La inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa de laboratorio para convertirse en una presencia cotidiana. Ya no pertenece sólo a los campus universitarios ni a los parques tecnológicos de las grandes corporaciones. Se ha deslizado, silenciosa, hacia todos los rincones de la vida social, incluidos aquellos que el discurso oficial prefiere no ver: el comercio informal, la economía de la calle, los mercados que no figuran en las estadísticas, los saberes que no se acreditan con títulos. A ese espacio, por falta de un término mejor, se le llama submundo. Y la pregunta no es si la IA llegará a él, sino cómo lo transformará cuando lo haga.
Conviene deshacer un malentendido. El submundo no es el infierno. Es, más bien, la sombra del orden formal: un conjunto de prácticas, redes y economías que existen en los intersticios de la legalidad, a veces rozándola, a veces desafiándola. Ahí viven millones de personas que no son criminales, aunque el sistema las etiquete como informales, evasores o marginales. Son vendedores, artesanos, transportistas, prestamistas, reparadores, cuidadores. Gente que resuelve problemas concretos sin pasar por el papeleo, sin pedir permisos, sin esperar al Estado. Gente que, en muchos casos, no tiene otra opción.
La IA, en ese contexto, es una herramienta ambivalente. Por un lado, ofrece capacidades que antes estaban reservadas a las élites. Un comerciante callejero con un teléfono básico puede, hoy, usar un modelo de lenguaje para redactar un contrato, calcular un margen, analizar una ruta de reparto o incluso aprender un oficio. Las barreras de entrada al conocimiento se han derrumbado. El muchacho que vende en una feria y estudia matemáticas por su cuenta ya no está solo: tiene a un tutor incansable en el bolsillo. Eso es, en potencia, una democratización radical del saber. Una fisura en el monopolio de las instituciones educativas y de las credenciales.
Pero no hay que ser ingenuo. La misma tecnología que empodera también puede vigilar. Los algoritmos de reconocimiento facial, los sistemas de puntuación social, las bases de datos interconectadas, todo eso ya se usa para rastrear, clasificar y excluir. El Estado y las corporaciones ven en la IA una forma de controlar a los que están fuera del redil. Para el vendedor informal, cada transacción digital deja una huella; cada dato es una soga. La informalidad, que antes era un refugio de privacidad, se está volviendo un espacio cada vez más visible, más medible, más gobernable. La paradoja es cruel: la misma herramienta que le permite aprender le arrebata el anonimato.
Aquí es donde el submundo se vuelve un laboratorio involuntario. Porque en los márgenes, la relación con la tecnología es más cruda, menos disimulada. El que vive al día no tiene tiempo para abstracciones: adopta lo que funciona y desecha lo que no. Si la IA le sirve para sobrevivir, la usará. Si lo pone en riesgo, aprenderá a evitarla. Esa actitud pragmática, desprovista de ideología, es quizás la única respuesta sensata ante una tecnología que avanza sin preguntar.
La dimensión filosófica del asunto no es menor. La IA obliga a repensar qué significa ser un sujeto en los márgenes. Durante siglos, el marginado se definió por su exclusión: no tener acceso a la palabra pública, al crédito, a la ley. La IA, en teoría, le da una voz nueva. Pero esa voz es mediada, traducida, optimizada. ¿Hasta qué punto es suya? ¿Hasta qué punto el vendedor que usa un generador de texto se expresa a sí mismo? ¿O solo reproduce un discurso aprendido? Lacan hablaba del sujeto como efecto del lenguaje. La IA es un lenguaje nuevo, y sus efectos apenas comienzan a sentirse.
El peligro mayor no es que la IA domine a los humanos, sino que los humanos se olviden de sí mismos al usarla. El submundo, que siempre ha vivido de la identidad, del cara a cara, del rumor y la lealtad, puede perder su último territorio si cede a la lógica del algoritmo. La confianza no se programa. La calle no se digitaliza sin resistir. Y la resistencia, hoy, no pasa por rechazar la tecnología, sino por usarla sin entregarse a ella.
Termino con una imagen. Un hombre camina por la calle, comercio ambulante. Lleva mercancía en una mochila y un teléfono en el bolsillo. En el teléfono, un modelo de lenguaje le recuerda los precios, le sugiere rutas, le traduce un mensaje. El hombre no es más rico que ayer. Pero sabe algo que el sistema no quiere que sepa: que la herramienta es suya, no del dueño del servidor. Que el conocimiento, una vez liberado, no se puede confiscar. Y que, en el fondo, el verdadero submundo no es un lugar, sino una actitud: la de negarse a ser sólo un dato.
La IA no salvará a los de abajo. Pero puede ser un arma. Depende de la mano que la empuñe. Y en la calle, las manos callosas ya están aprendiendo.
