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Método Dialéctico Político

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Método dialéctico

Dialektikós

La cultura griega clásica representa –al decir de Marx– “la infancia histórica de la humanidad, en el momento más bello de su desarrollo”. Por eso mismo, y hasta el presente, el mundo heleno ha ejercido sobre el pensamiento “un encanto eterno”, muy superior al de todo el resto de las formaciones histórico-sociales conocidas. Lo que más sorprende es que de ellos –de “los antiguos”, como se les dice– se siga aprendiendo, una y otra vez, Immerwieder, siempre de nuevo.


Fueron ellos, por cierto, el pueblo que fundó y dio forma a Occidente, enfrentando con el aguerrido valor de sus armas las ambiciones de las autocracias orientales hasta vencerlas, en nombre de la libertad. Pero, al mismo tiempo –¡oh, paradoja!– fueron ellos los que supieron como nadie establecer el diálogo como modo de vida, al que interpretaron como la expresión mejor acabada, más sublime y, sobre todo, civilizada de la guerra. Ares, dios bélico, se transubstancia en Hermes, dios de la astucia, el ingenio y la negociación.




En efecto, el término griego que define la acción de quienes dialogan es dialéghestai. No existe acción más propia y característica de lo humano que esa: se trata de un término que está compuesto por el prefijo dia–“con el otro”– y por el verbo legein –“hablar”–, o sea, hablar con el otro. El dia –es decir, “con el otro”–, contiene el dis, que los latinos tradujeran por bis, y que significa “dos”. Pero dis o duis es la raíz de duellum –duelo– y bis la de bellum –guerra–. Así, pues, el diálogo, habitual ejercicio del Ágora, tanto por su origen como por su significado conceptual, es el modo civilizado y, por ello, racional de hacer la guerra “por otros medios”, al decir de Clausewitz. En tal sentido, hablar de “ingenuidad” en el diálogo, de “segundas intenciones” o, peor aun, de “traición” es, desde el punto de vista estrictamente histórico-conceptual, una aberración, resultado de la más crasa ignorancia y, por ende, del lerdo fanatismo.

Son los Dialektikos –aquellos que son capaces de dialogar, discutir y debatir– quienes, según Platón, tienen la capacidad de unir lo que está escindido, haciendo que desde la torpe inmediatez y de la tosca apariencia surja la verdad. Pero, además, tienen el “poder de dividir las ideas, siguiendo sus naturales articulaciones, y no ponerse a quebrantar ninguno de sus miembros, a la manera del mal carnicero”. Y “esto –le dice Sócrates a Fedro– es de lo que yo soy amante: de las divisiones y las uniones, que me hacen capaz de hablar y pensar. Y si creo que hay algún otro que tenga como un poder natural de ver lo uno y lo múltiple, lo persigo, yendo tras sus huellas como tras las de un dios”. Quien posee “la ciencia de las cosas justas, bellas y buenas”, es un dialogante incesante, que planta y siembra palabras con fundamento. Es un contrincante de ideas y valores, capaz de enmendar al otro y de enmendarse a sí mismo, pues no hay diálogo estéril, solo canales, caminos, cursos por donde transita la semilla de la humana civilidad, el grado más alto posible de la condición humana.




Nada hay de vergonzoso en el diálogo. Todo lo contrario, vergonzoso es no dialogar. No se dialoga –con lo cual se cierra el chance a la inteligencia– únicamente cuando solo queda la fuerza de los brutos, de sus bayonetas y cañones, en medio del salvaje “estado de naturaleza”, cuando ya ha desaparecido por completo el llamado “estado civil”. Es un error no llamar o no convocar al diálogo indispensable, necesario, pues la gente civilizada lo es porque dialoga con su contrincante, con su opuesto, hasta los límites extremos. A eso se llama reconocimiento. Quien no reconoce no se diferencia de su antagonista, porque ha terminado siendo el término idéntico del otro término. En la irremontable diferencia se encuentra en la máxima identidad. Es un prejuicioso con criterios tan estrechos, tan limitados y tristes, como los que dice combatir. En el fondo, no busca una superación del desgarramiento: se alimenta de él y, no sin cierta perversión, lo goza. El desprecio por el otro deviene autodesprecio. Es un “alma en desventura”. Se aprovecha del desgarramiento, vive de él, es desgarramiento en sí mismo. Son los bárbaros –fascistas de siempre– quienes gustan de las salidas violentas y de los derramamientos de sangre por las calles.

Se trata del triunfo del entendimiento reflexivo, del entendimiento a medias, sobre el recorrido de la unidad concreta, y de la cual la diversidad es parte constitutiva, porque una “unidad” que no admite la diferencia es una parte, una diferencia entre muchas otras, pero no es la unidad. Precisamente, aquello que Adorno llama “la sal de la dialéctica” –la acción efectiva del dialogoi como tal– consiste en comprender que la realidad, el ser social, no es un cuerpo estático, rígido, esquemáticamente establecido, inerme. Por el contrario, es en el devenir de las cosas que se descubre, in der praktischen, la auténtica mediación interior. No existe nada bajo el cielo que no esté mediado, que no requiera del esfuerzo, la paciencia y la constancia del trabajo humano. Una crisis no aparece de repente. Es el resultado de años de ficciones, de espejismos populistas, de autoengaños. Del mismo modo, es imposible que lo que ha tardado años en surgir y manifestarse plenamente desaparezca automática e  instantáneamente. Hay que tener el valor de reconocer la corresponsabilidad de una crisis, directa o indirectamente, por participación o por omisión. Es el momento de recoger lo que se ha roto, de reunir los fragmentos y de recomponerlos íntegramente, con criterio justo, a fin de que la nueva pieza que se construya sea más rica, más compleja, en fin, superior.

Momento de superar esta larga autoflagelación y de comenzar a curar las heridas que el propio cuerpo social se ha infligido. Decía Hegel que para lo único que sirve el estado de naturaleza, el estado de salvajismo, es para salir de él. Una nueva sociedad, libre, democrática y próspera, está a punto o de nacer o de no nacer. Es un momento crucial que solo depende de nosotros mismos. No repetir viejos errores, abandonando el odio, el miedo, la venganza, en fin, las pasiones tristes, es la mejor señal para reiniciar la recomposición feliz del país que nos merecemos.
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