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    Forma y contenido

    por @jrherreraucv

    Dice un adagio popular que “hablando se entiende la gente”. Entenderse es, en consecuencia, el propósito, el objetivo, el fin último que se busca, mediante el hablar. Se trata de llegar al entendimiento a través de la acción inmanente al diálogo, al debate, a la negociación, al intercambio de perspectivas diversas y puntos de vista opuestos, al seguimiento de las posibles conexiones o coincidencias en-cubiertas que se pudiesen llegar a des-cubrir. En fin, se trata de des-velar o des-cubrir lo velado, de quitar el velo y poner al des-cubierto lo que se en-cubre. Hermes –padre de la hermenéutica– fue para los helenos el dios mediador, el inter-locutor, entre lo divino y lo humano, lo infinito y lo finito, lo absoluto y lo relativo. Pero por esa misma razón todavía sigue siendo el patrono de los comerciantes, de los “negociadores” de oficio.

    Sensibilidad y sentimiento.

    La sensibilidad sin el entendimiento es ciega.
    El entendimiento sin la sensibilidad es vacío

    Immanuel Kant.

    Entendimiento, por lo demás, es palabra latina. Intellectus quiere decir intelligere: inter-ligar, inter-conectar, inter-relacionar, aquello que se ha roto, que se ha partido y esparcido. Hasta que, enseñoreado, el entendimiento pierde la conciencia de sí mismo, su función estrictamente negativa. Entonces, recurre el entendimiento –que ya no es inteligencia– al automatismo, al mecanismo, como mero instrumento o medio, transmutando su condición de re-ligare en la de re-legere, una mera “ley” en la que la forma de la subjetividad, subestimándolo, se escinde de su objeto, y ya no se reconoce en él. Da por sentado que quien sea asistido por las formas del entendimiento –quien sepa hablar– podrá llegar a colocarse por encima de las diferencias y recoger, así, los cristales rotos. El entendimiento, pues, se ha puesto, y se ofrece, como el portador de “el método” más idóneo para alcanzar la re-solución de todo conflicto a resolver, para superar toda posibilidad de desgarradura, a través de la di-solución de los puntos hostiles, sustituyendo los “problemas” por los “temas”. La ontología, entonces, deviene “epistemología”. Es toda una maravilla “metódica” que habrá que agradecerle al creador de las “reglas para la dirección de la mente”, un tal monsieur René Descartes.

    En todo caso, la pregunta que conviene hacerse es qué o quién ha roto el cristal de la unidad que ha generado el conflicto y ha terminado por convertir el problema real en “tema” formal. Pues ha sido el propio entendimiento, en su empeño por abstraerse de toda eventual equivocación, de querer aprender –¡y enseñar!– a nadar sin tener que vérselas con las turbulentas aguas de aquello que considera deleznable: los contenidos propios de la sensibilidad, de la llamada “certeza sensible”, de los “asuntos subordinados de la vida”, o como gustaba decir Vico, de la imaginatio. El entendimiento, convertido en juez y parte, pierde así toda su inteligencia y se transforma en mera religión positiva, en un acto de fe, en una hueca forma, con su fosilizada e insensata liturgia, vaciada de todo contenido. Entender, pues, no es comprender y, mucho menos, re-conocer. Por lo que su impotencia no logra ser capaz de superación alguna.

    Como dice Hegel, en esta mala praxis tan característica del presente, se ha formado todo “un ejército inmenso de pequeños tiranos y haraganes” -orgullosamente autoproclamados como “técnicos” y “especialistas”- quienes han hecho que “la desvergüenza y el desafuero” lleguen a “extremos increíbles”, perdidos como suelen estar entre sus “fórmulas”, “gráficas” y “estadísticas”, pomposamente calificadas como “teoría”. Quizá sea por eso que “la infamia de las costumbres está a tono con la infamia de las instituciones”. En todo caso, se trata de “el imperio del desafuero de los individuos en el campo de la vida civil y de la vida política”, que “es también el desafuero en lo tocante a la conciencia, al pensamiento”. Es, en última instancia, “la carencia absoluta de inteligencia”, “la idea general de cómo deben ser las cosas, pero sin que esté en sus manos el modo de conseguirlo”. En una expresión, es la negación misma del intelligere. Y, en efecto, el mundo de los hombres no está por debajo de las formas políticas. Todo lo contrario, cuando se le descalifica la política se transforma en una soberana abstracción, en una forma a la que se le han sustraído todos sus contenidos.

    Es hora de la imaginatio viquiana. Hora de profanar el entendimiento abstracto con las “bajezas” propias del mundo de los hombres, si es que se quiere salir de la comodidad del “segundo escalón”, por cierto, descrito por Spinoza en su Reforma del entendimiento, y transformar de una buena vez el actual estado de cosas, el cual, sea dicho de paso, es la proyección, el reflejo especular, del propio entendimiento, la ficción de una ficción, el “hecho” a su “imagen y semejanza”. Y tal vez –solo tal vez– se puedan descubrir detrás de los rumores del día los acordes de la eternidad. Si es asombroso que un pueblo pierda interés por su ciencia del derecho, sus principios, sus costumbres morales y virtudes, con mayor razón resulta no menos asombroso que un pueblo pierda su capacidad de pensar sus propios contenidos, su existencia real, en fin, su metafísica.

    Insistir en la separación de “lo político” de “lo social”, del entendimiento de la sensibilidad, en suma, de las formas de los contenidos, será muy propio de los aspirantes a politólogos o a científicos sociales, de sus afanes epistemológicos y metodológicos. Pero con todo ello, con todos sus métodos, instrumentos, datos, “tortas” y “retortas”, no conseguirán saltar el Ródano: sobrepasar “la fe y la esperanza” en un mundo como “debería ser” y no es. Es la religión atrapada dentro de los límites de la mera positividad. Como dice Vico, con mucha mayor pertinencia que la que suelen exhibir los doctos analíticos de toda realea, “las fábulas son historias verdaderas de los hombres y de sus costumbres, que han florecido en todas las naciones en la época de su barbarie”. Para comprender la Res-publicae no es posible aferrarse a lo público sin ocuparse, simultáneamente, de la res, es decir, de “la cosa misma”. Ni a la inversa. Y es que la expresión res non verba no significa, de ningún modo, que “las vacas no hablan”. Forma y contenido, entendimiento y sensibilidad son “el otro del otro” y, lo que es igual, “el uno para el otro”, si es que no se quiere insistir en los fracasos de las falsificaciones propias de la novísima teología filosofante del presente o en su “alma gemela”: las insensatas prepotencias del empirismo precrítico –anterior a Kant–, ese “cientificismo social” inherente a toda doctrina neo-positivista.

    Hans Georg Gadamer: hermenéutica y diálogo

    I
    Preliminares

    Se exponen en estas líneas algunas ideas de Hans-Georg Gadamer en torno al leguaje y su articulación en el diálogo. Para el autor alemán, el lenguaje que se construye en una situación de diálogo da lugar al entendimiento entre personas creando un lenguaje común y, viceversa. El lenguaje se da en el diálogo que existe en la conversación, es ahí donde se realiza plenamente ‘el comprender’ [das Verstehen]. La incapacidad objetiva derivada de la inexistencia de un lenguaje común se traduce en lo que Gadamer ha llamado la «incapacidad de diálogo». La ‘palabra’ [Wort] es, a la conversación, lo que es la compresión para el diálogo. Para ser capaz de conversar hay que saber escuchar, este es el verdadero espíritu [Geist] del diálogo, reconocer que el camino de la verdad es el camino de la conversación y que «comprensión» es esencialmente «diálogo» hermenéutico.

    Hans Georg Gadamer, llamado el gran testigo del siglo XX y autor de unas de las obras más importantes de la filosofía contemporánea: Wahrheit und Methode 1960 [Verdad y Método], entendió la hermenéutica como el arte de interpretar y dejarse interpelar y, esta es la novedad del giro hermenéutico, en tanto que va más allá de las fronteras impuestas por el concepto de método de la ciencia moderna y su pretensión de imponer una de metodología universalista de la investigación científica. En la mayor parte de su obra subyace la crítica de cómo la filosofía estaba siendo reducida a una simple teoría del conocimiento que, partiendo del análisis lógico del lenguaje buscaba legitimarse ante la llamada «comunidad científica». De estas ideas puede inferirse que la verdad no puede, bajo ninguna circunstancia, quedar reducida o determinada por un método universal.  

    Aunque la hermenéutica pasa transversalmente por todas las disciplinas de las ciencias humanas, no sólo se ocupa del mero y simple hecho de interpretar un texto en particular, sino que interpreta el gran texto del mudo o el texto de la historia del mundo[1]. La interpretación ha sido una actividad esencial que usa el ser humano, no sólo para entender el mundo, sino también para relacionarse con ‘el otro’.

    La clave del giro hermenéutico se centra en la idea de –comprensión- [Verstehen], en tanto que el autor afirma que «el fenómeno de la comprensión no sólo atraviesa todas las referencias humanas del mundo, sino que también tiene validez propia dentro de la ciencia, y se resiste a cualquier intento de transfórmalo en un método científico»[2], aunque el comprender implica conocimiento y, consecuencia la búsqueda de la verdad, ésta no busca la objetivación de lo dado como mero objeto, sino que busca lo que en un sentido dado está para ser entendido, no como consecuencia de una compresión objetiva, sino como algo que ha de traer al lenguaje humano algún significado y, que a su vez, se deja poner en la escritura; para Gadamer la comprensión es esencialmente «diálogo» hermenéutico.

    La hermenéutica nos demanda no sólo accionar la comprensión desde nuestras cabezas, sino también desde cuerpo, del espíritu [Geist] y del alma completa para poder levantar la voz del comprender, sólo así se es capaz de entender e interpretar lo entendido. Esta es la acción humana de la prescinden las ciencias naturales [Naturwissenchaften] donde la incesante búsqueda de la objetivación termina anulando al sujeto. La experiencia de las ciencias del espíritu [Geisterwissenschaften] «son formas en las que se expresa una verdad que no puede ser verificada con los medios que dispone la metodología científica»[3], por ejemplo, en la experiencia del arte, la música y la poesía. He aquí el giro crítico contra el concepto de objetividad científica del autor. La hermenéutica como diálogo no pretende circunscribirse en una única forma definitiva de entender la realidad, en cuanto que «no constituye un método determinado que pudiera caracterizar, por ejemplo, a un grupo de disciplinas científicas frente a las ciencias naturales. La hermenéutica se refiere más bien a todo el ámbito de comunicación intrahumana.»[4]

    Para Gadamer el mundo se hace comprensible a través del lenguaje, de hecho, una buena parte de la reflexión filosófica del siglo XIX y XX, está dedicada a estudiar la evolución del conocimiento humano desde la perspectiva científica y, el lenguaje entra como una realidad esencial para entender esta actividad.
    El lenguaje no solo es un conjunto de signos cualquiera, sino que es una relación lingüística que usamos para comprender y dialogar con el ‘otro’. En este sentido, la hermenéutica es más que una simple herramienta metodológica, ésta contribuye a comprender cuál es la situación fundamental del ser humano en el mundo. «Los seres humanos, deben construir con los demás un mundo común por medio del intercambio permanente que se produce en la conversación»[5]. Para Gadamer, la hermenéutica es el arte de poder oír, no sólo se refiere a la capacidad auditiva con la que por naturaleza cuenta el ser humano, sino que debe aprender a utilizar este sentido de la audición. El arte de la hermenéutica es el arte de dejarse decir algo y su tarea es «elucidar el milagro de la compresión que no es una comunión misteriosas de las almas, sino una participación en el significado común…»[6] para crear acuerdos donde no existen.
    II
    Lenguaje y diálogo

    El ser humano es un individuo capaz de dialogar, su capacidad racional le sugiere, en así mismo, esta actividad. Hans-Georg Gadamer le da un giro importante a la hermenéutica tradicional y transciende los límites de la mera interpretación de textos dando al concepto de diálogo un lugar esencial en la hermenéutica, cuando señala que «el hacerse capaz de entrar en diálogo a pesar de todo, es a mi juicio, la verdadera humanidad del hombre.[7]». El lenguaje que se construye en una situación de diálogo es el que da lugar al entender y esto va más allá del análisis de los sentidos semánticos o sintácticos de las oraciones. Por otro lado, la propuesta gadameriana plantea la necesidad de la ‘voluntad de consenso’, considerando que el fenómeno dialógico de las relaciones intersubjetivas pueden presentarse disensos cundo una opinión pretende imponerse como única irrumpiendo la posibilidad del acuerdo. Sobre la comunicación dice:
    «La verdadera realidad de la comunicación humana consiste en que el diálogo no impone la opinión de uno contra la del otro ni agrega la opinión de uno a la del otro a modo de suma. El diálogo transforma una y otra. Un diálogo logrado hace que ya no se pueda recaer en el disenso que lo puso en marcha. La coincidencia que no es ya mi opinión ni la tuya, sino una interpretación común del mundo que posibilita la solidaridad moral y social.»[8]

    Una de las preocupaciones de Gadamer gira en torno a la creciente incapacidad de diálogo que caracteriza a las sociedades modernas que, paradójicamente, ha creado una serie de invenciones cuyo propósito es la ampliación del espectro comunicativo y, aun así, tanto mayor es el número de espacios de interacción a través de estas, mayor es la incapacidad de diálogo y mayores son las carencias comunicativas, por lo que se termina reduciendo la posibilidad de un ‘diálogo real’.  La ciencia y la tecnología propician la monologización del individuo. La proximidad artificial desde las redes sociales, por ejemplo, «quiebra imperceptiblemente la esfera del tanteo y de la escucha que permite acercarse a las personas.» En nombre del bienestar técnico y su utilización irracional surge la creciente situación monologal de la civilización. «Hay circunstancias sociales objetivas que pueden atrofiar el lenguaje, ese lenguaje que es hablar-a-alguien y contestar-a-alguien y que llamamos conversación…»[9], por ejemplo, la televisión, los smartphones et cetĕra. Inclusive, cuando parece falta el lenguaje, puede haber entendiendo mediante la paciencia, el tacto, la simpatía y la tolerancia y mediante la confianza incondicional en la razón que todos compartimos, afirma Hans-Georg Gadamer, para él la «incapacidad del diálogo» parece que es más el reproche que hace alguien, al que se niega a aceptar sus idea.

    III
    El diálogo ‘consigo mismo’ y con ‘el otro’

    El diálogo ‘consigo mismo’ y con ‘el otro’, esta realidad, así planteada tiene una exigencia; el respeto del otro. Cuando muchos irresponsablemente deciden anular este propósito por voluntad propia está apartándose del otro y, al contrario, es necesario ver ‘al otro’ como ese ‘otro yo’. Esto emerge como lo propio del lenguaje y su capacidad de construir diálogo entre los ciudadanos del mundo. Es así como por nuestra capacidad lingüística nos entendemos el uno con el otro a pesar de los desvíos conductuales de los ciudadanos comunes.
    Hermenéutica también es confrontación o interpelación con ‘el otro’, pero cuando se dice -he entendido-, entonces estamos siendo solidarios. Siempre están el ‘yo’ y el ‘tu’ que se entienden entre si y, así es como la comunidad nos llama a ser ciudadanos. Para Gadamer aplicar la hermenéutica es querer entenderse uno al otro. El comprender [das Verstehen] no es ponerse en el lugar del otro y reproducir sus viviendas, sino ponerse de acuerdo en la cosa y «el leguaje es el medio en el que se realiza el acuerdo de los interlocutores y el consenso sobre la cosa»[10]. El modelo básico para cualquier consenso es el diálogo y, el conceso dialogal es imposible, en principio, si uno de los interlocutores no se libera realmente para la conversación.
    En este sentido, la hermenéutica es el arte de realizar lo que tenemos en común para ampliar los horizontes de la civilización humana, esta es la única forma de hacer posible la comunidad humana del futuro. Un futuro inclusivo de las culturas y los idiomas mundiales. Para Gadamer «la pluralidad de las lenguas humanas es una de las formas en que se articula la pluralidad de los mundos de la vida»[11], la cultura y la lengua son dos fuerzas que actúan a lo largo de las generaciones humanas. «Quien piensa el "lenguaje" se sitúa siempre ya en un más allá de la subjetividad.»[12]

    IV Consideraciones finales

    Cultura es la capacidad de pensar realmente una vez el pensamiento del otro, afirmó Heidegger, por lo que la ‘palabra’ [Wort] es, a la conversación, lo que es la comprensión para el diálogo, por así decirlo. Para ser capaz de conversar hay que saber escuchar, este es el verdadero espíritu [Geist] del diálogo, reconocer que el camino de la verdad es el camino de la conversación y que compresión es esencialmente «diálogo» hermenéutico. «El lenguaje es en realidad la única palabra cuya virtualidad nos abre la posibilidad incesante de seguir hablando y conversando y la libertad de decirse y dejarse decir.»[13] El lenguaje es una fuerza generativa y creadora capaz de fluidicar el diálogo.

    Racionalidad generacional y la pregunta por el futuro son dos inquietudes de nuestro pensador. En la mayor parte de nuestras vidas nos acorralan las preguntas sobre el sentido de la vida, la pregunta sobre la muerte, y el destino del mundo. Para Gadamer responderlas es tarea fundamental de la filosofía, esta debe mostrar a la humanidad que los nuevos caminos de la existencia consistirán en la solidaridad. Es lo único que nos podrá salvar de la destrucción final. Estamos obligados a ser solidarios si queremos permanecer en este mundo, en nuestro mundo. El problema ecológico de la vida surge como un problema global y real. Este nivel de consciencia de lo que sabemos acerca de las adversidades que podemos afrontar como civilización humana nos exige entender que la solidaridad la única salida racional que nos llevará a solucionar los problemas que nos sobrevienen y que amenazan hoy a la humanidad. Hacer entender esta, nuestra realidad, es la tarea más fundamental de la filosofía. Gadamer insiste en la necesidad de construir un futuro a través del desarrollo científico, pero sin estropearnos a nosotros mismo ni al mundo. Urge la necesidad de buscar la perfección de la acción del comprender humano para construir un lenguaje común y fortalecer los ideales de democracia y libertad.
    Concluyo parafraseando una advertencia de Gadamer sobre hermenéutica: no llegaremos a una verdad de una forma definitiva y dogmática, pues, la hermenéutica no significa la posesión de la verdad, sino sólo un instrumento para llegar ella.



    [1] Cf. GADAMER, Hans Georg: Wahrheit und Methode [Verdad y Método I]. Trad. de Ana Agud Aparicio y Rafael de Agapito. Edit. Sígueme, Salamanca 2003. pág. 23
    [2]Idem.
    [3] GADAMER, Hans Georg: Wahrheit und Methode [Verdad y Método I]. Trad. de Ana Agud Aparicio y Rafael de Agapito. Edit. Sígueme, Salamanca 2003. pág. 24
    [4] GADAMER, Hans Georg: Hermeneutik im Rückblick [El Giro Hermenéutico]. Traduc. de Arturo Parada. Edit. Cátedra, Madrid 1998. Pág.85
    [5] Ibidem. Pág. 152
    [6] GADAMER, Hans Georg: Wahrheit und Methode [Verdad y Método II]. Trad. de Ana Agud Aparicio y Rafael de Agapito. Edit. Sígueme, Salamanca 1998. pág. 64
    [7] GADAMER, Hans Georg: Wahrheit und Methode [Verdad y Método II]. Trad. de Ana Agud Aparicio y Rafael de Agapito. Edit. Sígueme, Salamanca 1998. pág. 209
    [8]Ibidem. Pág. 185
    [9] Ibidem. Pág. 210
    [10] GADAMER, Hans Georg: Wahrheit und Methode [Verdad y Método I]. Trad. de Ana Agud Aparicio y Rafael de Agapito. Edit. Sígueme, Salamanca 2003. pág. 462
    [11] GADAMER, Hans Georg: Hermeneutik im Rückblick [El Giro Hermenéutico]. Traduc. de Arturo Parada. Edit. Cátedra, Madrid 1998. Pág. 150
    [12] Ibidem. Pág.25
    [13] GADAMER, Hans Georg: Wahrheit und Methode [Verdad y Método I]. Trad. de Ana Agud Aparicio y Rafael de Agapito. Edit. Sígueme, Salamanca 2003. pág. 201

    ¿Qué entiende Addison por “placeres de la imaginación”?

    ¿Qué quiere decir Addison con el término “placeres de la imaginación?

    Continuamos en esta serie de artículos relacionados con la “Estética y Teoría del Arte en el siglo XVIII”, revisando el ensayo de “Los placeres de la imaginación” de Joseph Addison, para profundizar más en la temática. En esta ocasión abordaremos el tema respecto a tratar de comprender ¿qué entiende Addison por la idea de “placer de la imaginación”?


    Continuamos en esta serie de artículos relacionados con la “Estética y Teoría del Arte en el siglo XVIII”, revisando el ensayo de “Los placeres de la imaginación” de Joseph Addison, para profundizar más en la temática. En esta ocasión abordaremos el tema respecto a tratar de comprender ¿qué entiende Addison por la idea de “placer de la imaginación”?
    Al revisar el ensayo del propio autor, encontramos la siguiente idea que vale la pena citar: “entiendo los placeres que nos dan los objetos visibles sea que los tengamos actualmente a la vista, sea que se exciten sus ideas por medio de las pinturas, de las estatuas, de las descripciones, u otros semejantes” (p. 130-131). Y naturalmente que a partir de ahí podemos reflexionar.
    Como podemos leer y rescatar en la cita anterior, Addison entendía como placer, aquello que provenía, digamos hermenéuticamente, del sentido de la vista. Por supuesto notamos en ello una fuerte influencia por las ideas de los filósofos de su época que abordaban el tema de la teoría del conocimiento; y de manera particular, sobre el trabajo de Locke.
    Continuando con el planteamiento, tenemos que el autor clasificó de manera categórica a los placeres en dos clases; en primario: en él se manifiestan todos aquellas sensaciones que proporcionan los propios objetos que tienen como elemento esencial, que los tenemos presentes. Desde aquí se empieza a sospechar de la influencia de Locke.
    Mientras tanto, los placeres secundarios son, según él, aquellas sensaciones que provienen de manera particular, de las imágenes e ideas a partir de recuerdos o evocaciones. Aquí se podría sospechar de una influencia de Berkeley, aunque la adaptación al tema de estudio es más directa de Locke. Cuestión de revisar sus aportaciones.

    Sobre esta última idea, es necesario señalar que la condicionante es que verdaderamente los recuerdos o visiones sean fielmente producto de una observación de algo tangible, sea una pintura, una escultura o algo similar. No se considera algo producto de nuestra creatividad estética.