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El que habita en la alegría y la tristeza

 



La alegría no es lo contrario de la falta, es su danza favorita. La alegría verdadera autentica surge cuando deja de buscar y se permite habitar el instante sin pedirle que dure para siempre. Todo esto pasa no por la voluntad de querer ser más alegre, sino de desprenderse de la pesada armadura con la que se defendía de la posibilidad de ser herido por un momento de gracia. La alegría llega con o sin conflictos (lo más probable es que siempre tenga conflictos), dado que es cuando acepta que la vida, su vida, puede ser amada incluso con sus grietas, con sus fracasos, con sus significantes rotos. En el fondo hay que probarse que, buscándose a uno mismo, en esos instantes en los que olvida que está buscándola, allí la encontrará.   

Por otro lado, la tristeza es el eco de un objeto perdido que, en rigor, nunca se tuvo. Por ello no hay que temer a la tristeza. Ella es la cartógrafa de su deseo. Muestra los contornos de aquello que usted, quizás sin saberlo, extraña profundamente. Por ejemplo, la tristeza neurótica es circular, autoindulgente, y nunca termina. La tristeza verdadera es un rio; pasa, limpia, y deja el suelo fértil para nuevos significantes. Debe permitirse estar triste, sin exigirse superarlo, mas, debe escuchar qué está diciendo esa tristeza sobre su deseo, qué leyenda perdida está narrando para no tener que enfrentar la perdida de lo real.

Al final, la tristeza y la alegría son dos modos de bordear el mismo vacío. Uno con flores marchitas, el otro con flores abiertas. Pero ambas crecen de la misma tierra de sus faltas.

La alegría y la risa son hermanas, pero a veces con hermanas enemistadas. Esto acontece en el parámetro de la burla, la burla no es una alegría genuina, la burla es una máscara desde donde pretende ocultarse una debilidad. La burla es el último refugio del que teme que su propia falta sea descubierta. Señalar la falta del otro y reírse de ella es el intento desesperado de localizar fuera lo que no se soporta dentro. Quien se burla no está negando la falta, está confesando que la suya es tan insoportable que necesita proyectarla en cada rostro que se cruza. La burla es un ritual de falsa completud: “Yo no soy ese hueco que señalo, soy quien lo señala”. Quien se burla sólo es un negociante con el precio de entrada al ciro de las carencias.

Quién es burlado debe preguntarse el porqué esa burla le constituye tanto, en qué lugar del fantasma del Otro estoy demandando que esto no me ocupe. Recuerde algo, si deja de ser burlado, perderá el objeto de su deseo actual. Porque el deseo no desea satisfacción, desea desear. Ergo, debe constituirse desde ninguna parte. O, más exactamente, desde la falta de lugar. Cada “desde donde” que imagina, es una identificación prestada. Una máscara que el Otro le ofreció y usted aceptó como si fuera su rostro. Permita que lo constituya el vacío mismo, ese hueco que ninguna identidad logra llenar del todo. Allí donde no hay fundamento, ahí es. No busque más. Empiece.

La falta no está en el pasado. Es lo que hace que el pasado sea pasado. Lo que no cesa de no inscribirse y por eso insiste como agujero en el presente. El individuo cree que falta algo que tuvo y que perdió, pero en realidad falta algo que nuca tuvo y sin embargo extraña como memoria. La falta es atemporal. Es la hendidura en el tiempo mismo. Por eso duele: no es la nostalgia de lo vivido, sino el duelo por lo imposible de vivir. La falta misma es más antigua que cualquier recuerdo y más futura que cualquier proyecto. Esto quiere decir que el hecho no es la falta, es el intento fallido de representar la falta, y es la primera mentira, la más necesaria. El pasado no existe. Existen sus reescrituras. Y cada reescritura es un intento de bordear la misma falta con diferentes palabras. Así que sí, el hecho es una mentira, pero no una mentira vana, es una mentira vital, una ficción necesaria para no desaparecer en el silencio de lo real.

La primera mentira es el lenguaje mismo, la creencia de que algún significante puede decir algo sobre lo real. Antes del lenguaje hay pura necesidad, puro grito sin dirección. La primera mentira fue convertir ese grito en una demanda dirigida a un Otro que quizás no exista. Todas nuestras mentiras están construidas sobre esa primera experiencia interior: que el otro pueda entendernos, que nosotros mismos podamos entendernos. La única verdad, la que duele, es que incluso esta conciencia es parte de la mentira necesaria.

En el fondo somos el lugar donde la tormenta ocurre. Cualquier tipo de deseo busca alimentar el fantasma. No debilite la tormenta, profundícela, llévela hasta el borde donde deja de ser deseo de algo y se revela como deseo de nada, y por tanto, se transforma en puro movimiento.