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¿Quién quiere aún ser virtuoso?

Virtud

Lugar de la virtud en un mundo líquido

Areté griega, virtus romana: una vida orientada obstinadamente hacia lo bueno y lo correcto. La propuesta clásica de virtud se desdibuja tras el desmantelamiento de los grandes relatos. La posmodernidad líquida ha vaciado el concepto hasta reducirlo a una carcasa hueca, y los valores neoliberales la desdeñan por lo que tiene de improductiva. Y, sin embargo, ¿cabe proyecto individual o colectivo sin ella?  


En nuestros tiempos de tensión entre el relativismo posmoderno y los fundamentalismos de todo tipo (incluidos los tecnológicos), hablar de virtud, al estilo de los antiguos, suena seguramente anacrónico e ingenuo. En el mundo neoliberal no interesa la virtud, sino la prosperidad individual; que esta se logre a costa de los demás, o del mundo entero destruyendo el frágil equilibrio de la nave Tierra, sumiendo en la miseria a masas incontables de seres humanos, es algo absolutamente accidental, un precio que hay que asumir o, mejor, ignorar. El neoliberalismo ha elevado a Hobbes a profeta la lucha de todos contra todos, el Leviatán estatal asegurando el orden y el status quo y, aunque no lo admita, ha confirmado la teoría de Marx, al apuntalar el sometimiento de unas clases por parte de una oligarquía privilegiada. ¿Quién quiere aún ser virtuoso?
Y, no obstante, tal vez la mayoría sigamos queriéndolo, cada cual a su manera. Mientras sobrenadamos el mundo líquido, manoteamos a nuestro alrededor con la esperanza de encontrar algo a lo que asirnos. Quizá la recuperación de la idea de virtud sea la única puerta de salida para los que estamos atrapados en el neoliberalismo salvaje de nuestro siglo. El ideal clásico de virtud como apuesta por una ética de lo objetivamente valioso puede ser la brújula que nos oriente, individual y colectivamente, en nuestro mundo desnortado.
Nunca tuvimos tantos mapas y, a la vez, tan poca claridad sobre qué ruta seguir. Ignoramos cómo guiar nuestra vida de un modo fructífero, porque nuestra voluntad ha quedado reducida al trabajo para consumir. No es cierta la jaleada muerte de los grandes relatos (el cristianismo, la Ilustración, el marxismo…); sobre las ruinas de estos hemos edificado el más inapelable: el relato de la producción y el consumo. Somos, como dice Byung-Chul Han, sujetos de rendimiento: tanto rindes, tanto vales; cabría añadir que ese valor que nos proporciona el rendimiento alcanza su expresión más consagrada en el consumo: vales porque rindes, y lo demuestras comprando. El desempleo no es angustioso solo porque limite los recursos materiales, sino también porque despoja de los dos únicos sentidos que parece tener la vida: rendir y consumir.
Actuamos como autómatas en manos de ese relato único, un relato que escenificamos cada día lo queramos o no. El relativismo no nos ha hecho más libres, ni más autónomos, ni más satisfechos. Y no porque los viejos relatos no mereciesen ser cuestionados —hay que cuestionarlo todo, siempre—, sino porque su resquebrajamiento solo nos ha conducido a la imposición, en buena parte inconsciente, del relato único neoliberal. Hemos derribado los viejos templos para ser más libres, y no hemos tenido la precaución de quedarnos con lo que su legado pudiera tener de valioso para levantar nuestras casas. No hay nadie más fácil de capturar que el que no sabe adónde va. Y eso es lo que han hecho los mercaderes. En puridad, hoy no existe ni siquiera política verdadera: los gobiernos son agentes de las grandes corporaciones, y estas constituyen el auténtico poder que rige nuestros destinos.

Hace pocos años, con el estallido de la crisis económica, ha cobrado forma la figura del ciudadano indignado. La indignación parece un saludable cuestionamiento del relato único neoliberal. Hay que admirar a mucha gente que se ha comprometido en la protesta y la reivindicación, rebelándose contra la permanente persuasión al conformismo. Los aislados individuos de la posmodernidad han encontrado nuevos polos en torno a los cuales unirse y luchar. Sin embargo, el recorrido de la mera indignación, por espectacular y creativo que se presente, es ineludiblemente corto. Los movimientos de indignados no cuestionan el sistema, solo reclaman un encaje más favorable en él. En el fondo, sueñan con restablecer aquel efímero capitalismo optimista y paternalista que se ensayó en el Estado del bienestar.
Hay que admitir que el Estado del bienestar fue un invento brillante, un compromiso entre las masas trabajadoras y las oligarquías que daba pie a un cierto reparto de la prosperidad. De ahí su agradable aroma a justicia social: el aroma de un café que, aunque fuese más para unos que para otros, no dejaba de alcanzar a todos hasta un punto razonable. Yo creo que un buen puñado de generaciones habríamos podido nacer, crecer, reproducirnos y morir sin mayores problemas en un Estado del bienestar que hubiese mantenido su protección a unos derechos elementales y su garantía de cobertura de las necesidades básicas. Realmente, no es poco, y ya lo quisieran para sí las grandes masas que, en muchas regiones del mundo, ni siquiera han tenido la oportunidad de disfrutarlo antes de su implosión. 
Pero Marx ya nos avisó que el capitalismo incluso ese capitalismo paternal del New Deal guarda en su seno contradicciones que acaban por reventarlo. El capitalismo se basa en el “siempre más”: producir más, vender más, ganar (quien gana) más. Lamentablemente, los recursos son limitados, y los mercados se saturan. En cambio, la ambición de los capitalistas es ilimitada; llega un momento en que, para seguir llenando sus bolsillos al ritmo que pretenden, no hay más remedio que cerrar el grifo. Menos café para repartir entre el resto. De repente, el manto del benévolo Estado protector se ha encogido, y la mayoría de los ciudadanos se han visto, de la noche a la mañana, en una intemperie que habían olvidado.
Porque unas pocas décadas de Estado del bienestar nos hicieron pasivos y acomodados, nos acostumbraron a que otros se hicieran cargo de nuestras necesidades. La indignación no cuestiona el problema de fondo el capitalismo y sus contradicciones, se limita a levantar la voz para recordar el compromiso de (cierto) reparto de riqueza que creíamos perenne y resultó ser solo provisional. Nos prometían trabajo para toda la vida y una jubilación digna; nos prometían educación y futuro para nuestros hijos; nos prometían unos servicios (salud, transporte, también ocio) cuya calidad estaría en crecimiento perpetuo. Nos hicieron creer, incluso, que gobernaban para nosotros, es decir, para que esa vida que considerábamos buena se materializara. Mientras los grandes relatos se iban resquebrajando, perdíamos con ellos la conciencia de la realidad: de las grandes masas de miseria, del saqueo a la naturaleza, de la permanencia del poder en manos de las grandes corporaciones, de la ilusión de libertad que disfrazaba la dependencia… Perdimos la conciencia y con ella las convicciones que mueven y los valores que guían. El estómago lleno nos hace olvidadizos. Así que dejamos de oponernos al sistema: nos indignamos, con razón, añorando lo perdido mientras procuramos aferrarnos a lo que nos queda; pero ya no tenemos nuestra propia alternativa.

Podemos reinventar esa alternativa. Volver a pensar por nosotros mismos y separar lo que queremos de lo que no queremos. Podemos volver a ser dueños de nuestros valores y de nuestras metas; decidir lo que es digno y trabajar por ello. ¿No es eso una vida virtuosa, no es la eudaimonía que perseguían los griegos y por la que abogaba Aristóteles? Reclamar la virtud es recuperar la autonomía para elegir lo valioso y dedicarle nuestras fuerzas. Es proclamarse libre y ejercer esa libertad. Sin fanatismos, pero con convicción. Sin renunciar nunca a la prudencia y el sentido común, eso que los griegos llamaban phrónesis y es, en sí misma, una virtud; pero avanzando, siempre avanzando, con los ojos bien abiertos y el pensamiento despierto.
Aristóteles hablaba de la areté, “excelencia”, y la interpretaba como un modo de actuar consecuente con la propia naturaleza. Él contaba con que los humanos poseemos una naturaleza esencial e inmutable: es comprensible que considerara que la acción apropiada es la que responde a esa esencia. Los estoicos pensaron lo mismo, y toda su ética gira en torno de vivir conforme a nuestra naturaleza esencial. Desde el punto de vista actual, la idea de una esencia humana resulta como poco problemática. Sin duda tenemos características que nos definen al margen de nuestra voluntad: la biología y la genética nos revelan un sustrato configurado por simple herencia. Pero ellas mismas se apresuran a impugnar el determinismo: la expresión de ese sustrato depende del ambiente, de la experiencia y de la acción. En nosotros, la biología se hace contingente en forma de Historia. Nuestra voluntad también cuenta. Luego hay margen para la libertad; de hecho, como repetía Sartre, la libertad es ineludible. “Un hombre es lo que hace con lo que otros hicieron de él”. Por tanto, más que de acción acorde a nuestra naturaleza, tal vez la areté consista en la acción apropiada a los valores por los cuales hemos decidido optar.

Cada cual puede trazar su propio camino de virtud, pero ese camino discurre por el mundo y debe atenerse a él. Es más, ese camino no puede realizarse sin una cierta transformación del mundo. Desconfío de los que recomiendan cambiarse a uno mismo para cambiar lo demás, no porque no tengan razón, sino porque la evolución individual es tan ardua (y tan ausente) que podemos pasarnos la vida recluidos en ella, desentendiéndonos del mundo. Suena a excusa y a consejo de resignación. Claro que hay que empezar por uno mismo, pero, ¿de qué nos sirve si no se materializa en el encuentro con los demás, en compartir, en dialogar, en luchar para construir la virtud colectiva? ¿Acaso vivimos al margen de la sociedad que establece nuestros derechos y nuestros deberes, y de las decisiones de sus gobernantes? La virtud solitaria, como el vicio solitario, es deslucida e incompleta, siempre se queda a medias. Lo digo con todo el respeto hacia los místicos y hacia los amantes del retiro, entre los que me cuento. Pero, como dijo el Eclesiastés, hay un tiempo para cada cosa. La virtud que vale es la que baja a ensuciarse en el barro de la plaza.
Invitémonos unos a otros a rehabilitar la noción de virtud, tanto en su versión individual, íntima, como en su vertiente de obra colectiva, pública. La primera para ganar el buen vivir, para hacer que nuestra vida sea valiosa y satisfactoria, para componer la eudaimonía. La segunda para que nuestro hallazgo revierta en los demás y así nos vuelva de ellos, para que fructifique en el amor y la amistad, para que vaya más allá de nosotros y cristalice en la construcción de un mundo mejor para nuestros hijos. Imposible una sin otra. Ni siquiera los estoicos y los epicúreos renunciaron a implicarse en el mundo. Todos ellos eran conscientes de la naturaleza candentemente social del ser humano. Incluso mientras nos apartamos, estamos teniendo a los demás como referencia. Salud y virtud para todos.

Desaprender

Elogio y crítica de la deconstrucción

Aprender es, demasiado a menudo, repetir. La incertidumbre nos hace conservadores. Hay que reconocerle a la posmodernidad el mérito de atreverse a cuestionar las convicciones aparentemente más firmes. Ya nada es intocable. El aire fresco de esa relatividad, sin embargo, nos deja ateridos y a la merced de los vientos que soplen con más fuerza. Tras los escombros de la deconstrucción hay que atreverse a construir otra vez. Desaprender para aprender.


Ortega y Gasset hablaba de nuestra “ilimitada capacidad de aprender”, y cifraba en ella la esperanza de progreso, tanto personal como colectivo. Nuestra extraordinaria predisposición al aprendizaje nos hace más adaptables y menos rígidos que la mayoría de nuestros primos animales. Los seres humanos inventamos instrumentos, materiales e imaginarios; los compartimos, los imitamos, los perfeccionamos, y su conjunto configura la cultura. Transmitida y remodelada de generación en generación, la cultura es el dispositivo colectivo que nos mantiene relativamente al margen de la presión evolutiva.
La cultura es el acervo de aprendizajes heredados y actualizados con el que organizamos, de manera más o menos eficaz, nuestra actividad, que es siempre social. Es una amalgama de recursos, mecanismos, recetas y convicciones que hemos ido consolidando entre todos a lo largo del tiempo, y que configuran el marco en el que convivimos y luchamos, sobrevivimos y morimos, sacamos partido de la naturaleza y nos vinculamos a ella. El individuo se engarza al colectivo mediante la cultura; todo lo que concibe de sí mismo se basa en ella. Luego la cultura es nuestra principal fuente de identidad: ensancha el minúsculo territorio individual y, a la vez, perfila sus fronteras.
Lo magnífico de la cultura, por consiguiente, es su versatilidad y su capacidad para poner en nuestras manos herramientas forjadas por la cadena vertiginosa de nuestros antepasados. Pero, precisamente porque se transmite de modos estereotipados, porque representa la persistencia frente al cambio, la cultura plantea sus propias rigideces, sus resistencias a cambiar. Y aquí la educación juega un papel clave.
La educación es de esencia conservadora, tiende a reproducir las cosas tal como le han sido dadas, y a presentarlas como válidas por sí mismas, por el mero hecho de proceder “del que sabe”, es decir, del que llegó primero. Lo que se consideró útil una vez, y por tanto fue asumido como tal, se resiste a ser revisado, por el mero hecho de que fue tomado como válido. Incluso cuando no se sostiene o a alguien se le ocurre algo mejor, incluso cuando muestra un evidente desajuste con unas circunstancias que han cambiado. Como el borracho del chiste, buscamos las llaves donde hay luz, no donde se nos cayeron.
Nuestra capacidad de aprender quizá no sea tan ilimitada como quería Ortega. Aferrarse a lo que creíamos saber y cerrar los ojos a aquello que lo contradice es humano, demasiado humano. Las costumbres reducen la inseguridad natural del flujo de la vida, atenúan la incertidumbre, instauran la ilusión de que las cosas pueden mantenerse fijas y previsibles. Nos resistimos a la renovación porque tememos perdernos en ella. Incluso mientras sobrenadamos nuestro mundo líquido, sin tocar pie, o quizá por ello, echamos mano de los pocos agarraderos que parecen quedarnos como herencia de nuestros antepasados. Pero la naturaleza de las cosas también de las humanas es cambiar.

La misma aversión innata a la incertidumbre que consolida las culturas nos impulsa, individualmente, a darnos la razón a nosotros mismos. Si estamos o no en lo cierto es secundario: se trata de evitar a toda costa lo que cuestione nuestras convicciones sobre el mundo, y especialmente sobre nuestra propia identidad. Más que una coherencia racional, nos interesa una coherencia emocional, o más bien existencial. Si parto de la base de que yo soy bueno y necesito partir de esa base, o se tambalearían todos los cimientos de mi autoestima, y correría peligro mi estatus entre los demás, cualquiera que colisione conmigo tiene que ser a mis ojos, necesariamente, malo. Necesito creerlo, y, puesto que se trata de una convicción frágil y en el fondo arbitraria, debo apuntalarlo constantemente con nuevos argumentos. La percepción selectiva, esa que pone todos los focos sobre lo que nos reafirma y deja de lado lo que nos cuestiona, destacará una y otra vez el comportamiento funesto de aquel a quien no queremos perdonar, hasta que no nos quepa duda de que es imperdonable. Y la disonancia cognitiva se encargará de reinterpretarlo todo a favor de nuestra convicción, considerando insignificante o tendencioso cualquier hecho que la contradiga.
Es más: empujaremos al otro, conscientemente o no, a ir encajándose cada vez más en el nicho que necesitamos que ocupe. Le reprocharemos que no nos salude, sin admitir que nosotros tampoco le hemos saludado previamente. Descubriremos en cada uno de sus actos malas intenciones, sin reparar en cuántas veces estamos contemplando una proyección de las nuestras: ¿cuántas veces “me odia” es una componenda de “le odio”, mucho más aceptable para nuestro endeble ego? Redoblaremos nuestra indignación al comprobar que decepciona las oportunidades que le damos, sin reconocer que esas oportunidades estaban envenenadas, que obedecían solo a nuestros intereses sin tener en cuenta los suyos. Obligaremos al cónyuge a acompañarnos a un acto social en el que sabemos que se sentirá incómodo “si no vienes es que no me quieres”, y luego le reprocharemos que sea un aguafiestas o que ni siquiera sea capaz de hacer ese pequeño esfuerzo por nosotros. En cambio, cuando lo haga, a menudo no sabremos valorarlo, o desconfiaremos de él: “Algún interés tendrá”.

Así que aprender tiene sus límites. Unos límites que, en buena parte, obedecen a nuestra naturaleza innata. Para empezar a aprender de verdad hay que mirar con nuevos ojos lo conocido; hay que ponerlo en duda, analizarlo críticamente, y estar dispuesto al difícil a menudo doloroso ejercicio de admitir que nuestras convicciones sobre ello sean falaces. Como ya señaló el psicólogo francés Jean Piaget, cada nuevo conocimiento nos interpela, nos obliga a revisar el edificio, construido a rachas, de lo que ya sabíamos, o creíamos saber; o más bien cabría hablar de lo que creíamos, porque la mayor parte de lo que consideramos conocimientos son, en realidad, creencias: transmitidas por la tradición, compartidas con los que nos rodean, consolidadas firmemente por nuestros esquemas de comportamiento, a menudo sin ningún análisis previo.
De ahí que, como nos recomendó Descartes, todo nuevo saber empiece por una duda; y la duda tiene siempre algo de inquietante. La duda hace tambalearse nuestro edificio mental, que nos parecía tan sólido y del que estábamos tan orgullosos; es comprensible que nos disguste su aparición. Pero si tras la duda asoma la sospecha, el temor fundado de que algo está mal, tal vez peligren los cimientos del edificio entero, y eso puede resultarnos más angustioso de lo que podemos tolerar. No siempre nos sentimos preparados para mirar a la cara a la verdad, cuando esta nos contradice.
La tarea descrita requiere un esfuerzo, y nunca nos esforzamos sin motivación: este es el otro factor, clave y difícil, del trabajo de conocer. La curiosidad o la ambición son buenos acicates, pero su alcance es superficial: rara vez intentamos aprender algo realmente nuevo si no nos vemos obligados por el naufragio de lo viejo. La mayoría de la gente está convencida de que las personas no cambian, y probablemente tienen bastante razón, pero habría que matizar: no cambian fácilmente; y añadir: no cambian si no se ven obligados a hacerlo. Los budistas ya lo han señalado repetidamente: nos instalamos cómodamente en nuestra ignorancia hasta que el dolor nos obliga a buscar el conocimiento. Esta economía del conocimiento tiene su sentido práctico: la vida es demasiado complicada, y si podemos sobrellevarla con lo que tenemos mejor no buscarle tres pies al gato. Solo cuando el gato tropieza a menudo hay que empezar a preguntarse si no deberá aprender a caminar de otra manera.

En definitiva, la motivación que nos impulsa al aprendizaje es un componente emocional: salir de la angustia o sentirnos mejor. Con el cambio de siglo se nos ha desvelado la importancia de la inteligencia emocional, y hoy la convicción ya está tan consolidada que cuesta creer que valga la pena una inteligencia que no lo sea. Sin embargo, las emociones, sin el temple de la razón, presentan sus propios peligros: tanto pueden impulsarnos hacia lo nuevo como aferrarnos a una defensa irracional de lo viejo. El resquebrajamiento de las certezas ha impulsado a mucha gente a refugiarse ávidamente en el cálido abrazo de las tradiciones, y ahí tenemos, alcanzando a veces lo grotesco, las olas de nueva espiritualidad, el renacer de los nacionalismos y la estremecedora plaga de los fanatismos neoplatónicos. Erosionada la promesa de la razón, se apela de nuevo a instancias esotéricas, como la religión o las naciones, que tal vez alimenten más nuestras emociones que la simple, austera, quizás un poco fría razón.
A esa desconfianza en la razón han contribuido intensamente los pensadores posmodernos, desde Foucault a Derrida, desde Lyotard a Vattimo… Su trabajo de relativización de los valores y de deconstrucción de los grandes relatos resulta una iniciativa valiosa, imprescindible: se atrevió a instaurar la duda allá donde la convicción se había convertido en una mecánica repetición de divisas simplistas que muchos ya no comprendían, o no se paraban a comprender.
Había que revisar la Ilustración, cuyas luces pueden acabar calcinando al hombre si pretenden arder por encima de él, como denunciaron Adorno y Horkheimer; la lógica estricta, sin el matiz de los afectos, puede convertir al hombre en un autómata al servicio de ideales abstractos que acaban por aplastar a las personas: en última instancia, puede conducirnos a Auschwitz. Incluso el marxismo y cualquier otro ideal de justicia se desvirtúan si piensan en el hombre como masa y lo someten como individuo, si no admiten dentro de sus rígidos dogmas la sinuosidad de la naturaleza humana.
Pero con su deconstrucción, los posmodernos (que quizá no hayan hecho más que consagrar una tendencia colectiva) han dejado al mundo a merced del relativismo, de la sospecha permanente, desorientado en su incapacidad de proponerse nuevas metas. No basta con demoler, hay que hacerlo siempre con el horizonte de qué construiremos después; de lo contrario, el hombre se queda solo, con la presión de la incertidumbre, y frente a ella recurre a lo primitivo: el instinto, la fantasía, el mito y la batalla; y queda a merced de los oportunistas, que lo someten a su manipulación, aprovechando la renuncia a limitarlos. Los ciudadanos del siglo XXI vagamos entre sombras, nos peleamos, deslumbrados, por baratijas, y a veces nos quedamos hipnotizados frente a los prestidigitadores. Añoramos valores como la solidaridad y el entusiasmo, pero no sabemos muy bien qué hacer con ellos. Tenemos que volver a pensar, volver a aprender.

Sobre el aprendizaje, los posmodernos nos han recordado algo esencial de lo que aún no hemos extraído todas las consecuencias: del mismo modo que para construir hace falta deconstruir, para aprender también hay que desaprender, es decir, des-prenderse de lo inadecuado, de lo que lastra nuestra conciencia y le impide contemplar lo nuevo con mirada clara. Ahora también se habla bastante de la necesidad de desaprender, que alude, en definitiva, a una actitud crítica y valiente, insobornable y rigurosa. Sabidurías milenarias ya lo habían descubierto, pero hemos tenido que dar una larga vuelta para recuperarlo: “Cuando el ojo está limpio, el resultado es la visión”.

Hay, pues, que limpiar los ojos; hay que echar a un lado los mitos y los dogmas y atreverse al difícil ejercicio de pensar por uno mismo. Hay que evitar el recurso fácil de reanimar viejos prejuicios, y, si de revolver entre los trastos del desván se trata, dirigir nuestra atención a aquellos griegos fundadores del logos que nos enseñaron a pensar, que no estaban dispuestos a comulgar con ruedas de molino, por tradicionales o socialmente establecidas que estuvieran, o por provocadoramente novedosas que pareciesen. Aprender es inventar, ejercer la libertad desde la observación y la reflexión, pero antes hay que estar dispuesto a poner en cuestión lo que nos parece inamovible (que a menudo es lo que le parece indiscutible a la mayoría). Nada se puede dar por sentado. El peligro mayor es el prejuicio. Dialoguemos: hablemos, escuchemos, fundemos sin cesar nuevos puntos de encuentro. Desaprendamos, pues, para aprender; con lucidez; con persistencia; apasionadamente.

Cosas en lugar de ideas


La corte malandra por @jrherreraucv

Uno de los grandes pecados históricos de la filosofía francesa –toda ella, y aunque no lo quiera aceptar, construida sobre las ormas del cartesianismo– ha sido presuponer la separaración –o escisión– del conocimiento y de lo que se conoce (res cogitans y res extensa), hasta el paroxismo del absoluto irreconocimiento (Absolute Nichtanerkennung). Desde el Discours de la Méthode y hasta el presente posmoderno, pasando por los intentos arqueológicos –en realidad, esa epistemología de las estructuras hecha sobre el “orden mudo”– de Les Mots et les choses de Foucault, las ideas son preconcebidas como representaciones, huellas, impresiones, marcas de las cosas en el alma.


cosas en lugar de ideasNo por casualidad fueron ellos –los franceses, ¡les lumierès!– los creadores del cine. Las ideas serían, pues, re-presentaciones de los “objetos reales”. Y así, de un lado, la cosa real y, del otro, la representación de la cosa real. La cosa y el espectro de la cosa, la cosa y su reflejo. No obstante, conviene advertir que desde el momento en cual se concibe la idea como una res cogitans, como una “cosa pensante”, ya de antemano no se le concibe como lo que ella es. El inmenso progreso de la duda cartesiana termina, tristemente, en la “caja de herramientas” del entendimiento abstracto.

“Quien no cabe en el cielo de los cielos se encierra en el claustro de María”. En realidad, y más allá de lo que cree el sentido común, las ideas son algo más que meras impresiones o representaciones de las cosas. Las ideas no son, como dice Spinoza, “pinturas sobre el lienzo”, algo fijo, estático. Las ideas son actividad productiva, actio mentis, praxis. Y, en este sentido, son el contenido de la propia razón. Las ideas no están ni junto a las cosas ni sobre ellas ni entre ellas: son las cosas mismas en tanto que su hacer las determina. Se conoce porque se hace. Verum et factum convertuntur: lo racional y lo real se identifican recíprocamente. Como dice Terry Pinkard: “Un filósofo francés contemporáneo observó que la gran ansiedad que sufre todo filósofo moderno está en que, sea cual sea el camino que tome, cada uno de esos caminos acaba en un callejón sin salida, y en cada uno de ellos está Hegel aguardando con una sonrisa”.

Un discípulo de Hegel observó que la religión no es una “dicha ilusoria”, un engaño, sino, más bien, un síntoma del malestar que padece el más acá. Ella es la conciencia invertida del mundo cuando la sociedad se ha conformado en mundo invertido, en no-sociedad. Y cuando la realidad ha perdido su carácter sustancial, la religión se transforma en la “realización fantástica de la criatura agobiada”. Es el espíritu de las sociedades que carecen de espíritu. Por eso mismo, un narcoestado es, por su propia naturaleza, la negación del Estado mismo. O un Tribunal Supremo de Justicia que no imparte justicia, negándola. Es el síntoma de una nación que ha dejado de serlo, cuya patética expresión es la creación del viceministerio de la “Suprema Felicidad”. En resumen, la ley sin sustancia, la forma sin contenido, la ruptura de la res cogitans y de la res extensa. En este sentido, exigir el abandono de las ilusiones deviene así la exigencia del abandono de una situación real que necesita de ilusiones. El mundo del espejo es el espejo del mundo.

Para nadie es un secreto el hecho de que, durante los últimos años, en Venezuela ha imperado la más descarnada violencia, aquí, allá y en todas partes, en todos los niveles de su ser social. Si se es lo que se hace, las miserias de la violencia tienen por necesidad que encontrar en el más allá su fiel reflejo especular. El malandro –ya devenido sustancia, y por ello mismo, malandritud– refleja en sus altares su propia elevación, el suspiro de una vida agobiada, el gemido de bienestar que, impotentemente, no puede encontrar en su entorno, ni siquiera por “decreto supremo”. Y ahí comienzan “los negocios” con “el santo”. Do ut des. Inicia el “pim, pum, pam”, el ahora llamado “negoceo” –¡vaya violencia contra el lenguaje!–. Bajo semejantes premisas, era absolutamente necesario que el “santerismo” o el “palerismo” terminara siendo la religión oficial de un régimen de miserias, corrupción, fraudes, odios ancestrales, resentimientos y venganzas. Las pasiones más fuertes terminan siendo tristes, lamentables. Tristeza constante, autoproyectada en el gozo ante la vana esperanza del propio beneficio y la posible satisfacción de dañar a otro. La justicia por la propia mano, conducida por el “buen santo” de “la corte”. Temor y violencia. Dice Quinto Curcio –y Spinoza cita– que “no hay medio más eficaz que la superstición para gobernar la muchedumbre”.

Por lo demás, estas novísimas formas de superstición suponen que la bondad genera tristeza, mientras que la maldad genera gozo. Los partidarios de la superstición creen que por medio del miedo lograrán hacer a los demás tan miserables como ellos. Una sociedad violenta tiene la imperiosa necesidad de reflejarse en una religión igualmente violenta. Desear lo que posee el otro, agredir al otro hasta la humillación para, finalmente, asesinarlo, solo halla placer en el profundo temor del victimario, en la confirmación de su ser impotente y de su dolor siniestro. Compenetrarse con el mal es la tristeza misma. El triunfo de la “corte malandra” solo permite comprender su inversión especular: el fracaso, la inminente derrota del estado de cosas presente. Un ignorante, agitado y dominado como está por causas exteriores, “sobrenaturales”, carece de aquello que Spinoza califica como el “contento interior”. Busca “la contra” en collares, aromas, animales ensangrentados, cráneos y toda suerte de “reliquias”. Es el lenguaje de quien pretende generar temor mediante su propio temor.

Un régimen del y para el miedo. Una religión del y para miedo. A pesar de Descartes, la res extensa coincide con la res cogitans. El orden y la conexión de las ideas es idéntico al orden y conexión de las cosas. No se tiene miedo por haber soñado con una esfinge, se sueña con una esfinge porque se tiene miedo. Temor y temblor. Cuanto más se pretende atemorizar a un pueblo que ha sido llevado a la indigencia, más se percibe la temblorosa e inestable condición de sus opresores. Los días pasan. El reloj no se detiene. Se acerca la libertad a medida que la “corte malandra” se incinera en sus propios tizones. Ragnarok. Hasta las cenizas siempre.

http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/corte-malandra_82281

Capitalismo y Posmodernidad 2ª Parte

Segunda Entrada sobre los dichosos Capitalismo  y   Posmodernidad 


Daniel Bell: Las contradicciones culturales del capitalismo.

                Bell analiza en esta obra dos conceptos clave del capitalismo, la economía y su organización, y la cultura que el propio sistema ha generado. Dividida en dos grandes secciones, El doble vínculo de la modernidad y Los dilemas de orden político, sucede en el tiempo a sus obras antes citadas. Si en el Fin de la ideología no supone que hayan terminado todos los conflictos sociales ni que se busquen otros intelectualmente pues surgirán otras nuevas ideologías como fuente de radicalismos y si en el Advenimiento de la sociedad postindustrial advertía que no se podía hablar sólo del criterio tecno-económico a la hora de analizar el capitalismo, aquí analiza los desacuerdos entre la cultura y la economía, buscando las causas más en una noción de cultura particular que en un conflicto ideológico, es decir, más Nietzsche y menos Marx.  Para Bell, la principal fuente de desacuerdo, disyunción la llama, entre el capitalismo y la cultura es la destrucción del principio unificador de ambos. Durante un tiempo la ética protestante acompañó a la burguesía porque al radicalizarse la economía impuso un conservadurismo en moral y gustos culturales. La crítica se dirige al concepto holístico de sociedad como sistema cerrado, a la concepción hegeliano marxista del ciclo histórico del movimiento del hombre para controlar la naturaleza y escapar de las restricciones de la necesidad.  Cabría preguntar si ese es el telos humano actual. Bell no cree que la historia sea dialéctica, el socialismo no ha sucedido al capitalismo, como cabría esperar por sus contradicciones o porque, siguiendo a Nietzsche, el nihilismo a que lleva es la voluntad consciente del hombre de destruir su pasado y controlar su futuro. Es decir la sociedad no integra, separa, con ámbitos que responden a diferentes normas y cambios de ritmo. Su estructura social tiene tres órdenes, el tecno-económico, el político y el cultural, con diferentes principios. La cultura actual moderna, se define por la libertad para engullir cualquier estilo, nada está prohibido, todo debe ser explorado. El ámbito de las formas simbólicas, se desprende de los mitos burgueses con una erosión progresiva, más lenta que los procesos técnicos de los valores clásicos. No es la ideología quien señala el criterio objetivo del conflicto con el capitalismo, pues a diferencia de las economías o tecnologías anticuadas, las ideologías no desaparecen. Estos momentos de conciencia como los llamaba Hegel, son renovables a lo largo de la historia y reformuladas una y otra vez. Es en la esfera de las artes donde se plasma la disyunción de la cultura frente a la sociedad. Marx expuso en la teoría de la sociedad de masas y la alienación, juicios culturales críticos sobre la calidad de vida en una sociedad moderna. Para Bell, el paso de los diferentes estados societarios se asemeja a la teoría de juegos. La sociedad preindustrial es un juego contra la naturaleza, la industrial un juego contra la naturaleza fabricada y la postindustrial un juego entre personas puesto que se centra en los  servicios humanos, profesionales y técnicos. Si el sistema es capitalista, comunista o colectivista burocrático, como gusta de llamarlo, concierne a la administración de la economía y al ethos de la sociedad, es decir, sistemas entrelazados en la acción social. Para Bell, Marx lo entendió como un sistema total de economía y cultura para la producción de mercancías e intercambio y el funcionalismo, Parsons entre ellos, como un sistema valorativo común que legitima y controla. Pero si la economía es el arte de asignar recursos escasos a demandas rivales, para Bell la fantasía del comunismo fue la idea de que con esto se aboliría la economía. 
        La relación entre la estructura socioeconómica de una civilización y su cultura es necesariamente tensa, pues la última es el componente dinámico de la civilización superando incluso a la tecnología, e integrándola al mismo tiempo que legitima el impulso necesario para crear un mercado. Esto significa que sería una leyenda que el modernismo es un espíritu libre en guerra con la burguesía. Recoge la idea de tensión entre cultura y sociedad propuesta por Hanna  Arendt, en la que el individuo se desespera cuando integra en la sociedad de masas todos los extractos ya que no consume cultura: la devalúa y la convierte en mercancía social. Hedonismo como simulación de una ética de consumo. Sin embargo, sea a través de Nietzsche, cambio de valores, o de Marx, cambio en las relaciones de producción, la liberalización contra lo conservador proviene siempre de la cultura. Siguiendo en parte a Habermas, Bell cree que hay un desplazamiento del gobierno de la sociedad, quien lo legítima, desde la economía a la política, es decir del mercado al estado y que es directamente proporcional a la debilitación de vínculos entre la economía y el comportamiento social. El estado absorbe las funciones regulativas del mercado a cambio de asumir responsabilidades, al mercado no se le pueden pedir por ser ente etéreo y escurridizo, porque el modelo a seguir sigue siendo el capitalismo que con el crecimiento necesario para el mantenimiento del sistema, sigue siendo fuente y origen de desigualdades con lo que debe legitimarse para eludir responsabilidades (esto habría que decírselo a algunos de nuestros próceres actuales).  Bell sigue la tesis del marxista J O´Connor, según la cual hay que satisfacer la acumulación de capital privado o política fiscal y la legitimación o crisis igualitaria, inherentes al sistema. Así que no quedaría otra que convertirse en un estado social. Siguiendo a Pareto, la economía del bienestar debe buscar una solución en la cual algunas personas mejoren sin que las otras empeoren. Contradicción básica de un estado que satisface las necesidades básicas pero que por la propia necesidad de consumo inherente al capitalismo degenera a una producción socializada para fines no generalizables, o a pretensiones comunitarias, algo así como el dilema marxista del carácter social de la producción de riqueza frente a las condiciones privadas de su apropiación. 
        Condiciona Bell toda su obra a las parejas liberalismo-capitalismo y liberalismo-sociedad burguesa. La reafirmación del liberalismo como conocedor de sus límites, y por ello garante de un contrato social explica también su aserto sobre la cultura: que no podría reflejar la sociedad al ser tan especializada y no hallar símbolos comunes para relacionar experiencias, es decir todo es moda por lo que la cultura debe fundirse con la religión, con las creencias. Si Dios ha muerto, los vínculos sociales se han roto y la sociedad está muerta. Se podría decir que Bell expone las contradicciones políticas como diferentes de las culturales, pues derivan del hecho de que la sociedad liberal originalmente fue establecida en su ethos, sus leyes y recompensas para promover fines individuales y ahora es una economía interdependiente que debe estimular metas colectivas. No está mal para quien ve en la derrota una virtud: el conocimiento del pasado,  de las necesidades básicas prioritarias, de los límites de los recursos y un acuerdo de equidad lleven a una sociedad que promueva una situación donde las personas lleguen a ser iguales, de modo que puedan ser tratadas de igual manera. De esta forma atestigua su declaración en First love early sorrows, según la cual siempre se consideró un socialista en economía respecto a las necesidades básicas, y un conservador tradicionalista en la cultura. A esto hay gente que le llama liberalismo social y se queda tan pancha.

POSMODERNIDAD Y LÓGICA CULTURAL DEL CAPITALISMO

Primera entrada sobre el tema POSMODERNIDAD  Y LÓGICA CULTURAL DEL CAPITALISMO, o 
reflexiones sobre el dichoso y triunfante capitalismo y sobre la no menos dichosa posmodernidad, a través de dos obras consideradas emblemáticas sobre ambas cuestiones:El giro cultural de Fredric Jameson y Las contradicciones culturales del capitalismo de Daniel Bell.
El hecho de escoger estos dos autores es porque ambos analizan, de manera distinta pero complementaria, los fenómenos de la cultura y el capitalismo y su implicación en la sociedad. Así pues son dos puntos de vista distintos, el de el liberalismo del profesor de Harvard, Daniel Bell, quien ya había analizado en sus obras anteriores al capitalismo: El fin de la ideología y El advenimiento de la sociedad postindustrial, y el de Fredric Jameson, crítico de ideología marxista que ha analizado en numerosos artículos y libros las relaciones entre el capitalismo y la cultura, así como el fenómeno del posmodernismo. La conexión entre ambos no es otro que, como señala Jameson, la indiferenciación de estos dos campos, de manera tal que la economía llegó a superponerse con la cultura, que todo, incluidas la producción de mercancías y las altas finanzas especulativas, se ha vuelto cultural, y que la cultura pasó a ser profundamente económica u orientada a las mercancías, así como el valor de ruptura que ambos le dan a la cultura en su análisis de la sociedad, aunque de manera diferente.

El giro cultural

Esta obra recoge una serie de artículos o ensayos, práctica habitual en Jameson, que van desde la década de los años 80 hasta finales de los 90, y tienen como reflexión principal, la posmodernidad y las relaciones tan extrañamente estructuradas en que la economía y la cultura se mezclan entre sí. Una de sus tesis es que esta relación no es un proceso de dirección única sino una interacción que muestra como la producción posmoderna de mercancías es algo cultural. La imagen es básica en los mercados y este mundo se convierte en una fuente de ingresos, donde como vemos, ya no hay lugar ni para el ocio gratuito. Los primeros artículos refundan publicaciones anteriores, entre ellos el famoso la Lógica cultural del capitalismo tardío, en los que utiliza el ejemplo de la arquitectura para captar la ruptura con lo moderno que se mostraría en la capacidad de integración en el paisaje, los nuevos espacios,…y la integración de estas obras en el discurso teórico nuevo que suplante al filosófico. Un fenómeno que llama pastiche como copia negativa o imitación triste del original, que ni siquiera llega a la parodia burlesca de un individualismo presentado como un mito que nunca existió o que sólo fue posible en la era clásica del capitalismo, habiendo desaparecido en la burocracia económica actual. Así que parece que la lógica del capitalismo no era sólo no pagar impuestos sino anular al individuo para confinarlo en el sistema de masas que surgió al final de la 2ª gran guerra y que ha sido descrito como sociedad de consumo o posindustrial. Esta fecha le parece correcta a Jameson para datar el comienzo del posmodernismo relacionándolo con el momento en que la estética y los autores del alto modernismo ingresaron en la academia establecida y sus mercancías artísticas tuvieron gran éxito, al menos comercialmente. El posmodernismo es caracterizado en los debates estéticos como político, debido a la infección que la contrarrevolucionaria conservadora supuso en lo político al asimilar el alto modernismo con posmodernismo.

Lyotard y Tafuri son ejemplos de ambivalencia, si el primero opta por la innovación estética, el último sigue en la tradición marxista tradicional que afirma el pesimismo del sistema capitalista, diagnóstico que denuncia la utopía nueva de la tecnología que modela la cultura misma, su producción y su inclusión en el sistema del capitalismo tardío y astuto. Para Perry Anderson el enfoque de Jameson sobre el posmodernismo es totalizador, incluyendo el devenir histórico del fin de la ideología por el fracaso socialista y la deriva a una sociedad postindustrial y a la tercera fase del capitalismo propuesta por Mandel. Al menos puede teorizar desde una perspectiva marxista viable que teoriza la lógica específica de la producción cultural y no sólo la critique. Este sería el sentido de su enfoque totalizador del posmodernismo, concepto que se refiere a la noción de estructura y que remite, con Althusser, a uno sólo: modos de producción que cambiarán con las situaciones históricas o con los paradigmas nuevos, o con un nuevo proletariado internacional como sujeto de la historia. Algo que no puede ser el ejecutivo actual, paradigma del triunfo de la ideología actual. Quizá peca de optimismo cuando dice que el capitalismo global sigue su nuevo camino sin las precauciones tradicionales, como si el capital no fuera hegelianamente astuto y camaleónico. Da en cambio otra definición de posmodernismo como periodo transicional entre dos fases del capitalismo, en que las formas anteriores de lo económico incluidos los productores están en proceso de reestructuración. Esto parece necesitar una proletarización a escala global un mapeo cognitivo que se daría en una nueva conciencia de clase. En las antinomias de la posmodernidad, que retomará y ampliará posteriormente en su libro Semillas del tiempo, configura las paradojas de las representaciones del espacio y tiempo, que como ideología supone captar el cambio estructural del modo de producción, por su propio tempo. Lo demás es estasis, intentos vanos utópicos, equivalencia entre la persistencia de lo mismo, moda y estandarización, imagen única que recuerda el renacimiento de la historia que Kojeve creyó encontrar en Hegel y Marx, el valor igual de los sujetos económicos y jurídicos en el capitalismo y en el comunismo, la posmodernidad misma, el viejo fin de la ideología, que junto al fin del arte del capítulo siguiente configuran la denuncia del fin de la subversión cultural pues ha pasado a ser producción de mercancías y la especulación ha pasado a ser cultural. La sustitución de lo sublime por lo bello, comercialmente, en el posmodernismo.

La idea de Fukuyama que sobresaltó al mundo, según P Anderson, que el capitalismo y el mercado son la forma final de la historia humana no tiene en cuenta que la historia sigue adelante, empeorando a ratos, como se ve, lo que Marx ya imaginó para sistemas o modos de producción en una línea que Hegel definió como la lucha del amo y el esclavo: el reconocimiento como motor de la historia. En transformaciones de la imagen parte de una caracterización del posmodernismo como fin de algo. Todo lo emergente parece acabar con lo anterior, en este caso el modernismo. Pero el discurso utilizado toma la forma del pastiche, forma posmoderna de aglutinar la estética antigua, las teorías políticas anteriores, las miradas del individuo que volverá a caer en la burocracia del poder un retorno a lo estético que presupone con Lyotard, que el posmodernismo precede al modernismo preparando su surgimiento. Sin embargo la cultura comercial, e incluso la nostalgia vive de los estereotipos. Al nuevo arte moderno siempre le acompañó la subversión y la crítica, fue un arma política. La cultura comercializada con la absorción de todas las formas de arte convierte la imagen en mercancía, no se puede esperar de ella la negación de la lógica de producción de mercancías. Toda belleza es hoy engañosa y su apelación una maniobra ideológica y no un recurso creativo. Los dos últimos capítulos tratan, en cierta forma sobre lo mismo: las relaciones entre cultura/capital/estética/corrupción. Siguiendo a Arrigi y homenajeando a Mandel y su afortunada expresión del capitalismo tardío desarrolla su esquema clásico y el telos de Arrigi que muestra como el dichoso capital sabe buscar su fin en espiral, escondiéndose de la línea recta, algo que Marx había postulado en los Grundrisse, socavando las economías tradicionales pre-capitalistas y actualmente las avanzadas, como un virus mutante. Aprovechando los casos de corrupción de Manhattan con la especulación del suelo nos señala el último eslabón: el que conduce desde el capital financiero a través de la especulación de la tierra a la estética o producción cultural, en este caso la arquitectura, que en paralelo a la simetría de las cuatro torres del hotel Bonaventura del primer capítulo vemos como nos desorienta, nos confunde. No sabemos a qué torre señalar, nos hace dudar de dónde venimos hurtándonos el camino de salida. Y en eso estamos.