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    La condición de dignidad humana

    De la dignidad

    Al maestro, Freddy Ríos, por @jrherreraucv



    La brisa primaveral del espíritu de la libertad tarde o temprano posa sus pies ante las puertas del sombrío locus de sus esbirros para, poco después, penetrar e irrumpir hasta el fondo de la caverna, vestida de luz de razón y vientos de justicia. Los pies de quienes van a enterrarte ya están ante tu puerta, como dicen las Escrituras. A veces, lo que aparece dividido contiene la fuerza del elemento unitivo, propio de la verdad, y lo que aparece unido, por el contrario, pone de manifiesto la mayor de las divisiones. Quien desecha la diferencia no comprende el significado de la unidad. Lo fijo, lo estático, lo puesto por el entendimiento abstracto, es lo muerto. Los hombres, como dice Pico della Mirandola –muy a pesar de Inocencio VIII–, no han sido puestos en un punto fijo de la jerarquía de los seres, sino que han sido plasmados de manera tal que puedan asumir todas las figuras: desde la degeneración de las bestias hasta la elevación magnífica de los ángeles. Libertad y dignidad, bajo tales sustentos, devienen idénticas: “No te he dado a tí, Adán –escribe Pico–, una forma, ni una función específica. Por tal motivo, tendrás la forma y función que desees. No tendrás límites. Tú definirás tus propias limitaciones, de acuerdo con tu libre albedrío. Podrás transformarte a ti mismo en lo que desees”.

    El hombre, afirma Hölderlin, “es un Dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”. Es capaz de transformarse a sí mismo en lo que quiera ser. Y, precisamente por ello, puede descender hasta las formas más bajas y primitivas de la existencia –al estilo Trucutrú–, como las bestias, o puede renacer por encima del juicio de sus propias potencialidades, entre los más elevados espíritus, aquellos que son divinos, porque provienen del divinari. Inteligencia es Libertad y Libertad es Dignidad, con mayúsculas. Es evidente que, dependiendo del grado de preparación y autoconciencia que se logre conquistar, será posible elevarse –diría Mari Montes– incluso “muy por encima del promedio”. De ahí que, valiéndose de sus capacidades intelectivas, los hombres sean considerados por Pico como los artífices de su propio destino. Si se cultivan, no sin arduo esfuerzo sostenido, serán capaces de conquistar su propia dignidad y, a consecuencia de ello, su Libertad. Sin estudio y esfuerzo, pensando que siempre habrá “algo” o “alguien” que se ocupe, que resuelva, insistiendo en lo inútil, devendrá –dice Pico– una bestia o, peor aún, un ignorante vegetal, siempre presto a la esclavitud.

    Esta –la De hominis dignitate–, en opinión de Pico, constituye “la gran cadena del ser”: “No te he hecho ni celeste, ni terrestre, ni mortal ni inmortal, a fin de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen pintor, o de un hábil escultor, remates tu propia forma”. Es lo que un pueblo, sometido y humillado, arrastrado hasta las miserias del hambre y la opresión, debe tener presente para redimirse, para saber, más allá de las manipulaciones, los alcances de sus propias potencialidades e, incluso, muy por encima de la vana esperanza y –de su hermano gemelo– el temor, reconocerse en sí mismo y para sí mismo, como medio y fin de su cabe sí. La libertad es, desde los orígenes de los tiempos, la condición humana por excelencia. No ser libre, permanecer sometido por unos truhanes, por la canalla vil, es negar la propia condición humana. Condición, por cierto, no natural, sino histórica. Porque ser libre es, siempre, una conquista, un esfuerzo material y espiritual. Los hombres no nacen: se hacen. Y en eso consiste su más auténtica esencialidad.

    Dignitas traduce excelencia, es decir, aquel valor que, precisamente, Pico le atribuye al ser humano por el hecho mismo de serlo, sobre la base de la actio mentis, virtud que todo individuo, en cuanto tal, está en capacidad racional de conquistar. No hay aquí esencias naturales preconcebidas. Como dice Sartre, los hombres están “condenados a ser libres”. No hay opción, toda vez que la condición humana, es decir, histórica, es la condición propia de la razón y de la libertad que, una y otra vez, actúa sin descanso en función de conquistar su propio reconocimiento. Es obvio que, en el tránsito, la educación –y conviene enfatizarlo: comprendida como formación cultural y no como mera instrucción– juega un papel determinante, dado que el ejercicio de la libertad exige la necesaria conformación de la inteligencia y de la voluntad, que son las facultades constitutivas del ser social y de su conciencia. A mayor acceso a la educación mayor acceso a la dignidad. Esa es la explicación de por qué los regímenes autocráticos, totalitarios, gansteriles, convierten los “centros de enseñanza” en auténticas fábricas de borregos, salchichas o churros, en los que no predominan las ideas sino las representaciones sobre las cuales se sustentan la dependencia y el temor.

    Una sociedad mundial como la del presente, absorta en la debilidad del pensamiento y el culto por lo privado, no es garantía de superación de la humillación con la cual se pretende pisotear, de continuo y sistemáticamente, la dignidad humana. Ni existe la unidad sin diferencias ni existe la diferencia sin unidad. Unidad y diferencia, consideradas como abstracciones, como compartimientos estancos, no son más que formas vaciadas de contenido, cuya ausencia de pensamiento pone de manifiesto, una vez más, las debilidades de pensamiento. Todo pensamiento está atravesado por el recuerdo –Denken, Ge-danken, An-denken, Gedächtnis– y amerita del re-cuerdo. El re-cordar es el modo propicio de la unidad diferenciada, concreta. Una unidad sin diferencias, monolítica, “sellada” o “blindada” no solo no es unitaria: es la muerte misma de la unidad en manos de su contrapartida: el despotismo.

    Decía Maquiavelo que los despotismos, vengan de donde vengan, llevan el sello de los Savonarola, quien pretendía dictarle al mundo, asistido por un moralismo extremo, enfermizo, cómo debía ser. En los moralismos radicales de los “caballeros andantes”, de armaduras relucientes, se ocultan los fascismos de toda ralea que tanto desprecio sienten por la dignidad humana. Ni el engaño ni la coartada hacen la diferencia. Los términos opuestos no se superan ni con mesianismos ni con elementos arrastrados del maniqueísmo. Mantener con firmeza la crítica de los extremos es cuestión de humana dignidad, sin la cual la lucha por la conquista de la libertad carece de todo sustento.

    http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/dignidad_202347

    No hay unidad sin diferencia.

    No hay unidad sin diferencia.

    Todo lo contrario

    Como nunca antes en su historia, Venezuela requiere de la conformación de una unidad superior. No se trata de una unidad a medias, abstracta, ficticia: una unidad que se autoconcibe y proclama como tal, no sin violencia, sobre la base –en realidad, sobre el pre-supuesto– de la exclusión de todo lo que no se le parece, de aquello que se le opone, de todo lo que le resulta diferente de sí. Una unidad superior es, por el contrario, una unidad auténtica, inclusiva, concreta, que comprende la unidad de la nación en su completitud, como la consciente unidad de las diferencias. Las partes no son el todo. Como dice Hegel en los Wastebook, “un partido existe verdaderamente cuando se divide en sí”. Llámese partido “unido” o –por extensión lógica– mesa “de la unidad”, tanto lo uno como lo otro conciben la unidad desde la división misma de la unidad. Para decirlo en términos más precisos, se trata de una noción parcial–una parte, un partido– de la unidad orgánica.


    No es por mera casualidad que los llamados “fundamentos conceptuales” del socialismo y del liberalismo, tan antagónicos, tan opuestos entre sí, reflejen sus imágenes recíprocamente, el uno en el otro, como dos gotas de agua invertidas. La bufonada del “yo antes era de izquierda, pero ahora soy de derecha” –afirmación que, por cierto, motiva las no menos ridículas y sospechosas acusaciones de los unos y los aplausos de los otros– tiene su explicación conceptual en la incomprensión de semejantes deslices –o si se quiere, resbalamientos– ideológicos de estos dos términos de la oposición. Les extrêmes se touchent. Dice Marx, siguiendo a Hegel, que “cada extremo es su otro extremo. El espiritualismo abstracto es un materialismo abstracto; el materialismo abstracto es un espiritualismo abstracto de la materia”. Que las pasiones nublen la razón no es cosa desconocida. Que el fanatismo motive el odio y la iracundia que, por ejemplo, conduce a un diputado, en medio de su apasionada fogosidad o, más bien, en medio de la ilimitada extravagancia de su propio desquicio, a arrojar sobre otro diputado el micrófono con el que se dirigía al parlamento, en nombre de la unidad y de la razón (porque “la Iglesia no es racional” sino “homosexual” y porque “la oposición juega a la división del país”) es, además de folklórico y pintoresco, la mejor confirmación de que las ideologías revestidas de “principios” conceptuales ni contribuyen a resolver los problemas que padece la sociedad ni conducen a la unidad orgánica, ni de este ni de ningún país en el “infinito universo uno”.

    Toda la “ciencia” sobre la cual se sustenta la llamada “teoría” liberal consiste en afirmar que la sociedad entera nació de individuos libres y buenos que habitaban, gozosos de la plenitud del deleite de su paz y prosperidad, en el “estado de naturaleza”. Pero los individuos, naturalmente aislados entre sí, quisieron organizarse, firmar un pacto, un contrato, que estableciera las reglas del juego social. Figure el lector un edificio residencial en el que cada familia adquirió “una propiedad”. El edificio se fue llenando. Finalmente, todos los apartamentos se vendieron. Cansados de verse en los pasillos del edificio sin conocerse, sin ponerse de acuerdo para efectuar ciertas reparaciones “comunes” –luz, agua, jardinería, etc.–, deciden, después de considerarlo detenidamente, crear la junta de condominio. He ahí la confirmación más palpable de la verdad revelada de la doctrina del liberalismo: en un principio no fue el verbo sino el buen individuo privado, al que sigue un artificio: el contrato. Por eso mismo, mientras menos intervenga la junta de condominio –léase el Estado– en la vida de cada propietario el edificio –la sociedad– funcionará mejor. La base de la sociedad es, pues, el individuo natural.

    Dicen los viejos fundadores del socialismo que los liberales traicionaron los ideales originarios de libertad, fraternidad, igualdad y unidad, con los cuales tuvo su inicio la era de las luces. Pero esa rebeldía insurgente del primer liberalismo terminó exacerbando el individualismo, la propiedad privada y la acumulación de riquezas, a expensas de los más débiles o menos favorecidos material o intelectualmente. El buen salvaje, salido de su estado natural, debe volver a la vida armoniosa y fraterna. Es por ello que el Estado debe intervenir como garante de la equidad, para evitar el abuso del uno rico contra el resto pobre. Controlar, planificar, organizar la vida social y económica. Ese es el objetivo de los socialistas: en un principio no fue el verbo sino la buena asociación natural. La base del individuo es, pues, la natural sociedad.

    Jhon Locke o Henri de Saint-Simón: el primero, padre fundador de la doctrina liberal y el segundo, padre fundador de la doctrina socialista, resultan ser, de facto, el “otro del otro”, las dos caras de una misma moneda. El uno y el otro muestran la común presuposición de sus constructos ideológicos: la idea de una idea de la historia pre-histórica. Decir que la superación de la crisis económica es una cuestión de confianza es igual a decir –con el metro-chofer– que “Dios proveerá”. Y es que, en efecto, en ambos casos, la historia real, efectiva, deriva de un supuesto “estado de naturaleza” que, como dice Hegel, “solo sirve para salir de él”. Un mito, un “lindo” cuento para niños y gente desprevenida. Como señala Marx, una “robinsonada” sustenta el corpus teorético sustancial de semejantes puntos de vista. Puntos que, además, no solo fundamentan los agrios antagonismos del presente, sino que han sido el motivo de cruentas luchas, de guerras fraticidas, de odios y rencores que, desde hace por lo menos tres siglos, mantienen en vilo la existencia misma del planeta.

    No hay unidad sin diferencia. Ni hay sociedad sin individuos ni individuos sin sociedad. La historia de la humanidad no es un museo de hechos acaecidos. Es el escenario que requiere, una y otra vez, ser reconstruido y reconquistado. La libertad, la igualdad y la fraternidad no son dones gratuitos, “naturales”, innatos en la humanidad. Tampoco lo es la unidad que requiere el país. Todo lo contrario, se trata de conquistas, del resultado del trabajo, de la producción continua, del propio ser en su devenir. Tampoco son una sumatoria, sino el hacer (y pensar) de la sociedad como unidad de individuos educados, civiles, éticamente comprometidos: autoconscientes.

    Por @jrherreraucv