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    El tiempo de Dios

    El tiempo de Dios es perfecto.

    Hay quienes aún lo esperan con ansiedad, y se aferran con todas las fuerzas de su fe al tácito deseo de su inminente advenimiento, al estruendo de su llegada, al anuncio de su juicio final, de su “tarde o temprano”. Ello a pesar de que, desde el punto de vista estrictamente existencial, no figure, o por lo menos no se tenga constancia de su figuración, en el portaflio de la cotidianidad de tantos fieles atribulados, sometidos a la dureza de un tiempo que ha consumado hasta lo inimaginable la menesterosidad, vuelta desnudo instinto. No se ha presentado -por lo menos, hasta ahora- para hacer justicia divina. Tampoco para la humana, nisiquiera para ayudar a rendir los ya bastante depauperados salarios. Ni ha desplegado sus atributos inmaculados cuando se va la electricidad o cuando no sale agua del grifo, ni cuando la medicina requerida con urgencia ya no se consigue por ningún lado. Ni cuando la vida pierde todo valor, aunque se invoquen e intenten hacer valer, una y otra vez, derechos humanos inalienables, que son pisoteados de continuo por quienes usurpan el poder de un locus que en algún momento llegó a ser una Nación y un Estado. Tampoco da santas señales frente al tiempo real de un régimen de usurpación que ya parece infinito, ni ante los atropellos del tiempo de la administración del lumpen, de la ética y la estética perdidas, de la educación en bancarrota y de las ruinas del legado del cojo de Lepanto. Ser y existir ya no coinciden. Y sin embargo, aún con todo, se sigue invocando con predilección entre quienes, se supone, sean sus brazos ejecutores. Y los corifeos lo repiten una y otra vez, sin detenerse a pensar, porque -suponen- no hay ni qué pensarlo: “¡El tiempo de Dios es perfecto!”.

    Es verdad que el tiempo sigue siendo un problema para la entera humanidad, un tremulante y exigente problema, tal vez el más vital de la ontología del ser social contemporáneo, y que la divina eternidad ha sido asumida como el juego de una fatigada esperanza. Decía Platón, que el tiempo es una imagen móvil de la eternidad. Y justo ahí comienzan las dificultades. ¿Cómo puede tener temporalidad la eternidad? Y si todo lo divino es, por su propia condición, perfecto, ¿qué sentido y qué significado -qué alcance- puede llegar a tener una tautología en la que se afirma que lo perfecto es perfecto? De ser así, valdría entonces la pena preguntarse, por ejemplo, ¿es redondo lo redondo? En el denso entramado de las construcciones de un Heidegger quizá pudiese encontrarse alguna pista para descifrar el misterio oculto en medio del extravío de sus Holzwege. Pero tales incursiones por El Ávila resultan impensables en los ¡Ay, de mi! de los políticos de oficio, esos que, algunas veces, confunden las tarimas con los púlpitos y las protestas callejeras con terapias de grupo. Y sin embargo, conviene advertir a los fanáticos de la tautólogía -los “si me matan y me muero” o los que se proponen “ganar-ganar” ganando- que el ser en cuanto ser, es decir, como puro ser, como nada más que ser indeterminado, se revela, por su propia condición, como la nada.

    En todo caso, la frase encierra una esencial aporía. Una aporía que sirve de sustrato intelectual para interpretar el alcance de sus reales propósitos. Si es verdad que -como supone buena parte de la tradición filosófica- historia sólo se tiene de lo que acaece, esto es, de lo que es para sí, en cuanto que lo que acaece se refleja para recontar lo acaecido, o, simplemente, memorea sobre lo que ya no es, entones, ¿cómo podría tener temporalidad la divina eternidad de Dios? Y es que, en efecto, para el entendimiento reflexivo, resulta natural pensar en la imposibilidad de historiar respecto de aquello que no tiene ni principio ni fin; materia que confirmaría un esfuerzo -en última instancia, inútil- por revelar los sagrados misterios de la posible temporalidad de lo divino. A menos que se pretenda suspender el juicio y entregarse al muy sublime sentimiento religioso, cuya traducción a la Realpolitik no pocas veces termina fundamentando dogmas bizantinos, más cercanos al fanatismo totalitario que a las ideas y valores republicanas, y cuya condición pasiva, dado que la libre voluntad se haya hipotecada,  siempre se encuentra a la espera de que sea alguien o algo superior lo que termine resolviendo un entuerto que fue creado y recreado no por Dios sino por diminutos entes que fueran hechos “a su imagen y semejanza”.

    Por otro lado, ¿cómo puede ser perfecto aquello que se abstrae -se aparta- de las imperfecciones? Para que lo perfecto sea efectivamente perfecto tiene que contenerlo todo, porque justo en eso, en la completitud de su sustancia, consiste la perfección. Lo perfecto es la perfecta unidad de lo perfecto y lo imperfecto. Una perfección que deja por fuera de sí una de sus partes, ya no es una unidad perfecta en sí misma sino una parte. Con lo cual ya no es perfecta. En una expresión, lo que hace perfecta la temporalidad divina es, justamente, la autenticidad de cada imperfección temporal. Pero a la sombra de su representación axiomática, y encerrada sobre sí misma, se transforma en un bucle que gira indefinidamente sobre sí, con el fin de conservar la aparente pureza de su perfección. Y es de ahí de donde proviene la presuposición de su condición circular y repetitiva. De tal modo que aquello de “el tiempo de Dios es perfecto” bien podría traducirse como “la historia siempre se repite”, una y otra vez, de manera idéntica. Jorge Luis Borges lo ha explicado: “nacerás de un vientre, crecerá tu esqueleto, de nuevo arribará esta página a tus manos iguales, de nuevo cursarás todas las horas hasta la de tu muerte increíble. Un argumento -añade el escritor invidente- insípido, pero que sobre todo comporta un enorme desenlace amenazador”.

    Nietzsche en Zaratustra: “La lenta araña arrastrándose a la luz de la luna, y la misma luz de la luna, y tú y yo cuchucheando en el portón, cuchucheando de eternas cosas, ¿no hemos coincidido ya en el pasado? ¿y no recurriremos otra vez en el largo camino, en ese largo y tembloroso camino, no recurriremos eternamente? Así hablaba yo, siempre con voz menos alta, porque me daban miedo mis pensamientos y mis traspensamientos”. Las mismas cosas volverán puntualmente, todo volverá a estar  junto, incluyendo las palabras que exponen esta doctrina. Curioso: el propulsor de la concepción de un tiempo divinamente perfecto aseguraba que Dios había muerto.

    Nietzsche intenta fundamentar el secreto mecanismo del tiempo, concebido como una repetición continua de experiencias ya vividas y recordadas. Pero Borges afirma que si alguna vez nos deja pensativos la sensación de haber vivido este momento, no debe olvidarse que el recuerdo importaría una novedad que es la negación de dicha tesis y que el tiempo lo iría perfeccionando hasta el ciclo distante en el que el sujeto ya prevé su destino y prefiere obrar de otro modo. Una contradicción -dice- atraviesa esta visión de tiempo circular: “Nietzsche quería enamorarse minuciosamente de su destino. Y, con tal objetivo, desenterró la intolerable hipótesis griega de la eterna repetición, y procuró deducir de esa pesadilla mental una ocasión de júbilo. Buscó la idea más horrible del universo y la propuso a la delectación de los hombres. El optimista flojo -concluye Borges- imagina ser nietzscheano”.

    Por José Rafael Herrera
    @jrherreraucv

    Nación y Estado

    La nación y su geografía, en un mapa.

    Como sucede con la mayor parte de los conceptos que se dan por sobrentendidos, el de la exaltación de los derechos individuales, tan en boga por estos días, se basa, exclusivamente, en la presuposición de requisitos de mera naturaleza individual, lo que termina propiciando tarde o temprano la apatía política. Si la exaltación del comunitarismo ha terminado por hacer de la vida ciudadana una ficción en la que se desdibujan los contornos de la condición individual, transformándola en una multitud incapáz de poder decidir por sí misma y reduciéndola a su impotencia, la exaltación de la individualidad abstracta llega, por el camino inverso, exactamente al mismo punto: a la bancarrota de la libre voluntad y de sus auténticos derechos.


    Una discusión acerca de cuál es el mejor modelo a seguir, el más adecuado para la sociedad, sin que ninguno de sus interlocutores sepa a ciencia cierta de qué está hablando, sólo sirve, de un lado, para encubrir la ambición de poder de ignorantes que poco o nada saben de nación y Estado y, del otro, para incrementar aún más la frustración de una muchedumbre con un pie en la incertidumbre y el otro en la resignación. Muchedumbre que, desde el principio, desconocía el real sentido y los alcances de las marchas militantes en las que algunas veces -sobre todo al principio- participó, cual émulo de los Trabajos de amor perdidos o de La comedia de las equivocaciones.

    Lo peor de toda presuposición es que termina dando rienda suelta a las más lúgubres expresiones del autoritarismo y el terror. Es el caso del régimen de Chávez, de sus indiscriminadas prédicas “revolucionarias”, “bolivarianas”, “humanistas” y “republicanas” que terminaron en el horror de un país en ruinas. Pero también es el caso de un puñado de políticos improvisados y sin la mayor formación, quienes, asesorados por una sarta de “teóricos” de bullpen -para no decir de toril-, cuyas nuevas cartas astrales son las estadísticas y las metodologías “de punta”, suponen o que “la realidad es lo que es” o, peor todavía, lo que sus planos astrales “deberían” obligarla a ser, a remate de porcentajes. Y como no lo consiguen, tal como era de esperarse, acuden a la liturgia de la esperanza del “tiempo de Dios” o de su equivalente mediático: la retórica hueca, vaciada de todo contenido, del “vamos bien” y del “sí se puede”. Pero, si desde hace veinte años las premisas son las mismas, ¿los resultados podrían llegar en algún momento a ser distintos? A fin de cuentas, lo tácito oculta, siempre, la ignorancia del bárbaro, se vista de casaca militar o de outlet stores.

    Cuando no se emprende la búsqueda histórico-filosófica del origen de los vínculos del espíritu de una nación, no se llega muy lejos. Y es que no es posible concretar un cambio radical en la vida de una determinada formación política y social sin efectuar el proceso de reconstrucción de su ser y de su conciencia sociales, de conocer a fondo los elementos externos e internos que conforman el pulso de su devenir, esa dinámica que transforma un conglomerado en una auténtica comunidad, una multiplicidad de intereses informes en una nación propiamente dicha. Todo lo cual se expresa a través del estudio del lenguaje, el arte, la religión, los tipos de gobierno, las instituciones políticas, las leyes, el desarrollo productivo, educativo, literario y científico, así como las formas de pensamiento en general que han logrado fraguar su Volkgeist. Se trata, pues, de comprender el ser y el tiempo de una determinada nación. Porque, como dice Hegel, cada nación tiene sus propias representaciones, “un rasgo nacional establecido, una manera de comer y beber, ciertas costumbres que le son propias”. En fin, “un modo particular de vida”. Sólo cuando los instrumentos de “medición” dejan de ser la fuente primaria del conocimiento y la conciencia se dedica a comprender, se produce el cambio, y se puede crear un auténtico proyecto de Nación y de Estado, en el que no sólo la comunidad se sepa inmersa en sus costumbres, sino en la que los individuos logren identificarse consigo mismos, pues al compartir los valores de su comunidad, los individuos, lejos de ser concebidos como masa informe, crecen y con-crecen, porque sus almas se enriquecen y pueden reconocerse libremente en la unidad orgánica de la totalidad social y política de la que forman parte constitutiva. Es eso a lo que se denomina eticidad o civilidad. Y mientras mayor sea el desarrollo de la educación estética mayores serán su armonía y fortaleza.


    Se equivocan quienes, a fuerza de un maniqueísmo ya casi instintivo, presuponen que la salida de las ficción totalitaria de un régimen que ha terminado por secuestrar a los individuos, hasta pretender transformarlos en rebaño, consiste en la promoción de la ficción individualista. De un lado, se exalta al Estado -en realidad, a la sociedad política- contra la iniciativa privada; del otro, se exalta al individuo -en realidad, a la sociedad civil- contra la opresión del Estado. Dos unidades en sí mismas opustas y recíprocamente contradictorias. El Estado es percibido como el aparato del gobierno que ejerce el poder, mientras que la nación está formada por el pueblo, sus súbditos, sometidos a su absoluta voluntad. Semejante presuposición de la doctrina rousseauniana no sólo es inexacta, sino que es, además, superficial. Hablar de la “soberanía nacional” o de la “soberanía popular” ya implica la exclusión de la idea de nación de una concepción amplia y orgánica del concepto de Estado, porque sólo es posible hablar de soberanía si se consideran las diferentes esferas de la sociedad como una totalidad concreta, cabe decir, como el recíproco reconocimiento de la sociedad política y de la sociedad civil, del Estado y de la Nación. En última instancia, la sociedad política, a la que por lo general se le denomina Estado, no es más que la sociedad civil -la nación en cuanto tal- hecha, es decir, objetivada. Rousseau invierte los términos: según él, los individuos enajenan sus derechos al Estado, el cual, a partir de ese momento, regula su libre voluntad. En realidad, es al revés: la voluntad de la nación se ha objetivado y ha creado un Estado, un garante de sus intereses, un organismo que representa y preserva su eticidad, el modo de ser propio de su tiempo. Que con el pasar de los años el objeto creado pase a ocupar el puesto de su creador depende del nivel de conciencia de los individuos que forman parte de dicha nación.


    La Venezuela de hoy no es ni una nación ni un Estado. La labor de los sectores progresistas de la sociedad no consiste ni el el regressus al “como éramos antes” -cosa del todo imposible, por cierto-, como tampoco en la intentio de participar en el “juego” del gato y el ratón, teniendo a una tiranía de narco-traficantes y terroristas como interlocutores de un proceso electoral, con el propósito de posicionarse de algunos cargos “estratégicos” que le permitan tener presencia en el “Estado” y tomar oxígeno para un segundo combate. Decía el Maestro Pagallo que si uno iba a ahogarse era preferible hacerlo en el océano profundo que en una tina de baño. Venezuela requiere reinventarse, rehacerse, ser refundada desde sus raíces. Y sus raíces pasan por la elaboración de la superación y conservación de sí misma. Los griegos llamaban Niké no sólo a la victoria sino a la batalla misma. Tarea nada fácil la de asumir el rol de la Israel de América Latina. El Éxodo da la pauta. Pero este será el esfuerzo más próspero y sublime de un país que bien lo merece. 

    Por José Rafael Herrera@ / @jrherreraucv

    La realidad

    La realidad en un charco.

    La llamada tradición suele hipostasiar sus ficciones y presentarlas como el fundamento último de toda posible verdad. Spinoza acostumbraba designarla -precisamente, a la tradición- como la expresión característica de todo “conocimiento de oídas o por vaga experiencia”. No es que en ella no haya algo de contenido verdadero, ciertos elementos sin los cuales la verdad sería incompleta. Los criterios abstractos de demarcación, que catalogan mecánicamente lo verdadero de un lado y lo falso del otro, son más cercanos a la severidad y a la rigidez de los dogmas -por cierto, tradicionales- que al saber propiamente dicho. Pero una cosa es contener algo de la verdad y otra la pretensión de asumirse como la absoluta verdad. Gato por liebre. Para que la lengua hispana del presente precise el significado de la palabra realidad, está obligada a adjetivarla. De resto, y por hábito y tradición, se la confunde con la cruda e inmediata certeza empírica, con “eso” a lo que se suele llamar “los hechos”. De ahí la inclinación de García Bacca por el lenguaje castizo. A diferencia de la lengua alemana, en la que a la realidad sensorial se le llama realiter, mientras que a la realidad de verdad, la realidad efectiva, se le comprende por Wirklichtkeit. La filosofía es, en esencia, sustantiva. De ahí el fracaso anticipado de todo pensamiento débil, esa colcha compuesta de retazos adjetivos.

    Los seguidores de las representaciones que la tradición trastoca y vende como supuestos “conceptos fundamentales” o como “hechos”, que brotan como los hongos de la “tierra prometida” de la más “absoluta verdad” -y cuya formulación no pocas veces puede llegar a ser, más que patética, vergonzosa-, repiten sandeces que llegan a imaginar como si se tratara de grandes conceptos filosóficos, de la más rancia, profunda e innegable revelación divina. Se las saben todas. Son los creadores de “el tiempo de Dios es perfecto”, de “si me matan y me muero”, de “ese es el deber ser” y de “la única vía posible es electoral”, ésta última como la más depurada versión -especulativa, claro está- del “agarrando aunque sea fallo”. Eso sí: todo encaminado “metodológica, estadística y científicamente”. “¡Vamos bien!” o, cosa similar, “¡Vamos Vinotinto!”. Da lo mismo. Y es que Paulo Coelho, Jhon Magdaleno y Luis Vicente León son apenas unos ingenuos lactantes al lado de semejantes maestros de tan arcana sabiduría oracularia, muchos de ellos, mágicamente transfigurados en parte integrante del flanco apostólico de la dirigencia política opositora. Su última proclamación: “hay que ser realistas”. Venezuela parece padecer de una esquizofrenia colectiva, signada por el desgarramiento entre el objetivismo ciego y el subjetivismo vacío. Recientemente, la periodista Sebastiana Barráez entrevistó al coronel Luis Alfonso Dávila, ex-presidente de la Asamblea Nacional, quien afirmaba que Hugo Chávez, primero, frente a un nutrido auditorio londinense y, luego, frente a los medios de comunicación colombianos, contaba cómo el presidente Carlos Andrés Pérez se había salvado del proceso penal que le abriera el parlamento venezolano por un voto, el voto de un diputado vendido, de un traidor. El diputado en cuestión era nada menos que José Vicente Rangel, ministro de la defernsa y, poco después, vicepresidente del régimen de Chávez. Las palabras de un lado, las cosas del otro. La cultura del desquicio.

    Para el “realista” confeso, ese que no tiene ni idea de qué pueda ser el realismo, dado que su “realismo” es tan “realista” que no le permite más que creer saber que sabe lo que no sabe, “la realidad es lo que es”, o sea, el esto o aquello. Y “lo que es”, el esto o aquello, terminan siendo “los datos” o “las cifras” o, en última instancia, lo que le muestran sus extraordinariamente desarrollados y agudos sentidos, por aquello de que “ser es ser percibido”, ni más ni menos. La matemática infinitesimal o la física cuántica se les antojan como parte de la complicada trama de la ciencia ficción. Y, ebrios de percepción como están, difícilmente puedan llegar a comprender que la realidad no es lo que la apariencia les ha hecho ver, oir u oler. Los músculos que no se usan se atrofian. De modo que por el camino de los prejuicios y las presuposiciones que la tradición ha sembrado en sus atrofeadas bóvedas craneanas o por el vaivén de las cifras o de la mera percepción, resulta imposible comprender que la realidad sea, efectivamente, la unidad de la esencia y la existencia, la unidad de la unidad y de la no-unidad de lo interior y lo exterior, la relación de los términos opuestos devenida idéntica consigo misma. Pero todo esfuerzo en esta dirección será inútil, porque eso de ponerse a estas alturas de la existencia -pues la circunstancia de sus tristes estar aquí no puede llamarse vida- a pensar, a verse forzados a salir de la zona de confort que plácidamente le brindan el sentido común y el entendimiento abstracto, no es asunto de interés. Pensar cansa, fastidia y no da ganancias. Eso también forma parte del ser “realista”. El resto es ponerse a inventar, a buscarle las patas que no tiene el gato. De tal manera que el tal “realismo” no sólo se revela como el más aplastado y miope de los empirismos, sino que, precisamente por eso, queda sorprendido -aparte de sus gustos por el chinchorreo físico y mental- como el más craso de los irrealismos posibles. Un irrealismo que ha sido muy bien aprovechado durante los últimos veinte años por los muy realistas -y esos sí: materialistas, además- cabecillas del cartel narco-terrorista que mantiene a la satrapía de los títeres de Maduro y Cabello en el poder.

    Una generosa pista para los premurosos supuestos realistas. Una vez más, en lengua alemana, la confusión de objekt y Gegenstand hace la diferencia entre los feligreses del materialismo -todos ellos prekantianos, es decir, precríticos- y el término del pensamiento, porque, aunque no lo puedan creer, la realidad de verdad, la realidad efectiva en cuanto tal, es justo eso: el término del pensamiento, lo contra-puesto (Gegen-stand), la actividad sensitiva humana. Materia pensada. Porque justo donde termina la actividad, la producción, la creación del pensamiento, tiene sus inicios la realidad de verdad. Y es que, despues de que Kant lo comprobara, la realidad es el producto, el resultado, de la actividad productiva del sujeto-objeto idéntico, de la praxis humana, de nuevo, de la sinnlich menschliche tätigkeit, y fuera de ella nada es. El orden y la conexión de las ideas es idéntico al orden y la conexión de las cosas, observa Spinoza. La realidad se construye haciéndola: verum et factum convertuntur reciprocatur, dice Vico. Lo concreto no es lo la dureza inmediata de lo sensible, sino lo que con-crece, la síntesis de múltiples determinaciones, la unidad de lo diverso. Y es por eso que en Hegel la realidad no puede no identificarse con la razón, póngasela de cabeza o de pié: da lo mismo, porque, a pesar de lo que puedan llegar a creer los pseudo-realistas -empiristas, solipsistas o nominalistas sin tan siquiera saberlo-, la circularidad termina formando un círculo. Los fieles seguidores de los resabios de la tradición dirán lo que quieran y seguirán bamboleándose en la comodidad de su chinchorro hecho de lugares comunes. Pero por ese camino, lo que se representan como la realidad nunca dejará de ser más que una ficción, mientras que lo que se imaginan que es una ficción es la más genuina realidad.       
                   
    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    Dialéctica y distinción

    Benedetto Croce.
    Benedetto Croce.

    Decía Benedetto Croce que el precio de la civilización consiste en mantener la “vigilancia continua” contra la barbarie. Como nunca antes en la historia, la barbarie -ese espejo roto que refleja los añicos de la eticidad- parece haber descifrado los tradicionales códigos ético-políticos de vigilancia, control y seguridad, establecidos por la civilización. Y, código en mano, no sólo los ha ido burlando, sino que ha logrado mimetizarse hasta penetrar astutamente en sus entrañas para destruirla paso a paso, tal como se insertan las células cancerígenas en el tejido orgánico hasta tumorizarlo. Ahora sólo es cuestión de tiempo. La sociedad occidental, presa de las glorias de su entendimiento abstracto, anda tras la pista de sus recurrentes “investigaciones estadísticas y metodológicas”, barruntando, a ver si entre cifras pueden detectar el modo de restituir las claves, y con la mirada echada sobre el rincón de la impotencia de un humanismo de utilería, ficticio y ajeno a las glorias de Bocaccio, se propone, “en última instancia”, recurrir a la negociación o al diálogo, como se hacen las cosas entre las gentes civilizadas, a ver si se pudiese pactar algún acuerdo “firme” y “realista” que, como en otros tiempos, frene o ponga fin a la voracidad creciente de los legítimos herederos del imperio de los nómadas. Ya no se trata de una “amenaza”: están aquí y en Ecuador, en Chile, en Bolivia, en España, y nadie parece darse por enterado.

    Benedetto Croce fue uno de los dos grandes pensadores italianos de la primera mitad del siglo XX. El otro fue Giovanni Gentile, con quien Croce discutió en profundidad acerca del logos dialéctico e histórico, y particularmente sobre el concepto de oposición. Hegel, según Croce, tuvo el mérito de descubrir que la oposición es el alma de la realidad, y que el espíritu es tanto la oposición como la unidad de los términos opuestos. El problema es que, en su opinión, terminó por extender su concepción de la oposición incluso a lo que no se opone, confundiéndola con lo distinto. Lo bello se opone a lo feo en la estética, lo verdadero a lo falso en la lógica, lo útil a lo inútil en la economía, el bien al mal en la ética. Pero no hay oposición, por ejemplo, entre belleza y falsedad, porque lo uno y lo otro poseen un estatuto de realidad diverso y corresponden a distintos grados de la vida del espíritu. No se puede confundir la actividad teórica con la práctica, como tampoco lo concreto con lo abstracto, o lo particular con lo universal.

    Un universal concreto es un constructo cultural e histórico. Es el resultado de la actividad práctica y teórica del espíritu, y dista mucho de ser una abstracción, porque lo abstracto no es -como se ha hecho creer- ni lo elevado o etéreo ni lo complicado y profundo, sino, más bien, lo parcial e incompleto. Por eso mismo, no existe para Croce posiblidad de oposición entre un grado particular abstracto y un grado universal concreto, como, por ejemplo, entre la utilidad y la ética. Lo útil es un acto de satisfacción de un deseo con base en las necesidades inmediatas. Para que lo útil llegue a ser ético es determinante que deje de ser abstracta y arbitrariamente útil y conquiste un nivel de concreción  superior que le permita transformar el mero deseo en libre voluntad, en decir, en conciencia de la necesidad, en derecho. Sólo así, mediante el esfuerzo y la formación cultural, un determinado ser puede dar el salto cualitativo de la barbarie a la civilización. Entre lo uno y lo otro no hay, pues, oposición dialéctica sino una relación de términos distintos. No existe entre ellos oposición sino distinción, porque su lógica no contiene paridad.

    Un político medianamente consciente de su sacerdocio público, con cierta formación cultural y profesional, con valores ético-políticos tendencialmente modernos -incluyendo el gusto por el beisbol- y con un mínimo de consciencia de la importancia del compromiso de la palabra, ¿podrá sentarse a dialogar con un bárbaro -un ganster que se propone intoxicar con narcóticos la mente de la mayor parte posible de la población occidental hasta hacerla implotar- y acordar con él los términos de una negociación -como acostumbran decir infelizmente los vendedores ambulantes de electrodomésticos- de tipo 'ganar-ganar'? “El bárbaro se asombra cuando escucha que el cuadrado de la hipotenusa debe ser igual a la suma de los cuadrados de los dos catetos. Él cree que también podría ser de otro modo. Le teme al intelecto y se queda en la intuición”, dice Hegel. Croce agregaría que la intuición del bárbaro es de la misma naturaleza que la del abstracto deseo utilitario, nunca del universal concreto de la eticidad. ¿Pudo sentarse Valentiniano III a negociar un acuerdo “ganar-ganar” con Atila, “el azote de Dios”, paradigma de la crueldad, la destrucción y la rapiña? Si los códigos morales de los eventuales interlocutores no sólo son distintos sino incompatibles, si lo que para el uno resulta ser una aberración para el otro resulta bueno y natural, si el honor es interpretado como deshonor, el sometimiento como paz, el racionamiento como abundancia y la manipulación como verdad, ¿será posible establecer una relación de oposición dialéctica entre ambos? Para la barbarie, ser ignorante significa ser fuerte. En Eurasia y EastAsia, dice Orwell, el sentimiento más arraigado es el de la adoración a la muerte y la desaparición del yo.

    En realidad, no existe una dialéctica de los distintos. Sólo se puede hablar de dialéctica cuando existen dos términos opuestos, como polo norte y polo sur, derecha e izquierda, padre e hijo, porque lo que hace posible la existencia de uno de los términos, lo que lo determina, es su otro. ¿Será posible la existencia del polo norte sin que exista el polo sur? Y, en el hipotético caso de que llegara a existir, ¿sería polo respecto de qué? De modo tal que lo único que le da sentido y significado a cada polo no se encuentra en él sino en su término opuesto correlativo. Por eso mismo, una vez más, vale la pena preguntarse si, por ejemplo, el Al Capone de el Furrial o los vástagos de un terrorista y secuestrador de oficio pudieran llegar a conformar el término opuesto correlativo, dialéctico, de algún respetable político, pues, a pesar de las sospechas que puedan llegar a infundir las ruines intrigas, existen.

    El problema sigue siendo el de la incompatibilidad presente entre los distintos. Y, en virtud de la distinción, cabe pensar en serio, más allá de las gráficas estadísticas, acerca de los riesgos en los que se encuentra la seguridad de la civilización occidental actual, frente a la creciente amenaza narco-terrorista. No será siguiendo las recetas de la psicología o de la sociología prescriptivas que se obtendrá la solución. La gangrena no se cura con agua de colonia. Maquiavelo tiene hoy más vigencia que nunca.                 
                     

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    Adorno hoy

    Adorno y barbarie.


    Hace pocomás de un mes se cumplieron cincuenta años de la muerte de Theodor Wiesengrund Adorno, uno de los más importantes pensadores del siglo XX y, junto con Walter Benjamin, Max Horkheimer y Herbert Marcuse, una de las figuras emblemáticas de la llamada Escuela de Frankfurt, cuya teoría crítica de la sociedad –ese gran proyecto para la comprensión dialéctica e histórica de la cultura contemporánea– aún se sigue desarrollando. Y es que después de aquella primera generación de pensadores que desde 1931 conformaron el Institut für Sozialforschung –o Instituto para las Investigaciones Sociales–, han surgido dos generaciones más, herederas de su valiosa tradición, conducidas de la mano, primero, de Jürgen Habermas y, más recientemente, de Axel Honneth.

    En todo caso, será necesario afirmar que entre todos sus distinguidos miembros Adorno ha sido, y sigue siendo, el más lúcido y profundo, y no pocas veces hasta la densidad abismal, pues si en algo coincide su modo de pensar con el de Heráclito y el de Hegel es, precisamente, en aquello que los identifica: el espesor de su densidad.

    Más allá de “la mezquindad y el rencor” que caracterizan las abstracciones de un Schopenhauer –dice Adorno–, “en el terreno de la gran filosofía, Heráclito y Hegel son los únicos con quienes, de vez en cuando, no se sabe, ni se puede averiguar de forma concluyente, de qué se está hablando, y con los cuales no está garantizada la posibilidad de semejante averiguación”. Lo propio aplica para el autor de la Dialéctica Negativa.

    En uno de sus ensayos, Adorno sostiene que la tarea más urgente de toda educación consiste en superar la barbarie. No obstante, se pregunta si en ella pueda ser cambiado algo decisivo mediante la educación actual, inmersa como está en la ratio instrumental. Como podrá observarse, se trata de la puesta en escena de la contraposición de dos tendencias fundamentales, alrededor de las cuales gira el problema central de la sociedad contemporánea. Dos tendencias que son, en realidad, dos presupuestos sobre los que aún hoy se debate el presente.

    Paradójicamente, en el horizonte problemático de la civilización técnica, altamente desarrollada, los individuos parecen encontrarse ubicados por detrás de su condición civil, y no solo se trata de aquellos que aún no se hayan en sintonía con el avance técnico-científico alcanzado hasta ahora, y que pareciera ser natural para la llamada "millennials generation", sino de quienes, según Adorno, se encuentran “poseídos por una voluntad de agresión primitiva, por un odio primitivo o, como suele decirse, por un impulso destructivo que contribuye a aumentar todavía más el peligro de que toda esta civilización salte por los aires, algo a lo que, por lo demás, ya tiende por sí misma. Impedir esto me parece algo tan urgente que subordinaría a ello los restantes ideales específicos de la educación.

    La cuestión de fondo que aquí pareciera plantearse consiste en si, en efecto, las personas que se consideran equilibradas y normales, moderadas y relativamente ilustradas en todos los sentidos que caben en las pautas de la vida cotidiana, es decir, las personas promedio, ajenas a la agresión e incapaces de cometer actos de barbarie, representan efectivamente un producto deseable para la sociedad actual. O, en otros términos, ¿hasta qué punto puede la voluntad consciente introducir acciones dentro del ámbito educativo capaces de producir o reproducir expresiones propias o constitutivas de la barbarie?

    El humus propicio para el cultivo de la barbarie es la represión, la ausencia de promoción de las motivaciones autonómicas. Por eso, los regímenes que han hecho de la barbarie su “legado” le temen tanto a la autonomía y, antes bien, imponen un modelo de educación “controlada”, sometida a criterios regulatorios, ajenos al desarrollo de las más diversas manifestaciones de la iniciativa individual, en nombre de la autoridad y del poder establecidos. Los programas son cerrados, la inventiva está demás. Ajenos a toda creación espontánea, no existe ni orden ni conexión entre las ideas y las cosas. La memoria y el “caletre” se imponen como los padres putativos, los “tutores”, de las más diversas formas de conocimiento. Y así, lejos de contribuir a transmutar los instintos de agresión en inclinaciones productivas, las tiranías, al imponer sus criterios escolásticos cerrados, formales y represivos, concentran y potencian la agresión barbárica.

    A la lucha contra la barbarie y su consecuente superación se corresponde un momento de indignación suprema, no sobre la base de la memoria sino del recuerdo reconstructivo del decurso histórico de la humanidad, o por lo menos de sus momentos estelares. Se trata de poder conducir los rasgos persistentes de barbarie contra el propio principio de la barbarie, contra la barbarie misma, en lugar de contenerla, evitando que sus potencialidades produzcan una nueva irrupción contra el desarrollo de la civilidad.

    Existe barbarie ahí donde se constata una recaída en la fuerza física, bruta, primitiva, exaltada como símbolo mítico de grandeza revolucionaria, “al servicio de la humanidad”. Aquiles aparece aquí como un niño ingenuo frente al guardia nacional que compite por ser el más destacado torturador, el que mayor cantidad de ciudadanos lleva asesinados o el que más cantidad de civiles ha golpeado y humillado. En su opinión, el instinto de competencia comporta los signos de la barbarie, tanto para el vencedor como para el vencido.

    El vencedor entra en la gloria del Walhalla de la patria, en el sagrado panteón de los “héroes”: se ha hecho merecedor de un bono salarial y una caja extra de alimentos. El vencido concentra sus resentimientos, que se traducen en la duplicación de sus potencialidades barbáricas. La competencia es un instinto y, por eso mismo, es contrario a la educación estética, por lo cual termina ahondando en las representaciones primitivas y en los más diversos modos de infantilismo barbárico. Competir –agrega Adorno– no es el mejor incentivo para el desarrollo de la vida civilizada. Hay que perder la costumbre de utilizar los codos. Los codazos son, sin duda, expresión de barbarie. “Lejos de ser una hermosa máxima, el fair play, hipostasiado y convertido en motivación sin concepto, encierra algo inhumano”, tan inhumano y barbárico como la actitud corderil que contempla lo abominable para inclinar la cabeza y cerrar los ojos.

    Mucho tiene aún que decir Adorno hoy. Más allá de quienes consideran que la época de la ratio instrumental que enjuició es ahora un juego de niños, las premisas que sustentan el desarrollo tecnológico actual siguen siendo las mismas. El darwinismo social sigue intacto. La persistencia de la barbarie dentro y fuera del sistema educativo se sustenta en el autoritarismo, cuya última justificación para su predominio no apela a la razón sino la fuerza bruta. La tarea está pendiente. Por eso mismo, el pensamiento de Adorno sigue teniendo vigencia. No son pocos los muertos que, como él, gozan de excelente salud.

    El estado como abstracción


    La abstracción de un estado.


    El concepto de Estado ha sido objeto de estudio de la filosofía desde sus propios orígenes. Más aún, se puede afirmar que el propósito mismo de las primeras metafísicas elaboradas por los clásicos tuvo como objetivo central la tematización y problematización de la res pública, es decir, de los asuntos relativos a la vida en sociedad, sus principios y valores, sus diversos modos de organización, sus formas adecuadas e inadecuadas, virtuosas o corruptas. Los manuales de filosofía, aparte de separar la filosofía teorética de la práctica, suelen enfatizar la presencia de un grupo de pensadores a los que catalogan de “presocráticos” –cuando, en realidad, muchos de ellos fueron contemporáneos de Sócrates–, los cuales, fastidiados de ocio frente a las costas del Mediterráneo, echados sobre las blancas arenas, solían mirar el cielo para hacer disquisiciones acerca de los orígenes de la naturaleza. Llevan, en los manuales y diccionarios, el rótulo de “los físicos” o de los “filósofos de la naturaleza”. Ese es el “código de barra” con el que se les ha catalogado durante siglos. Pues bien, cuando esos filósofos se preguntaban por el “arjé”, por el principio de las cosas, o por su “hypokeimenon” su fundamento, nunca excluyeron de sus cavilaciones los asuntos relativos al Estado. El agua de Tales, por ejemplo, no es solo el elemento particular que origina la vida de todas las cosas, sino que es la idea, el punto de partida, de la existencia de las relaciones de intercambio entre los hombres, es decir, la premisa para la existencia de sus relaciones sociales de producción. La humedad de Tales –dice Hegel– es vida y, por eso mismo, Espíritu, actividad humana que de continuo se condensa y se diluye.

    En realidad, los llamados “presocráticos” fueron los primeros filósofos que concibieron la pólis, la ciudad, el centro político, cultural y ciudadano de la sociedad griega, no solo como una parte constitutiva del cosmos, sino más bien como su necesario resultado, su cumplimiento. Aristóteles advierte que una de las maneras de entender la causa primera de las cosas es su lado opuesto: “El fin o el bien, que es la meta de toda generación y de todo movimiento”. El cosmos, ese espejo de los espejos, termina en el Estado y el Estado está hecho a su imagen y semejanza, siendo el más fiel reflejo de su orden y conexión. Se trata nada menos que de la restitución de la armonía del espejo del cosmos. De modo que la pregunta ontológica por el principio, por la causa primera de todas las cosas, encuentra su respuesta de-ontológica en todas las cosas de la ciudad, de la polis. Lo físico se corresponde con lo metafísico y viceversa. Quien no voltea a mirar las estrellas para evitar tropezarse y caer en una zanja es porque no ha logrado comprender que se ha pasado la vida metido en una zanja. Y no son pocos los llamados teóricos del Estado  y de la política –hoy día revestidos de coaches youtubers– que viven en ella, a la que han terminado por convertir en su residencia mental. La Fenomenología de Hegel inicia con el estudio de los modos de conocer y termina, como resultado, con la eticidad. Va del yo al nosotros. Y la Reforma del entendimiento de Spinoza comienza con el tratamiento del bien y termina con la sustancia. Los compartimientos estancos funcionan muy bien entre los cartesianos, los empiristas y los vendedores de helados caseros –especialmente los de “colita”–, apoyados en estos días sobre los hombros de la matrix.

    Que el Estado sea interpretado como una máquina de represión, una suerte de instrumento de dominación y coerción contra las iniciativas privadas, a las que oprime, no es una representación exclusiva de los llamados neoliberales. Lenin, antecesor de la creación de una de las más horrendas maquinarias de represión ciudadana de la historia, la describe exactamente de ese modo. Gracias, especialmente a los vendedores de helado de “colita”, se ha vuelto parte del sentido común el hecho de que los individuos se conciban a sí mismos como entes independientes y ajenos respecto de la “brutalidad” estatal. El Estado es una cosa, ellos son otra. A fin de cuentas, si el Estado consiste en una composición de tres poderes –cuatro, acotaría un chavista trasnochado–, a saber, ejecutivo, legislativo y judicial –el otro es un antro gaseoso e indefinido, en el que se forma una suerte de arcoíris entre las nubes de los costosos zapatos de la confusión y la pésima hermenéutica–, ellos, los individuos, nada tienen que ver con esos asuntos, a menos que sea para padecer las innumerables cuitas que le imponen los operadores de ese artificio de los tormentos. Ante lo cual no caben más alternativas que el temor y la esperanza. Y, repiten, no sin razón, “mientras más pequeño y limitado sea el poder del Estado, ¡mejor!”.

    Desde su creación, el llamado izquierdismo latinoamericano ha sido fiel al estatismo populista. Ha sido y es estatolátrico, como define Gramsci esa suerte de culto divino dentro del cual los individuos se autoconciben como incapaces de valerse por sí mismos, por lo que están convencidos de la necesidad que tienen de delegar en el Estado la resolución de todas sus falencias. A veces se esconde detrás de ciertas expresiones más o menos altisonantes, como la de comunitarismo, para poder ocultar sus vergüenzas. Son estalinistas y, en el fondo, idénticos a los nacional-socialistas y fascistas. Nada tienen que ver con la filosofía de Marx, por cierto, quien consideraba abyecto el predominio de la sociedad política sobre la sociedad civil, lo que tenía que ser superado para dar paso a una sociedad cultivada, productiva, rica, libre, justa y capaz de gobernarse a sí misma. Pero el nombre de Marx terminó en las manos de los bolcheviques para ser deformado y promovido como el ideólogo de la estatolatría soviética. Y sobre los hombros del bolchevismo, el izquierdismo latinoamericano planificó apoderarse del Estado para no soltarlo nunca más. Es el caso de las narco-izquierdas de Cuba, Nicaragua, Bolivia y Venezuela, bajo su figura más siniestra, más retorcida, enferma y terrorífica. La política fusionada con el crimen organizado, el narcotráfico y el terrorismo. Es por eso que los narco-socialistas podrán sentarse a negociar algunas diputaciones, gobernaciones o alcaldías, pero bajo la premisa de que por ningún motivo abandonarán del control del poder del estatal –como alguna vez afirmó el inefable Maduro–: “Más nunca”.

    La representación que se habitúa hacer del Estado como un instrumento exclusivamente represivo y coercitivo, que conculca los derechos individuales es, en realidad, una abstracción. Presupone la pérdida de la idea de organismo viviente, inherente a la res-pública, la separación de la sociedad política y de la sociedad civil como términos ahistóricos, naturalmente antagónicos, extremos e irreconciliables. La verdad es que, históricamente, el individuo creció y se desarrolló dentro del cosmos del Estado, no fuera de él. Es la idea de Estado como república, la adecuación de la sociedad política con la civil lo que cabe restituir para poder superar el instrumentalismo que condena a los individuos a esa idea de máquina que carece de sentido y que conviene superar de una buena vez.

    Por José Rafaél Herrera - @jrherreraucv

    El efecto Burnout.


    A mi buen amigo, Dr. Hugo Navas Farfán,
    por la imperturbable luz en medio de la sombra


    Burnout.



    La esperanza, al igual que la prisa, es simple y ordinaria, para no decir “plebeya”, como alguna vez afirmara Napoleón Bonaparte. Ambas se siembran en la conciencia de las grandes mayorías para generar la ficción de un dominio supremo que genera impotencia, una virtual incapacidad frente a indescifrables fuerzas que rebasan los dominios de la propia voluntad.

    En ambos casos se trata de la manifestación de condiciones im-puestas contra las cuales solo queda adaptarse y resignarse. Mientras la primera de ellas apunta al pasivo deseo que hipoteca su conatus a la espera de lo que se desea obtener, la segunda, a la manera del raudo Aquiles, en desleal competencia contra la tortuga, acelera con fervor el paso hacia la inevitable victoria, sin percatarse de que mientras más cerca se cree del triunfo, más lejos se encuentra. Y es que los tiempos políticos no consisten ni en la pura espera ni en la pura premura, y son, más bien, el resultado de la compenetrada adecuación de lo uno y lo otro. Pero si la adequatio en cuestión no se produce –entre otras cosas, por negligencia o por premeditado des-interés–, entonces las consecuencias pueden llegar a un punto de sopor y agotamiento del que difícilmente se pueda salir.

    Muchas veces, quien comienza enfrentándose a la corriente termina siendo arrastrado por ella. Nietzsche afirma en alguna parte que “quien lucha contra monstruos debe tener cuidado de no terminar siendo un monstruo. Si miras en las profundidades del abismo, el abismo termina mirando en tus profundidades”. Todo parece indicar que la Venezuela dark vive los tiempos del efecto Burnout.

    Según indican los especialistas en el fenómeno, el llamado efecto o síndrome Burnout es un estado de trastorno emocional causado, en los términos de la clínica-terapéutica, por situaciones de un extremado estrés laboral que va llevando al individuo a la progresiva pérdida de su autonomía hasta conducirlo al punto del “ya no puedo más”; pero en los términos de las instancias sociales, hace referencia a las condiciones de vida premeditadamente generadas por un determinado régimen político, que se propone doblegar y someter a la población, conduciéndola a la pérdida absoluta de su autoestima y de su libertad, hasta llevarlo a la postración y la rendición definitivas.

    Recientemente, la psiquiatra y neurofarmacólogo Rebeca Jiménez, en una interesante entrevista, indicó que “al venezolano lo han desmontado emocionalmente como ya lo hicieran con el Estado”. En sentido estricto, la especialista señala que “en poco más de un año, el venezolano ha modificado su estado emocional. De la rabia que desató la convicción de que la crisis le arrebataba su capacidad de administrar sus ingresos y su futuro, pasó ahora a la resignación, al estado Burnout o síndrome de “estar quemado”, generado por el estrés, y que implica cansancio y rendición no solo ante la crisis económica, sino también ante los deteriorados servicios públicos. Un cambio patológico que el gobierno ha causado”. Es evidente que cuando la distinguida psiquiatra se refiere al “gobierno” está pensando en la narcotiranía, es decir, en el cartel que mantiene secuestrados a los venezolanos.

    De un lado, la dirigencia opositora ha insistido –¡y hay que decirlo!– con inaudita e inexplicable superficialidad en centrar sus llamados a la esperanza –porque, según afirman, “el tiempo de Dios es perfecto”– o a la prisa –como en los casos de “la Salida”, el “vamos bien” o el memorable “sí o sí” de la ayuda humanitaria–, en una suerte de apelación ora a fuerzas sobrenaturales o en todo caso foráneas que bien vale la pena sentarse a esperar “para que resuelva”, ora a una premurosa solución instantánea que, de un plumazo, pondrá fin a todo un modo de ser y de pensar que ya lleva veinte años, y que ha logrado traspasar la piel y penetrar los huesos de la anatomía social y cultural del país. Del otro lado, la narcotiranía no escatima esfuerzos –siguiendo al pie de la letra las indicaciones dictadas por los experimentados regímenes ruso y cubano– para propiciar, y hacerle sentir fehacientemente a las grandes mayorías, un sentimiento de agotamiento, de fracaso y de impotencia. En suma, de derrota. Que todo esfuerzo es en vano, que no hay nada por hacer, que no hay escapatoria posible. Y al que no le guste, como ha dicho en repetidas ocasiones Cabello, pues “que se vaya”.


    Lo cierto es que una suerte de racionalidad “malandra” se ha terminado imponiendo muy por encima de los esfuerzos por interpretar, bajo criterios más o menos convencionales, el quehacer político. Los llamados del tipo “paren el mundo que quiero votar” son, dentro de el actual contexto Burnout, voces que claman en el desierto. El “si hubiésemos ido a votaciones les hubiésemos ganado” o “la única salida que nos queda es la negociación electoral” no son, por el momento, más que ejercicios tomados de una vasta bibliografía, sin duda, clásica, que carece por completo de tesitura histórica. Son las obras completas de una realidad que, hasta el presente, no ha sido concretamente escrita. Y conviene recordar que lo concreto no es lo real inmediato, el “esto”, como se suele creer, sino “la síntesis de múltiples determinaciones”, la unidad orgánicamente concebida de la diversidad. Y es que, a pesar de Gadamer, todavía hay quienes insisten en entender y representarse bajo criterios cartesianos o empiristas la difícil coyuntura, sin poder llegar a comprenderla. Los “manuales del usuario” son muy útiles, a la hora de instalar los electrodomésticos. La realidad ha terminado por imponer su cadencia frente a esquemas y metodologizaciones en las que el gran ausente es lo que es, el carácter específico y muy probablemente inédito del presente.

    La pregunta que quizá convenga formularse, a viva voz, es la que recientemente se hiciera el periodista francés Marc Saint-Upéry: “¿Hasta qué punto el umbral de destrucción del país y de masacre en cámara lenta de la población puede resistir un sistema tan perverso y cínico?”. El chantaje biopolítico implementado por el régimen, es decir, el “sobrevives porque yo te doy de comer”, junto al terror más despiadado y brutal, son el único sustento efectivo que ese grupo de criminales, narcotraficantes y terroristas, todavía conserva. Han sabido corromper, saquear y contaminar; han hecho que la anormalidad aparezca como un hecho normal; han transmutado la riqueza del lenguaje en pobreza del espíritu. En fin, han hecho de la miseria su mayor riqueza. Es hora de revertir el efecto Burnout. Pero no se logrará ni alimentando esperanzas, que terminan por aumentar el miedo, ni con ofertas premurosas que, similares a los fuegos artificiales, inundan de luz el instante para, poco después, convocar la densa sombra del desengaño.

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv