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    Imaginación y representación

    José Rafaél Herrera, @jrherreraucv

    La reflexión del entendimiento abstracto domina al mundo. Logró consolidar definitivamente su imperio después de la Segunda Guerra Mundial, con independencia del factor en pugna que hubiese resultado triunfante –fascistas, socialistas o liberales–, pues, en efecto, más allá del colorido de las pasiones y de las severas caracterizaciones propias de las ideologías en pugna o de los profundos antagonismos inherentes a las tendencias políticas, sociales y culturales o de los intereses económicos en conflicto, existe un reino de las sombras del intellectus, la lógica de la separación y fijación –oculta siempre detrás del escenario.


    Al final, terminó por imponer sus límites, sus reglas de juego, cerrando y prohibiendo los accesos hacia los territorios de la libre “actio mentis”, de la “actividad sensitiva humana”, mientras promovía su diseño de mundo previsible, mecanizado, útil y pragmático, confortable –“a wonderfull world”–: el mundo de lo fenoménico frente a lo nouménico, sustentado sobre la base de una cada vez más sorprendente, poderosa y eficiente racionalidad instrumental: la ratio técnica. La guerra fue, en buena medida, el gran laboratorio que comenzó a poner en práctica los más diversos artificios que hoy hacen de la vida cotidiana su esplendor. Nadie podrá poner en duda los grandes adelantos tecnológicos que, fundamentados en sus presupuestos, se han hecho realidad: el cielo es el límite. A condición de que el pensar, en sentido enfático, sea sustituído por la imaginación y su representación.

    Buena parte de los habitantes del planeta entienden por imaginación –y aquí la expresión “entender” no es un término gratuito– una suerte de actividad productiva de la mente, un flujo de creación continua que genera grandes logros. Pero la imaginación oculta sus secretos: es propia de los fabricantes de los “castillos en las nubes”, de los que habla Maquiavelo en El Príncipe. “Los laureles del mero querer son hojas secas que jamás reverdecen”, apunta Hegel. La imaginación puede llegar a ser mero ocio, lleno de buenos deseos, preñado de lo que “debería ser”, pero de cuya nada no se obtiene nada. Por eso mismo, conviene no confundir la kantiana “apercepción trascendal” con las habituales ficciones de una imaginación que, al decir de Spinoza, conviene objetar, pues “nada de lo que tiene de positivo –puesto– una idea falsa es suprimido por la presencia de lo verdadero, en cuanto verdadero”. Y, sin duda, algo de verdad siempre hay en la imaginación, pero no todo en la imaginación es verdadero.

    No obstante, “cuando se dice que un hombre da cabida a lo falso y no duda de ello, ya que no hay ninguna causa que haga fluctuar su imaginación sobre esto, no por eso se dice que tenga certeza”. Si alguno llegara a creerse libre solo por el hecho de tener conciencia de sus acciones, aunque ignorase las causas que las determinan, su idea de “libertad” adolescería de la necesaria adecuación con la realidad, quedando reducida al desconocimiento de las causas de sus acciones. Por lo cual, dicha idea de libertad carecería no solo de consistencia sino, por ello mismo, de realidad de verdad. “Libre, libre al fin, como una paloma”, sentenciaba, no hace mucho tiempo, una cuña publicitaria de toallas que ya no se consiguen.

    Imaginatio es, pues, un grado del conocimiento, pero de un “conocimiento por experiencia vaga”: una forma abstracta de percibir las nociones universales a partir de las cosas singulares, representadas por medio de los sentidos, es decir, “de un modo mutilado, confuso y sin orden”. Sobran políticos de oficio, tanto como los llamados “especialistas en la materia” –y unos cuantos militares osados– que han hecho de la imaginación su campo de cultivo predilecto, el elemento propicio de sus ocurrencias destempladas. Y es justo en este punto donde, sospechosamente, se encuentran, entrelazados, los unos y los otros en el nudo de un cordel: metodólogos, epistemólogos, augures, bachaqueros de la política, encuestólogos, demagogos, cartomantes, zodiacólogos, cuya imaginación desprecia la imaginación en nombre de una supuesta negación de la imaginación. Sin lugar a dudas, en estos tiempos de crisis la Imagenología ha logrado trascender –y enriquecer– las técnicas que permiten obtener imágenes con propósitos estrictamente clínicos. “La imagen es el mensaje”, reza una expresión, tomada con pinzas de algún manual del entendimiento abstracto. No pocas veces, los colores de las flores impiden la torsión incolora del espíritu sobre sí. Mejor la fantasía concreta de Vico, toda cargada de su historicismo filosófico.

    Es verdad que el sistema de la lógica –en su estricto sentido ontológico– es “el reino de las sombras”. Pero por eso mismo, la formación y la disciplina, alejadas de los fines sensibles y de las representaciones, pueden emprender el quehacer contra las ligeras simplicidades de la mera opinión, la arbitrariedad y la contingencia. Cuando el entendimiento –instrumento metodológico mediante– pone una brecha entre quien conoce y la cosa conocida, cuando trata de interponer por encima de la objetividad su particular subjetividad, manipulándola y haciéndose pasar por su auténtico representante, simplemente, no solo imagina sino que se transforma en un vendedor de espejos, en un comerciante de las imágenes salidas de una imagen. Es un contrabandista. Tal vez, en medio del actual estado de desasociego, resulte ser más necesaria aún la denuncia de semejantes formalizaciones –o ficciones– de la insustancialidad, revestidas con de ropaje científico.

    Presa de las fauces creadas por el desbordamiento de su propia imaginación, víctima de la recurrencia de sus representaciones, de su ya atávica inclinación a la espera –no sin ansiedad–, sedientos ante la inminente “llegada” de “el enviado”, el líder, el caudillo, “el jefe” que –¡esta vez sí!– logrará resarcir sus miserias, curar sus heridas y aliviar sus penas, la sociedad venezolana terminó por hundirse en el fango del rentismo populista puesto en sus fragmentos de vida. Quedó tendido en el lado pasivo, conformista, temeroso y extrañado de sí mismo. Insistir en la esperanza es cosa de morbo. No hay milagros. Como decía Descartes, llega el momento en el cual se terminan las opciones y se debe ser “firme y resuelto”. Es hora de ejercer el derecho a decir que no al camino de los espejismos. Reorganizarse para resistir y asumir la verdad como resultado de la formación y del esfuerzo productivo: quizá sea esta la única opción posible para recuperar el país y, sobre todo, para poder recuperarse a sí mismo.

    La constitución de la sola imaginación

    Lumpencracia por @jrherreraucv

    Se dice en las Escrituras que “conocimiento implica dolor”, porque mientras más se sabe más se sufre. Es bien conocido el papel preponderante del Pathos en la teoría platónica del conocimiento. Hegel, pensador de la libre voluntad como resultado de la historia, retoma las pulsaciones del mundo clásico antiguo cuando sostiene que “las cosas vivas tienen, respecto de las no vivas, el privilegio del dolor”. De ahí proviene el hecho de que el saber implique responsabilidad. La condición adulta del saber es propia del compromiso de todo ciudadano libre. El saber se identifica con la libertad. Pero la libertad es el resultado de una ardua y dolorosa conquista, que implica la necesidad de asumir un alto grado de responsabilidad, el estar consciente y en plena posesión de la necesaria madurez que ciertos hombres maduros nunca llegan a alcanzar, a consecuencia de su palmaria ignorancia.

    Constitución e imaginación

    Por eso mismo, la sustitución del saber por la sola imaginación –las meras representaciones– es sinónimo de osadía pueril, de volubilidad y maleabilidad, pero, sobre todo, de servil heteronomía. Son esos los infantes de los sargentones cuarteleros, dispuestos a obedecer sin razón alguna, a no ser la exclusiva “razón” que dan los billetes devaluados y manchados de sangre; son los sabihondos sin estudio ni formación, repetidores de frases hechas sin causa ni fundamento; o los que disparan a discreción proyectiles mortales, con macabra frialdad, con absoluta indiferencia; son los que llegan a creer que “el pueblo” está plenamente representado en sus cuatro o cinco compinches del barrio, esos mal-andros (hombres de mal) que siguen alegremente sus fechorías. La ignorancia es cándida, ‘feliz’, precisamente porque no sabe. Poner el destino del país en manos de los muy alegres, los muy ajenos al dolor del prójimo, candidatos 'seleccionados' por el régimen para “deliberar” –¡oh, vergüenza!– en ese trasto del lumpanato, en ese “coro de vicios”, al que pomposamente se han dado la tarea de llamar “asamblea nacional constituyente”, produce, más que preocupación, un profundo dolor, una profunda y triste indignación.

    Una mamarrachada no puede ser fundamento para la refundación de un Estado. Un país que el pasado domingo 16 de Julio, y mediante un histórico plebiscito, tomó la soberana determinación de ingresar al siglo XXI, no merece semejante bufonada. Si es verdad que “se saca el pasajero por la maleta”, bastará con soportar alguna de las insufribles cadenas matutinas –que inician con una pomposa e hipócrita frase dedicada al “derecho a la información veraz”– para darse cuenta de la estrecha relación de conocimiento y dolor: un fulano “Car'e Mango” –ponga el lector el apodo de su preferencia– propone su candidatura para recomponer la economía del país. Su “logos” consiste en que lleguen completas al barrio las trescientas bolsas “clap” que les envían y no las ciento cincuenta que les llegan. Nel mezzo del camin, como diría el Dante, misteriosamente se desaparece la mitad de la carga. Pero “la constituyente” resolverá el problema, gracias a las gestiones anti-robo de bolsas de alimentos que “Car'e Mango”, diligentemente, se encargará de realizar. Y es muy probable que por sus arduas gestiones termine recibiendo el premio Nobel de Economía.

    Además de “Car'e Mango”o de “Car'e Tabla”, hay otros candidatos, de similar tenor y valía, que proponen decretar el cese de la inflación que, de modo continuo, vienen provocando los dueños de los abastos –¡esos grandes burgueses vinculados a las transnacionales imperialistas!–, con el fin de destruir el aparato productivo, el comercio y la banca. El régimen se lava las manos. No fueron ellos quienes destruyeron la economía del país, como tampoco fueron los responsables de la más escalofriante y aterradora corrupción que haya tenido el país en toda su historia. ¡No, señor!: fueron los tenderos, los panaderos, los fruteros, los ferreteros, los farmacéuticos, etc., quienes, junto con “el Pelucón”, y en macabro plan terrorista, crearan esa “sensación de crisis” inflacionaria que, por supuesto, no existe. Porque la hay, pero, en realidad, no la hay. Y de haberla, ¿cuál es el problema?: la constituyente lo resolverá todo. Resolverá desde los problemas del robo de los cables del “ferro”, la aprobación del “sueldo único” para todo el mundo, la desaparición de esa chocante meritocracia y de la autonomía universitaria, la dotación de medicamentos para los hospitales, la repartición de lo que queda de propiedad, la recolección de la basura en todas las ciudades y pueblos, hasta las colas para el pan, el transporte público, el golpismo mediático, la falta de alumbrado, la escasez, los cráteres en calles y aceras, el olor a orine. O sea, todo, hasta el infinito y más allá. Eso sí: no se tocará “ni un milímetro” la Constitución del '99. Sólo se eliminarán algunas partes y se “profundizará” en otras, con el fin de “mejorarla”, según las recientes declaraciones hechas por su principal promotor.

    Se dice que la Constitución del '99 fue un traje hecho a la medida, es decir, fue diseñada “a la medida de Chávez”. Pues bien, la eventual Constitución que salga de este dramma giocoso constituyente, que se le pretende imponer a la sociedad a punta de barbarie, y en el supuesto caso de que se llegase a efectuar, tendría el corte de un pantagruélico liquiliqui en tonos de rojo sanguinolento y de verde militar, como la última expresión, el último “grito de la moda”, del gobierno del lumpen boliburgués. Pero, con él, también tendrá lugar el último episodio de la última satrapía de la historia nacional.

    Ninguna constitución está pensada para la resolución de problemas puntuales o circunstanciales, a menos que la ignominia del grosero populismo haya recubierto por completo, con su colcha de retazos, la inteligencia de su pueblo. Una Constitución funda un Estado, no un circo. La unidad en la diversidad de una república, la conservación y sostenimiento de una nación, su defensa y perfectibilidad, su riqueza y desarrollo integral, son asuntos que tienen estrecha relación con la realidad efectiva de las cosas, con la wirklichkeit, no con la realidad inmediata, con la realität. Poner cables nuevos, tapar huecos, combatir la criminalidad, suministrar medicamentos, es decir, cumplir con las labores habituales que hace años el régimen dejó de cumplir, es una obligación de quienes administran los poderes públicos. Pero eso nada tiene que ver con los fundamentos y las estructuras sobre las cuales se sustenta el Estado. Un fraude, como se ha dicho, se pretende urdir. Y es muy difícil que un pueblo en consciente rebeldía permita la instauración de una lumpencracia. Sólo el laborioso camino del dolor puede garantizar, al final, el contento del espíritu del pueblo.

    http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/lumpencracia_194159

    ¿Qué entiende Addison por “placeres de la imaginación”?

    ¿Qué quiere decir Addison con el término “placeres de la imaginación?

    Continuamos en esta serie de artículos relacionados con la “Estética y Teoría del Arte en el siglo XVIII”, revisando el ensayo de “Los placeres de la imaginación” de Joseph Addison, para profundizar más en la temática. En esta ocasión abordaremos el tema respecto a tratar de comprender ¿qué entiende Addison por la idea de “placer de la imaginación”?


    Continuamos en esta serie de artículos relacionados con la “Estética y Teoría del Arte en el siglo XVIII”, revisando el ensayo de “Los placeres de la imaginación” de Joseph Addison, para profundizar más en la temática. En esta ocasión abordaremos el tema respecto a tratar de comprender ¿qué entiende Addison por la idea de “placer de la imaginación”?
    Al revisar el ensayo del propio autor, encontramos la siguiente idea que vale la pena citar: “entiendo los placeres que nos dan los objetos visibles sea que los tengamos actualmente a la vista, sea que se exciten sus ideas por medio de las pinturas, de las estatuas, de las descripciones, u otros semejantes” (p. 130-131). Y naturalmente que a partir de ahí podemos reflexionar.
    Como podemos leer y rescatar en la cita anterior, Addison entendía como placer, aquello que provenía, digamos hermenéuticamente, del sentido de la vista. Por supuesto notamos en ello una fuerte influencia por las ideas de los filósofos de su época que abordaban el tema de la teoría del conocimiento; y de manera particular, sobre el trabajo de Locke.
    Continuando con el planteamiento, tenemos que el autor clasificó de manera categórica a los placeres en dos clases; en primario: en él se manifiestan todos aquellas sensaciones que proporcionan los propios objetos que tienen como elemento esencial, que los tenemos presentes. Desde aquí se empieza a sospechar de la influencia de Locke.
    Mientras tanto, los placeres secundarios son, según él, aquellas sensaciones que provienen de manera particular, de las imágenes e ideas a partir de recuerdos o evocaciones. Aquí se podría sospechar de una influencia de Berkeley, aunque la adaptación al tema de estudio es más directa de Locke. Cuestión de revisar sus aportaciones.

    Sobre esta última idea, es necesario señalar que la condicionante es que verdaderamente los recuerdos o visiones sean fielmente producto de una observación de algo tangible, sea una pintura, una escultura o algo similar. No se considera algo producto de nuestra creatividad estética.  

    Introducción a “Los placeres de la imaginación” de Joseph Addison.

    Aproximación a los contenidos de la obra de Joseph Addison.

    En este artículo que será el germen de posteriores relacionados con la temática siguiente: estética y teoría del arte en el siglo XVIII; estarán centrados principalmente, en la obra de Joseph Addison que se titula: “Los placeres de la imaginación”, publicada en el año de 1712.  Y que nos servirá como referente bibliográfico para dar pie a los artículos posteriores a este tema..


    En este artículo que será el germen de posteriores relacionados con la temática siguiente: estética y teoría del arte en el siglo XVIII; estarán centrados principalmente, en la obra de Joseph Addison que se titula: “Los placeres de la imaginación”, publicada en el año de 1712.  Y que nos servirá como referente bibliográfico para dar pie a los artículos posteriores a este tema.
    La importancia de empezar a revisar a dicho autor sobre los temas relacionados con la estética y teoría del arte de un siglo en particular, reviste en el hecho de que es un parteaguas en la llamada consolidación de la influyente “estética británica” y del periodo del "romanticismo". Por supuesto que las bases teóricas no se centran de manera particular en este ensayo que mencionamos, es un referente.
    Valga señalar entonces que según la biografía de este ilustre personaje, Addison, nació en un lugar llamado Milston, que se encuentra ubicado en el sur de Londres. Nació en el año de 1672; y fue entre otras cosas, un crítico literario, ensayista, poeta, dramaturgo y político. Esa versatilidad intelectual le permitió dar grandes aportes al pensamiento estético y otros temas.
    Entre sus diversos trabajos propios de su quehacer intelectual, tenemos que empezó a colaborar en una publicación que se volvió exitosa: “The Tatler”, posteriormente empezó, en el año de 1711, a colaborar en la publicación llamada: “The Spectator”; en donde tendría la oportunidad de publicar el ensayo al cual hacemos referencia.
    Dicho ensayo: “Los placeres de la imaginación”, fue publicado en el año de 1712 precisamente en la publicación “The Spectator”, en el número 461. Desde su publicación, ha tenido gran recibimiento y aceptación por sus planteamientos sobre la estética. Dicho aspecto lo revisaremos con detalle en otros artículos. Por lo que recomiendo, si es de su interés, estar al pendiente.
    Y hablando de recomendaciones, me permito hacer una, y es que en la medida de sus intereses y posibilidades lean el siguiente texto: “Los placeres de la imaginación y otros ensayos de The Spectator”, de Tonia Raquejo, profesora de historia del arte en la Universidad Complutense.