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Alfred North Whitehead. La función de la razón

La importancia de esta reflexión radica en la necesidad de elaborar una aproximación conceptual que establezca el papel de la filosofía en el campo de las ciencias y sus métodos en general y, que a su vez, ayude a tener una compresión adecuada sobre el papel de las ciencias en el desarrollo de la civilización humana. Éste es el espíritu del conjunto de conferencias pronunciadas por Alfred North Whitehead en la Universidad Princeton y posteriormente recogidas en un texto titulado The Function of Reason [La Función de la Razón] en (1929). Whitehead realiza un minucioso trabajo sobre el papel de la razón especulativa en la generación del conocimiento, motor del ‘progreso de la humanidad’, tema que trata, con mayor complejidad, en las obras Science and the Modern World (1926) y luego en Process and Reality (1929). Según el autor, la función de la razón es básicamente práctica, pero una vez que ha transcendido la mera practicidad, se convierte en especulativa, la que es la causa del desarrollo de la civilización. El uso pragmático de la razón consiste, según el autor, en elaborar métodos de acción inmediata que permita la rápida resolución a los problemas de la vida.

La filosofía no sólo consiste en el análisis lógico de los conceptos de las ciencias naturales, sino que uno de los principales propósitos es el arte de vivir, pero el vivir presenta alternativas «y surgen del carácter del triple afán que ya he mencionado: vivir, vivir bien, vivir mejor. El nacimiento de una metodología es, en su esencia, el descubrimiento de un artificio para vivir. En sus comienzos satisface las condiciones inmediatas de la vida buena»[1]. He aquí el papel de la razón práctica como método de acción inmediata. Luego continúa: «pero la vida buena es inestable: la ley de la fatiga es inexorable. Cuando cualquier metodología de vida ha agotado las novedades dentro de su alcance y las ha explotado hasta la aparición de la fatiga, una decisión final determina el destino de una especie»[2], en este afán de vivir, vivir y vivir mejor, es lo que hace a la razón especulativa transcienda los límites de lo sensorial y se despliegue hasta los fines y las causas de toda realidad. 

Ante esta cuestión, la civilización humana tiene dos opciones «puede estabilizarse y reincidir, a fin de vivir; o puede liberarse de una sacudida y emprender la aventura de vivir mejor»[3] he aquí, como surgen los métodos de las ciencias naturales, como una necesidad de ‘innovar’, la visión mecanicista del mundo pujada en las teorías positivas y la idea el sujeto pensante pregonado filosofías «irracionalistas» o «vitalistas», quedan fundidas en la propuesta de Alfred North Whitehead. Gracias a estos elementos, se fundan las diversas ramas de las ciencias que se han desarrollado bajo el impulso de la razón especulativa y han despertado el deseo del conocimiento explicativo, hechos claves para el progreso de la civilización humana, por ser «la razón el órgano que pone énfasis sobre la novedad.»[4]

La propuesta de Alfred North Whitehead consiste precisamente en que la razón especulativa a través de la filosofía especulativa ayuda a ver el mundo como un todo y, de alguna manera, fulmina el absurdo del conflicto que se ha venido suscitando entre la filosofía y las ciencias naturales. No pone en grado superior a la filosofía sino que ésta, al no tener uno, sino varios objetos de estudios, abarca u obtiene una visión global de la realidad y del devenir. Afirma que: «mientras que los filósofos fracasen, los científicos no saben de qué hablan cuando ejercitan sus propios métodos; y, en tanto que los filósofos hayan triunfado, hasta ese punto los científicos pueden alcanzar una comprensión de la ciencia.»[5] Desde luego, «con el éxito de la filosofía, los ciegos hábitos del pensamiento científico se transforman en explicación analítica.»[6] La filosofía no sólo va a ocuparse de las primeras y últimas causas de las cosas, sino que va a reflexionar sobre los valores específicos y las condiciones específicas por las que son generados tales conocimientos.    

No se aspira a una unificación absoluta de las ciencias o la superioridad arrogante de la filosofía, sino del apoyo y la contribución que desde la filosofía puede dar a las ciencias en general. Razón especulativa, filosofía especulativa y directrices metodológicas de la investigación filosófica orientan toda la investigación científica.


[1] WHITEHEAD, Alfred North: The Function of Reason. Traducción de Lucila González Pasos. Edit. Altaya. Barcelona 1999. Pág.56
[2] Idem.
[3]Idem.
[4] Ibídem. pág. 57
[5] Ibidem  pág. 93
[6] ibid

La razón y los afectos con tiempo.

PROPOSICIÓN VII de la quinta parte de Ética demostrada según el orden geométrico.

Los afectos que brotan de la razón o que son suscitados por ella, si se toma en
consideración el tiempo, son más potentes que los que se refieren a cosas singulares consideradas como ausentes.

Afectos, razón y tiempo.

Demostración: No consideramos una cosa como ausente por obra del afecto con el que la imaginamos, sino en virtud del hecho de que el cuerpo experimenta otro afecto que excluye la existencia de dicha cosa (por la Proposición 17 de la Parte II). Por ello, el afecto referido a una cosa que consideramos como ausente no supera, por su naturaleza, a las restantes acciones y potencia del hombre (acerca de ello, ver la Proposición 6 de la Parte IV), sino que, al contrario, puede, por su naturaleza, ser reprimido de algún modo por aquellas afecciones que excluyen la existencia de su causa exterior (por la Proposición 9 de la Parte IV). Ahora bien, un afecto que brota de la razón se refiere necesariamente a las propiedades comunes de las cosas (ver la Definición de la razón en el Escolio 2 de la Proposición 40 de la Parte II), las cuales consideramos siempre como presentes (pues nada puede haber que excluya su existencia presente), y a las que imaginamos siempre del mismo modo (por la Proposición 38 de la Parte II). Tal afecto, por ello, permanece siempre el mismo, y, consiguientemente (por el Axioma 1 de esta Parte), los afectos contrarios a él y que no sean sostenidos por sus causas exteriores deberán adaptarse a él cada vez más, hasta que ya no le sean contrarios; y, en esa medida, el afecto que nace de la razón es más potente. Q.E.D.

Razón y fe en el ser humano.

Razón y fe.

En la cima de la montaña por Norberto Martín

Quizá alguno ha tenido la posibilidad de llegar a la cima de una montaña, y experimentar la magnitud de la naturaleza.
Es una experiencia que se magnifica si se llegó a la cima, por sus propios medios.
Sentarse en ella y contemplar todo a su alrededor, nos invita a pensar sobre lo insignificante que es el ser humano ante tanta belleza.



De esta reflexión pueden surgir expresiones diversas, pero me voy a detener en dos diferentes:
Algunos: ¡Qué maravilla la naturaleza, su inmensidad! ¡Qué impotente el ser humano ante ella! ¡Esta belleza producto de millones de años de acción caótica!
Otros: ¡Qué maravilla la obra de Dios, su inmensidad! ¡Qué impotente el ser humano ante ella! ¡Es impresionante pensar que Dios imprimió en el principio lo que llegó a ser hoy el universo!

¡UN HECHO, DOS INTERPRETACIONES! (puede haber más)

Quiero analizar otro hecho:
Durante la historia de la humanidad, para explicar fenómenos, los seres humanos recurrieron a los mitos, producto del animismo, del cual se fueron constituyendo las distintas religiones.
La monoteísta surge en Egipto y es trasladada, por los Israelitas, un pueblo de esclavos, a Medio Oriente.
Este punto geográfico estaba ubicado estratégicamente en el medio del camino del comercio entre las naciones conocidazas en ese momento, desde el Lejano Oriente hasta lo que es ahora Europa y el norte de África. Pasaron los comerciantes trayendo y llevando leyendas, mitos y divinidades.
Aquí se desarrolló la religión Judía (o Israelita) y dio origen a las religiones Cristiana e Islámica. Que por la misma razón geográfica se dispersaron por todo el mundo.
A través de la historia, las religiones, fueron progresando a lo que conocemos hoy. (Utiliza el término progreso ya que es el resultado de la acción humana y no evolución que es el resultado de la acción de la naturaleza.
Hasta aquí el hecho.
Del mismo pueden surgir muchas interpretaciones, me voy a detener en dos antagónicas.
“EL HOMBRE HA CREADO A DIOS”
“DIOS SE VA MANIFESTANDO A LOS HOMBRES A MEDIDA QUE ELLOS PROGRESAN EN SU ENTENDIMIENTO”

¡UN HECHO, DOS INTERPRETACIONES!

Razón y Fe, Fe y Razón, ¿cuál de las dos es la correcta? ¿Cuál de las dos es la que me lleva a la verdad?
El camino de ambas se asemeja al que conduce a un precipicio, la Razón me indica detenerme, la Fe seguir adelante.
La Fe ha tratado de demostrar, durante siglos, lo que la razón no puede vislumbrar.
La Razón ha tratado de demostrar la imposibilidad de los hechos de fe.
Para el que tiene Fe, por ejemplo todas las demostraciones de la existencia de Dios son válidas, dicho sea de paso lo han hecho Aristóteles, Avicena, Averroes, Anselmo, Agustín, Tomás de Aquino, Theilard de Chardèn (este a partir del concepto de evolución), Descartes, Hegel, Marcel, Kierkegaard, etc.
Para el que no tiene fe, ninguna es válida, y dicen que es imposible demostrar algo inexistente, Sarte, Marx, Nietzche, etc.
El problema consiste en el punto de partida de ambas:
La Fe es expresión de la voluntad, del querer y el resultado es confianza, esperanza (de spes, esperar activamente, espero pero hago todo lo posible para lograrlo; no de spectatio, espera del espectador, me siento a ver que sucede), seguridad, amor y actitud.
La Razón, expresión de la inteligencia, sigue sus lineamientos, el resultado es el conocimiento, la ciencia, la tecnología, etc.
Pero en nuestra vida diaria ambas están presentes, confiamos en otros, tenemos fe en ellos, a veces sin razón; esperamos conseguir un trabajo mejor, y nos esforzamos buscándolo; pero también usamos nuestra inteligencia para entender los hechos y nuestra voluntad para comprenderlos (1).
La voluntad es cálida, la razón fría.
La voluntad quiere, la razón calcula.
Ambas se condicionan mutuamente.
Y quisiera terminar con aquel refrán que dice “El corazón tiene razones que la razón no conoce” y si la adaptamos al texto sería “La voluntad (Fe) tiene razones que la Razón no conoce”.

1 - Es mas toda nuestra vida está basada en la fe, en la creencia, algunas veces corroboradas y otras sin necesidad. Le creemos a nuestros padres, a los docentes, a los parientes, a nuestros sentidos (Ej. el cielo es azul y este color no es mas que un reflejo de la superficie terrestre), y así podría enumerar infinidad de situaciones en que la creencia tiene la supremacía.

Sistema o de una epistemología hecha a la medida: borrador

Una epitesmología a medida
I
¿Tengo que por fuerza mantenerme siempre en una misma postura, prescindir de mis claras bipolaridades que me catapultan del pesimismo a la esperanza, de la esperanza a la tristeza, de la tristeza a la euforia?


Para defender o combatir una idea es menester hacer muchísimas asunciones, asunciones que no siempre se verifican. Me avergüenza pensar que tomo por ciertas cosas que no siempre lo son. Caigo en un relativismo del que intento huir. Tiene tiempo que sé debo tomar una decisión, cuyo aplazamiento, por cierto, resta fuerza a mis convicciones. Quizá por eso termino apuntalando ciertas opiniones mías sobre andamios morales. Y tampoco es que sea más fácil hacer eso. Finalmente, toda asunción moral lleva dentro de sí un absoluto, esa cosa que se toma como anatema. Y no me atrevo a refutar o adoptar una teoría en su totalidad —no porque esto sea un imperativo—, pero sí me atrevo, en cambio, a tildar de “malo” a todo aquello que daña a la vida o al hábitat que contiene a esa vida. A lo mejor son los pequeños axiomas, los básicos morales sobre los cuales poder erigir cualquier moral. No, no cualquier moral. En muchas morales, la vida carece de valor. Entonces diré que son los básicos morales de morales humanistas.

Pero, una moral humanista, ¿qué es? Una moral que toma como máxima o axioma el respeto a la vida, no susceptible de cuestionamiento.

Pareciera que estos axiomas son verdades a priori, pero yo creo que no lo son. La experiencia es la que hace rechazar a los humanos el dolor. Si uno sabe que mueren personas en una guerra, uno no quiere que subsista esa guerra porque previamente hemos visto sufrir a alguien a causa de algún tipo de daño de los que pueden ocasionarse en guerras. Y ésta es, obviamente, una elección hecha con la mente, combinándose ideas. Una mente que, a propósito, puede o no saber de silogismos.

¿Tendrá que ser mi mente una mente psicópata para, en vez de rechazar una guerra, entusiasmarme con su ocurrencia? No necesariamente. Me atreveré, entonces, a decir una cosa muy escandalosa. Cuando un humano que no es un psicópata opta por la celebración al dolor en vez de su condena, ha actuado la voluntad de ese humano en tal elección. Cuando el humano rechaza el dolor o la violencia, ha actuado en él la razón. En donde se hacen elecciones no contrarias a nuestros básicos morales o axiomas morales, actúa la razón. En otro caso, puede o no actuar la razón, puede, por ejemplo, actuar la voluntad. La voluntad que muchas veces se somete al pathos.

Seré un poco más flexible y específica; cuando se opta por el respeto a la vida, en dicha elección opera una voluntad que se supedita a la razón. Una razón moral que no es trascendente al hombre, sino manifiestamente inmanente a él; en caso contrario, actúa una voluntad que no se ciñe a ella.

Quizá, allá, no muy lejos, mi mentada razón moral, sea mero instinto, mera preservación de la vida; como animales.

Es más, tal vez la dicotomía entre razón y voluntad sea sólo accesoria; al final, una requiere de la otra, anticipándole o sucediéndole. Y creo que dicha dualidad existe en nosotros como tradición: de suyo, no la hay. Nuestra razón pensando y decidiendo y nuestro ser total ejecutando, conforman todo lo que somos, nuestro cuerpo. No hay una mente en un topos trascendente deliberando y un cuerpo terrenal e inmanente haciendo. Somos ambas cosas a la vez y ambas se someten a meras necesidades; unas coyunturales, otras, sempiternas.

En lo personal, no quiero darle preeminencia a la razón sólo porque se ajuste más a lo que soy yo misma —equivaldría a demostrarla, combatiéndola—. Quiero dársela, si se la doy, porque una razón a mí trascendente, pero no metafísica, así lo avale. No deseo que mi sistema de creencias, mi filosofía, sea un amor a mi propia sabiduría —nietzscheana—. Creo declaradamente en una legalidad en el funcionamiento de las cosas en cuya razón se aloja el sentido mismo del funcionamiento de las cosas: su subsistencia, la garantía misma de la vida, la vida pues.

II

Buscan los físicos una teoría del campo unificado que explique el misterio de la vida; buscan los que peroran, una psicología que explique nuestras motivaciones. Leyes universales en las que quepan todas las explicaciones posibles, ¿habrá eso? Es inevitable sucumbir a la idea de un todo coherente, universal, que ordena las cosas y su ocurrencia; pero parte constitutiva del orden es también el caos y el orden es sólo una noción de linealidad determinada por nuestras intuiciones que, siendo necesarias pero limitadas, pocas veces son capaces de concebir la no linealidad de los eventos del mundo. El caos también es orden, un orden apenas advertido. De modo que toda fenomenología es un asunto recursivo: los fenómenos que se explican a sí mismos, que se explican a sí mismos, que se explican a sí mismos y, más todavía, las explicaciones que usan las explicaciones, que usan las explicaciones, que usan las explicaciones. Como decir, la experiencia valida al método científico y el método científico que valida a la experiencia.

Ninguna ocurrencia de mi modelo en la realidad me satisface —por mucho que sea la confirmación de alguna lógica— si dicho modelo se contradice con un sentir mío del deber. Pero esto no me devuelve a dualismo alguno, ni me mantiene atrapada en un bucle infinito si —como ya expliqué— este deber toma por único imperativo una actuación que no vaya nunca en contra de la vida lo cual, desde luego, exige una conciencia.

Hago decisiones haciendo valoraciones que se expresan en argumentos; tomo decisiones con mi voluntad, eligiendo. Si hago a mi voluntad someterse a mi razón, mis elecciones no van en contra de mis argumentos. Si no, sí y, entonces, al final, la cadena de mis razonamientos pareciera haber sido creación inútil. Digo “pareciera” porque, quizá, el contraste de nuestra voluntad con nuestra razón sea lo que, finalmente, nos lleve a elegir. Hago elecciones racionales cuando las hago y, cuando no, no las hago.

¿El que mis elecciones se sometan a mi razón o no se sometan es resultado de un razonar o de un elegir? Toda voluntad es resultado de un razonamiento, sea éste o no “moral”, sea éste o no “correcto”. Para tener una voluntad, requiero primero pensar. Incluso una elección que vaya en contra de algún precepto ha sido resultado de algún ejercicio del pensamiento. Entonces, quizá mi maraña sea resultado de una imprecisión en el lenguaje y convenga distinguir entre “elecciones racionales” y “elecciones razonadas”.

Las elecciones racionales se someten a alguna legalidad y pueden, en verdad, no ser en lo absoluto racionales (como cuando se someten a legislaciones autoritarias o irrazonables). En otros casos, pueden hacer honor a su nombre (autológicas) y, entonces, hallarnos frente al tipo de “elecciones racionales” que son las elecciones racionales de mi interés (las ya enunciadas, las elecciones vitales que se hacen a favor de la vida misma, de su preservación).

Las elecciones racionales de mi interés poseen dos cualidades: 1) Se sujetan a alguna legalidad 2) Dicha legalidad es una legalidad de la naturaleza, aquel orden natural por el cual somos lo que somos y no otra cosa. Entonces, las elecciones racionales de mi interés son aquellas que se subordinan o, más bien, emanan de una legalidad intrínseca a la naturaleza no determinada por nosotros y, menos, por algún dios. Por supuesto, obrar racionalmente y hacer elecciones racionales implica hacerlo no en contra de la naturaleza, pero tampoco necesariamente a su favor. La necesidad es no actuar en contra de ella, pero actuar así no es suficiente —no lo ha sido— para que la vida humana sea, hoy, como es. Y, posiblemente, muchas de las grandes y hermosas cosas de que somos herederos han sido hechas no a favor de la naturaleza, sino de una razón que va, ya, más allá de la naturaleza. Esa razón también me gusta porque se me antoja especie de razón de la razón, una metarrazón. La razón de la razón que, sin lastimar a natura ni a la vida, nos permite ser algo más de lo que natura ha reservado para nosotros. La razón de la razón que le permite al hombre escapar a determinismos naturalistas y, en todo caso, someterse a su libertad y, como sea, él elegir. Habrá quien sostenga que esta libertad y las posibilidades que nos brinda, es también resultado de un evolucionar natural en el hombre, parte constitutiva del hombre, de lo que somos; yo no sabría qué decir ante esto, es uno de los clásicos enunciados en la polémica de la libertad. Aceptar eso, tiene su lógica, pero también implicaría aceptar un cierto “determinismo” que uno no desea aceptar: ¿estaremos ante un problema indecidible? Si lo acepto es porque soy libre de elegir y escapo a determinismos, entonces, ¿en dónde queda el determinismo? Mas, con independencia de que acepte o no acepte que esta libertad es resultado de un inherente proceso evolutivo en el hombre, y no de una metarrazón, tal cosa —la que es susceptible de ser aceptada o no— es un hecho o no lo es.

Las “elecciones razonadas”, por otra parte, son aquellas que, sin necesariamente ser racionales, son también hechas pensando y combinando ideas e impresiones de la realidad en nuestras cabezas. La voluntad, por ejemplo, opera sobre este tipo de elecciones.

La razón que se adecúa a las necesidades

Mi razón, mi pensamiento, funciona de tal modo que parece naturalmente adaptarse o decidir en función a la preservación de mi naturaleza y de la naturaleza que me circunda. De inicio, ésta pueda ser una adaptación evolutiva hecha por el hombre a fuerza de sobrevivir. Pasado el tiempo y prescindiendo de la adaptación a la naturaleza, la especie ha ejercitado de tal modo la capacidad de razonar que, muchas veces, siendo incluso prescindible a la hora de hacer decisiones y, aun cuando estas decisiones devengan tras impecables razonamientos, puedan ser éstas tomadas a contra natura que es por lo que, originalmente, comenzó a funcionar mi razón. Y así, entonces, actuar por voluntad.

Lo que debe quedar claro es que si la razón o capacidad de pensar emergió en nosotros como un cambio evolutivo, entonces, esa capacidad seguramente continúa su curso evolutivo (aunque parece que, en algunos, dicho curso es más regular y, en otros, bastante esporádico).

Lamentablemente, la razón como argumento de autoridad, sobre todo en ámbitos religiosos, ha causado tales estragos en personas, que tales personas, buscando desacralizarla, cometen algunas importantes omisiones. A veces, tales omisiones actúan en contra de ellas mismas o de los demás. Otro tanto ocurre —supongo— cuando se halla uno en una situación antípoda. Sobran razones que expliquen por qué propendemos a dañarnos unos a otros.

Como quiera que sea, celebro también que nuestra voluntad escape a ratos a la razón, así es como en muchos casos ha florecido el arte.

Publicado el 20 de febrero de 2011 en La ciudad de Eleutheria.

El "experimento".

Por @jrherreraucv

¿Verdad o certeza?.
Es propio de la llamada “reflexión del entendimiento” y de sus diversas expresiones, desde el “materialismo crudo” hasta las doctrinas positivistas y empiristas, la aplicación de “metodologías”, “modelos” o “proyectos” a la realidad, sea esta natural o social, a fin de “experimentar” con esta. Claro que, en estos cocidos, la voz cantante la lleva el empirismo “lógico”. De hecho, el término “experimento” –la intentio de hacer “operaciones” destinadas a verificar, comprobar o demostrar ciertos “principios científicos” en los fenómenos– está directamente relacionada con aquello que los griegos designaron con el nombre de lo έμπειρικός (lo empírico), cabe decir, precisamente, lo que pertenece o es relativo a la experiencia. Decía Hegel que el entendimiento es cosa muy importante, y que la filosofía, en sentido estricto, no se podía dar el lujo de “obsequiarlo”, pues “el entendimiento sin la razón es algo”, mientras que “la razón sin el entendimiento es nada”.

El problema se presenta cuando el entendimiento a secas, en su afán de sustituir la verdad por la simple certeza, pretende suprimir la razón, cuando se autoproclama no ser un “algo” sino “el todo”, la totalidad, en este caso, del saber. Cuestión, como se sabe, de falsa conciencia. La razón queda, así, sometida, desterrada o, en el peor de los casos, deviene cómplice que calla y otorga. Y es que, en buena medida, el mundo contemporáneo ha permitido la grosera dictadura del entendimiento, esa –mala– suerte de tiranía de las abstracciones ideológicas, meramente reflexivas, que redunda en las formulaciones propias del “experimentalismo” social.

“Si funciona con la naturaleza tiene que funcionar con la sociedad”, afirman, a pesar de Dilthey y a pie juntillas, los “epistemólogos” en cuestión, regocijados en su darwinismo social. “Los hechos” son “los hechos”, siempre y cuando se enmarquen dentro del correspondiente análisis, verificado por la experiencia, como diría Mario Bunge. Experimentar, observar, recolectar datos, con el objetivo de explicar los fenómenos sociales. No hace falta comprenderlos. Es Iván Pávlov y su “ley del reflejo condicional”: los perros aumentan el nivel de salivación ante la presencia de la comida. La revolución rusa le resultaba interesante: “No sacrificaría los cuartos traseros de una rana por este experimento social”, decía. Se trataba, para él, de la ampliación a escala social y política de sus propias investigaciones sobre el “reflejo a distancia”. Un criterio, por cierto, que fue explotado hasta la monstruosidad por el nacional-socialismo alemán y, poco después, por el estalinismo.

Decía Adorno que después de Auschwitz el mundo jamás volvería a ser el mismo. Y es que, desde entonces, y bajo semejantes criterios, la sociedad es un “objeto de estudio”, un “experimento”, tratada como una manada de ratones de laboratorio que, por ejemplo, al ver un “Mercal” o un “Bicentenario” se pone en cola. Las calles saturadas de color rojo y verde olivo para generar una copiosa “salivación” entre la gente; los ojos achinados en paredes y vallas, siempre amenazantes, del “gran timonel” que, desde un rectángulo convertido en ventana, lo mira todo, cual nueva edición del “Big Brother”. Está vivo, después de todo. Vive en el miedo que produce su “reflejo condicional”, en el sudor, el lagrimeo y la salivación, no solo de sus secuaces.



Se habla del “experimento chino” o del “experimento cubano”, del chileno o del nicaragüense, sin desparpajo, con el menor escrúpulo, como algo “natural”. Al parecer, la violencia, la corrupción, la pobreza material y espiritual, la manipulación, el sometimiento, la muerte de miles de ciudadanos no son más que “datos” y “estadísticas”. Y, así, se subyuga o –peor aún– se convence a las mayorías para “condicionar” la experimentación de “modelos” ideológico-políticos, que han terminado por transformar a los seres humanos en cifrados “objeto de estudio”, tal vez en bacterias bajo la lente de un inmenso microscopio “social”. Gente devenida rebaño, “Dollys” multiplicadas ad infinitum, sin tomar en consideración, en lo más mínimo, las consecuencias que puedan derivarse de semejantes “modelos” de experimentación.

El régimen que, desde hace ya demasiado tiempo, ejerce el poder omnímodo sobre el país, y que ha terminado por hacerlo colapsar, se ha basado, en lo esencial, en “el experimento” cubano para llevar a cabo su “modelo” nacional-socialista tropical, poniendo en manos del demiurgo de su versión original los destinos de una nación que, hasta entonces, había vivido, siempre, en mejores condiciones que Cuba, por lo menos, desde 1959. De hecho, y en este caso, el cálculo presuponía un éxito rotundo, ya que si el experimento cubano había fracasado a causa de que su economía no contaba con un recurso natural tan determinante en la vida actual como el petróleo, Venezuela, en cambio, lo tenía –y lo tiene– por demás. De manera que el fracaso del experimento era muy improbable, sobre todo, en virtud de los altos precios del petróleo en el mercado internacional, para la época. No obstante, el experimento terminó en una hiperinflación en puertas, transmutando un país con una economía relativamente próspera en un pueblo en ruinas. De nuevo, el “modelo” fracasó, y las consecuencias sociales que semejante fracaso van dejando confirman la perversión de concebir las sociedades como simples objetos manipulables de laboratorio. El darwinismo, el positivismo, el materialismo tout court, el empirismo, tanto como sus correligionarios ideológico-políticos, siempre totalitarios del signo que sean, extendidos más allá de sus propios límites, se han transformado en una real amenaza para toda la humanidad.


Ni claro, ni distinto. En realidad, cuando el pensamiento cree adherirse a un supuesto conocimiento pleno, absoluto, inmodificable, muestra las costuras, evidencia su carácter reaccionario. Y su adherencia se disuelve, porque la búsqueda de un algo fijo semejante –un “modelo”–, sin movimiento, estático, prueba ser, en sí mismo, una postal, un espejismo del conocimiento. Contra la clara et distincta perceptio cartesiana, conviene afirmar que no hay una verdad depurada y definitiva. Mucho menos, cuando se trata del estudio de la sociedad. La verdad es hacer, no presuponer. La dictadura del entendimiento abstracto, que este régimen asume como su particular religión de Estado, bajo los falsos ropajes de la innovación “revolucionaria”, promueve el entumecimiento, el entorpecimiento del hacer como pensar y del pensar como hacer, una rudis indigestaque moles: una ruda y desordenada mole. Es la ausencia de pensamiento vivo, de pensamiento pensante.

La Razón es una cuestión de Fe

La Razón es una cuestión de Fe.
El propósito de este ensayo consiste en proponer una reflexión sobre la relación existente entre estos dos conceptos filosóficos –tradicionalmente opuestos y contrapuestos–, y justificar, a todos los efectos prácticos, tanto su próximo parentesco como sus papeles familiares respectivos.

Comenzaremos estableciendo las premisas del análisis, el cual girará en torno a los dos conceptos diferenciados fundamentales Fe y Razón, apoyado por los auxiliares proceso y función, aplicables, fundamentalmente, al protagonista principal, la Razón.

Sin entrar en profundas disquisiciones eruditas, asociaremos Fe con creencia, es decir, con el resultado de creer, lo que entendemos como dar crédito o conceder la condición de verdadero a un conocimiento no empírico, es decir, no basado en la experiencia adquirida mediante evidencias pretendidamente objetivas. También le atribuimos a la Fe una condición estática, en el sentido de que una vez se tiene, una vez se ha aceptado y metabolizado una creencia, ésta queda incorporada al inventario de nuestro conocimiento y allí permanece hasta que, por alguna causa racional –aquí se introduce la Razón–, decidamos modificarla o expulsarla a las tinieblas exteriores. Por lo tanto, la Fe, las creencias, no son acciones, son resultados. Consecuentemente con esta premisa, el conocimiento del individuo se compone, en mayor o menor grado, de una colección de creencias, y definir la magnitud de este grado es, precisamente, uno de los objetos de este ensayo.

Definiremos Razón como la acción de razonar, verbo que sintetiza en una simple palabra el complejo proceso mental basado en las percepciones del mundo exterior, cuya función principal es presentarnos la verdad, la realidad del objeto razonado. Evidentemente, descartamos, aunque algunas veces lo parezca, que alguien razone con el propósito de sentirse engañado. Por lo tanto, la Razón es, fundamentalmente, el proceso de búsqueda de la verdad. Y a diferencia de la Fe, la Razón no es un resultado, es un proceso, y, como tal, es acción, algo tremendamente dinámico.

Un proceso –y acabamos de declarar que la Razón lo es– es un «conjunto de actividades mutuamente relacionadas o que interactúan, las cuales transforman entradas en resultados (las salidas del proceso)»(1). Por lo tanto, en su nivel conceptual más general, un proceso puede verse como una caja negra(2), de la que únicamente nos interesa lo que entra (las entradas) y lo que sale (los resultados). De nuevo, resumiendo, podemos afirmar que proceso es sinónimo de transformación, lo que nos lleva a concluir que la Razón transforma algo, y ese algo, como trataremos más adelante, es la Realidad(3).

Finalizaremos el establecimiento de las premisas terminológicas con el cuarto concepto involucrado en el tema: la función. Por definición, al resultado de un proceso se le denomina producto. Y en análisis funcional definimos la función como «el efecto de un producto»(4), lo que nos lleva, consecuentemente, a su definición derivada: la función es «el efecto de un proceso».

Por lo tanto, apoyándonos en lo tratado hasta ahora, vamos a analizar el sujeto principal, la Razón, definida como un proceso mental que transforma determinadas entradas en determinados resultados que cumplen determinadas funciones o, lo que es lo mismo, causan –o persiguen– determinados efectos. Veremos pues la Razón –el proceso de razonar– desde la perspectiva de sus distintas entradas y funciones, lo que nos permitirá establecer y cuantificar su relación con la Fe, objeto real de este ensayo, el cual puede servir de ejemplo práctico de lo desarrollado hasta este momento: «este ensayo pretende razonar sobre la relación de precedencia existente entre Fe y Razón –o viceversa– mediante un proceso cuyas entradas son las cuatro premisas establecidas y cuyo resultado pretende cumplir dos funciones: la interna, publicar mi punto de vista y someterlo a la consideración de los lectores y la externa, en primer término, distraerles y, en último término, convencerles». Pero, aún tratándose pretendidamente de un proceso racional, no conducirá a ningún resultado externo práctico –el interno se (me) satisface con la mera publicación– a menos que los lectores, como resultado de su propio proceso mental, crean en las premisas, en el razonamiento y en las conclusiones que siguen. Será, en definitiva, un proceso, si no estéril, incompleto, cuya función externa no se cumplirá y cuyo efecto será, probablemente, el opuesto al pretendido. En el peor de los casos, puede llevar al lector a la conclusión de que este ensayo es una sarta de sandeces.

Las entradas de cualquier proceso mental racional son dos: la percepción sensorial inmediata y la experiencia acumulada a partir de estas percepciones a lo largo de nuestra vida. Por lo tanto, podemos afirmar que la percepción sensorial es la entrada por excelencia, si no la única. La diferenciación entre ambas entradas tiene que ver con los resultados esperados, es decir, con la función del proceso.

Los resultados y su función son los que caracterizan propiamente el proceso. Aquí diferenciaremos fundamentalmente la toma de decisiones a corto y largo plazo, los orientados a incrementar nuestro conocimiento y los intuitivos o introspectivos. Todos ellos determinan procesos mentales distintos que hacen uso de las entradas –percepción inmediata o experiencia almacenada– en mayor o menor grado.  

Acabamos de definir la percepción sensorial como la entrada por excelencia. Pues bien, la mente construye su realidad –la nuestra– a partir de los minúsculos fotones, átomos o moléculas que agreden nuestros órganos sensoriales (nos permitimos la licencia de darles a estas partículas elementales o elementos físicos el atributo de Reales, concediéndoles la categoría de entradas del proceso). En el caso particular del órgano sensorial principal, la visión, la resolución de la cámara que llevamos instalada de serie –los conos y bastoncillos de la fóvea– se estima en unos 200 megapixels y responde únicamente a una estrechísima banda del espectro electromagnético, lo que, forzosamente, nos proporciona una información tasada, sesgada e incompleta de lo que «está ahí fuera»(5). Consecuentemente, no se puede negar que la mente transforma la Realidad y fabrica una nueva realidad completamente virtual(6). Este hecho incontrovertible puede resumirse en sus justos términos con esta frase: «ves lo que ves, no lo que es» y relativiza notablemente el aforismo popular, atribuido a Santo Tomás: «si no lo veo no lo creo». De nuevo la Fe acompañando –no contraponiéndose– a la Razón. Por lo tanto, el resultado de cualquier proceso racional basado en la percepción sensorial –y todos lo son, probablemente desde nuestra estancia en el útero materno– se fundamenta en la aventurada creencia de que nuestra imagen mental de la realidad es, en mayor o menor grado, razonablemente fiel. Tenemos Fe en nuestros sentidos y en la capacidad de la mente para reproducirlos fielmente. Esta realidad virtual es la que se almacena y conforma todo nuestro conocimiento empírico. Toda nuestra experiencia se nutre de la construcción mental. Toda nuestra experiencia se basa en esta virtualidad. Podemos resumir estas conclusiones en otra frase corta: «el conocimiento(7) es una colección de creencias».

Como hemos adelantado, esta percepción sensorial puede presentarse como entrada de la Razón de dos formas: como entrada inmediata, normalmente utilizada por procesos de toma de decisiones a corto plazo(8) y como entrada diferida, como experiencia almacenada, empleada en la toma de decisiones a largo plazo(9) o en procesos intuitivos, caracterizados por la reflexión, la abstracción y la introspección. Ni que decir tiene que, en este último caso, por tratarse de una realidad construida integralmente por la mente, sin referencia externa directa, basada en el recuerdo –quizá mermado– de una realidad de por sí virtual, estas entradas conducen irremisiblemente a resultados basados en la Fe más pura y dura.

Concluiremos reforzando nuestra argumentación con algún ejemplo práctico, siguiendo la línea de un científico, ejemplo de humildad, premio Nobel y paradigma del racionalismo, nada sospechoso de veleidades místicas o filosóficas, Richard P. Feynman: «A mí me resulta imposible entender nada de manera general a menos que tenga en mi mente un ejemplo concreto y pueda ver cómo va funcionando»(10). Centraremos los ejemplos en la Ciencia, disciplina racionalista por excelencia, la cual, en un planteamiento maniqueísta y, a mi modo de ver, erróneo, se denuncia como opuesta y enfrentada con cualquier otra rama del conocimiento, en particular, la Filosofía. Sin la Fe no existiría la física teórica. Y, en buena parte, sin física teórica no existiría tampoco la física experimental. Toda teoría se mantiene viva gracias a la Fe que depositan en ella tanto su creador como sus defensores. Gracias a la creencia de que es verdadera. Y aún así, a pesar de que no se demuestre experimentalmente con evidencias razonablemente objetivas, se incorpora al conocimiento colectivo. Como vemos, en la Ciencia, Fe a raudales(11). Por otra parte, un racionalista de pura cepa –posición vital con la que me identifico– no podría aceptar como verdadera ninguna proposición que no pudiera verificar personalmente. No podría aceptar hechos tales como la velocidad de la luz o la relatividad general sin verificarla experimentalmente o entendiendo y comprendiendo su formulación matemática. Pero esto, por lo menos en mi caso –no científico, no matemático–, no es así. Las acepto porque tengo Fe, porque en mi proceso mental racional prevalece mi creencia en el crédito que me merecen personas como Einstein o la comunidad científica. En estos casos, también la Razón es una cuestión de Fe.

Por lo tanto, la mente es una capa intermedia aislante que representa el papel de traductor de la Realidad y esto le da un sesgo absolutamente subjetivo –por fortuna, los humanos no somos clones–  a la imagen virtual generada, alejada notablemente de la realidad objetiva, la existente, la cual, por naturaleza es la misma para cualquier observador. El pequeño problema es que esta Realidad nos resulta absolutamente inaccesible.

Concluimos pues que la Fe no es un término contrapuesto, sino un elemento constituyente y fundamental de la Razón, lo que viene a confirmar el título de este ensayo. Lo que no nos atrevemos a responder es la pregunta del millón:

¿creemos porque razonamos o razonamos porque creemos? 

Notas:
1 - ISO 9000:2005, 3.4.1.
2 - En el caso que nos ocupa, no puede ser más acertada la metáfora. El cerebro prácticamente lo es. A pesar de los avances de la neurociencia y de la resonancia magnética funcional, no se puede decir que sepamos mucho sobre lo que sucede en su interior, más allá de tenues corrientes eléctricas entre un número ingente de neuronas –cien mil millones, el mismo número de galaxias del universo–, modificando su estado binario, paradójicamente simple.
3 - La realidad real (valga la redundancia), la verdaderamente existente ahí fuera, sea la cosa que sea, inaccesible sin la intermediación sensorial y su posterior transformación por la mente.
4 - EN 1325-1.
5 - Nos olvidamos aquí de la miopía y el daltonismo, alteraciones funcionales que contribuyen notablemente a la imprecisión del proceso.
6 - El caso de la visión podría extrapolarse fácilmente al resto de los sentidos, cuya capacidad, resolución y alcance presentan las limitaciones inherentes a la anatomía y morfología particular de cada uno de ellos.
7 - Sea del tipo que sea: científico, filosófico, místico, teológico, etc.
8 - No instintivas. Por ejemplo, frenar ante un semáforo rojo.
9 - Por ejemplo, análisis de inversiones o previsión meteorológica.
10 - Fuente: ¿Está usted de broma Sr. Feynman?
11 - Al físico experimental le corresponde el papel de Santo Tomás.