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    Vergüenza y culpa

    El moralista disfruta, con una satisfacción algo morbosa, al descubrir la repentina banderilla de la vergüenza en el lomo ajeno. El moralista disimula a menudo, bajo un velo de justicia, el corazón cruel de los amargados y los resentidos; un corazón, como diría Camilo José Cela, "negro y pegajoso como la pez". 
    Al moralista ya se va viendo no queremos darle la razón, se nos hace correoso y antipático. Y menos en lo que toca a la vergüenza, que tanto estrago causa en nuestros inocentes remansos narcisistas. Pero admitamos que la vergüenza, bien mirada, no es tan mala compañera: le sube un poco el color a nuestra pálida jactancia. Sin acabar de amarla (nos hemos propuesto no amar ningún dolor), podemos al menos reconocerle algunos méritos. 
    La vergüenza hace correr el agua de esos remansos que empezaban a cubrirse de moho. Siempre que nos deje flotar, quizá su sacudida nos despierte de la modorra autocomplaciente y nos invite a ser mejores remeros. Al dejarnos súbitamente en cueros, tal vez ayude a que se nos vea con más nitidez, que se nos quiera y nos queramos con más autenticidad, con ese punto de compasión que merecen todas las verdades puestas al descubierto. La vergüenza, bien mirada, y como todos los sentimientos adversos, es una oportunidad: la oportunidad de completarnos con esas partes de nosotros mismos que hubiéramos preferido no tener, pero que están ahí, y que nos interpelan. 

    El movimiento del avergonzado es contrario al del envidioso. Así como la envidia procura espolearnos ser como otros para ser más, para exponernos más, la vergüenza tiende a contenernos y a contraernos, a relegarnos en un rincón del escenario. Detecta un desajuste, de momento, irremediable, y nos devuelve, para reunir fuerzas, a nuestros cuarteles de invierno. La vergüenza sabe que ha habido una derrota y que no es el momento de luchar, sino de recoger velas y dejar que la marejada nos arrastre.
    La envidia y el coraje son expansivos, la vergüenza es retraída: en realidad no están tan lejos la una de la otra, en realidad la una suele incluir a la otra; su predominio relativo es consecuencia del equilibrio de fuerzas entre el mundo y nosotros. La envidia es un impulso para igualarnos hacia arriba (o para tirar de los que sobresalen hacia abajo, que es otro modo de igualarnos a ellos); la vergüenza no solo no pretende igualarnos, sino que desiste de ello: se rinde a la diferencia, una diferencia que radica en una inferioridad irresoluble. La envidia nos enfrenta a la tribu, la vergüenza nos impulsa a recostarnos blandamente en su abrazo compasivo, con las alas rotas después de pretender volar, acaso, demasiado alto. ¿Sintió vergüenza Ícaro antes de estamparse contra el suelo?
    El gesto del vergonzoso es conciliador: se encoge para que se le vea menos, para que se le castigue menos por su carencia o por su torpeza. El vergonzoso está pidiendo perdón, admite que ha perdido un trozo de su dignidad (o al menos que merece, que se ha ganado a pulso que se le cuestione). Entiende que su capacidad no alcanza para reconquistarlo, y que solo la generosidad de la tribu podrá restituírselo, mediante la compasión y el perdón, quizá el olvido o el aburrimiento. La vergüenza es una rendición y una entrega; un ruego para la concesión de una segunda oportunidad. En eso se parece a la culpa, aunque esta quema donde aquella enfría, y tiene más que ver con la trasgresión del código social: la vergüenza alude a algo que nos falta, mientras que a la culpa le atañe, propiamente, un acto que estuvo de más.


    Hay muchas vergüenzas, casi tantas como vergonzosos. El pudor se adelanta, es una especie de expectativa de vergüenza, un intento avergonzado de evitar la ocasión que podría azuzarla. La vergüenza propiamente dicha, en cambio, viene al final, después de actuar, cuando ya ha sucedido todo y no tiene remedio, cuando se daría cualquier cosa por poder volver atrás y, al menos, cubrirnos para que no se nos vea (porque la desvergonzada vergüenza tiene que ver con quedar más expuesto de la cuenta, con una ocultación fallida, con haberse convertido en público algo que debería permanecer privado). Hay una vergüenza que sufre por no llegar, y otra que lamenta haber traspasado el límite: esta se acerca a la culpa, que a menudo la sigue de cerca, y si no llega a ella es porque incluye aún, decíamos, algo de carencia, de impotencia, de defecto.
    La vergüenza, pues, viene a recordarnos nuestra pequeñez, el presagio de que tal vez nos caractericemos más por lo que nos falta que por lo que tenemos (o porque lo que tenemos no es del todo como debería, y ahí asoma el aviso de la norma, del deber incumplido). También nos insiste en nuestra dependencia, en lo angustioso que es perder el abrazo de la tribu (y de nuevo en esto se parece a la culpa). Es una llamada a la humildad que nos rescata de los excesos de la hybris, de la soberbia que no se atuvo a su núcleo de vulnerabilidad.


    Así que la vergüenza nos restituye a la tribu, a esa masa que pretendíamos haber sobrepasado; pero solo es el primer paso: para hacer efectivo ese regreso, habrá que exponerse del todo, habrá que situarse sin disimulo frente a los demás y desnudarse, y afrontar su desprecio porque hemos descubierto que es justo o necesario; en definitiva, habrá que humillarse y pedir perdón. De ese modo, y con suerte, uno será redimido, será readmitido en la tribu y podrá desembarazarse del peso de la vergüenza, y volver a ser uno más entre los otros. Ese proceso catártico de reconciliación con uno mismo y con los demás, si no nos hunde del todo, quizá nos regale la sabiduría de la sencillez, y nos ofrezca la oportunidad de reconstruir una nueva dignidad más amplia, una dignidad que incluya la carencia.
    Así se cura también la culpa, como nos muestra el capitán Rodrigo Mendoza en la película La misión. Atormentado por la culpa (¿también la vergüenza?) como consecuencia de haber asesinado en disputa de celos a su hermano, Mendoza encarnado por el gigantesco Robert de Niro gana el perdón del mundo, y sobre todo el suyo propio, cargando a rastras la armadura y las armas por los despeñaderos río arriba. En una de las escenas de redención más impresionantes que ha concebido el cine, Mendoza llega hasta el poblado de los indios guaraníes, que lo libran de la pesada red de viejas armaduras apréciese el simbolismo que alude a la arrogancia guerrera y a la defensa rígida del yo y lo acogen cálidamente entre risas. Imposible ver esa secuencia sin llorar con el capitán, sin sentir el consuelo de ese abrazo redentor de la bondad humana que libra de las culpas y perdona, y el alivio de ver cómo el río se lleva los restos herrumbrosos de un pasado en el que fuimos monstruos.
    Culpa, pues, en este caso, absuelta gracias a la catarsis de una abrumadora penitencia: restitución con dolor del dolor provocado, restauración del equilibrio cósmico y sobre todo del que mantiene ese microcosmos que es la tribu. El que sufre demuestra que ha aprendido, gana con su tribulación otra oportunidad, el regreso a una vida que ya no será igual, una vida que será nueva porque nuevo será todo después de atravesar el umbral iniciático del dolor. Ya sin culpa, tal vez nos quede la vergüenza como una evocación de aquel suceso que nos transformó, para que no lo olvidemos.

    Publicado en mi blog Filosofías para vivir 21/06/2019

    Las muchas caras del sentir

    Dialéctica de los afectos

    Los psicólogos hablan de la ambivalencia de los sentimientos. Puede que, en realidad, sintamos muchas cosas a la vez, y lo que identificamos a cada instante solo sea cuestión de predominio, calco fiel, como nos recordarían Spinoza y Hegel, de la poliédrica dialéctica de la vida.



    Todos somos ambivalentes respecto a los demás. Tendemos interiormente a odiar y a querer a la vez a todo ser viviente conocido. La madurez supone la solución de este conflicto. Samuel J. Warner.


    Como consecuencia de alguna especie de ley de acción y reacción, parece que siempre que sentimos algo en una dirección también sentimos de algún modo lo contrario. El psicoanálisis ha elucubrado mucho sobre estas contradicciones larvadas: odiamos secretamente a quien amamos, puesto que el amor es una alegre voracidad que siempre se queda con hambre, y quien nos otorga también nos frustra; nos sometemos a la imposición de la autoridad paterna, pero al mismo tiempo sentimos reavivarse las brasas de la rebelión, pues soñamos inconscientemente con ocupar su lugar.
    Nuestros sentimientos son, como mínimo, ambivalentes; tal vez sean múltiples, y sintamos todos a la vez, y lo único que distinga cada conjunto emocional sea su particular constelación en cada instante, la intensidad relativa de cada uno de sus elementos y el tono del conjunto. Si, como ya señalaba Spinoza, nuestras emociones emergen y se suceden como respuesta al modo en que nos afectan las cosas, ¿cómo no vamos a acusar un cambiante calidoscopio de afectos, reflejo de un mundo complejo que evoluciona a nuestro alrededor? Eso explicaría, por ejemplo, por qué pasamos de unos a otros con tanta facilidad. 
    La vida es una música más o menos placentera que discurre sobre un fondo continuo de tristeza y pavor, o de “ruido y furia”, como escribió Shakespeare. El amor, que nos confiere el sentido, está entretejido con múltiples fibras de aversión y rabia contenida. En la antipatía brillan secretas gemas de atracción. Las emociones nos parecen planas porque nuestra mirada las sintetiza, simplificando en una visión de conjunto su complejidad profunda: en realidad están formadas de una sustancia porosa y cargada de matices. Y quien se atreve a afrontar esa complejidad se encuentra con un mundo más rico y apasionante, aunque también más inseguro y difícil.

    Tal vez no nos convenga contemplar directamente la complejidad por mucho tiempo, so pena de quedar inmovilizados como la mujer de Lot, y ser incapaces de adoptar ninguna resolución. Sin duda, por ejemplo, contaríamos con buenas razones para casarnos, pero es probable que también encontremos argumentos para no hacerlo. Porque lo que nos une también nos ata; y, no obstante, en el otro extremo, lo que nos da libertad amenaza disiparnos.
    Pros y contras, pues, casi nunca nos faltan: la razón está hecha para argüir en todas direcciones, y podríamos permanecer empantanados en un dilema indefinidamente, sin sacar agua clara. Pensar pocas veces basta. Los psicólogos han descubierto que quienes tienen dificultades para sentir son más indecisos.
    Al final, nuestras decisiones quizá no dependan tanto de nuestra voluntad como del azar o los secretos ritmos de las cosas, y puede que hagan falta arrebatos inexplicables, como el enamoramiento o la ojeriza, para que nos veamos comprometidos en alguna dirección. La cual siempre nos llevará a pasajes gozosos y a la vez a quebradas procelosas. Vivir es un peligro constante, un naufragio permanente, un desafío hecho para gastarnos: que por en medio nos encontremos alegrías es casi un inaudito regalo, una excepción asombrosa.
    Podemos, al menos, ponernos de parte de esa excepción, admitiendo sus zonas de penumbra pero apostando por su luz. Podemos, al menos, remitirnos siempre a ese lugar de nuestro interior que descansa y apenas se inmuta; que sigue adelante con su propia ley secreta, promulgada sobre la marcha contra viento y marea. Podemos convencernos de que todo está bien, mientras no nos mate; y que lo que no lo está por lo menos es curioso e intenso; y que podremos aprender a sobrevivir con ello. “Esto es en el fondo la única valentía que se nos exige: ser valientes para lo más extraño, asombroso e inexplicable que nos pueda ocurrir”, escribe Rilke a su joven poeta.
    Lo ingrato es difícil, pero lo difícil nos hace mejores. No es preciso que lo amemos, basta con que le hagamos un espacio, confiados. En lo que nos contradice hay siempre una oportunidad: como mínimo, la de incorporar perspectivas inéditas y ensanchar nuestra mirada: “¿Por qué quiere excluir de su vida ninguna intranquilidad, ningún dolor, ninguna melancolía, si no sabe lo que esas situaciones producen en usted?”, insiste Rilke.
    .

    La vida es demasiado sinuosa para que sostengamos ante ella posturas rígidas. Ya se ha dicho a menudo que la caña que no se comba al viento acabará por quebrarse. “Al adoptar un enfoque flexible y dúctil ante la vida podemos mantener nuestra compostura incluso en las situaciones más turbulentas”, precisa el Dalai Lama.
    Hagamos por transigir con quienes nos dañan, y tal vez así, al menos, aprendamos a ser más compasivos, más generosos, más humildes. No hace falta que les dediquemos nuestra vida, pero consintamos en que la atraviesen y la hieran un poco. Nuestros rivales son mineros de nuestras gemas más valiosas: ellos señalan el camino, pero a nosotros nos corresponde el trabajo de excavar. Pretender amar a todos, como reclama el mandamiento, quizá sea una demasía inalcanzable; pero sí podemos odiar menos, odiar sin saña, intuyendo lo que el enemigo tiene de amable, dejándonos interpelar por sus contrariedades. Porque también él sufre, y anhela estar contento, y teme a la vida que no comprende y a la muerte que le espera. Como dice el Dalai Lama: “Siempre me acerco a los demás en el terreno básico que nos es común. Todos tenemos una estructura física, una mente, emociones. Todos hemos nacido del mismo modo y todos moriremos. Todos deseamos alcanzar la felicidad y no sufrir… Experimento la sensación de hallarme ante alguien que es exactamente igual que yo”.
    Luchemos, puesto que, como nos recuerda Georg Simmel, a veces hay que luchar; pero que no nos falte compasión: no la que nos impone la sumisión, sino la que emana por sí misma de la magnanimidad. Como propone André Comte-Sponville: “Perdonar es aceptar. No para dejar de luchar, por supuesto, sino para dejar de odiar… Basta con combatirlo o soportarlo con tranquilidad, con serenidad, con alegría, si se puede, y perdonarlo, si no se puede”.

    Tal vez encontremos contradictorio lo que no hemos sido capaces de abarcar en un conjunto superior, desde una perspectiva más amplia. La síntesis hegeliana resuelve el choque dialéctico entre tesis y antítesis. Provisionalmente, puesto que la vida sigue, y con ella la contradicción, que es la que mueve el mundo.
    Se ha dicho a menudo que el odio es un amor fallido: en lugar de encararlo solo desde la prevención (que no debe faltar, ya que tampoco se trata de ponernos al alcance de la agresividad ajena), podríamos preguntarnos cómo podríamos mostrarnos más accesibles a los otros, cómo podríamos construir con ellos nuevas complicidades. Otro ejemplo: la tristeza podría no ser lo opuesto a la alegría, sino más bien una alegría que no ha encontrado modo de materializarse, una puerta a la alegría que aún no supimos abrir: “De un mismo manantial surgen vuestra risa y vuestras lágrimas”, medita el poeta Kahlil Gibran.
    Paciencia, pues, con los sentimientos contradictorios: desplegamos así nuestro existir, saltando de uno a otro, volviendo atrás, chocando con nosotros mismos en ese vaivén. Si el mundo no se está quieto, ¿cómo vamos a detenernos? Y si hay muchos mundos en uno, ¿cómo no va a tener muchas caras el sentir?

    ¿Ser o parecer?


    ¿Ser o parecer? ó que locus de control dominas.

    A modo psicológico y personal, el funcionamiento del propio cuerpo -y de todos los cuerpos como ideas que anidan en él - hacen que el sujeto sienta, es decir, que experimente emociones. Es por esto que podemos diferenciar entre actitudes del actor cuando este actúa con locus de control interno o externo - como dicen en Psicología de la emoción- o como expongo en este pequeño ensayo, cuando actuamos por que somos o para parecer que somos.


    Parecer; es hacer como si. Actuar por el mandato de las reglas grupales sin conocerse primero, aceptar los roles impuestos por la sociedad y luchar por que los demás crean que eres de la forma que se supone necesitas ser. Lo reconocerás, estos son los signos:


    -Estar frustrado.
    -Vivir con ira.
    -No te llena nada de lo que haces.
    -Todo es rutinario.
    -La pasión está ausente.
    -Te enfadas con facilidad.
    -Discutes con el afán de tener siempre razón.
    -Busca con tus actos el reconocimiento externo y quedar bien a cualquier precio.
    -Acumulas y acumulas objetos materiales, por solo tenerlos ya que no los disfrutas.
    -Te gusta criticar a los demás y no valoras en lo más mínimo sus esfuerzos.
    -Vives en alerta permanentemente.
    -Cuándo algo no te sale bien, la culpa es de los demás y de la mala suerte.
    -Sueles estar en un estado de confrontación permanente.
    -Ves fantasmas y enemigos por todas partes.
    -No disfrutas de la ocupación si el resultado no es el necesitado.

    Ser, es decir, hacerse y trabajarse ó estar vivo; que no es más que disfrutar de los cambios que nos ocurren a los seres vivos a cada segundo:

    -Pleno.
    -Motivado.
    -Enfocado.
    -Útil.
    -En sintonía con la vida.
    -Con actitud pro activa frente a las adversidades.
    -Buscando aprendizajes en vez de echar culpas a otros cuándo las cosas no salen bien.
    -Que aportas valor y lo buscas en los demás.
    -Te gusta ver el esfuerzo en los demás y aprender de ellos.
    -Cuidas tu tiempo y energía, evitando entrar en discusiones y debates absurdos.
    -Inspirado.
    -Abierto a tu mundo interior y exterior.
    -Que luchas en superar tus límites en vez de competir contra los demás.
    -En búsqueda de mejorar constantemente alcanzando objetivos y superando retos.
    -Eres el dueño de tu vida y tus decisiones.
    -No necesitas el reconocimiento externo para saber si has hecho bien las cosas.
    -Eres auténtico.
    -Libre de pensamiento y acción.
    -Disfrutas del trabajo y sus obligaciones a expensas del resultado final.

    Mitos y falacias de la "psicología positiva"

    Mitos y falacias de la "psicología positiva"
    En los últimos años, la llamada "psicología positiva" ha conocido un éxito arrollador. Por todas partes proliferan los libros de psicología positiva y cada vez son más los profesionales dedicados al couching y los psicólogos "especializados" en técnicas de motivación que se ganan la vida vendiendo sus consejos "expertos" a cambio de buenas sumas de dinero. Conceptos como autoayuda, pensamiento positivo, autoestima, asertividad, visualización, creatividad, resiliencia, crecimiento personal, etc. han llegado a extenderse rápidamente entre la población.

    "Nunca pensé que en la felicidad hubiera tanta tristeza", Mario Benedetti 

    Me propongo a continuación sintetizar una crítica de la llamada "psicología positiva" con el fin de poner de manifiesto sus aspectos pseudocientíficos, fraudulentos e ideológicos. Para ello dividiré la exposición en cuatro puntos. 

    1) La psicología positiva es metodológicamente defectuosa 

    La psicología positiva presupone una realidad atomística. Se centra en el individuo abstractamente considerado, sin entrar a analizar las relaciones de ese individuo con otros individuos ni el proceso de interacción del individuo con su entorno, lo que constituye un individualismo metodológico. El individualismo metodológico es incompatible con la investigación científica seria y profunda porque no asume el postulado básico de una ontología materialista sistémica: que todo lo que existe (incluidos los individuos humanos) es un sistema o parte de un sistema. 

    La psicología positiva parte de la emoción como algo preformado o diseñado para un fin, en lugar de verla como algo que es aprendido y valorado por parte de un sujeto en un contexto. No toma en consideración el papel del aprendizaje en la adquisición de las fortalezas. No explica cómo la emoción llega a ser. Ve la emoción como causa de la conducta en lugar de como consecuencia de ésta. Así, por ejemplo, ve la autoestima como causa de la conducta exitosa, cuando en realidad la autoestima sería más bien consecuencia de una larga cadena de conductas exitosas. En este sentido, cuando la psicología positiva hace hincapié en la automotivación incurre en aquel mismo absurdo en el que incurría el barón de Munchausen cuando relataba que había conseguido salir del agua con su caballo por el procedimiento de tirarse a sí mismo de su coleta. Desde luego, esto no tiene nada de científico y sí mucho de metafísico. 

    Los psicólogos positivos utilizan una metodología simplemente correlacional: toman medidas de sujetos asignados a dos grupos en función de las características que se entienden como antecedentes y consecuentes. Pero esta metodología no es correcta para predecir ni para determinar causas: la correlación no implica causalidad. Que la presencia de determinadas emociones se correlacione habitualmente con la presencia de determinados hechos, no significa que esas mismas emociones sean la causa de esos hechos. 

    Los estudios que se aportan como prueba no analizan las múltiples variables que pueden intervenir entre lo que se toma como causa (la emoción positiva, la felicidad) y la consecuencia (vivir más años, tener "éxito" en la vida). Un error grave de estos estudios es descartar que el mostrarse sonriente o positivo puede ser la consecuencia de otros factores que hacen que la persona se sienta bien. ¿Cómo delimitar lo que es causa y lo que es consecuencia en tales casos? 

    Los conceptos de "emoción positiva" o "emoción negativa" no están definidos. Empezando por ahí, todo el edificio conceptual se derrumba. Los psicólogos positivos definen "emociones positivas" como aquellas que pueden solventar muchos de los problemas que generan las emociones negativas, lo que no es más que un argumento circular. Es por esta razón por la que la psicología positiva está más emparentada con los movimientos espiritualistas que con la ciencia. 

    No podemos tratar los conceptos "emoción positiva" y "emoción negativa" como si fueran primitivos inanalizables. Cualificar una emoción como "positiva" o "negativa" solamente puede hacerse considerando dicha emoción dentro de un contexto, en un marco de antecedentes, cualidades subjetivas y consecuentes. Ignorar la importancia adaptativa de las emociones conlleva perder una información crucial acerca del diferente papel que pueden jugar las emociones en la adaptación de las personas a las diferentes situaciones de la vida. Por ejemplo, el miedo, en un momento dado, puede tener una función positiva si nos advierte de un peligro real que amenaza nuestra supervivencia. 

    Un tratamiento científico de las emociones, en todo caso, comprendería un estudio de aquellas zonas del cerebro que se activan cuando nos sentimos alegres o tristes, por ejemplo, qué repercusiones tienen en nosotros determinadas emociones, de qué modo interactúan el sistema límbico (responsable de las emociones) y la corteza prefrontal (responsable de la cognición y el razonamiento)... Nada de esto encontramos en el campo de la psicología positiva. 

    2) La psicología positiva instaura una "tiranía del optimismo"

    Cualquier avance en la vida implica enfrentarse al lado desagradable, oscuro, del mundo y de nosotros mismos. Sin embargo, la psicología positiva nace del deseo de evitar enfrentarse con la realidad. Es una estrategia de evitación frente al miedo que produce la presencia de estímulos "aversivos".

    La norma general de pensar "en positivo" es indudablemente buena, entendiendo por tal mantener un cierto optimismo vital que consiste en confiar en nuestras propias posibilidades y actuar de tal manera que podamos generar también confianza por parte de los demás. Si la psicología positiva únicamente viniera a decirnos esto, no estaría descubriéndonos nada nuevo que no supiéramos y que no formara ya parte de una psicología popular bastante extendida que podríamos denominar de "sentido común". Pero no se limita a decirnos esto, sino que va mucho más lejos.

    La psicología positiva pretende dar validez científica a la visión norteamericana de la vida, basada en el optimismo a toda costa. ¿A qué intereses sirve esta ideología que santifica la actitud "positiva"? Evidentemente, a los intereses de quienes tienen el suficiente poder político y económico como para imponer a los demás sus condiciones. Con la coartada del "positivismo", se les puede exigir a los trabajadores que no protesten cuando se les baja el salario, que no se quejen si tienen que hacer horas extras, que no reivindiquen sus derechos si son despedidos del trabajo, etc.

    En la medida en que el énfasis se pone siempre en la subjetividad individual, se difumina o directamente se borra toda referencia a estructuras y mecanismos sociales que pueden ser la causa de fenómenos como la miseria, la falta de oportunidades o la marginalidad social. Según la psicología positiva, no se trataría entonces de intervenir activamente en el curso de las cosas para cambiarlas sino simplemente de cambiar nuestros pensamientos, mostrarnos "positivos". Esto tiene la terrible consecuencia de desalentar a las personas a participar en procesos de transformación social que evidentemente desbordan con amplitud la mera esfera de la subjetividad privada. La psicología positiva se centra en los beneficios individuales que puede aportar, supuestamente, el pensamiento positivo: bienes materiales, éxito profesional, salud. Pero no nos dice nada acerca de mejorar la sociedad, hacerla más igualitaria, más justa. 

    Es imposible sentirse siempre alegre. La crueldad, el asesinato, esclavitud, genocidio, prejuicio y discriminación, difícilmente pueden producir "optimismo" o "alegría" en el ánimo de quienes presencian de manera continuada tales hechos. Hay que valorar la pertinencia de cada emoción en función de su contexto. 

    Una excesiva presión social a favor de una actitud "optimista" hace que las personas que se sienten tristes se retraigan a la hora de expresar sus emociones por miedo a ser reprobadas socialmente, lo cual contribuye a agravar sus estados de tristeza. Al exigir a los demás que estén siempre sonrientes y radiantes, en lugar de ayudarles mostrándoles nuestro apoyo cuando lo necesitan, haciéndoles ver que no deben sentirse culpables por sentirse tristes, provocamos el efecto contrario del que pretendemos. La tiranía del pensamiento positivo hace que las personas se estén preguntando constantemente por aquello que las hace felices, lo cual crea una ansiedad que sí puede llegar a convertirse en algo patológico. 

    3) No hay un modelo único de felicidad y el éxito no es garantizable 

    El concepto de felicidad es relativo a cada cultura y a cada persona, pero la psicología positiva procede como si fuera un concepto unívoco.

    Las emociones no son el resultado directo de mecanismos puramente fisiológicos o neurológicos; están siempre situadas y embebidas en contextos sociales específicos y están saturadas de significados culturales. 

    Por supuesto, la idea de felicidad que presupone la psicología positiva es la propia del individuo occidental, blanco, liberal, "estándar". La concepción de la felicidad como un logro personal y como un estado dependiente de la afirmación personal de sí mismo es coherente con una visión protestante de la persona que subyace en la cultura norteamericana y noreuropea. 

    Sin embargo, en las culturas del este de Asia, por ejemplo, el centro del pensamiento, la acción y la motivación es el yo en relación con otros. La felicidad se considera un estado intersubjetivo basado en la simpatía mutua, la compasión y el apoyo de los demás; depende, en definitiva, de la armonía social. 

    El éxito en la vida es otro de esos conceptos cuyo significado se toma como si fuera aproblemático, y por tanto, no se define, y si se define es de una forma acrítica, sin tomar en consideración que también es relativo y varía en función de las diferentes concepciones de cada sujeto y cada sociedad. 

    Al presentar el éxito como el lógico resultado de un plan de acciones deliberado, los psicólogos positivos infieren que el que no triunfa es porque no ha hecho lo que tiene que hacer. De esta manera se afirma que quienes padecen, los menesterosos, son responsables de su propia situación en la medida en que no enfocan sus emociones de manera adecuada. Los que sí lo hacen, por consiguiente, defienden haber encontrado su filosofía de la vida feliz en sí mismos y no en sus previas condiciones materiales socioeconómicas, por ejemplo, lo cual es una perversa forma de legitimar el orden social imperante sostenido sobre la injusticia, la violencia y la desigualdad. No se nos oculta qué consecuencias tan nefastas para la correcta comprensión de la sociedad y la historia puede tener semejante concepción de las cosas basada en el darwinismo social más salvaje. 

    4) La psicología positiva es filosóficamente irreflexiva 

    Los filósofos que a menudo reflexionaron sobre la felicidad afinaron mucho más su criterio a la hora de discernir los caminos para lograrla. La visión simplista y burda de la felicidad que nos proporciona la psicología positiva no tiene en cuenta la complejidad inherente a la vida. La felicidad no es aquel estado de ánimo que se alcanza en ausencia de todo dolor, sino el resultado de un proyecto de vida que incluye al dolor como parte inevitable de la existencia, puesto que sin la presencia del dolor ni siquiera seríamos capaces de valorar como positivo su contrario, el placer. 

    La psicología positiva olvida el conocimiento clásico acerca de la inteligencia emocional. La psicología ha de reflexionar sobre los supuestos filosóficos que asume implícitamente en lugar de limitarse a darlos por hecho como si fueran evidentes en sí mismos.


    En definitiva, la psicología positiva es una forma de pseudociencia porque sus métodos de medición y sus modelos de explicación teórica son del todo defectuosos. 

    Es una forma de mala filosofía porque asume de manera acrítica una serie de postulados filosóficos sin reflexionar sobre sus consecuencias ni compararlos polémicamente con otras alternativas posibles. 

    Y, por último, es una forma de perniciosa ideología pues sirve como justificación para un conjunto de relaciones sociales basadas en el individualismo egoísta y depredador sobre el cual se sostiene el sistema económico capitalista. 

    Podemos decir, en resumidas cuentas, que nos encontramos ante un tipo de "pensamiento vírico" que es preciso someter a crítica para que no se siga propagando entre la gente, puesto que constituye un obstáculo para la investigación científica y una amenaza para la construcción de una sociedad más solidaria y más justa.