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Del dicho al hecho

Del dicho al hecho por @jrherreraucv

La pobreza de espíritu es el resultado del desgarramiento absoluto de lo que se dice y de lo que se hace. Decía Spinoza que el orden y la conexión de las ideas es idéntico al orden y la conexión de las cosas. Pero cuando se genera una ruptura –precisamente, un desgarramiento, una escisión– recíproca de los términos de esta adecuación o, lo que es igual, cuando se pone objetiva y explícitamente de manifiesto la inadequatio existente de lo uno y de lo otro, el resultado es la pérdida de la más importante de todas las riquezas: la del espíritu, sin la cual no es posible la prosperidad material de una sociedad.


Y, sin embargo, el mismo desgarramiento que produce la pobreza espiritual se transforma en el manantial –y, más allá de la metáfora, en la determinación esencial– de donde brota la necesidad de su superación. Cuando los términos constitutivos de esta relación unitiva se cristalizan y separan, perdiendo con ello su capacidad de adecuarse, de relacionarse recíprocamente, surge la necesidad de pensar en sentido estricto, enfático. Y, con el pensar, deviene el abandono de las ilusiones, de las falsas expectativas, de las esperanzas infundadas, de las consignas vacías –“el tiempo de Dios es perfecto”–, de la ganga populista, para dar paso al proceso de reconstrucción que haga posible el resurgimiento de la unidad, la recuperación del orden y la conexión de las ideas y las cosas, de la decencia, la prosperidad, la justicia, la paz y la libertad. Pero no como simples deseos, sino como elementos fundamentales de una nueva realidad histórica, concreta.

Resultado de su “orden y conexión” con las cosas, las ideas son mucho más indispensables de lo que piensa la actual dirigencia política, más pendiente de “los números”, de los “jingles”, de las salas situacionales o de las encuestas que de la construcción de una auténtica reforma moral e intelectual orgánica, que sea capaz de construir una nueva formación social y cultural, un nuevo país, un país no nominal, no de formas vaciadas de todo contenido, sino sustentado en un efectivo, realista, proyecto de vida, en armonía y desarrollo continuo. No sin razón, observaba Marx que “las ideas se convierten en poder material tan pronto como se apoderan de las masas”. Nothing with the sun, dice Sting, nada como la luz de la verdad presente en las ideas, cuando estas son –al decir de Descartes– “claras y distintas”. En política, y hay que repetirlo hasta la saciedad, decir la verdad es una cuestión absolutamente necesaria. Hay partidos políticos “históricos”, de amplia tradición y arraigo popular, que se desvanecen en el aire, como si nunca hubiesen existido, desde el momento en el cual se traicionan a sí mismos, toda vez que, alevosa y premeditadamente, llegan a tomar la decisión de emprender la ruta –ese “largo trecho”– entre lo que se dice y lo que se hace, asumiendo la ideología del populismo. Y, una vez abierto el abismo, víctimas de su propio desgarramiento, desaparecen no solo del recuerdo de las grandes mayorías depauperadas, sino también de la historia del mundo.

Las ficciones creadas por el populismo son similares al instantáneo destello nocturno de los fuegos artificiales. Una vez que culmina la ilusión producida por el atractivo espectáculo en cuestión, lleno de colores, estruendos y entusiasmos, viene la oscuridad y se pone de manifiesto la penumbra del amargo desengaño. A la sombra de la duplicación de las imágenes, en medio de las “misiones” de un grotesco fracaso, de los “dakazos” de toda naturaleza o de los inorgánicos aumentos salariales, la euforia de las distorsiones reflexivas, sin tener la menor conciencia de ello, deviene tristeza y miedo, oposición absoluta, pérdida del orden y la conexión exigido por Spinoza, necesario para conquistar el contento del bien supremo: la libertad. Estado de esquizofrenia –mal radical– en el que la palabra, prostituida e impotente, ya no nombra y nada significa, ni en sí misma ni para la realidad. Flatus vocis, en el imaginario de una vida que ya no es vida. La palabra se tuerce en su contrario: “Ni un paso atrás” quiere decir todos los pasos del mundo atrás; “mantener viva la protesta de calle” traduce entregarla; “no hay diálogo ni acuerdos posibles” significa haber firmado la inminente rendición; “no nos juramentaremos” es bajar la cerviz, doblarse y entregar lo poco de dignidad que en algún momento se pudo haber tenido. En fin, del dicho al hecho, la palabra va perdiendo toda consistencia a medida que la realidad se escapa como el agua entre los dedos. Quizá sean duros los términos de Benito Juárez, pero son auténticos: “Malditos aquellos que con sus palabras defienden al pueblo, y con sus hechos lo traicionan”.

Leónidas, rey de los espartanos, recibió las amenazas de Jerges, el poderoso “dios-Rey” de los persas, a través de su emisario. El mensaje era –como gustan decir los actuales cultores de la jerga política– “muy claro”: podía seguir gobernando Esparta, siempre y cuando se sometiera e inclinara ante él. Pero, como dice Hegel, un republicano libre, en pro de su patria, que dedica a ella su vida, no solo no exige indemnizaciones o desquites, porque solo trabaja por las ideas, solo por la libertad. Prefiere entregar su vida si es necesario antes que inclinarse ante un déspota, sea del signo y la dirección que sea. Cuestión de dignidad. Decía Churchill que “quien se arrodilla para conseguir la paz se queda con la humillación y con la guerra”. Leónidas, acompañado de 300 espartanos, enfrentó, en las Termópilas, la invasión del poderoso ejército persa, formado por unos 100.000 soldados. A la larga, su lucha hasta la muerte impidió el avance del Imperio oriental contra el futuro de Occidente. De hecho, puede afirmarse que la cultura occidental debe a Leónidas, y a sus valientes espartanos, su existencia.

La dignidad, como dice Hegel, no se puede negociar: “Solo un pueblo en estado de avanzada corrupción –de profunda pobreza espiritual– es capaz de convertir la obediencia ciega a los caprichos malvados de hombres abyectos. Solo un largo período de opresión, el olvido total de un estado mejor, puede llevar a un pueblo hasta ese extremo. Abandonado por sí mismo y por todos los dioses, un pueblo así necesita señales y milagros, garantías de que tendrá una vida futura, puesto que ya no tiene fe en sí mismo”. Hacer coincidir lo que se dice con lo que se hace y lo que se hace con lo que se dice es premisa de factura sustancial para poder comprender la barbarie y superarla.

http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/del-dicho-hecho_209215

Barbarie infantil y polimorfa de un pueblo.

De barbarie y educación por @jrherreraucv

Bárbaro, para un griego del período clásico, era todo aquel que balbuceaba. De hecho, un “bárbaros” (βάρβαρος) era alguien que no hablaba correctamente el griego o el latín, o que simplemente no lo hablaba, y cuya lengua resonaba en los oídos helenos como un torpe y disonante balbuceo infantil, como un bar-bar –hoy se diría un bla-bla–, inadecuado en relación con la cosa nombrada y, por esa razón, como un modo de expresión incomprensible. 


Guerrero bárbaro.
Balbucear, en efecto, quiere decir hablar con dificultad, eliminando sonidos o cambiándolos de orden, tal como habitúan hacer los niños. Por eso mismo, la barbarie es una característica típicamente infantil. Decía Isócrates que un bárbaro no es un extranjero en el sentido de que pertenece a otra nación, sino alguien para quien la educación resulta ser extraña, ajena, por lo que carece de ella, con independencia de su lugar de origen. El bárbaro se encuentra, pues, en una condición infantil: entre lo salvaje y la civilización. Y, como todo infante, es, al decir de Freud, “perverso y polimorfo”. Perverso, por ser un transgresor –instintivo– de las determinaciones propias de su Ethos, de su civilidad, a causa de su ignorancia. Polimorfo, porque en él no hay aún una “pulsión dominante”, una clara y definida orientación de sus deseos o apetencias, capaz de proporcionarle el grado de satisfacción adecuado a un sano estado de madurez.

En la historia de la humanidad han existido, aún existen y sin duda alguna seguirán existiendo, pueblos perversos y polimorfos, pueblos, para decirlo de una vez, infantiles y, por ello, tendencialmente barbáricos. Pueblos de simbología infantil, afectos al balbuceo de quienes, garrote en mano y confundiendo la libertad con el libertinaje, ejercen la función de sus padres o representantes. Pueblos, en fin, de colores primarios y canciones de cuna, cuyos infantes rondan, polimórficamente, entre signos fálicos y marchas de cerrada –sospechosa– circularidad, siempre acompasados por el “eterno retorno”. Son pueblos en cuya experiencia de la conciencia figuran los Juan Primito, los Mujiquita, los Pernalete o los Lorenzo Barquero y los Balbino Paiba, frescos vivientes de un tiempo sin gracia, pleno de hambre y dolor, preñados de atropellos, violencia y fraude devenidos cosa “natural”. Es el bramido salvaje del toro amenazante, que no cesa de aturdir a la conciencia que, no sin paciencia, sigue aguardando la llegada del blanco vuelo de las garzas.

Todo depende del grado de desarrollo que pueda llegar a conquistar su formación cultural, su Bildung. El primer paso tiene que ser la definitiva superación del populismo. Porque el populismo se alimenta de la barbarie y, a su vez, alimenta la barbarie. De nuevo, se trata de una cuestión de simple circularidad, incesante, recurrente. En la medida en la cual una sociedad asume esta condición barbárica se hace fascista, dada la veneración del fascismo por la perversión y la polimorfia, términos que, por cierto, lo caracterizan. Se trata, esta vez, de una suerte de complejo de Peter Pan, con el que se intenta renegar la necesidad objetiva de crecer y desarrollarse, en función de conquistar la madurez. La ya trillada y ridícula caracterización del “joven rebelde” que sobrepasa los 50 años, y que ha llegado al desquicio de pretender idealizar la destrucción de bienes públicos, el asalto y la agresión en contra de ciudadanos como sus mayores aportes a la “lucha revolucionaria”, pone de relieve la pérdida de juicio de un país secuestrado por el crimen.

Entre 1803 y 1806, estando en Jena –una localidad asediada y a punto de ser invadida por el ejército napoleónico–, Hegel apuntó en un cuaderno de notas: “La libertad de la masa inculta deviene miseria y degradación. No porque estén vacías de fieles las iglesias, las calles de peregrinos, las tumbas de suplicantes. Es porque, con ella, hay un empeoramiento de las costumbres, una alegría maligna por el empobrecimiento de los envidiados ricos; difamación, ausencia de fidelidad y gratitud. La economía arruinada, el desenfreno de toda miseria, el más mezquino e indigente egoísmo. Con carencia de agricultura, con la ruina de los bosques, con el venirse a menos de la laboriosidad. Y, sin embargo, en medio del lujo”. Una educación –precisamente, una formación cultural– de mala calidad termina en un pueblo mal educado, y un pueblo mal educado termina en una “masa inculta”, presa de la barbarie, perversa y polimorfa. No se trata de haber ido a votar o no. Ni se trata de la cuenta de las actas de votación que “aún no nos han llegado”. Tampoco se trata del torpe bizantinismo de quien pretende diferenciar entre un plebiscito y una consulta popular, o entre un fraude y una trampa (¡!), o de quien encuentra en la abstención la causa primera de la derrota. El problema real, absolutamente concreto, no radica en los efectos sino en las causas: radica en la imperiosa necesidad de abocarse a la construcción de una sólida y madura sociedad civil, culta, con ideas y valores, lo suficientemente madura y capaz de superarse a sí misma, es decir, de salir de la pobreza espiritual, superando las infantiles trampas del facilismo populista.

La equidad sin calidad es, por definición, fraudulenta. Y es de ahí de donde se derivan, precisamente, los señalamientos hechos por Hegel. Una sociedad efectivamente equitativa no iguala a los ciudadanos “por abajo”. Más allá de los medios, el fin consiste en luchar por la conquista de un nivel superior, de una cada vez más exigente calidad de vida, capaz de propiciar la concreción de la civilidad frente a la barbarie, si es que se quiere conquistar una auténtica república de ciudadanos dignos y libres. La demagogia es, en sí misma, un estado de corrupción. Populismo y demagogia suelen alimentar falsas expectativas y crear ficciones que terminan en los peores desengaños. No importa la inclinación que se profese: hay una perversión y una polimorfia en toda forma posible de populismo y de demagogia. Bajo la apariencia de adultos, siguen siendo niños que le mienten a los niños y que terminan mintiéndose a sí mismos. Los niños que no crecen, que no hacen el esfuerzo inmanente de superarse a sí mismos, jamás podrán llegar a tiempo al banquete de la civilización, la libertad y el progreso. Es hora de romper el círculo vicioso, poner fin al bar-bar. Sin una auténtica política educativa y cultural, toda sociedad, por mayores riquezas naturales que pueda tener, seguirá siendo una sociedad de niños maleducados, de pequeños bárbaros, de potenciales tiranos.

http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/barbarie-educacion_208338

La inversión del platonismo falsada.

La inversión del platonismo falsada por la ciencia.

El pensamiento de Deleuze es una inversión del platonismo que buscaba guiar la filosofía en tiempos atrapados por una ideología derivada de las ideas de Heidegger, la creencia en la existencia de unas ideas más válidas que otras había sobrepasado sus límites, llegando a la creencia de que unos grupos de personas son más válidos que otros para las ideas, dando de esta forma alimento al mayor monstruo nacionalista que conocimos. Pero mucho ha cambiado hoy y quienes querían cambiar el estatus quo bajo premisas no muy sólidas, se alían con su primer enemigo, ¿que posibilita que nacionalistas y postmodernos luchen mano a mano en nuestros días?, ¿qué errores corresponden a cadas creencias?.

Martin Heidegger.
Martin Heidegger

Seleccionar, elegir y descartar constituyen los pasos del método nacionalista encarnado en la filosofía de Heidegger para Deleuze, y este mantiene que el platonismo es su exageración y la base de esta demonificación de la idea, el alemán pretendía producir la diferencia misma separando matemáticamente - pensaban - el modelo del simulacro. La diferencia platónica no se da para el francés entre modelo e imagen sino entre dos imágenes: copias y simulacros. La copia como forma ideal del original no es simple apariencia pues recibe del modelo una relación de consciencia definida, presenta reglas para reconocerla y ordenarla. El simulacro no, este es materia y puro devenir, ilimitado y operador opuesto a la Idea, falsa al mismo tiempo el modelo y la imagen. La copia válida de la imagen se presenta opuesta a los malos simulacros que no definen por sí mismos ni al fundamento de la idea ni a lo fundado por ella. Así cree Deleuze que asegura la postura nacionalista el triunfo de las imágenes fundadas sobre los simulacros, rechazando el simulacro, impidiendo su percepción, impidiendo que suban a la superficie material y se “insinúen” en todas partes. Castigar a los descartados es el punto de no retorno de cualquier nacionalismo, este al que llegó la Alemania Nazi, y al que llegarán todos los nacionalismos si no cesan en el intento.

Es muy común pensar, desde luego lo observo muy cotidianamente sobre todo en redes sociales, la creencia de que una nación tiene existencia objetiva y subjetiva, se justifica; pues cualquier persona ajena a un grupo puede captar la resistencia que le ofrece formar parte de él, entonces estos augurios no pueden ser imaginaciones suyas, serán normas, valores, costumbres, lenguajes en los que no se puede entrar sin esfuerzo. A este ámbito grupal se le asigna el valor de nación, como una macro-agrupación de costumbres inherentes. Como una verdad nacida del hombre por su origen, y no por sus actos. Si las naciones presentan por sí una unidad de acción para tomar decisiones necesariamente lo harán por medio de una conciencia nacional que el grupo por sí solo se encarga de fomentar. Se puede viajar a un país extranjero y decir que hay diferencias entre la vida aquí y allá, pero, ¿dependen de un macro-grupo unido de forma unitaria, o de una multitud de individualidades deseosos de unirse con otros más o menos diferentes?. Si nuestra respuesta es la primera opción, las naciones deben ser la panacea del hombre moderno y sustentan una base sólida donde convivir entre algunos de nosotros (ya sabemos como; seleccionar, elegir y descartar), pero si las naciones sólo son el reflejo exiguo de una mezcla humana hacia el fin de los grupos, solo son el impedimento primero a la libertad e igualdad de los hombres.

Lo que ocurre es que solemos confundir nación con estado, como si el estado no permitiese la objetividad y subjetividad compartida, el descubrimiento de una verdad objetiva (o al menos la verdad de una época: teoría de la relatividad, igualdad de los hombres, demostración científica o la base tecnológica actual por ejemplo) influye en las ideas que se forman unos de otros mientras expresan su conocimiento, provocándose una suerte de procesamiento subjetivo, es decir, del conocimiento que tienen unos del de los otros (Spinoza lo llamaba "Imaginación", Marx "Ideología", Averroes "Kalam filosófico"), pero pasa que en el estado el individuo - como el científico - está obligado a la demostración para sí de la objetividad, es decir, está obligado a la educación por propio interés, como también lo está a la comunicación y al diálogo que genera la subjetividad; vá! - se exclama, esas son las cosas de los políticos! - se escucha en cualquier conversación, pero no lo son. Son las cosas de los ciudadanos y si estos delegan en sus representantes estos harán igual que aquellos pues de ello depende su reelección. El estado obliga y otorga, en cambio la nación acepta el origen como verdad y proclama los actos particulares como si fueran unitarios.

Hay otro problema muy actual, que es el de los individuos no nacionalistas que aceptan y premian la nación antes que el estado. Esto tiene que ver con la inversión del platonismo postmoderna,  consiste esta en privilegiar a los simulacros sobre las copias del modelo bajo premisas descritas en libros como Mil mesetas - libro que filósofos como Antonio Escohotado definen como la "Biblia postmoderna", cuyos principios de conexión y heterogeneidad establecen que cualquier punto del sistema puede ser conectado con cualquier otro, y debe serlo. Siendo esto aplicable a la lingüística - según Deleuze y Guattari claro, cualquier punto del lenguaje puede ser conectado con cualquier otro, y, si ocurre en el lenguaje ocurre también a nivel neuronal (en la primera parte de Capitalismo y esquizofrenia; El anti-edipo, Deleuze y Guattari realizan la crítica a la filosofía de Heidegger y la psicología de Freud, en la segunda, llamada Mil mesetas construyen la base de una nueva filosofía y psicología, apoyándose en los nuevos descubrimientos neuronales anteriores a los años ochenta y a las lagunas teóricas dejadas por filósofos anteriores) pero posteriormente, y sobre todo en los años ochenta y noventa se descubrió el conjunto de factores que influyen en el intercambio neuronal, factores electroquímicos, factores sumativos y compensatorios de cargas eléctricas, factores de capacidad de almacenamiento del neurotransmisor, de la recaptación de este u otros problemas secundarios implicados en el paso de la información, quedando claro a partir de los años ochenta y noventa que no cualquier información pasa todas las pruebas. Y aún más, en la reciente actualidad investigativa en el campo de la neurociencia, más allá del tremendo desarrollo de conexión entre áreas cerebrales que realizan las células neurogliocitas - antes confundidas con neuronas, que forman una estructura más rígida de lo que se creía en los intercambios neuronales de distintas partes del cerebro, destaca sobre manera las investigaciones desarrolladas en torno a una parte de la corteza cerebral, el precúneo - parte parietal central del encéfalo - es seguramente el principal centro de integración de nuestras redes neurales, se forma muy distintamente en los individuos investigados (resultados del trabajo de la universidad de Kioto) constatando que a mayor cantidad de sustancia gris - cuerpos neuronales lo bastante juntos y apretados entre sí - mayor felicidad, la función de esta parte del cerebro consiste en relacionar informaciones cerebrales internas con informaciones ambientales o externas, y representa por tanto una base importante para los procesos que generan autoconciencia y conocimiento concreto.
Precúneo
Mapa de actividad área de precúneo

A razón de los descubrimientos científicos va quedando claro que la conexión neuronal y el paso de la información a través de esta presenta una estructura observable, y que no vale el principio de conexión y heterogeneidad arriba expuesto, sino otro que quedaría así: cualquier conexión del sistema no puede conectarse con cualquiera otra pero no puede dejar de intentarlo. Tratándose así la información no es ya que la consciencia esté retrasada - como se dice en Mil mesetas, sino que está adelantada con respecto a la naturaleza, pues no deja de prever con la información almacenada los cambios en la posibilidad de ocurrencia del ambiente interno y externo. Es más, queda claro que núnca se escribe sobre lo que no se sabe, si se escribe es por que se adelanta el saber al no saber, la ocurrencia de escribir consiste en que; solo se puede escribir sobre lo que se va a aprender ahora. No hay otra opción, de esta forma el simulacro como realidad múltiple y descentralizada, ó rizomática como decían los autores de Mil mesetas ha quedado anulado en pocos años, si no responde a una formación verdadera en el cuerpo neuronal humano, por tanto tampoco en el lenguaje y el orden de las ideas. ¿Pero, y en cuanto a la ficción?, ¿y qué ocurre en política?, ¿y si el simulacro se une de forma ideológica?.

Pintada Deleuze postmoderno.
Pintada de un Deleuze postmoderno.

El simulacro es una ficción que como tal, fingida y falsa para la demostración científica, sigue teniendo para el hombre una realidad total con forma ideológica. Con real quiero decir que es un cuerpo y que este cuerpo afecta en todas las formas posibles, es decir, que es capaz de infinitas formas de afectarse, y de crear infinitas afecciones posibles a cada individuo (por ejemplo como las afecciones que se producen en una procesión de semana santa) por el solo uso de la imaginación. En la realidad ficticia y política del simulacro la afirmación nacionalista ha quedado reproducida por la corriente política postmoderna, esta corriente populista descentralizada y múltiple reivindica que todas las ideas son válidas para todas las personas, quedando asimilada a su homólogo nacionalista, ha perdido la razón de asignación, los hombres han quedado como máquinas imaginantes completamente inútiles, si solo pueden imaginar (como decía Spinoza: el hombre imagina cuando el cuerpo está afectado por alguna imagen externa que le es causa de tristeza), solo pueden decir cosas dentro de las afecciones particulares, pero no escapar de ellas. Una persona afectada de múltiples tristezas no sabe reconocer la igualdad ni ejercer la libertad - por el dicho anterior de Spinoza, es solo un individuo engañado por sus afectos y manipulado, hoy, puesto a favor del antiguo mito Nazi.

Cada vez más y en contra de la mayoría.

Escrito por José Rafael Herrera - @Jrherreraucv

El populismo: enfermedad infantil del latinoamericanismo.


El populismo ha sido por mucho tiempo el morbo real de América Latina, enfermedad devenida –más que afectación de la cultura– pandemia de su historia. Con menos o más recursos, con menos o más expectativas, pero siempre de acuerdo con circunstancias ajenas por completo a la propia voluntad y, en ausencia de todo orden y conexión de las ideas y la realidad efectiva de las cosas. Lo que va de siglo no es, por cierto, la excepción. Durante su doloroso transcurrir, y como consecuencia del nuevo decurso histórico dado por la barbarie ritornata, la recia propagación del tumor populista prosigue, con cruel y despiadado “paso de vencedores”, hacia la definitiva autodestrucción –el pathos y muerte– de todo un proyecto de nuevo orden cultural y, con él de todo un horizonte continental de tierra ancha y tendida, en nombre del voluntarismo caudillesco y la férvida esperanza de los menos advertidos. A la larga, y siempre de nuevo, todo transmuta en frustración.

Entre la cada vez mayor barbarie y la cada vez menor civilización; entre una cada vez más creciente adolescencia decrépita y senil y una cada vez más raquítica, declinante y disforme madurez; entre las montoneras del “pasado-presente” y el utópico anhelo de desarrollo, de crecimiento y prosperidad. Es el mundo invertido. De hecho, una abismal contradictio in terminis atraviesa –y desgarra– a una de las formaciones culturales más ricas, ingeniosas y pujantes del orbe. América Latina es, a un tiempo, tierra de males acumulados y de promesas por cumplir. En ella, el complejo tercermundista se ha transformado en la “verdad absoluta”, indiscutible, en regla de definición matemática que se vuelve en contra de sí misma rebasando los límites del absurdo, sin haber podido, hasta la fecha, alcanzar la capacidad de curar las heridas autoinfligidas. La Venezuela de hoy es el modelo vivo de semejante escenario.

En todo caso, se trata, en el fondo, de la confrontación de la heteronomía y la autonomía, del antagonismo –efectivamente objetivo y ya inocultable– de la obsesión por el control instrumental de la sociedad frente a la cada vez más urgente exigencia de construcción de un sistema de educación orgánica e integral. Heteronomía es el modo general de toda expresión de control. Y, sin embargo, la ficción de querer controlarlo todo y a toda costa, esa insana pretensión de representarse la sociedad “ideal” como sinónimo de sociedades controladas, maniatadas y amordazadas en todos sus niveles, se revierte, una y otra vez, en contra de sí misma, haciéndose sospechosa de propósitos ocultos. Porque, en realidad, a medida que aumenta la cantidad de controles políticos, sociales, económicos, etc., resulta ser infinitamente mayor y más potente la corrupción, que se va diseminando progresivamente por todo el cuerpo social, hasta alcanzar la condición metastásica. En síntesis, mientras mayor sea el predominio militarista mayor será el grado de corrupción del ser y de la consciencia sociales, desde el “tipo de cambio monetario” hasta las bolsas CLAP, pasando por las interminables colas para la compra y posterior reventa del pan. El mayor promotor de la anarquía propia del “bachaquerismo”, como neosubcultura, es el despotismo del régimen de los controles.

Una sociedad de controles irrestrictos e inflexibles, como la que ha intentado de continuo poner en práctica el actual régimen venezolano, necesariamente promueve la corrupción y el latrocinio, pero, además, es la fuente principal de la que brotan las fétidas aguas de la incompetencia y la ineptitud. Y esa, quizá, sea la mayor de las tragedias del populismo: la facilidad de llegar al poder sobre los infantiles hombros de una multitud poseída por la imaginatio desbordada y –apenas un minuto después– su manifiesta impotencia para poder gobernar: su comprobada incapacidad para enfrentar efectivamente, esto es, con la necesaria madurez requerida, los problemas de fondo que afectan con apremio a las grandes mayorías. El “buen salvaje” no califica para ser, de hecho, un “buen revolucionario”, toda vez que carece de la necesaria preparación, de la formación cultural indispensable, para llegar a serlo. Los auténticos “buenos revolucionarios” no son, como se cree, los Stalin, los Mao o los Fidel, quienes, más allá de los carteles publicitarios y la propaganda de guerra, nunca lo fueron. Da Vinci, Galileo o Einstein se formaron para revolucionar los cielos y fundamentar el desarrollo de la tecnología que ha terminado por colocar la voluntad humana en el centro del universo. Este continente requiere aprender más de Marx que de ese adefesio llamado “marxismo-leninismo”; más de Nietzsche que de los “movimientos de liberación nacional”; más de Freud que sus autoimpuestos complejos de inferioridad, adobados por el resentimiento. Requiere prepararse más y mejor para enfrentar el reto de la nueva economía, sustentada en el conocimiento, que la estafa de las promesas populistas.

El populismo es el constructo del eterno noch nicht sein, del “todavía no es”, el andamiaje sobre el cual se justifica la permanencia infinita de la condición infantil de los pueblos. La autonegación del crecimiento y desarrollo esenciales para alcanzar el pleno estado de la madurez. Como en la conocida fábula, la zanahoria siempre se pone a la vista del asno que lleva el pesado fardo para que, convencido de que tarde o temprano logrará alcanzarla, prosiga, bajo engaño, el largo recorrido. No hay veredas ni “caminos verdes”. No se construye una mejor sociedad “entre gallos y medianoche”. Con frecuencia se habla de las enormes riquezas con que cuenta Venezuela, a pesar del saqueo al que ha sido sometida durante los últimos años. Pero, a decir verdad, la mayor riqueza de un país no se encuentra en sus yacimientos de petróleo, en su “arco minero” o en la probada fertilidad de sus tierras. Su mayor riqueza está en la educación y en la capacidad productiva que se deriva directamente de ella. A mayor producción de conocimientos mayor será la riqueza. La oferta tercermundista es el gran fiasco respecto del cual Latinoamérica solo tiene una única opción: salir de él. Y mientras más tiempo permanezca contemplando sus espejismos, más costoso le resultará superar la larga noche de la barbarie y decidirse a emprender el ascenso hacia la mayoría de edad: su entrada definitiva, y con buen pie, en la civilización.

http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/populismo-enfermedad-infantil-del-latinoamericanismo_205376

Los modelos de estado populares.

Los puntos sobre las íes por @jrherreraucv

Es verdad que lo que en la ciencia jurídica se conoce como los fundamentos del Estado republicano inspira y, de hecho, está marcadamente presente en la vigente Constitución de la República venezolana, e incluso, en algunos casos, muy por encima de los estándares de las aspiraciones o expectativas que la sociedad occidental, en general, ha llegado a configurar respecto de sí misma, dado su inusual carácter de detalle y especificidad.

Modelo de estado de las hormigas.
Inusual, se ha dicho, si esta se pone en relación con otros textos constitucionales. Considérese que mientras, por ejemplo, la Constitución de los Estados Unidos de América –We the people– cuenta con tan solo 7 artículos originales y 27 enmiendas, la “bolivariana” contempla un preámbulo de 350 artículos, divididos en 9 títulos y 33 capítulos, además de las disposiciones derogatorias, transitorias y finales. Fue Carlos Puebla, el cantautor cubano, quien recogiendo un viejo refrán popular escribió esta frase: “Mientras menos bulto más calidad”.

Decía Hegel que el gran error del concepto constitucional de Fichte consistía en pretender derivar o deducir de la idea general de Estado las más detalladas medidas administrativas, como aquellas de las dimensiones que debía tener el documento de identidad o el número de páginas del pasaporte de los ciudadanos. Hay, sin embargo, quienes pretenden introducir resoluciones constitucionales relativas a la cantidad de bolsas CLAP que deben ser repartidas entre los habitantes de una barriada. Sin duda, hasta el buen Fichte, por un momento, podría quedar sin aliento.

En todo caso, las disposiciones que están presentes en la Constitución venezolana vigente, hasta el eclipse de hoy, se inspiran en el modelo de Estado moderno, occidental, republicano, democrático. Por eso mismo, el modelo de Estado que se registra en dicha Constitución tiene el propósito de defender al individuo de los abusos del poder. Por definición, su fin consiste en la seguridad de cada individuo, interpretada como la “certeza de la libertad en el ámbito de la ley”. Se trata de la llamada “libertad negativa”, es decir, del ámbito de acción en virtud del cual el individuo queda legalmente protegido contra la posibilidad de ser obligado, por quienes detentan el poder, a hacer lo que no quiere hacer. Las libertades individuales están, pues, garantizadas en dicho texto.

De hecho, y a pesar de que cierto ámbito psicológico ha insistido en hacer ver, durante años, la negatividad como el mal, en lo que respecta a la teoría del derecho y del Estado -como también en la filosofía- lo negativo no es “tan maligno como el diablo”, porque, al igual que la libertad, la sustancia es esencialmente negativa, portadora de movimiento y libre voluntad, por lo que “decir que se sabe algo falsamente –como dice Hegel– equivale a decir que el saber está en desigualdad con la sustancia”, tal como lo puede estar una determinada Constitución que no se compadece con la realidad de verdad, porque se asume en la simplicidad de su abstracción formal, como un mero “deber ser”.

De nuevo, Kant: “Puede ser justo en la teoría, pero no sirve de nada en la práctica”. Es el problema de la escisión entre ser, pensar y decir, el desgarramiento entre el craso deseo y lo que se es efectivamente. Es, en último análisis, el autoextrañamiento, la confirmación del imperio del populismo llevado hasta sus extremos gansteriles. La intervención del Estado -comprendido como sociedad política-, más allá de las funciones que se le han encomendado, degenera en la sociedad de los comportamientos uniformes, militaristas, sin diferencias, sin diversidad, sin discrepancias. Pero los individuos, que han conquistado la condición de ciudadanos, no son autómatas.

Una de las ficciones del militarismo tout court consiste en autoconcebirse como el legítimo dueño del Estado, no como su eventual o circunstancial administrador. Él es “indispensable”, es “el elegido”, “el pueblo” en sí mismo, el “soberano”. Y como él se concibe como “el pueblo soberano”, y como “la voz de Dios” es “la voz del pueblo”, su voz, y todo lo que él es y representa, resulta ser nada menos que Dios. Sin su presencia al frente de la sociedad política del Estado, sin su férreo control sobre la sociedad civil, todo sucumbiría. Las formas son una cosa. Pero el contenido es lo que cuenta: aplastar y someter a todo el que no acepte la autoridad suprema del “pueblo” –L'état c'est moi, parce que je suis le peuble lui-même–, es la función suprema del caudillo soberano, su destino, el “plan maestro” que “el fatum” le ha confiado y ha puesto en sus “piadosas” manos opresoras. Él es el pueblo, pero es también la fuerza armada y el lumpen: uno y trino. Cuestiones de causa mayor, asuntos cercanos, más que a lo humano, a “lo divino”. Formas de Estado mínimo. Contenidos de Estado máximo. Una vez más, hay aquí un cortocircuito.

Es hora de poner fin a la esquizofrenia: la hora de colocar los puntos sobre las íes. El absolutismo es propio del despotismo oriental que, en nombre de los “trabajadores de todos los países del mundo”, supieron conservar muy bien los bolcheviques y los maoístas. Las llamadas “Repúblicas Populares” o “Repúblicas Democráticas” no son ni populares ni democráticas, porque en ellas solo uno –el único, junto con sus más cercanos secuaces serviles– es libre. El resto carece de todo derecho. Estados estacionarios, inmóviles, improductivos, para los que el progreso es cosa del “demonio” occidental. En la Filosofía del derecho, Hegel insiste en el hecho de que, en Occidente, el jefe del Estado es, en realidad, un funcionario, “la cima de la decisión formal”. Por eso mismo, su función consiste en decir “sí” a las decisiones que han sido sometidas previamente al acuerdo consensuado de la sociedad en su conjunto: “solo hace falta un nombre que diga ‘sí’ y ponga el punto sobre la i, pues la cima debe ser de modo tal que la particularidad del carácter no sea lo importante”. La superación de la crisis orgánica que padece el país pasa por la recuperación de la condición republicana que está presente en el texto constitucional, más allá de las meras formas, hasta el punto de hacerla devenir realidad concreta.

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