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Giambista Vico: Conclusión ciencia nueva.

Una lectura de Vico qué, asièndola a nuestra época informa de una forma de comunicación entre el pueblo y el gobernante, la religiosa. Aquí descrita como ciencia nueva por Giambista Vico, qué de nueva tiene la formulación pero que dice, servía en las más crudas épocas feudales. Si atendemos a la ciencia nueva de Vico, podríamos entender el mundo social como compuesto por una realidad religiosa, una fuerza productora de sociedades que se guía por la providencia de la virtud. 


Ciencia nueva de Vico.
Pero, con el transcurso del tiempo, al desarrollarse cada vez más las mentes humanas, las plebes de los pueblos se desengañaron finalmente de la vanidad de tal heroísmo, y entendieron que ellos eran de igual naturaleza humana que los nobles; por lo que también ellos quisieron entrar en los órdenes civiles de las ciudades. De modo que, debiendo al cabo del tiempo ser soberanos esos pueblos, la providencia permitió que las plebes, antes, durante mucho tiempo, rivalizaran con la nobleza en cuanto a piedad y religión en las contiendas heroicas hasta que los nobles tuvieron que comunicar a los plebeyos los auspicios, para comunicarles también todos los derechos cívicos públicos y privados que se consideraban dependendientes de él; y así, el mismo cuidado de la piedad y el afecto de la religión llevara a los pueblos a ser soberanos en las ciudades: en lo que el pueblo románo se adelantó a todos los demás del mundo, y por eso llegó a ser el pueblo señor del mundo. De tal manera que, introduciéndose cada vez más el orden natural entre esos órdenes civiles, nacieron las repúblicas populares: en las que, puesto que se tenía que reducir todo a la suerte o la balanza, para que no reinase el azar o destino, la providencia ordenó que el censo fuera la regla de los honores; y así, los industriosos y no los infractores, los parcos y no los pródigos, los capaces y no los haraganes, los magnánimos y no los mezquinos de corazón, y en una palabra, los ricos en cualquier virtud o con alguna imagen de virtud, y no los pobres, con muchos y descarados vicios, fueran considerados óptimos para el gobierno. De repúblicas tales —donde pueblos enteros, que aspiran en común a la justicia, ordenan leyes justas, porque son universalmente buenas, que Aristóteles define divinamente como «voluntad sin pasiones», y tal es la voluntad del héroe que ordena las pasiones— salió la filosofía, a partir de la forma de esas repúblicas, destinada a formar al héroe y, para formarlo, interesada en la verdad; y así, la providencia ordenó: que, no habiéndose acercado más a través de los sentidos de la religión (como se había hecho antes) a las acciones virtuosas, la filosofía hiciese entender las virtudes en su idea, por cuya reflexión, si los hombres no practicaban la virtud, al menos se avergonzaran de los vicios, pues los pueblos diestros en obrar mal sólo así pueden mantenerse en el deber. Y a partir de las filosofías permitió que apareciese la elocuencia, que en consecuencia de la misma forma de esas repúblicas populares, donde se ordenan buenas leyes, fuese una apasionada de lo justo; y así, ésta, a partir de esas ideas de virtud incitara a los pueblos a ordenar buenas leyes. Determinamos con resolución que esta elocuencia floreció en Roma en los tiempos de Escipión el Africano, en cuya edad la sabiduría civil y el valor militar, pues ambos, que establecieron felizmente para Roma el imperio del mundo sobre las ruinas de Cartago, debieron llevar aparejados necesariamente una elocuencia robusta y sapientísima.

Pero, al irse corrompiendo también los Estados populares, y por tanto las filosofías (ya que, al caer en el escepticismo, los estultos doctos se emplearon en calumniar la verdad), y al surgir de aquí una falsa elocuencia, dispuesta igualmente a apoyar en las causas a las dos partes opuestas, sucedió que, usando mal la elocuencia (como los tribunos de la plebe en la romana) y no contentándose ya los ciudadanos con las riquezas para instituir el orden, quisieron hacer de ella su poder, como furiosos austros en el mar, promoviendo guerras civiles en sus repúblicas, las llevaron a un desorden total, y así, desde su libertad perfecta, la hicieron caer bajo una perfecta tiranía (que es lo peor de todo), es decir, la anarquía, o la desenfrenada libertad de los pueblos libres.

Ante este gran desastre de las ciudades la providencia obra uno de estos tres grandes remedios según el siguiente orden de las cosas civiles humanas.

Pues dispone, primero, el que se halle dentro de esos pueblos uno que, como Augusto, surja y se establezca como monarca, quien, ya que todos los órdenes y todas las leyes halladas para la libertad no bastaban ya para regularla y refrenarla, tenga en su mano todos los órdenes y todas las leyes con la fuerza de las armas; y por el contrario, constriña esa forma del estado monárquico, a la voluntad de los monarcas en ese su imperio infinito, dentro del orden natural de mantener contentos y satisfechos de su religión a los pueblos, así como de su libertad natural, sin cuya universal satisfacción y conformidad los Estados monárquicos no son ni duraderos ni seguros.

Luego, si la providencia no halla tal remedio dentro, lo va
a buscar fuera; y, ya que tales pueblos de tan corruptos que eran ya, se habían convertido por naturaleza en esclavos de sus desenfrenadas pasiones (del lujo, de la delicadeza, de la avaricia, de la envidia, de la soberbia y del fasto) y debido a los placeres de su disoluta vida se arruinaban en todos los vicios propios de vilísimos esclavos (como el ser mentirosos, astutos, calumniadores, ladrones, cobardes y simuladores), por tanto, dispone que lleguen a ser esclavos por el derecho natural de las gentes que sale de dicha naturaleza de las naciones, y acaben estando sometidos a naciones mejores, que les hayan conquistado con las armas, y por éstas se queden reducidos a provincias. En lo cual, además, refulgen dos grandes luces del orden natural: una es, que quien no puede gobernarse por sí mismo, se deje gobernar por otros que puedan; la otra, que gobiernen el mundo siempre los que son mejores por naturaleza.

Pero, si los pueblos marchitan en esta última peste civil, que ni dentro consienten a un monarca nativo, ni llegan naciones mejores a conquistarles y conservarles desde fuera, entonces la providencia, ante este su extremo mal, obra este extremo remedio: que —puesto que tales pueblos a modo de bestias no se habían acostumbrado sino a pensar en los propios intereses de cada uno y habían dado en el colmo de la delicadeza o, mejor dicho, del orgullo, como fieras que, al ser mínimamente contrariadas, se resienten y enfurecen, y así, en el mayor gentío o muchedumbre de cuerpos, viven como bestias inhumanas en una suma soledad de espíritu y de sentimiento, sin que apenas dos puedan ponerse de acuerdo porque cada uno sigue su propio placer o capricho—, por todo esto, con obstinadísimas facciones y desesperadas guerras civiles, llegan a hacer selvas de las ciudades, y de las selvas, cubiles de hombres; y de tal manera que, al cabo de largos siglos de barbarie, llegan a herrumbarse las malnacidas sutilezas del ingenio malicioso, que había hecho de ellos fieras más inhumanas con la barbarie de la reflexión de lo que lo habían sido con la primera barbarie del sentido. Ya que ésta mostraba una fiereza generosa, de la que otros podían defenderse, huir o guardarse; pero aquélla, con una fiereza vil, con halagos y abrazos, acecha en la vida y en las suertes de sus confidentes y amigos. Por ello, los pueblos de tal reflexiva malicia, con este último remedio que obra la providencia, aturdidos y estúpidos, no sienten ya ni las comodidades, ni las delicadezas, ni los placeres ni el fasto, sino solamente las utilidades necesarias para la vida; y, por el escaso número de los hombres que al fin quedan y por la abundancia de las cosas necesarias para la vida, llegan a ser naturalmente moderados; y, debido al retomo de la primera simplicidad del primer mundo de los pueblos, son religiosos, veraces y fieles; y así retoma entre ellos la piedad, la fe, la verdad, que son los fundamentos naturales de la justicia y son gracias y bellezas del orden eterno de Dios.

Porque precisamente los hombres han hecho este mundo de naciones (que fue el primer principio incuestionado de esta Ciencia, una vez que desesperamos de encontrarla en filósofos y filólogos); sin embargo, este mundo, sin duda, ha salido de una mente muy distinta, a veces del todo contraria y siempre superior a los fines particulares que los mismos hombres se habían propuesto; estos fines restringidos que, convertidos en medios para servir a fines más amplios, ha obrado siempre para conservar la generación humana en esta tierra. Ya que los hombres quieren usar la libido bestial y perder sus partos, y establecen la castidad de los matrimonios, de donde surgen las familias; quieren los padres ejercitar sin medida los poderes paternos sobre los clientes, y les someten a los poderes civiles, de donde surgen las ciudades; quieren los órdenes reinantes de los nobles abusar de la libertad señorial sobre los plebeyos, y llegan a la servidumbre de las leyes, que establecen la libertad popular; quieren los pueblos libres librarse del freno de sus leyes, y llegan a la sumisión de los monarcas; quieren los monarcas, con todos los vicios de la disolución que les asegura, envilecer a sus súbditos, y les disponen para soportar la esclavitud de naciones más fuertes; quieren las naciones perderse a sí mismas, y llegan a salvar sus avances en las soledades, de donde, como el fénix, resurgen nuevamente. Quien hizo todo esto, fue mente, porque lo hicieron los hombres con inteligencia; no fue destino, porque lo hicieron con elección; no azar, porque perpetuamente, haciéndolas siempre del mismo modo, salen las mismas cosas.

Por tanto, Epicuro es refutado de hecho, ya que dice que es
por el azar, y con él sus secuaces Hobbes y Maquiavelo; y de hecho es refutado Zenón, y con él Spinoza, que dicen que es por el destino. Por el contrario, de hecho se pone a favor de los filósofos políticos, cuyo príncipe es el divino Platón, que establece que la providencia regula las cosas humanas. Por lo que tenía razón Cicerón, que no podía razonar con Ático sobre las leyes, si éste no dejaba de ser epicúreo y no le concedía primero que la providencia regula las cosas humanas. Providencia que Pufendorf ignora en su hipótesis, Selden supuso y Grocio prescindió de ella; pero los jurisconsultos romanos la establecieron como primer principio del derecho natural de las gentes. Porque en toda esta obra se ha demostrado que los primeros gobiernos del mundo en su forma completa, tuvieron gracias a la providencia la religión, únicamente sobre la cual se fundó el estado de las familias; de ahí que, pasando a los gobiernos heroicos civiles o aristocráticos, aquella religión debiera de ser su principal y firme base; luego, llegando a los gobiernos populares, la misma religión sirvió a los pueblos para llegar a ellos; y deteniéndose finalmente en los gobiernos monárquicos, la religión debió de ser el escudo de los príncipes. Por lo que, al perderse la religión en los pueblos, no les queda nada para vivir en sociedad; ni escudo para defenderse, ni medio para aconsejarse, ni base donde regirse, ni forma por la cual estar en el mundo.

Ser humano y dar sentido a la vida.

Las cuerdas de la guitarra



La importancia del valor, la virtud y el equilibrio en la búsqueda del sentido de la vida. Analogía entre las cuerdas de una guitarra y el ser humano

Las cuerdas de la guitarra, en un estante, están en reposo y a la espera de ser útiles.
Cuando se las coloca en la guitarra, se las afina y el artista las hace vibrar, salen sonidos musicales. [1]
En este ejemplo entran en juego varios conceptos, valor, virtud, equilibrio y sentido
Valor: las cuerdas tienen una serie de características que la hacen apreciable.
Virtud: de la cuerdas está en, además de la calidad, en la afinación justa. Además la virtuosidad del músico que hacen, de las cuerdas, que produzcan sonidos musicales, (el músico se convierte en virtuoso a través del ejercicio).
Equilibrio: las cuerdas colocadas en la guitarra están en tensión, las cuales se equiparan con las producidas en el resto del instrumento, y que al momento de vibrar se producen sonidos agradables.
Sentido: Música.

El ser humano tiene una serie de características que lo hacen apreciable, valioso, algunos de ellas son: Inteligencia, Voluntad, Creatividad.
Por la inteligencia podemos aprehender y comprender el universo abstrayéndonos de lo que nos rodea, comunicarlo por la palabra y fundamentalmente transformarlo.
Por la voluntad, que a veces sigue a la razón y otras no, queremos, tanto en el sentido de apetecer (poseer), como en el de amar. Esta es la capacidad que nos hace libres, la que nos permite elegir. Sentimos, nos apasionamos, amamos, y hasta nos entregamos por aquello elegido.
En cuanto a la capacidad creativa se expresa tanto en lo tecnológico, como en lo social, artístico, etc, en definitiva crea cultura.
Pero, estas capacidades, a lo largo de la historia, se han utilizado para distintas acciones, algunas nobles, otras no: guerra-paz, dominadores-esclavos, imperios-repúblicas, absolutismos-populismos, riqueza-hambruna, capitalismo-comunismo, etc.

¿Cómo evitar, entonces, que estas características que hacen valioso al ser humano, se conviertan en lo que lo devalúa?

El ejemplo de las cuerdas nos puede avizorar una respuesta. Cuando están colocadas en la guitarra y afinadas, se producen tensiones en todas las partes del instrumento que se equilibran mutuamente. Si las mantengo flojas (que es necesario para cuando, la guitarra, está en reposo), los sonidos que se pueden producir son desagradables, en cambio si las tenso demasiado, corro el riesgo de romper el instrumento o cortarlas, y tampoco se pueden extraer sonidos agradables. La afinación es la tensión justa que equilibra el sistema.

El conflicto es parte constitutiva del mundo social y de cada ser humano en particular, solo el equilibrio en el uso de sus capacidades nos permite evitar que se traduzca en posiciones desagradables.
Los distintos posicionamientos están siempre cargados de subjetividades, que devienen del ser y estar en el mundo, condicionados por la cultura espacio-temporal, en que cada ser humano se desarrolla, y que a su vez, por elección personal, pueden ser radicalizadas y/o vehiculizadas para transformar la sociedad, a veces colonizándola, otras liberándolas (al menos en lo intencional).
La radicalización de las subjetividades está presente, muy a menudo, en cada acción humana, social o individual. Ejemplos: la xenofobia, descalificación, agresión, etc.
Como extremo opuesto a esta postura, está el laissez faire (dejar hacer), todo está permitido, todas las opiniones y creencias son válidas, cada cual con su quintita.
F. Nietzche, sostiene, que la voluntad de dominio es el principio básico a partir del cual se desarrollan los seres, la fuerza primordial que busca mantenerse en el ser y ser aún más.
El ser humano no escapa a este concepto, busca dominar lo que le rodea, llega hasta el extremo de imponer a los demás su propia cosmovisión, incluso eliminando al distinto.
Si partimos de este hecho, que es la base de todo conflicto, tendríamos que buscar la manera de lograr un equilibrio que produzca un  progreso significativo en la sociedad que la transforme en más humana.

Volviendo al ejemplo, en las cuerdas el equilibrio justo está en la afinación. La cuerda está afinada de acuerdo a un referente, acorde al sonido (nota) que debe producir.

Como referente del equilibrio social e individual, los conceptos de virtud y virtuosidad nos abren un camino.
Virtud: del latín virtus, cualidad positiva que permite producir ciertos efectos. Existen distintos usos del término vinculado a la fuerza, la valentía, el poder de obrar, la eficacia de una acción o cosa, la integridad del ánimo.
Así, por ejemplo la virtud de la fuerza, nos permite levantar pesos; la valentía, enfrentar un peligro; el poder de obrar, el desarrollo de la tecnología y la ciencia; la eficacia de un remedio para curar o aliviar una enfermedad; la integridad del ánimo, superar momentos difíciles.
Virtuosidad: Dominio y perfección propia de un arte o una técnica. Habilidad para superar dificultades y evitar consecuencias negativas.
En cambio la virtuosidad nos permite al levantar un peso, no lastimarnos; al enfrentar un peligro saber si está o no más allá de nuestras posibilidades; el uso adecuado de la tecnología y la ciencia y le da orientación al hacer para mejorar las condiciones de vida de la humanidad, etc.
Uniendo ambos conceptos podemos intuir que es necesario realizar un camino de esfuerzo y constancia para desarrollar esa cualidad positiva, la voluntad de dominio, el poder de obrar, convirtiéndola en una habilidad que nos permita producir ciertos cambios para superar las dificultades, evitando consecuencias negativas.
Está en  nuestra condición natural la tendencia hacia las consecuencias negativas. Y solo en un análisis de las acciones y sus consecuencias no puede evitar caer en ellas.

Aún así, en este análisis falta algo. Un elemento que de sentido.

Con la guitarra, el músico, extrae, de las cuerdas, sonidos agradables, hace música. Crea arte. Esto es lo que le da sentido al instrumento y al artista.[2]

Si trasladamos esta idea a la vida social e individual es la búsqueda de sentido de la vida.

“La primera fuerza motivante del hombre es la lucha por encontrarle sentido a la propia vida, a la vida tal cual es y toda vida por más adversa que sea siempre tiene algún sentido.
Por eso a pesar de los problemas que podamos tener, toda vida vale la pena ser vivida y más aún cuando el hombre pone en práctica la fuerza de oposición del espíritu frente al destino, o sea frente a aquello con lo que me encuentro en la vida sin haberlo elegido; pero ante lo cual sigo siendo libre de actuar, de un modo o de otro.
El sentido está siempre cambiando, pero jamás falta. En caso de no verlo, habrá que dotar a la vida de sentido aún en las situaciones mas difíciles donde lo que importa es dar testimonio de la mejor y exclusiva potencialidad humana: la de transformar la tragedia, la enfermedad y el fracaso en un triunfo personal, en un logro humano. Mas aún, según Frankl: “La vida cobra más sentido cuanto más difícil se hace””.[3]

El sentido de la vida “ayuda a humanizar y personalizar al hombre; lo ayuda a lograr su plenitud a partir de una adecuada concepción de hombre como persona en comunidad de personas.
despierta a la persona en su rol de protagonista de su propia historia, de su felicidad, de sus logros y en su rol de constructor de su persona dado que el hombre es un ser llamado a elegir un proyecto de vida en conformidad con su propio ser, por lo tanto “artífice de su destino”.
“Proyecto de vida no son las ocurrencias antojadizas con las que llenamos el tiempo de la vida, sino la orientación organizada de los esfuerzos para dar vida a la vida”.[4]

El sentido de la vida es “libertad responsable, práctica de valores, autotrascendencia, sobre todo espíritu de renuncia, de sacrificio, son entre otros conceptos los que tienen que ver con el hacerse cada día más humano.
El hombre solo llega a ser tal en la medida en que descubre el sentido de la vida, el por qué y el para qué existir”.[5]
Es “desarrollar la actitud de búsqueda de los para qué de las situaciones, tanto del fracaso como del éxito, de visualizar el futuro no como una utopía o como algo que hay que saltar velozmente; sino como una posibilidad esperanzadora, la de asumir el compromiso de la búsqueda de la misión en la vida y de ser capaz de hacerse preguntas filosóficas tales como: ¿qué espera de mi la vida?¿siendo finito no es mi responsabilidad que la vida no me pase sino que esté en cada situación (con distintos grados de conciencia y responsabilidad) pero que al fin y al cabo la viva?. Cómo dice Frankl: “no basta con preguntarse por el sentido de la vida sino que hay que responder a él, respondiendo ante la vida misma”.[6]
El sentido de la vida, “contribuye a esclarecer el por qué del sufrir y del morir y, ayuda a tener motivos parta trabajar, luchar y amar, … porque es el estilo de la vida que debe y puede practicar todo hombre, por el simple hecho de ser “humano” y …  nada hay más fácil que ser humano, pero a su vez, es lo que más le cuesta al hombre”.[7]


En conclusión cuando el ser humano le da sentido a su vida, se hace más humano. 


[1] Ejemplo modificado del original, proporcionado por Pablo Berraud una cuerda de guitarra afuera de la guitarra está en cierto equilibrio (sin tensión)... cuando se la pone en la guitarra y se la afina, pasa a estar en otro tipo de equilibrio (con cierta tensión)...”
[2] Podría utilizar el concepto de finalidad. O sea, la finalidad de la guitarra es la música. Este concepto produce sensación de unidireccionalidad, en cambio la palabra sentido, no.
[3] Dr. R. Mucci. Acerca de Logoterapia. https://www.facebook.com/robertojuan.mucci?fref=nf
[4] Idem.
[5] Idem
[6] Idem
[7] Idem

Mediocridad como virtud

Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

El término virtud fue elevado a condición ontológica por Aristóteles. Se trata, según el gran pensador de la Antigüedad clásica, de la capacidad de dirigir racionalmente las pasiones hacía el bien. Más tarde, durante el Renacimiento, Maquiavelo la transformó en el centro especulativo de su comprensión de la vida política y social, y, en esta labor, lo siguieron Spinoza y Vico, respectivamente. No es por casualidad que hayan sido filósofos pertenecientes a la tradición de origen greco-latina quienes se ocupasen de dicho término con el mayor interés. Y es que la misma Roma, la “ciudad eterna”, es el resultado concreto de la virtud.


En efecto, Roma es un vocablo proveniente del Griego pώμη, que significa fuerza, vigor, valor. Definición que, en español, corresponde, precisamente, a la tercera acepción de la voz “virtud” en el Diccionario de la Real Academia Española. Los latinos la relacionaban con “vis”, es decir, “virilidad”. Y, de hecho, el vigor fue la característica primordial de los primeros habitantes del Lacio. Así, los romanos, al ser todos “viriles”, es decir, hombres varones, se vieron en la necesidad de secuestrar a las Sábinas para poder dar continuidad a su viril linaje, aunque, después de todo, conviene pensar en la posibilidad de que hayan sido las sabinas las auténticamente “vigorosas”, en medio de aquel difícil trance fundacional. Pero, y en todo caso, la herencia griega del término es indudable: Roma es vocablo griego, y significa fuerza, voluntad, arrojo. Que hayan sido los latinos quienes aunaron al término lo de “viril”, hace que la comprensión maquiavélica de la Virtú sea digna de elogio, pues, como se sabe, la virtud y su conciencia configuran nada menos que el surgimiento del mundo occidental.

Fue así como la virtud, invocada por Maquiavelo, logró engendrarse y vivir plenamente en la cultura moderna. El hacer es su lugar de encuentro en y para sí mismo. Es la formación cultural comprendida como la producción de la vida autoconsciente, la actividad, el trabajo, el ingenio, la creación diversa. Diversidad como fuerza vital que tipifica a la cultura occidental, su energeia, su praxis. En ella –en la diversidad– la voluntad libre de los hombres re-crea de continuo el primer principio aristotélico: la causa de sí misma y de todo. Virtud es, pues, espíritu, historia en hacimiento. Lo primero que se requiere para que haya historia es que existan, dice Marx, “individuos humanos vivos”, que posean libre voluntad. Y es esto, por cierto, lo que diferencia a los hombres del resto de la naturaleza. Pero, por eso mismo, la virtud es intelligere –inteligencia– que surge desde el mito al logos hasta el saber, porque se trata del ser en movimiento, del ser que crece y con-crece. Desde la antigüedad, pensar es producir buena, bella y verdaderamente. De ahí que la virtud sea el sobreponerse a las condiciones objetivas –materiales y espirituales–, superándolas y conservándolas. La virtud es el mapa, el programa –la fehaciente Guía Michelín– por medio del cual logran salir de sus crisis las naciones. Ella es el reconocimiento de la producción –el trabajo– como unidad en la diversidad. Unidad de lo uno y lo múltiple que, en sí misma, es productiva: la consciencia reflexiva de la moralidad constitutiva de la ética y de la ética como posibilitadora de la moralidad. Que el Himno venezolano advierta que la ley deba respetar “la virtud” y “el honor” no es solo un deseo, un “deber ser”, ni, mucho menos, una estrofa vacía, solo apta para la rima. Es una necesidad impostergable y, sobre todo, vigente. Y tal vez sea propicia la sugerencia para los miembros del Tribunal Supremo, porque la ley no está por encima de la virtud. Ella es, en todo caso, su reflejo especular.

Hallar en la mediocridad virtud es, en consecuencia, una contradicción en los términos. Si lo que hace grande a los pueblos reside en el desarrollo de su virtud, lo que los hunde en la oscuridad del abismo es consecuencia directa del haber propiciado, por años, la mediocridad como modo de ser. Lo mediocre, como la peste, lo circunda todo: la burocracia, los servicios públicos, la seguridad social y personal, la salud, la educación, el trabajo, la cultura, el deporte, etc. Si, como dice Hannah Arendt, la sociedad de los controles estimuló la condición banal del mal, del mismo modo, la sociedad del resentimiento y la “hojarasca” ha estimulado la transmutación de la mediocridad en virtud: “Ser rico es malo, ser pobre es mejor”; “si alguien no tiene para comer tiene que robar”; “el trabajo es una deshonra, una maldición”; “las universidades no tienen por qué tener tantos equipos sofisticados, basta con recibir clases bajo la sombra de un frondoso mango”. Frases, todas, sacadas de la antología “patriótica”. La mediocridad es la corrupción del espíritu de una sociedad.

Cuenta Laureano Vallenilla cómo Boves y su ejército de forajidos tomaban grandes fincas para “expropiarlas”. Después de la “gesta heroica” venían las desmesuradas celebraciones por el triunfo “revolucionario”. Ahora la finca era del “pueblo soberano”. A los pocos meses ya no había nada. El ganado se lo habían comido o se había muerto de mengua, los sembradíos habían sido abandonados, la producción sustituida por “ocio productivo”, envueltos en “profundas disquisiciones” sobre la utopía dentro del catre o del chinchorro, por supuesto, bajo el cobijo del mango. Pero ¡ni siquiera los mangos crecen solos! Para convencer a esos mismos “revolucionarios” y “patriotas” de luchar por la Independencia, Páez les ofreció –aunque un poco más organizadamente– lo mismo que Boves. Solo que, después de la guerra, el país había quedado en ruinas y era necesario hacerlo productivo. La solución fue otorgarles “bonos de la deuda”, con el compromiso formal del Estado de cumplir sus promesas una vez mejorara la situación. Pero las mejoras nunca llegaron. La conclusión de Vallenilla es que, a partir de ese momento, se hizo más robusto, más sustancial, el resentimiento social en Venezuela.

De aquellas aguas vienen estos lodos: la “promesa” de una total igualdad “por debajo”, finalmente, se cumplió. Lo máximo con el mínimo esfuerzo. La gran “bacanal” mientras haya “ganado y yuca” o, mejor dicho, petróleo. Ya después se verá: “Dios proveerá”. La mediocridad hecha la gran expresión de la virtud. Educarse, formarse, ser mejor y más responsable, adquirir autonomía y saber, son cosas de gente engreída, inútiles guindajos de “patiquín”, cosas incompatibles con el “igualismo” propio del “pueblo”. Eso de “con el sudor de tu frente” no es para los “avispados”. Las consecuencias constituyen el des-orden y la des-conexión de este patético “aquí y ahora”. Auténtico “estado de naturaleza”, que solo sirve para una cosa: para salir de él lo más pronto posible