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¿Quién quiere aún ser virtuoso?


Lugar de la virtud en un mundo líquido

Areté griega, virtus romana: una vida orientada obstinadamente hacia lo bueno y lo correcto. La propuesta clásica de virtud se desdibuja tras el desmantelamiento de los grandes relatos. La posmodernidad líquida ha vaciado el concepto hasta reducirlo a una carcasa hueca, y los valores neoliberales la desdeñan por lo que tiene de improductiva. Y, sin embargo, ¿cabe proyecto individual o colectivo sin ella?  


En nuestros tiempos de tensión entre el relativismo posmoderno y los fundamentalismos de todo tipo (incluidos los tecnológicos), hablar de virtud, al estilo de los antiguos, suena seguramente anacrónico e ingenuo. En el mundo neoliberal no interesa la virtud, sino la prosperidad individual; que esta se logre a costa de los demás, o del mundo entero destruyendo el frágil equilibrio de la nave Tierra, sumiendo en la miseria a masas incontables de seres humanos, es algo absolutamente accidental, un precio que hay que asumir o, mejor, ignorar. El neoliberalismo ha elevado a Hobbes a profeta la lucha de todos contra todos, el Leviatán estatal asegurando el orden y el status quo y, aunque no lo admita, ha confirmado la teoría de Marx, al apuntalar el sometimiento de unas clases por parte de una oligarquía privilegiada. ¿Quién quiere aún ser virtuoso?
Y, no obstante, tal vez la mayoría sigamos queriéndolo, cada cual a su manera. Mientras sobrenadamos el mundo líquido, manoteamos a nuestro alrededor con la esperanza de encontrar algo a lo que asirnos. Quizá la recuperación de la idea de virtud sea la única puerta de salida para los que estamos atrapados en el neoliberalismo salvaje de nuestro siglo. El ideal clásico de virtud como apuesta por una ética de lo objetivamente valioso puede ser la brújula que nos oriente, individual y colectivamente, en nuestro mundo desnortado.
Nunca tuvimos tantos mapas y, a la vez, tan poca claridad sobre qué ruta seguir. Ignoramos cómo guiar nuestra vida de un modo fructífero, porque nuestra voluntad ha quedado reducida al trabajo para consumir. No es cierta la jaleada muerte de los grandes relatos (el cristianismo, la Ilustración, el marxismo…); sobre las ruinas de estos hemos edificado el más inapelable: el relato de la producción y el consumo. Somos, como dice Byung-Chul Han, sujetos de rendimiento: tanto rindes, tanto vales; cabría añadir que ese valor que nos proporciona el rendimiento alcanza su expresión más consagrada en el consumo: vales porque rindes, y lo demuestras comprando. El desempleo no es angustioso solo porque limite los recursos materiales, sino también porque despoja de los dos únicos sentidos que parece tener la vida: rendir y consumir.
Actuamos como autómatas en manos de ese relato único, un relato que escenificamos cada día lo queramos o no. El relativismo no nos ha hecho más libres, ni más autónomos, ni más satisfechos. Y no porque los viejos relatos no mereciesen ser cuestionados —hay que cuestionarlo todo, siempre—, sino porque su resquebrajamiento solo nos ha conducido a la imposición, en buena parte inconsciente, del relato único neoliberal. Hemos derribado los viejos templos para ser más libres, y no hemos tenido la precaución de quedarnos con lo que su legado pudiera tener de valioso para levantar nuestras casas. No hay nadie más fácil de capturar que el que no sabe adónde va. Y eso es lo que han hecho los mercaderes. En puridad, hoy no existe ni siquiera política verdadera: los gobiernos son agentes de las grandes corporaciones, y estas constituyen el auténtico poder que rige nuestros destinos.

Hace pocos años, con el estallido de la crisis económica, ha cobrado forma la figura del ciudadano indignado. La indignación parece un saludable cuestionamiento del relato único neoliberal. Hay que admirar a mucha gente que se ha comprometido en la protesta y la reivindicación, rebelándose contra la permanente persuasión al conformismo. Los aislados individuos de la posmodernidad han encontrado nuevos polos en torno a los cuales unirse y luchar. Sin embargo, el recorrido de la mera indignación, por espectacular y creativo que se presente, es ineludiblemente corto. Los movimientos de indignados no cuestionan el sistema, solo reclaman un encaje más favorable en él. En el fondo, sueñan con restablecer aquel efímero capitalismo optimista y paternalista que se ensayó en el Estado del bienestar.
Hay que admitir que el Estado del bienestar fue un invento brillante, un compromiso entre las masas trabajadoras y las oligarquías que daba pie a un cierto reparto de la prosperidad. De ahí su agradable aroma a justicia social: el aroma de un café que, aunque fuese más para unos que para otros, no dejaba de alcanzar a todos hasta un punto razonable. Yo creo que un buen puñado de generaciones habríamos podido nacer, crecer, reproducirnos y morir sin mayores problemas en un Estado del bienestar que hubiese mantenido su protección a unos derechos elementales y su garantía de cobertura de las necesidades básicas. Realmente, no es poco, y ya lo quisieran para sí las grandes masas que, en muchas regiones del mundo, ni siquiera han tenido la oportunidad de disfrutarlo antes de su implosión. 
Pero Marx ya nos avisó que el capitalismo incluso ese capitalismo paternal del New Deal guarda en su seno contradicciones que acaban por reventarlo. El capitalismo se basa en el “siempre más”: producir más, vender más, ganar (quien gana) más. Lamentablemente, los recursos son limitados, y los mercados se saturan. En cambio, la ambición de los capitalistas es ilimitada; llega un momento en que, para seguir llenando sus bolsillos al ritmo que pretenden, no hay más remedio que cerrar el grifo. Menos café para repartir entre el resto. De repente, el manto del benévolo Estado protector se ha encogido, y la mayoría de los ciudadanos se han visto, de la noche a la mañana, en una intemperie que habían olvidado.
Porque unas pocas décadas de Estado del bienestar nos hicieron pasivos y acomodados, nos acostumbraron a que otros se hicieran cargo de nuestras necesidades. La indignación no cuestiona el problema de fondo el capitalismo y sus contradicciones, se limita a levantar la voz para recordar el compromiso de (cierto) reparto de riqueza que creíamos perenne y resultó ser solo provisional. Nos prometían trabajo para toda la vida y una jubilación digna; nos prometían educación y futuro para nuestros hijos; nos prometían unos servicios (salud, transporte, también ocio) cuya calidad estaría en crecimiento perpetuo. Nos hicieron creer, incluso, que gobernaban para nosotros, es decir, para que esa vida que considerábamos buena se materializara. Mientras los grandes relatos se iban resquebrajando, perdíamos con ellos la conciencia de la realidad: de las grandes masas de miseria, del saqueo a la naturaleza, de la permanencia del poder en manos de las grandes corporaciones, de la ilusión de libertad que disfrazaba la dependencia… Perdimos la conciencia y con ella las convicciones que mueven y los valores que guían. El estómago lleno nos hace olvidadizos. Así que dejamos de oponernos al sistema: nos indignamos, con razón, añorando lo perdido mientras procuramos aferrarnos a lo que nos queda; pero ya no tenemos nuestra propia alternativa.

Podemos reinventar esa alternativa. Volver a pensar por nosotros mismos y separar lo que queremos de lo que no queremos. Podemos volver a ser dueños de nuestros valores y de nuestras metas; decidir lo que es digno y trabajar por ello. ¿No es eso una vida virtuosa, no es la eudaimonía que perseguían los griegos y por la que abogaba Aristóteles? Reclamar la virtud es recuperar la autonomía para elegir lo valioso y dedicarle nuestras fuerzas. Es proclamarse libre y ejercer esa libertad. Sin fanatismos, pero con convicción. Sin renunciar nunca a la prudencia y el sentido común, eso que los griegos llamaban phrónesis y es, en sí misma, una virtud; pero avanzando, siempre avanzando, con los ojos bien abiertos y el pensamiento despierto.
Aristóteles hablaba de la areté, “excelencia”, y la interpretaba como un modo de actuar consecuente con la propia naturaleza. Él contaba con que los humanos poseemos una naturaleza esencial e inmutable: es comprensible que considerara que la acción apropiada es la que responde a esa esencia. Los estoicos pensaron lo mismo, y toda su ética gira en torno de vivir conforme a nuestra naturaleza esencial. Desde el punto de vista actual, la idea de una esencia humana resulta como poco problemática. Sin duda tenemos características que nos definen al margen de nuestra voluntad: la biología y la genética nos revelan un sustrato configurado por simple herencia. Pero ellas mismas se apresuran a impugnar el determinismo: la expresión de ese sustrato depende del ambiente, de la experiencia y de la acción. En nosotros, la biología se hace contingente en forma de Historia. Nuestra voluntad también cuenta. Luego hay margen para la libertad; de hecho, como repetía Sartre, la libertad es ineludible. “Un hombre es lo que hace con lo que otros hicieron de él”. Por tanto, más que de acción acorde a nuestra naturaleza, tal vez la areté consista en la acción apropiada a los valores por los cuales hemos decidido optar.

Cada cual puede trazar su propio camino de virtud, pero ese camino discurre por el mundo y debe atenerse a él. Es más, ese camino no puede realizarse sin una cierta transformación del mundo. Desconfío de los que recomiendan cambiarse a uno mismo para cambiar lo demás, no porque no tengan razón, sino porque la evolución individual es tan ardua (y tan ausente) que podemos pasarnos la vida recluidos en ella, desentendiéndonos del mundo. Suena a excusa y a consejo de resignación. Claro que hay que empezar por uno mismo, pero, ¿de qué nos sirve si no se materializa en el encuentro con los demás, en compartir, en dialogar, en luchar para construir la virtud colectiva? ¿Acaso vivimos al margen de la sociedad que establece nuestros derechos y nuestros deberes, y de las decisiones de sus gobernantes? La virtud solitaria, como el vicio solitario, es deslucida e incompleta, siempre se queda a medias. Lo digo con todo el respeto hacia los místicos y hacia los amantes del retiro, entre los que me cuento. Pero, como dijo el Eclesiastés, hay un tiempo para cada cosa. La virtud que vale es la que baja a ensuciarse en el barro de la plaza.
Invitémonos unos a otros a rehabilitar la noción de virtud, tanto en su versión individual, íntima, como en su vertiente de obra colectiva, pública. La primera para ganar el buen vivir, para hacer que nuestra vida sea valiosa y satisfactoria, para componer la eudaimonía. La segunda para que nuestro hallazgo revierta en los demás y así nos vuelva de ellos, para que fructifique en el amor y la amistad, para que vaya más allá de nosotros y cristalice en la construcción de un mundo mejor para nuestros hijos. Imposible una sin otra. Ni siquiera los estoicos y los epicúreos renunciaron a implicarse en el mundo. Todos ellos eran conscientes de la naturaleza candentemente social del ser humano. Incluso mientras nos apartamos, estamos teniendo a los demás como referencia. Salud y virtud para todos.

Publicado en mi blog Filosofías para vivir 11/09/2018 

Ser humano y dar sentido a la vida.

Las cuerdas de la guitarra



La importancia del valor, la virtud y el equilibrio en la búsqueda del sentido de la vida. Analogía entre las cuerdas de una guitarra y el ser humano

Las cuerdas de la guitarra, en un estante, están en reposo y a la espera de ser útiles.
Cuando se las coloca en la guitarra, se las afina y el artista las hace vibrar, salen sonidos musicales. [1]
En este ejemplo entran en juego varios conceptos, valor, virtud, equilibrio y sentido
Valor: las cuerdas tienen una serie de características que la hacen apreciable.
Virtud: de la cuerdas está en, además de la calidad, en la afinación justa. Además la virtuosidad del músico que hacen, de las cuerdas, que produzcan sonidos musicales, (el músico se convierte en virtuoso a través del ejercicio).
Equilibrio: las cuerdas colocadas en la guitarra están en tensión, las cuales se equiparan con las producidas en el resto del instrumento, y que al momento de vibrar se producen sonidos agradables.
Sentido: Música.

El ser humano tiene una serie de características que lo hacen apreciable, valioso, algunos de ellas son: Inteligencia, Voluntad, Creatividad.
Por la inteligencia podemos aprehender y comprender el universo abstrayéndonos de lo que nos rodea, comunicarlo por la palabra y fundamentalmente transformarlo.
Por la voluntad, que a veces sigue a la razón y otras no, queremos, tanto en el sentido de apetecer (poseer), como en el de amar. Esta es la capacidad que nos hace libres, la que nos permite elegir. Sentimos, nos apasionamos, amamos, y hasta nos entregamos por aquello elegido.
En cuanto a la capacidad creativa se expresa tanto en lo tecnológico, como en lo social, artístico, etc, en definitiva crea cultura.
Pero, estas capacidades, a lo largo de la historia, se han utilizado para distintas acciones, algunas nobles, otras no: guerra-paz, dominadores-esclavos, imperios-repúblicas, absolutismos-populismos, riqueza-hambruna, capitalismo-comunismo, etc.

¿Cómo evitar, entonces, que estas características que hacen valioso al ser humano, se conviertan en lo que lo devalúa?

El ejemplo de las cuerdas nos puede avizorar una respuesta. Cuando están colocadas en la guitarra y afinadas, se producen tensiones en todas las partes del instrumento que se equilibran mutuamente. Si las mantengo flojas (que es necesario para cuando, la guitarra, está en reposo), los sonidos que se pueden producir son desagradables, en cambio si las tenso demasiado, corro el riesgo de romper el instrumento o cortarlas, y tampoco se pueden extraer sonidos agradables. La afinación es la tensión justa que equilibra el sistema.

El conflicto es parte constitutiva del mundo social y de cada ser humano en particular, solo el equilibrio en el uso de sus capacidades nos permite evitar que se traduzca en posiciones desagradables.
Los distintos posicionamientos están siempre cargados de subjetividades, que devienen del ser y estar en el mundo, condicionados por la cultura espacio-temporal, en que cada ser humano se desarrolla, y que a su vez, por elección personal, pueden ser radicalizadas y/o vehiculizadas para transformar la sociedad, a veces colonizándola, otras liberándolas (al menos en lo intencional).
La radicalización de las subjetividades está presente, muy a menudo, en cada acción humana, social o individual. Ejemplos: la xenofobia, descalificación, agresión, etc.
Como extremo opuesto a esta postura, está el laissez faire (dejar hacer), todo está permitido, todas las opiniones y creencias son válidas, cada cual con su quintita.
F. Nietzche, sostiene, que la voluntad de dominio es el principio básico a partir del cual se desarrollan los seres, la fuerza primordial que busca mantenerse en el ser y ser aún más.
El ser humano no escapa a este concepto, busca dominar lo que le rodea, llega hasta el extremo de imponer a los demás su propia cosmovisión, incluso eliminando al distinto.
Si partimos de este hecho, que es la base de todo conflicto, tendríamos que buscar la manera de lograr un equilibrio que produzca un  progreso significativo en la sociedad que la transforme en más humana.

Volviendo al ejemplo, en las cuerdas el equilibrio justo está en la afinación. La cuerda está afinada de acuerdo a un referente, acorde al sonido (nota) que debe producir.

Como referente del equilibrio social e individual, los conceptos de virtud y virtuosidad nos abren un camino.
Virtud: del latín virtus, cualidad positiva que permite producir ciertos efectos. Existen distintos usos del término vinculado a la fuerza, la valentía, el poder de obrar, la eficacia de una acción o cosa, la integridad del ánimo.
Así, por ejemplo la virtud de la fuerza, nos permite levantar pesos; la valentía, enfrentar un peligro; el poder de obrar, el desarrollo de la tecnología y la ciencia; la eficacia de un remedio para curar o aliviar una enfermedad; la integridad del ánimo, superar momentos difíciles.
Virtuosidad: Dominio y perfección propia de un arte o una técnica. Habilidad para superar dificultades y evitar consecuencias negativas.
En cambio la virtuosidad nos permite al levantar un peso, no lastimarnos; al enfrentar un peligro saber si está o no más allá de nuestras posibilidades; el uso adecuado de la tecnología y la ciencia y le da orientación al hacer para mejorar las condiciones de vida de la humanidad, etc.
Uniendo ambos conceptos podemos intuir que es necesario realizar un camino de esfuerzo y constancia para desarrollar esa cualidad positiva, la voluntad de dominio, el poder de obrar, convirtiéndola en una habilidad que nos permita producir ciertos cambios para superar las dificultades, evitando consecuencias negativas.
Está en  nuestra condición natural la tendencia hacia las consecuencias negativas. Y solo en un análisis de las acciones y sus consecuencias no puede evitar caer en ellas.

Aún así, en este análisis falta algo. Un elemento que de sentido.

Con la guitarra, el músico, extrae, de las cuerdas, sonidos agradables, hace música. Crea arte. Esto es lo que le da sentido al instrumento y al artista.[2]

Si trasladamos esta idea a la vida social e individual es la búsqueda de sentido de la vida.

“La primera fuerza motivante del hombre es la lucha por encontrarle sentido a la propia vida, a la vida tal cual es y toda vida por más adversa que sea siempre tiene algún sentido.
Por eso a pesar de los problemas que podamos tener, toda vida vale la pena ser vivida y más aún cuando el hombre pone en práctica la fuerza de oposición del espíritu frente al destino, o sea frente a aquello con lo que me encuentro en la vida sin haberlo elegido; pero ante lo cual sigo siendo libre de actuar, de un modo o de otro.
El sentido está siempre cambiando, pero jamás falta. En caso de no verlo, habrá que dotar a la vida de sentido aún en las situaciones mas difíciles donde lo que importa es dar testimonio de la mejor y exclusiva potencialidad humana: la de transformar la tragedia, la enfermedad y el fracaso en un triunfo personal, en un logro humano. Mas aún, según Frankl: “La vida cobra más sentido cuanto más difícil se hace””.[3]

El sentido de la vida “ayuda a humanizar y personalizar al hombre; lo ayuda a lograr su plenitud a partir de una adecuada concepción de hombre como persona en comunidad de personas.
despierta a la persona en su rol de protagonista de su propia historia, de su felicidad, de sus logros y en su rol de constructor de su persona dado que el hombre es un ser llamado a elegir un proyecto de vida en conformidad con su propio ser, por lo tanto “artífice de su destino”.
“Proyecto de vida no son las ocurrencias antojadizas con las que llenamos el tiempo de la vida, sino la orientación organizada de los esfuerzos para dar vida a la vida”.[4]

El sentido de la vida es “libertad responsable, práctica de valores, autotrascendencia, sobre todo espíritu de renuncia, de sacrificio, son entre otros conceptos los que tienen que ver con el hacerse cada día más humano.
El hombre solo llega a ser tal en la medida en que descubre el sentido de la vida, el por qué y el para qué existir”.[5]
Es “desarrollar la actitud de búsqueda de los para qué de las situaciones, tanto del fracaso como del éxito, de visualizar el futuro no como una utopía o como algo que hay que saltar velozmente; sino como una posibilidad esperanzadora, la de asumir el compromiso de la búsqueda de la misión en la vida y de ser capaz de hacerse preguntas filosóficas tales como: ¿qué espera de mi la vida?¿siendo finito no es mi responsabilidad que la vida no me pase sino que esté en cada situación (con distintos grados de conciencia y responsabilidad) pero que al fin y al cabo la viva?. Cómo dice Frankl: “no basta con preguntarse por el sentido de la vida sino que hay que responder a él, respondiendo ante la vida misma”.[6]
El sentido de la vida, “contribuye a esclarecer el por qué del sufrir y del morir y, ayuda a tener motivos parta trabajar, luchar y amar, … porque es el estilo de la vida que debe y puede practicar todo hombre, por el simple hecho de ser “humano” y …  nada hay más fácil que ser humano, pero a su vez, es lo que más le cuesta al hombre”.[7]


En conclusión cuando el ser humano le da sentido a su vida, se hace más humano. 


[1] Ejemplo modificado del original, proporcionado por Pablo Berraud una cuerda de guitarra afuera de la guitarra está en cierto equilibrio (sin tensión)... cuando se la pone en la guitarra y se la afina, pasa a estar en otro tipo de equilibrio (con cierta tensión)...”
[2] Podría utilizar el concepto de finalidad. O sea, la finalidad de la guitarra es la música. Este concepto produce sensación de unidireccionalidad, en cambio la palabra sentido, no.
[3] Dr. R. Mucci. Acerca de Logoterapia. https://www.facebook.com/robertojuan.mucci?fref=nf
[4] Idem.
[5] Idem
[6] Idem
[7] Idem

Mediocridad como virtud

Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

El término virtud fue elevado a condición ontológica por Aristóteles. Se trata, según el gran pensador de la Antigüedad clásica, de la capacidad de dirigir racionalmente las pasiones hacía el bien. Más tarde, durante el Renacimiento, Maquiavelo la transformó en el centro especulativo de su comprensión de la vida política y social, y, en esta labor, lo siguieron Spinoza y Vico, respectivamente. No es por casualidad que hayan sido filósofos pertenecientes a la tradición de origen greco-latina quienes se ocupasen de dicho término con el mayor interés. Y es que la misma Roma, la “ciudad eterna”, es el resultado concreto de la virtud.


En efecto, Roma es un vocablo proveniente del Griego pώμη, que significa fuerza, vigor, valor. Definición que, en español, corresponde, precisamente, a la tercera acepción de la voz “virtud” en el Diccionario de la Real Academia Española. Los latinos la relacionaban con “vis”, es decir, “virilidad”. Y, de hecho, el vigor fue la característica primordial de los primeros habitantes del Lacio. Así, los romanos, al ser todos “viriles”, es decir, hombres varones, se vieron en la necesidad de secuestrar a las Sábinas para poder dar continuidad a su viril linaje, aunque, después de todo, conviene pensar en la posibilidad de que hayan sido las sabinas las auténticamente “vigorosas”, en medio de aquel difícil trance fundacional. Pero, y en todo caso, la herencia griega del término es indudable: Roma es vocablo griego, y significa fuerza, voluntad, arrojo. Que hayan sido los latinos quienes aunaron al término lo de “viril”, hace que la comprensión maquiavélica de la Virtú sea digna de elogio, pues, como se sabe, la virtud y su conciencia configuran nada menos que el surgimiento del mundo occidental.

Fue así como la virtud, invocada por Maquiavelo, logró engendrarse y vivir plenamente en la cultura moderna. El hacer es su lugar de encuentro en y para sí mismo. Es la formación cultural comprendida como la producción de la vida autoconsciente, la actividad, el trabajo, el ingenio, la creación diversa. Diversidad como fuerza vital que tipifica a la cultura occidental, su energeia, su praxis. En ella –en la diversidad– la voluntad libre de los hombres re-crea de continuo el primer principio aristotélico: la causa de sí misma y de todo. Virtud es, pues, espíritu, historia en hacimiento. Lo primero que se requiere para que haya historia es que existan, dice Marx, “individuos humanos vivos”, que posean libre voluntad. Y es esto, por cierto, lo que diferencia a los hombres del resto de la naturaleza. Pero, por eso mismo, la virtud es intelligere –inteligencia– que surge desde el mito al logos hasta el saber, porque se trata del ser en movimiento, del ser que crece y con-crece. Desde la antigüedad, pensar es producir buena, bella y verdaderamente. De ahí que la virtud sea el sobreponerse a las condiciones objetivas –materiales y espirituales–, superándolas y conservándolas. La virtud es el mapa, el programa –la fehaciente Guía Michelín– por medio del cual logran salir de sus crisis las naciones. Ella es el reconocimiento de la producción –el trabajo– como unidad en la diversidad. Unidad de lo uno y lo múltiple que, en sí misma, es productiva: la consciencia reflexiva de la moralidad constitutiva de la ética y de la ética como posibilitadora de la moralidad. Que el Himno venezolano advierta que la ley deba respetar “la virtud” y “el honor” no es solo un deseo, un “deber ser”, ni, mucho menos, una estrofa vacía, solo apta para la rima. Es una necesidad impostergable y, sobre todo, vigente. Y tal vez sea propicia la sugerencia para los miembros del Tribunal Supremo, porque la ley no está por encima de la virtud. Ella es, en todo caso, su reflejo especular.

Hallar en la mediocridad virtud es, en consecuencia, una contradicción en los términos. Si lo que hace grande a los pueblos reside en el desarrollo de su virtud, lo que los hunde en la oscuridad del abismo es consecuencia directa del haber propiciado, por años, la mediocridad como modo de ser. Lo mediocre, como la peste, lo circunda todo: la burocracia, los servicios públicos, la seguridad social y personal, la salud, la educación, el trabajo, la cultura, el deporte, etc. Si, como dice Hannah Arendt, la sociedad de los controles estimuló la condición banal del mal, del mismo modo, la sociedad del resentimiento y la “hojarasca” ha estimulado la transmutación de la mediocridad en virtud: “Ser rico es malo, ser pobre es mejor”; “si alguien no tiene para comer tiene que robar”; “el trabajo es una deshonra, una maldición”; “las universidades no tienen por qué tener tantos equipos sofisticados, basta con recibir clases bajo la sombra de un frondoso mango”. Frases, todas, sacadas de la antología “patriótica”. La mediocridad es la corrupción del espíritu de una sociedad.

Cuenta Laureano Vallenilla cómo Boves y su ejército de forajidos tomaban grandes fincas para “expropiarlas”. Después de la “gesta heroica” venían las desmesuradas celebraciones por el triunfo “revolucionario”. Ahora la finca era del “pueblo soberano”. A los pocos meses ya no había nada. El ganado se lo habían comido o se había muerto de mengua, los sembradíos habían sido abandonados, la producción sustituida por “ocio productivo”, envueltos en “profundas disquisiciones” sobre la utopía dentro del catre o del chinchorro, por supuesto, bajo el cobijo del mango. Pero ¡ni siquiera los mangos crecen solos! Para convencer a esos mismos “revolucionarios” y “patriotas” de luchar por la Independencia, Páez les ofreció –aunque un poco más organizadamente– lo mismo que Boves. Solo que, después de la guerra, el país había quedado en ruinas y era necesario hacerlo productivo. La solución fue otorgarles “bonos de la deuda”, con el compromiso formal del Estado de cumplir sus promesas una vez mejorara la situación. Pero las mejoras nunca llegaron. La conclusión de Vallenilla es que, a partir de ese momento, se hizo más robusto, más sustancial, el resentimiento social en Venezuela.

De aquellas aguas vienen estos lodos: la “promesa” de una total igualdad “por debajo”, finalmente, se cumplió. Lo máximo con el mínimo esfuerzo. La gran “bacanal” mientras haya “ganado y yuca” o, mejor dicho, petróleo. Ya después se verá: “Dios proveerá”. La mediocridad hecha la gran expresión de la virtud. Educarse, formarse, ser mejor y más responsable, adquirir autonomía y saber, son cosas de gente engreída, inútiles guindajos de “patiquín”, cosas incompatibles con el “igualismo” propio del “pueblo”. Eso de “con el sudor de tu frente” no es para los “avispados”. Las consecuencias constituyen el des-orden y la des-conexión de este patético “aquí y ahora”. Auténtico “estado de naturaleza”, que solo sirve para una cosa: para salir de él lo más pronto posible