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El arte de la vulnerabilidad

Ingenio frente a autocompasión.

Ya que no podemos evitar la fragilidad, sentemos plaza en ella y hagamos de su manejo un arte: en lugar de lamentarnos por nuestros puntos débiles, tal vez podamos aprender a sacarles partido con lucidez e inteligencia. 


La habilidad y la constancia son las armas de la debilidad. Maquiavelo.

Vulnerabilidad: término arduo y grumoso como un trabalenguas, con el que nos referimos a algo tan simple y fatal como esas grietas en las que nos hace mella la corrosión de la vida, esos puntos débiles del yo en los que flaquea el conatus, allá donde la intemperie lacera fácilmente cuando nos tantea con sus uñas afiladas.
Por eso, porque hay puntos en los que se nos traspasa fácilmente, es lógico que sea en ellos donde más procuremos guardarnos, donde nos mantengamos más cautelosos. Aquiles solo tenía uno y fue suficiente para arrasar toda su magnificencia divina. Solemos llamarlos defectos, con una amargura que revela nuestra secreta fantasía de perfección, y a la vez excusándonos tras el parapeto del destino. Son componendas que no hacen más que rotular patéticamente la cartografía de nuestra debilidad.
Hay que temer a las vulnerabilidades, puesto que pueden hacernos sufrir, y, como dice Marguerite Yourcenar, no conviene tomar a broma lo que podría dañarnos. Sin embargo, sería poco inteligente desaprovechar lo que las fragilidades tienen de ocasión: son el enclave donde se nos ofrece la oportunidad de renunciar a la vana omnipotencia, de templar el aguante y explorar el valor, de convocar fuerzas inéditas y consolidar la prudencia.

Allá donde la vida tiende a ponerse difícil, se descubre interesante. Allá donde podrían vencernos fácilmente, la mera persistencia es un triunfo. Hay personas disminuidas que han encontrado en su carencia un acicate para el coraje: puesto que todos cojeamos de algún pie, esa es una grandeza que siempre está a nuestro alcance. Porque nada nos motiva más que lo que nos falta, y de nada nos vemos tan espoleados a hacer virtud como de la necesidad.
Sobran los ejemplos, pero tenemos que recordárnoslos contra la tentadora autocompasión. Cuentan que el gran orador griego Demóstenes era tartamudo, y se había obligado a la curiosa disciplina de hablar con piedras en la boca. Newton aprovechó su misantropía para convertirse en el mayor científico de la historia. La amargura por descubrir la pobreza y la muerte impulsó a Buda a indagar el alivio del sufrimiento. Es el cuento del patito feo: ¿quién nos asegura que en nuestras fealdades no alienta la potencialidad de la belleza?
La vulnerabilidad no es una suerte ni una ventaja, pero ahí está, y, bien manejada, puede convertirse en una aliada de nuestras fortalezas. En Maratón, los griegos aprovecharon la debilidad de su frente para envolver a los persas en una mortal tenaza. En Termópilas y Salamina compensaron la inferioridad numérica atrayendo al enemigo a cuellos de botella donde la monstruosidad del ejército de Jerjes no le servía de mucho. “Si se consigue obtener ventaja del terreno, hasta las tropas débiles e inconsistentes podrán vencer”, medita el antiguo militar chino Chang Yu comentando El arte de la guerra, y T’sao T’sao concluye: “Pondera los peligros inherentes a las ventajas y las ventajas inherentes a los peligros”.

Parece prudente, pues, ocultar nuestras vulnerabilidades, y procurar hacer juego allí donde somos fuertes. Pero a menudo no es posible: siempre hay alguien más sagaz, o sencillamente se nos ve el plumero. Entonces lo más sensato quizá sea admitirlo sin reticencia: al menos no tendremos que gastar energías en disimular, y podremos dedicarlas a aguzar el ingenio y concebir lo inesperado. Ulises compensaba sus muchas debilidades con astucia, que es el arte de aprovechar las vulnerabilidades del otro de manera que no le sea fácil explotar las nuestras. La vulnerabilidad nos expone, pero no nos condena. 

El miedo en la maleta

La tarea del temblor

El miedo nos desmantela, pero es también la oportunidad para el valor. La vulnerabilidad y la inseguridad de la vida nos arrinconan en su angustiosa celda. Las creencias y el conocimiento nos alivian pero no nos salvan. Nos queda la lucidez de afrontarlo y el coraje de caminar por encima de sus brasas, con el destino a cuestas.


Hola, Miedo. Aquí estamos de nuevo. Tich Nath Hanh


Dicen algunos entendidos que el meollo de la felicidad es la ausencia de miedo. A poco que miremos en nuestro interior, confirmaremos esa tesis: siempre hay algún miedo agazapado tras nuestros desvelos, y todos los deseos convocan el miedo de no verse realizados. “La gente es infeliz o por miedo o por apetencia infinita y vana”, sentenciaba Epicuro. Rechazamos a personas que nos amenazan, o convertimos en amenaza a quien repudiamos. La envidia es el miedo a quedar atrás; incluso el resentimiento se ocupa de mantenernos en guardia contra quien nos dañó, y con la venganza rabiosa no solo restituimos la sensación de equidad, sino que exorcizamos el miedo a quedarnos solos con nuestro dolor, que querría paralizarnos, haciendo partícipe de él a quien nos lo provocó.
El miedo es corrosivo, resquebrajante, demoledor. El miedo es enemigo de la vida, puesto que la asedia. Solo si no nos quedamos quietos nos sobreponemos a él, nos rescatamos de su celda sombría y volvemos a empuñar una espada en la mano. Al actuar trascendemos el miedo porque el temor es impotencia, arrinconamiento, menoscabo. Le damos la vuelta al miedo, que sigue ahí, pero que ya no nos aplasta. Al responderle, le miramos a los ojos, tal vez temblando porque sabemos que él siempre nos lleva ventaja, pero volvemos a ser alguien frente a él al desafiarlo, dispuestos a desafiar su tiranía. Aun sucumbiendo, habremos vencido, porque habremos recuperado la dignidad. De eso se trata: de volver a levantarse, aun con miedo, frente al miedo.
No siempre logramos hacer acopio de ese valor, sobre todo cuando el miedo nos parece demasiado grande y nosotros nos sentimos demasiado pequeños. El miedo se lleva dentro, pero también se aprende, como han demostrado los psicólogos. Los animales se adiestran en hacer determinadas cosas para evitar, por ejemplo, descargas eléctricas; pero si de repente el mecanismo de evitación deja de funcionar, y el animal recibe la descarga haga lo que haga, el estrés acabará por afectarle la salud, e incluso le hará incapaz de volver a aprender: lo que ha interiorizado, y de forma indeleble, es su incompetencia.
Pocas experiencias más demoledoras que la sensación de inseguridad y de imposibilidad para controlar lo que nos pasa. Los niños son especialmente sensibles a las rutinas, que les permiten concebir un mundo previsible y seguro; por eso agradecen un cierto grado de disciplina, siempre que se ejerza de modo coherente. Nada más desesperante que no poder prever lo que va a pasar, hagamos lo que hagamos. Si la vida nos somete repetidas veces a la impotencia o al caos, pronto dudaremos de nosotros mismos y nos sentiremos incapaces de controlar nuestro entorno. El miedo se cuela así por las rendijas del alma, y tal vez llegue a parecernos invencible.
Cuando el miedo se instala y nos educa en la incapacidad, puede que respondamos con una conducta caótica y desquiciada. Tal vez hagamos un esfuerzo desesperado por instaurar algo de orden por nuestra cuenta, sea expresando una rabia permanente, sea entregándonos a rituales obsesivos. También podemos retirarnos a lamernos las heridas, a llorar la insignificancia. Si nos quedamos demasiado tiempo ahí, si no encontramos pronto una salida, si arrebujarse al fondo de la cueva se convierte en costumbre, tal vez el camino de regreso se nos antoje cada vez más remoto e improbable. En esa rendición, en esa renuncia consagrada, nos desplomamos a merced del miedo, incapaces de plantarle cara; y cada retroceso hacia el fondo nos disminuye un poco más, refuerza nuestra posición y nos convierte en sus esbirros y sus colaboradores. Se puede acabar trabajando para el miedo. Algo así debe ser la depresión.

¿Hay algo que pueda ayudarnos? Tal vez encontremos fuerzas en la propia desesperación. El que está convencido de no tener nada que perder es más fácil que se anime a rebelarse. Podemos llegar a concluir que una vida sometida al miedo no vale la pena, y que cualquier cosa será mejor que continuar sumidos en ese fango putrefacto del que no podemos esperar nada. La desesperación es crisol de valientes compulsivos: valentía que tiene sus peligros porque es más bien temeridad; arrolladora pero frágil, pues basta un atisbo de esperanza para desarmarla.
La esperanza puede que nos ayude a aguantar, pero difícilmente será nuestra aliada a la hora de actuar. La esperanza es como una bocanada ansiosa de aire cuando nos estamos ahogando: nos reconforta por un instante antes de volver a caer. En eso consistía, precisamente, la tortura de la crucifixión, una de las más horribles que se hayan concebido. En cambio, el desesperado no deja nada atrás, camina sobre tierra quemada y sin horizonte; esa es la fuerza que tal vez le permita liberarse, o que le inmole definitivamente. ¿Cómo no recordar aquella escena cumbre de la película Thelma y Louise, en la que las protagonistas, cercadas por la policía y ya sin salida, deciden apretar el acelerador y despeñarse por un precipicio? Muchos asedios históricos, como el de los cátaros o el del sitio de Numancia, terminaron así: con una masacre. La desesperación es el patrimonio de los suicidas elevados a héroes. Todos ellos sucumbieron, pero es verdad que trascendieron el miedo.
La convicción es también una fuente de valor, y por eso sacamos tanta fuerza de nuestras creencias. Las creencias son promesas simbólicas en las que, a falta de otro apoyo, nos sustentamos para lanzarnos hacia el futuro. Muchos guerreros han hallado ímpetu frente al miedo a la muerte invocando otra vida donde aguarda la recompensa de los dioses: el Walhalla, el Elíseo, el paraíso celestial transido de gentiles cantos y dulces placeres sin fin. La expectativa de la aprobación de Dios es un buen alivio del temeroso. Los mártires cristianos debieron apelar a esta fortaleza mientras rezaban en la arena justo antes de ser descuartizados por los leones hambrientos (dudo que mientras eran devorados pudieran sentir otra cosa que dolor y espanto). Siglos más tarde serían sus descendientes los verdugos, y Giordano Bruno o Luis Vives tal vez se aferraran a sus propias convicciones para caminar con entereza hacia el patíbulo de la irracionalidad. Porque ese es el peligro de las creencias: del mismo modo que nos refugian, cuando responden al fanatismo y se desentienden de la tolerancia exigen a menudo su impuesto de sangre.
El conocimiento es, por cierto, un gran aliado contra el miedo, puesto que reduce la incertidumbre y promueve la sensación de control; la ignorancia, en cambio, es una eterna valedora del miedo (salvo cuando es perfecta y no deja resquicios), como saben quienes la promueven en beneficio de su propio poder. Toda la ciencia se justifica, en última instancia, como un poderoso baluarte contra el miedo, un repertorio de antídotos contra la inseguridad. El conocimiento científico es uno de los más nobles instrumentos de nuestra entereza: frente a las creencias, que apelan al sentimiento, el saber se funda en el empeño en la verdad, que es territorio siempre escaso pero firme.
Esa virtud marca su esplendor y su límite: la valerosa verdad es siempre, sin embargo, provisional y frágil, si la comparamos con el poder absoluto de la creencia. Por eso, a la vez que nos reconforta, nos deja solos. Como proclama con poesía conmovedora el aprendiz de El club de los poetas muertos, la verdad es una manta que por mucho que la movamos siempre nos deja una parte al descubierto. La creencia, en cambio, inunda la imaginación: uno puede sumergirse en su gracia por completo. El diagnóstico médico y los remedios científicos contra una enfermedad alivian nuestro cuerpo y nuestro miedo, pero apuntan solo a posibilidades y confiesan su frontera; un ritual, en cambio, tiene al cosmos entero de su lado, convoca a todas las fuerzas del universo, y su único límite es la voluntad inescrutable de los dioses.
Así que la lucidez no nos salva, pero cuando somos capaces de empecinarnos en ella, ¡qué resplandor para el proyecto humano! Si uno es capaz de mirar al miedo a la cara y oponerle su dignidad desnuda, y aceptarlo como un honroso rival aunque sea siempre más poderoso, aunque nos tenga condenados de antemano, como le sucedió a Héctor cuando fue a luchar, lleno de miedo y honor, contra el divino Aquiles, y no retroceder ante sus pasos de gigante, y aun temblando mantenerse firme frente a él, ¿no justifica ese instante de afirmación toda una vida? ¿No es la cura más genuina del miedo, que a la vez lo asume y lo vence, transmutándolo en coraje? ¿No se resume ahí el más profundo poder de la condición humana? Algo así debió querer decir Nietzsche con aquella famosa divisa: “Lo que no me mata me hace más fuerte”.

En el fondo de lo que nos abruma, en definitiva, siempre alienta de algún modo el miedo de los miedos, el miedo a la muerte. El poder de la muerte reside en su fatalidad y en que es siempre una posibilidad inminente: solemos olvidarlo, pero hay épocas de la vida en que nos llegan ecos de sus trompetas, y cómo no temblar al escucharlos; el budismo, como los estoicos y Montaigne, recomienda ejercitarse en hacerla presente, y supongo que hace bien, aunque no tengo claro que eso nos ayude a afrontarla cuando llegue. Epicuro, en cambio, era partidario de no dedicarle un ápice de nuestros desvelos: "Acostúmbrate a pensar que la muerte nada es para nosotros... Mientras nosotros somos, la muerte no está presente, y, cuando la muerte se presenta, entonces no existimos".
Con la muerte y con el miedo, en fin, todos los consuelos son buenos, pero siempre se quedan cortos. A la postre no hay más remedio que vivirlo, sentir su sablazo y seguir con su desazón, meterlo en la maleta y continuar caminando. Ya que el miedo es ineludible compañero de viaje, convirtámoslo en tarea e inventemos el valor. Porque también las derrotas nos componen y nos acompañan. Hay que asumir la certeza de la inseguridad. Hay que mirar de frente a nuestros miedos. Ojalá tengamos suficiente con la lucidez y con el amor.

La paz mental de Robinson Crusoe

Tentaciones místicas de un náufrago

Robinson Crusoe se aferra al credo religioso para hacer frente a su solitaria vulnerabilidad. En un mundo frío y ajeno, donde todos somos náufragos, la lucidez es una obstinada batalla contra la tentadora calidez de la creencia.


En la clásica novela de Defoe, Robinson, después de diez días de enfermedad, desesperado, pide a Dios que se apiade de él. “No tenía conocimiento divino. Esa era la primera plegaria, si la puedo llamar así, que había hecho en muchos años”. El náufrago duerme durante dos días y al despertar se siente mejor y hasta puede comer algo. Bendice el alimento, toma una Biblia que había rescatado del barco encallado y lee al azar: “Llámame un día de infortunio y Yo te liberaré y tú Me glorificarás”. Robinson se siente mucho mejor. “Esa noche, antes de acostarme, hice lo que nunca antes en mi vida había hecho: me arrodillé y le recé a Dios”. A partir de ese día, Crusoe se impone leer un fragmento de la Biblia cada mañana y cada noche. Y concluye: “Mi situación comenzó a ser entonces, si bien no menos desgraciada en lo que respecta al modo de vida, sí mucho más llevadera para mi mente”.
Aquí nos interesa ese vuelco que Robinson logra para su ánimo instaurando o más bien redescubriendo la creencia. El autor describe bien cómo su personaje vive esa transformación, dejándonos a nosotros sacar las conclusiones. Solo, aislado, víctima de un infortunado naufragio, volcando todos sus esfuerzos en la supervivencia, Robinson se halla probablemente al borde de la desesperación, en ese punto en el que cualquiera podría darse por vencido y dejarse morir. Para colmo, enferma de un mal que, tras muchos días de fiebre y sin disponer de medicinas, se le antoja incurable. Entonces pide ayuda, y se la implora invocando a la única presencia que puede esperar: Dios. Sucede que entonces mejora: es tentador desistir de la idea de azar y querer encontrar en esa coincidencia un significado. ¿Su plegaria, entonces, ha sido atendida? Un nuevo azar la refuerza: la cita de la Biblia y la sugestión de que Dios le habla y le promete protección si le glorifica. Definitivamente, es difícil renunciar a que en esta secuencia de hechos no exista una voluntad rectora. Sobre todo si uno la necesita.
Así, Robinson se vuelve devoto. A partir de aquí cumplirá con la demanda que Dios le hizo: rezar y leer el libro sagrado. Se siente mucho mejor, la creencia le da fuerzas; y nos confiesa que su situación, que no deja de ser desgraciada, se le hace “mucho más llevadera para su mente”. Es una curiosa manera de decirlo. A pesar de la devoción recién instituida, Robinson nos insinúa que es consciente de que ha completado un proceso mental, que ha implementado un recurso que le proporciona paz mental. Al fin y al cabo, Crusoe no deja de ser el exponente de una época en la que la religión se tambaleaba frente al predominio de la razón. En las primeras páginas de la novela, el protagonista se nos revela inquieto, emprendedor, deseoso de aventuras y a la vez pragmático. Abandona su casa a pesar de la oposición paterna, pero el supuesto amor a los viajes por mar no le impide convertirse en un terrateniente en Brasil, que acumula una considerable fortuna en su plantación y naufraga precisamente cuando iba a negociar la compra de esclavos en Guinea.

Robinson es, por tanto, el prototipo de hombre de negocios inglés que hizo de Gran Bretaña un imperio colonial extendido por todos los rincones del mundo. Triunfo del capital productivo, unido al triunfo de la técnica sobre la naturaleza: ¿en qué otra cosa consiste su inagotable actuación “civilizadora” en la isla, construyendo, cultivando, domesticando animales? Sin duda, Robinson Crusoe es una metáfora de la obstinación en la supervivencia de un hombre solo frente al mundo y, en este sentido, la novela es bellísima y merece la eternidad de los clásicos, pero a la vez es el símbolo de la “civilización” mercantil occidental, que extiende su dominio por la Tierra.
Nuestro pragmático náufrago, pues, no deja de ver la ventaja práctica de la incorporación de la creencia a su proyecto. “A Dios rezando y con el mazo dando”, dice el refrán: seguiremos luchando por sobrevivir, pero la oración y la devoción nos harán la situación “mucho más llevadera para la mente”. Abandonamos por ahora las consideraciones históricas y nos detenemos en la operación psicológica. Defoe se nos muestra consciente de la utilidad que tienen las creencias, y nos insinúa su génesis: creemos porque estamos solos; creemos porque nos sentimos desamparados y desesperados; creemos porque así todo se hace más soportable. ¿Hasta qué punto importa que nuestras creencias se correspondan o no con la realidad? La cuestión es que hacen su efecto. Desde que reza y lee la Biblia, Robinson se siente más contento, más seguro, más fuerte. Su inmensa soledad, que lo convertía en un ser frágil y vulnerable, se convierte en una situación firme y soportable gracias a la creencia.
Puede que Defoe nos esté sugiriendo no solo un recurso, sino ante todo una necesidad. Al fin y al cabo, todos estamos solos, todos somos náufragos en un universo frío y ajeno, todos nos sentimos pequeños y frágiles en medio de la nada; concebir que nuestra existencia está dotada de un sentido, de un diálogo personal con lo superior, convierte de pronto al universo en un lugar habitable, un ámbito que es nuestro porque en él somos alguien. Esa operación mental que es la creencia nos aporta lo que creíamos perdido: la seguridad en medio de una inmensa incertidumbre. La capacidad simbólica humana brilla aquí con todo su esplendor.

Al hilo de la meditación de Robinson, se nos ocurre: ¿podemos vivir sin creencias? Probablemente sí, pero es seguro que así la vida será más ardua: no contaremos con una evocación protectora, un poder mágico que vele por nosotros como hacían nuestros padres en la infancia, un sentido que calme nuestra angustia ante el absurdo, una contención frente a la vulnerabilidad. La vida con creencias, como dice nuestro náufrago, es más llevadera. Camus se preguntaba si la vida merecía la pena de ser vivida, e indagaba si el sentido era posible prescindiendo de la creencia. Concluyó que sí, refugiándose en la belleza misma de existir; el hombre, que no es un héroe, adquiere dimensiones heroicas cuando empuja, como Sísifo, su piedra por la ladera hasta la cima, para verla correr de nuevo ladera abajo. “Hay que imaginar a Sísifo dichoso”. En cambio, a Unamuno le torturaba la perspectiva de la disolución en la nada de la muerte. Unamuno, como más tarde Hermann Hesse, añoraba la instauración de una nueva trascendencia; ambos sentían una nostalgia incurable por regresar al hogar de la religión y la creencia.
Podemos vivir sin creencias, y el hombre que no se engaña intenta hacerlo. Sin embargo, ¡qué consuelo, qué fuerza, qué alegría se encuentran al concebir la trascendencia! ¿Nos extrañará que en la segunda mitad del siglo XX surgiera un esfuerzo multitudinario por recuperar la magia y el espíritu? Se le ha llamado New Age, una nueva era que se pretende más bien renacimiento, y ha consistido en un cajón de sastre en el que se amontonan todo tipo de elementos que suenen a espiritualidad, desde la música relajante al yoga, desde el chamanismo hasta el hinduismo, desde el islam sufí hasta la meditación zen, desde el “piense y hágase rico” a la sanación por intercesión de los ángeles.
La New Age ha intentado restaurar una especie de religión sin religión, al menos al margen del catolicismo, que se asimila a poder retrógrado y rígido. Millones de personas en todo el mundo se fabrican su propia religión a medida, como lo expresó Salvador Pániker, tomando un poco de aquí y otro poco de allá para su espiritualidad personal. Una actitud, reconozcámoslo, muy acorde con la sociedad líquida del capitalismo de consumo, que procura dotar de originalidad al frío artículo, fabricado en serie, mediante una superficial “personalización”. Los Robinsones de la actualidad no quieren renunciar a su libertad personal a la hora de elegir los productos espirituales, pero tampoco parecen dispuestos a prescindir del consuelo y la fuerza que procuran las creencias. Eso sin contar con las multitudes que, en diversos grados, reavivan la ortodoxia de las viejas religiones, entre las que se cuentan los soldados de las nuevas guerras santas.

En definitiva, la razón es ardua, la lucidez difícil de sostener. Quien más quien menos sigue buscando refugio a su manera, sin dar demasiada importancia a que ese amparo sea coherente o se corresponda mínimamente con la realidad. Somos seres tribales y arrastramos la nostalgia de la trascendencia; somos seres temerosos y buscamos seguridad. La imaginación siempre nos dio las respuestas que no nos daba la lógica; la magia estuvo ahí para curarnos de la angustia por la desnudez que descubrimos al ser expulsados del Paraíso. Las creencias nos abrigan del frío de la vida y de la muerte; la razón, en cambio, nos deja expuestos y solos a la intemperie de nuestra isla desierta de náufragos. La vida envuelta en creencias tal vez no sea más fácil, pero sin duda será, como dice Robinson, más “llevadera”: la mente al servicio no de la verdad, sino de la supervivencia, que es más apremiante.
Yo envidio un poco a quienes se rinden a la creencia, y a veces incluso siento la nostalgia de la profundidad mágica. Me encantan las historias épicas de Tolkien, en las que late la belleza numinosa de como una vez me dijo mi psiquiatra lo primitivo y lo omnipotente. Amo los mitos esos conglomerados de poderosos símbolos, juego a percibir el mana de un enclave que podría ser sagrado o un lugar que podría albergar “malas vibraciones”. A veces recito un mantra, sobre todo cuando conduzco; en mi mochila llevo siempre un cochecillo de plástico de cuando mi hijo era pequeño y una piedra que me regaló mi sobrino; y si no se lo decís a nadie os confesaré que incluso he llegado a darle las gracias a mi coche por completar sano y salvo un trayecto largo. Por supuesto, he rezado compulsivamente en algún momento de desesperación, como Robinson. Así que soy tan irracional como el que más.
Pero sé procuro recordarme que detrás de todo eso no hay otra cosa que mi vulnerabilidad y mi miedo, no hay más que un juego de símbolos con los que pongo mi huella en el entorno para hacerlo más familiar, como quien coloca la foto de sus hijos sobre la mesa de despacho y así la siente más suya. Me encantaría encontrarme a mis muertos cuando muera, y sería muy alentador pensar que me ayudan cuando lo necesito. Lamentablemente, no; no me lo creo. No juzgo a nadie: allá cada cual con sus creencias, y con lo que gane o pierda con ellas; yo no puedo comulgar con ruedas de molino. Qué le voy a hacer: aunque mi vida sea menos llevadera, solo soy capaz de entregar mi devoción a la lucidez. Confío en que ella me disculpe mis ocasionales extravagancias de náufrago.