utilizarse de forma genérica para referirse a cambios profundos y transformaciones sociales. Hablamos así de revoluciones históricas —la francesa, la rusa— o de revoluciones paradigmáticas, entendidas como nuevas formas de comprender la realidad. Para Thomas Kuhn, la revolución está asociada a cambios rápidos, generales y radicales en los marcos de interpretación. Hoy, probablemente, asistimos a una Revolución Digital, cuyo rasgo distintivo no es solo tecnológico, sino también subjetivo: la producción y manipulación de las conciencias.

Byung-Chul Han ha señalado que las técnicas de dominación neoliberal no se imponen desde fuera, sino que operan de tal modo que los individuos reproducen en sí mismos el entramado de dominación, incluso cuando en otros planos de su existencia lo critican o condenan. Yuval Noah Harari, por su parte, advierte que la mayoría de las personas apenas se conoce a sí misma, y que los intentos por escucharse interiormente suelen quedar rápidamente expuestos a múltiples formas de manipulación externa. No es una obviedad menor afirmar que no es lo mismo ser revolucionario hoy que en épocas pasadas.

Etimológicamente, revolucionar remite a la acción de dar vuelta, de invertir un orden. Revolucionario sería, entonces, quien —movido por una voluntad consciente— impulsa transformaciones radicales y estructurales en la sociedad, orientadas a una mejora. Para Karl Marx, la revolución implica un cambio profundo en el modo de producir socialmente la vida. Sin embargo, si seguimos a Wittgenstein, un revolucionario no nace, sino que se hace. La pregunta se vuelve inevitable: ¿hacemos algo, efectivamente, por revolucionar nuestra existencia, nuestra manera de estar, mirar y habitar el mundo?

Si la respuesta es afirmativa, entonces podríamos hablar de una actitud revolucionaria. Si no lo es, independientemente del discurso que se proclame, no hay revolución alguna. Dicho de forma más cruda: ¿puede considerarse revolucionario alguien que ejerce violencia contra su pareja, maltrata a los animales o desprecia el medio ambiente? ¿Qué ocurre con el egoísmo, el consumismo y la envidia que habitan en nosotros mismos? ¿Puede ser verdaderamente revolucionario quien no ha realizado el ejercicio —exigente e incómodo— de revolucionarse a sí mismo? En estos casos, la revolución corre el riesgo de reducirse a una pose narcisista, vacía de transformación real.

Conviene además distinguir entre revolución y descubrimiento. Los descubrimientos no provocan revoluciones; más bien, suelen ser posibles después de ellas. Las revoluciones modifican la estructura de la percepción y la mentalidad colectiva. Aquello que antes no se veía como evidente, tras la revolución se vuelve diáfano. Por ello, la transformación de la manera de pensar, del flujo de los pensamientos y del uso mismo de la atención resulta tan relevante como las herramientas técnicas o la materialidad de los cambios. Una revolución no afecta a un ámbito aislado: compromete la totalidad de la existencia.

¿Qué ocurriría si tomáramos real conciencia de nuestras prácticas cotidianas? Si atendiéramos con honestidad a la distancia entre nuestro discurso público y nuestras acciones concretas. Si observáramos cómo tratamos a los animales más allá del perro o el gato doméstico. Si advirtiéramos con precisión la docilidad con que nos entregamos a formas de vigilancia digital totalizante, independientemente de nuestras inclinaciones políticas. Si reconociéramos nuestra dependencia del consumismo, nuestro individualismo de masas, nuestra dificultad para aceptar la vulnerabilidad, el dolor y el sufrimiento sin recurrir a la máscara permanente del éxito y la felicidad.

¿Qué pasaría si aprendiéramos a valorar al otro en su diferencia, y no únicamente en aquello que confirma nuestra propia imagen? Si habitáramos el mundo respetando los ciclos de la naturaleza y la dignidad de la vejez. Si dejáramos de justificar, minimizar o sostener el statu quo únicamente para tranquilizar nuestra conciencia. Tal vez entonces la pregunta por la revolución adquiriría un sentido distinto, menos grandilocuente y más exigente.

¿Es realista revolucionar la propia existencia? ¿Somos capaces de llevar la idea de revolución hasta el punto de transformarnos a nosotros mismos?

Existe una dimensión fundamental de la filosofía occidental que ha sido progresivamente relegada por el academicismo, por ciertas lecturas del cristianismo y por una racionalidad puramente instrumental. Se trata de la filosofía entendida como práctica de vida. Escuelas como el estoicismo, el epicureísmo, el cinismo o el escepticismo concibieron la filosofía como un conjunto de ejercicios personales y sociales orientados a la transformación del individuo y de la comunidad. En estas tradiciones, el cuidado de sí nunca estuvo desligado del cuidado de los otros.

Michel Foucault, en una de sus últimas entrevistas, es interrogado sobre si el cuidado de sí mismo no implica un repliegue individualista. Su respuesta es categórica: no. El cuidado de sí es, precisamente, una forma de relación ética con los otros. Por esta razón, el último Foucault dirige su mirada hacia la filosofía helenística, subrayando la necesidad de recuperar prácticas de libertad mediante las cuales el sujeto pueda autoformarse y transformarse.

Tal vez aún hoy seamos capaces de dejarnos interpelar por la antigua pregunta socrática, lanzada en la plaza pública: ¿te ocupas de ti? No como repliegue narcisista ni como ejercicio de autoafirmación, sino como una exigencia ética que compromete nuestra manera de estar con los otros y de habitar el mundo.

Georges Friedmann lo expresó con sobriedad: “Son muchos quienes se vuelcan por completo en la militancia política, en los preparativos de la revolución social. Pero escasos, muy escasos, los que como preparativo revolucionario optan por hacerse hombres dignos”.

Quizá hoy, cuando la palabra revolución se ha vuelto ligera y disponible para casi cualquier causa, la pregunta decisiva no sea qué mundo queremos cambiar, sino qué forma de existencia estamos dispuestos a transformar.

¿Pensar en la revolución interior implica negar la exterior?

Absolutamente no. En muchos círculos existe una tendencia a privilegiar las diferencias, las contradicciones, el deporte es a identificarse con lo que estoy de acuerdo y con que no. Cuesta dejar reposar las ideas, buscar los aciertos, encontrar los vínculos y las relaciones, establecer un dialogo, danzar con los pensamientos. Prima una dualidad de la cual se hace difícil escapar, “si es esto, no puede tener ningún componente de lo otro”. Y así se camina por la vida, clasificando, distinguiendo, individualizando, excluyendo.

Gandhi afirmaba que nuestra grandeza como seres humanos se encuentra en ser capaces de reconstruirnos a nosotros mismos, aunque el mismo hizo todo un esfuerzo por transformar las estructuras de su país. Si pensamos estas dos dimensiones, la interna y la externa no como independientes una de la otra, sino mas bien como partes de un movimiento no estático sino más bien complementario. Una especie de natural interdependencia, eso nos instala en una visión distinta a la imperante. ¿Podemos distinguir de manera exacta cuando termina la noche, empieza el amanecer y luego el día? Poner el foco en la revolución, transformación, cambio interior –el nombre resulta irrelevante- no desliga de todas las luchas por la transformación para un mundo mejor. Al contrario, se complementa, se realiza en un movimiento mayor. La responsabilidad con lo social no es diferente de con la transformación interior son una. Comprometerse con un mundo mejor es parte integrante de la revolución interior. Si se asume de verdad que todas las cosas están interconectadas, dependiendo unas de otras, la planta depende del sol, la tierra, el agua, lo mismo con los seres humanos, no es dable entonces pensar y actuar de manera dual, estableciendo polos. Si vivimos en un universo interdependiente ¿Cómo entonces tendemos a actuar como si fueran fijas y estables, estableciendo distinciones de manera tan tajante? ¿Cómo excluir unas en favor de otras? ¿Por qué un polo (interior – exterior) no pueden coexistir en una mutua danza viviente? ¿Es posible separar –en estricto rigor- un árbol de sus raíces, hojas, de la tierra, del sol, etc? La revolución interior es la raíz que hace que florezca un nuevo tipo de activismo social, más fuerte y alejado de depresiones y frustraciones tan propias de la lucha social. Interior – exterior es un camino que se riega y cultiva. El deterioro de la salud mental, el desastre ecológico, la falta de narrativas alternativas, de alguna manera llaman a encaminarse por ese sendero en que se conectan la transformación personal con la lucha por la transformación por un mundo mejor, quizá así algo hermoso florezca.

Compártelo:

Publica un comentario: