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    Adorno hoy

    Adorno y barbarie.


    Hace pocomás de un mes se cumplieron cincuenta años de la muerte de Theodor Wiesengrund Adorno, uno de los más importantes pensadores del siglo XX y, junto con Walter Benjamin, Max Horkheimer y Herbert Marcuse, una de las figuras emblemáticas de la llamada Escuela de Frankfurt, cuya teoría crítica de la sociedad –ese gran proyecto para la comprensión dialéctica e histórica de la cultura contemporánea– aún se sigue desarrollando. Y es que después de aquella primera generación de pensadores que desde 1931 conformaron el Institut für Sozialforschung –o Instituto para las Investigaciones Sociales–, han surgido dos generaciones más, herederas de su valiosa tradición, conducidas de la mano, primero, de Jürgen Habermas y, más recientemente, de Axel Honneth.

    En todo caso, será necesario afirmar que entre todos sus distinguidos miembros Adorno ha sido, y sigue siendo, el más lúcido y profundo, y no pocas veces hasta la densidad abismal, pues si en algo coincide su modo de pensar con el de Heráclito y el de Hegel es, precisamente, en aquello que los identifica: el espesor de su densidad.

    Más allá de “la mezquindad y el rencor” que caracterizan las abstracciones de un Schopenhauer –dice Adorno–, “en el terreno de la gran filosofía, Heráclito y Hegel son los únicos con quienes, de vez en cuando, no se sabe, ni se puede averiguar de forma concluyente, de qué se está hablando, y con los cuales no está garantizada la posibilidad de semejante averiguación”. Lo propio aplica para el autor de la Dialéctica Negativa.

    En uno de sus ensayos, Adorno sostiene que la tarea más urgente de toda educación consiste en superar la barbarie. No obstante, se pregunta si en ella pueda ser cambiado algo decisivo mediante la educación actual, inmersa como está en la ratio instrumental. Como podrá observarse, se trata de la puesta en escena de la contraposición de dos tendencias fundamentales, alrededor de las cuales gira el problema central de la sociedad contemporánea. Dos tendencias que son, en realidad, dos presupuestos sobre los que aún hoy se debate el presente.

    Paradójicamente, en el horizonte problemático de la civilización técnica, altamente desarrollada, los individuos parecen encontrarse ubicados por detrás de su condición civil, y no solo se trata de aquellos que aún no se hayan en sintonía con el avance técnico-científico alcanzado hasta ahora, y que pareciera ser natural para la llamada "millennials generation", sino de quienes, según Adorno, se encuentran “poseídos por una voluntad de agresión primitiva, por un odio primitivo o, como suele decirse, por un impulso destructivo que contribuye a aumentar todavía más el peligro de que toda esta civilización salte por los aires, algo a lo que, por lo demás, ya tiende por sí misma. Impedir esto me parece algo tan urgente que subordinaría a ello los restantes ideales específicos de la educación.

    La cuestión de fondo que aquí pareciera plantearse consiste en si, en efecto, las personas que se consideran equilibradas y normales, moderadas y relativamente ilustradas en todos los sentidos que caben en las pautas de la vida cotidiana, es decir, las personas promedio, ajenas a la agresión e incapaces de cometer actos de barbarie, representan efectivamente un producto deseable para la sociedad actual. O, en otros términos, ¿hasta qué punto puede la voluntad consciente introducir acciones dentro del ámbito educativo capaces de producir o reproducir expresiones propias o constitutivas de la barbarie?

    El humus propicio para el cultivo de la barbarie es la represión, la ausencia de promoción de las motivaciones autonómicas. Por eso, los regímenes que han hecho de la barbarie su “legado” le temen tanto a la autonomía y, antes bien, imponen un modelo de educación “controlada”, sometida a criterios regulatorios, ajenos al desarrollo de las más diversas manifestaciones de la iniciativa individual, en nombre de la autoridad y del poder establecidos. Los programas son cerrados, la inventiva está demás. Ajenos a toda creación espontánea, no existe ni orden ni conexión entre las ideas y las cosas. La memoria y el “caletre” se imponen como los padres putativos, los “tutores”, de las más diversas formas de conocimiento. Y así, lejos de contribuir a transmutar los instintos de agresión en inclinaciones productivas, las tiranías, al imponer sus criterios escolásticos cerrados, formales y represivos, concentran y potencian la agresión barbárica.

    A la lucha contra la barbarie y su consecuente superación se corresponde un momento de indignación suprema, no sobre la base de la memoria sino del recuerdo reconstructivo del decurso histórico de la humanidad, o por lo menos de sus momentos estelares. Se trata de poder conducir los rasgos persistentes de barbarie contra el propio principio de la barbarie, contra la barbarie misma, en lugar de contenerla, evitando que sus potencialidades produzcan una nueva irrupción contra el desarrollo de la civilidad.

    Existe barbarie ahí donde se constata una recaída en la fuerza física, bruta, primitiva, exaltada como símbolo mítico de grandeza revolucionaria, “al servicio de la humanidad”. Aquiles aparece aquí como un niño ingenuo frente al guardia nacional que compite por ser el más destacado torturador, el que mayor cantidad de ciudadanos lleva asesinados o el que más cantidad de civiles ha golpeado y humillado. En su opinión, el instinto de competencia comporta los signos de la barbarie, tanto para el vencedor como para el vencido.

    El vencedor entra en la gloria del Walhalla de la patria, en el sagrado panteón de los “héroes”: se ha hecho merecedor de un bono salarial y una caja extra de alimentos. El vencido concentra sus resentimientos, que se traducen en la duplicación de sus potencialidades barbáricas. La competencia es un instinto y, por eso mismo, es contrario a la educación estética, por lo cual termina ahondando en las representaciones primitivas y en los más diversos modos de infantilismo barbárico. Competir –agrega Adorno– no es el mejor incentivo para el desarrollo de la vida civilizada. Hay que perder la costumbre de utilizar los codos. Los codazos son, sin duda, expresión de barbarie. “Lejos de ser una hermosa máxima, el fair play, hipostasiado y convertido en motivación sin concepto, encierra algo inhumano”, tan inhumano y barbárico como la actitud corderil que contempla lo abominable para inclinar la cabeza y cerrar los ojos.

    Mucho tiene aún que decir Adorno hoy. Más allá de quienes consideran que la época de la ratio instrumental que enjuició es ahora un juego de niños, las premisas que sustentan el desarrollo tecnológico actual siguen siendo las mismas. El darwinismo social sigue intacto. La persistencia de la barbarie dentro y fuera del sistema educativo se sustenta en el autoritarismo, cuya última justificación para su predominio no apela a la razón sino la fuerza bruta. La tarea está pendiente. Por eso mismo, el pensamiento de Adorno sigue teniendo vigencia. No son pocos los muertos que, como él, gozan de excelente salud.

    El estado como abstracción


    La abstracción de un estado.


    El concepto de Estado ha sido objeto de estudio de la filosofía desde sus propios orígenes. Más aún, se puede afirmar que el propósito mismo de las primeras metafísicas elaboradas por los clásicos tuvo como objetivo central la tematización y problematización de la res pública, es decir, de los asuntos relativos a la vida en sociedad, sus principios y valores, sus diversos modos de organización, sus formas adecuadas e inadecuadas, virtuosas o corruptas. Los manuales de filosofía, aparte de separar la filosofía teorética de la práctica, suelen enfatizar la presencia de un grupo de pensadores a los que catalogan de “presocráticos” –cuando, en realidad, muchos de ellos fueron contemporáneos de Sócrates–, los cuales, fastidiados de ocio frente a las costas del Mediterráneo, echados sobre las blancas arenas, solían mirar el cielo para hacer disquisiciones acerca de los orígenes de la naturaleza. Llevan, en los manuales y diccionarios, el rótulo de “los físicos” o de los “filósofos de la naturaleza”. Ese es el “código de barra” con el que se les ha catalogado durante siglos. Pues bien, cuando esos filósofos se preguntaban por el “arjé”, por el principio de las cosas, o por su “hypokeimenon” su fundamento, nunca excluyeron de sus cavilaciones los asuntos relativos al Estado. El agua de Tales, por ejemplo, no es solo el elemento particular que origina la vida de todas las cosas, sino que es la idea, el punto de partida, de la existencia de las relaciones de intercambio entre los hombres, es decir, la premisa para la existencia de sus relaciones sociales de producción. La humedad de Tales –dice Hegel– es vida y, por eso mismo, Espíritu, actividad humana que de continuo se condensa y se diluye.

    En realidad, los llamados “presocráticos” fueron los primeros filósofos que concibieron la pólis, la ciudad, el centro político, cultural y ciudadano de la sociedad griega, no solo como una parte constitutiva del cosmos, sino más bien como su necesario resultado, su cumplimiento. Aristóteles advierte que una de las maneras de entender la causa primera de las cosas es su lado opuesto: “El fin o el bien, que es la meta de toda generación y de todo movimiento”. El cosmos, ese espejo de los espejos, termina en el Estado y el Estado está hecho a su imagen y semejanza, siendo el más fiel reflejo de su orden y conexión. Se trata nada menos que de la restitución de la armonía del espejo del cosmos. De modo que la pregunta ontológica por el principio, por la causa primera de todas las cosas, encuentra su respuesta de-ontológica en todas las cosas de la ciudad, de la polis. Lo físico se corresponde con lo metafísico y viceversa. Quien no voltea a mirar las estrellas para evitar tropezarse y caer en una zanja es porque no ha logrado comprender que se ha pasado la vida metido en una zanja. Y no son pocos los llamados teóricos del Estado  y de la política –hoy día revestidos de coaches youtubers– que viven en ella, a la que han terminado por convertir en su residencia mental. La Fenomenología de Hegel inicia con el estudio de los modos de conocer y termina, como resultado, con la eticidad. Va del yo al nosotros. Y la Reforma del entendimiento de Spinoza comienza con el tratamiento del bien y termina con la sustancia. Los compartimientos estancos funcionan muy bien entre los cartesianos, los empiristas y los vendedores de helados caseros –especialmente los de “colita”–, apoyados en estos días sobre los hombros de la matrix.

    Que el Estado sea interpretado como una máquina de represión, una suerte de instrumento de dominación y coerción contra las iniciativas privadas, a las que oprime, no es una representación exclusiva de los llamados neoliberales. Lenin, antecesor de la creación de una de las más horrendas maquinarias de represión ciudadana de la historia, la describe exactamente de ese modo. Gracias, especialmente a los vendedores de helado de “colita”, se ha vuelto parte del sentido común el hecho de que los individuos se conciban a sí mismos como entes independientes y ajenos respecto de la “brutalidad” estatal. El Estado es una cosa, ellos son otra. A fin de cuentas, si el Estado consiste en una composición de tres poderes –cuatro, acotaría un chavista trasnochado–, a saber, ejecutivo, legislativo y judicial –el otro es un antro gaseoso e indefinido, en el que se forma una suerte de arcoíris entre las nubes de los costosos zapatos de la confusión y la pésima hermenéutica–, ellos, los individuos, nada tienen que ver con esos asuntos, a menos que sea para padecer las innumerables cuitas que le imponen los operadores de ese artificio de los tormentos. Ante lo cual no caben más alternativas que el temor y la esperanza. Y, repiten, no sin razón, “mientras más pequeño y limitado sea el poder del Estado, ¡mejor!”.

    Desde su creación, el llamado izquierdismo latinoamericano ha sido fiel al estatismo populista. Ha sido y es estatolátrico, como define Gramsci esa suerte de culto divino dentro del cual los individuos se autoconciben como incapaces de valerse por sí mismos, por lo que están convencidos de la necesidad que tienen de delegar en el Estado la resolución de todas sus falencias. A veces se esconde detrás de ciertas expresiones más o menos altisonantes, como la de comunitarismo, para poder ocultar sus vergüenzas. Son estalinistas y, en el fondo, idénticos a los nacional-socialistas y fascistas. Nada tienen que ver con la filosofía de Marx, por cierto, quien consideraba abyecto el predominio de la sociedad política sobre la sociedad civil, lo que tenía que ser superado para dar paso a una sociedad cultivada, productiva, rica, libre, justa y capaz de gobernarse a sí misma. Pero el nombre de Marx terminó en las manos de los bolcheviques para ser deformado y promovido como el ideólogo de la estatolatría soviética. Y sobre los hombros del bolchevismo, el izquierdismo latinoamericano planificó apoderarse del Estado para no soltarlo nunca más. Es el caso de las narco-izquierdas de Cuba, Nicaragua, Bolivia y Venezuela, bajo su figura más siniestra, más retorcida, enferma y terrorífica. La política fusionada con el crimen organizado, el narcotráfico y el terrorismo. Es por eso que los narco-socialistas podrán sentarse a negociar algunas diputaciones, gobernaciones o alcaldías, pero bajo la premisa de que por ningún motivo abandonarán del control del poder del estatal –como alguna vez afirmó el inefable Maduro–: “Más nunca”.

    La representación que se habitúa hacer del Estado como un instrumento exclusivamente represivo y coercitivo, que conculca los derechos individuales es, en realidad, una abstracción. Presupone la pérdida de la idea de organismo viviente, inherente a la res-pública, la separación de la sociedad política y de la sociedad civil como términos ahistóricos, naturalmente antagónicos, extremos e irreconciliables. La verdad es que, históricamente, el individuo creció y se desarrolló dentro del cosmos del Estado, no fuera de él. Es la idea de Estado como república, la adecuación de la sociedad política con la civil lo que cabe restituir para poder superar el instrumentalismo que condena a los individuos a esa idea de máquina que carece de sentido y que conviene superar de una buena vez.

    Por José Rafaél Herrera - @jrherreraucv

    El efecto Burnout.


    A mi buen amigo, Dr. Hugo Navas Farfán,
    por la imperturbable luz en medio de la sombra


    Burnout.



    La esperanza, al igual que la prisa, es simple y ordinaria, para no decir “plebeya”, como alguna vez afirmara Napoleón Bonaparte. Ambas se siembran en la conciencia de las grandes mayorías para generar la ficción de un dominio supremo que genera impotencia, una virtual incapacidad frente a indescifrables fuerzas que rebasan los dominios de la propia voluntad.

    En ambos casos se trata de la manifestación de condiciones im-puestas contra las cuales solo queda adaptarse y resignarse. Mientras la primera de ellas apunta al pasivo deseo que hipoteca su conatus a la espera de lo que se desea obtener, la segunda, a la manera del raudo Aquiles, en desleal competencia contra la tortuga, acelera con fervor el paso hacia la inevitable victoria, sin percatarse de que mientras más cerca se cree del triunfo, más lejos se encuentra. Y es que los tiempos políticos no consisten ni en la pura espera ni en la pura premura, y son, más bien, el resultado de la compenetrada adecuación de lo uno y lo otro. Pero si la adequatio en cuestión no se produce –entre otras cosas, por negligencia o por premeditado des-interés–, entonces las consecuencias pueden llegar a un punto de sopor y agotamiento del que difícilmente se pueda salir.

    Muchas veces, quien comienza enfrentándose a la corriente termina siendo arrastrado por ella. Nietzsche afirma en alguna parte que “quien lucha contra monstruos debe tener cuidado de no terminar siendo un monstruo. Si miras en las profundidades del abismo, el abismo termina mirando en tus profundidades”. Todo parece indicar que la Venezuela dark vive los tiempos del efecto Burnout.

    Según indican los especialistas en el fenómeno, el llamado efecto o síndrome Burnout es un estado de trastorno emocional causado, en los términos de la clínica-terapéutica, por situaciones de un extremado estrés laboral que va llevando al individuo a la progresiva pérdida de su autonomía hasta conducirlo al punto del “ya no puedo más”; pero en los términos de las instancias sociales, hace referencia a las condiciones de vida premeditadamente generadas por un determinado régimen político, que se propone doblegar y someter a la población, conduciéndola a la pérdida absoluta de su autoestima y de su libertad, hasta llevarlo a la postración y la rendición definitivas.

    Recientemente, la psiquiatra y neurofarmacólogo Rebeca Jiménez, en una interesante entrevista, indicó que “al venezolano lo han desmontado emocionalmente como ya lo hicieran con el Estado”. En sentido estricto, la especialista señala que “en poco más de un año, el venezolano ha modificado su estado emocional. De la rabia que desató la convicción de que la crisis le arrebataba su capacidad de administrar sus ingresos y su futuro, pasó ahora a la resignación, al estado Burnout o síndrome de “estar quemado”, generado por el estrés, y que implica cansancio y rendición no solo ante la crisis económica, sino también ante los deteriorados servicios públicos. Un cambio patológico que el gobierno ha causado”. Es evidente que cuando la distinguida psiquiatra se refiere al “gobierno” está pensando en la narcotiranía, es decir, en el cartel que mantiene secuestrados a los venezolanos.

    De un lado, la dirigencia opositora ha insistido –¡y hay que decirlo!– con inaudita e inexplicable superficialidad en centrar sus llamados a la esperanza –porque, según afirman, “el tiempo de Dios es perfecto”– o a la prisa –como en los casos de “la Salida”, el “vamos bien” o el memorable “sí o sí” de la ayuda humanitaria–, en una suerte de apelación ora a fuerzas sobrenaturales o en todo caso foráneas que bien vale la pena sentarse a esperar “para que resuelva”, ora a una premurosa solución instantánea que, de un plumazo, pondrá fin a todo un modo de ser y de pensar que ya lleva veinte años, y que ha logrado traspasar la piel y penetrar los huesos de la anatomía social y cultural del país. Del otro lado, la narcotiranía no escatima esfuerzos –siguiendo al pie de la letra las indicaciones dictadas por los experimentados regímenes ruso y cubano– para propiciar, y hacerle sentir fehacientemente a las grandes mayorías, un sentimiento de agotamiento, de fracaso y de impotencia. En suma, de derrota. Que todo esfuerzo es en vano, que no hay nada por hacer, que no hay escapatoria posible. Y al que no le guste, como ha dicho en repetidas ocasiones Cabello, pues “que se vaya”.


    Lo cierto es que una suerte de racionalidad “malandra” se ha terminado imponiendo muy por encima de los esfuerzos por interpretar, bajo criterios más o menos convencionales, el quehacer político. Los llamados del tipo “paren el mundo que quiero votar” son, dentro de el actual contexto Burnout, voces que claman en el desierto. El “si hubiésemos ido a votaciones les hubiésemos ganado” o “la única salida que nos queda es la negociación electoral” no son, por el momento, más que ejercicios tomados de una vasta bibliografía, sin duda, clásica, que carece por completo de tesitura histórica. Son las obras completas de una realidad que, hasta el presente, no ha sido concretamente escrita. Y conviene recordar que lo concreto no es lo real inmediato, el “esto”, como se suele creer, sino “la síntesis de múltiples determinaciones”, la unidad orgánicamente concebida de la diversidad. Y es que, a pesar de Gadamer, todavía hay quienes insisten en entender y representarse bajo criterios cartesianos o empiristas la difícil coyuntura, sin poder llegar a comprenderla. Los “manuales del usuario” son muy útiles, a la hora de instalar los electrodomésticos. La realidad ha terminado por imponer su cadencia frente a esquemas y metodologizaciones en las que el gran ausente es lo que es, el carácter específico y muy probablemente inédito del presente.

    La pregunta que quizá convenga formularse, a viva voz, es la que recientemente se hiciera el periodista francés Marc Saint-Upéry: “¿Hasta qué punto el umbral de destrucción del país y de masacre en cámara lenta de la población puede resistir un sistema tan perverso y cínico?”. El chantaje biopolítico implementado por el régimen, es decir, el “sobrevives porque yo te doy de comer”, junto al terror más despiadado y brutal, son el único sustento efectivo que ese grupo de criminales, narcotraficantes y terroristas, todavía conserva. Han sabido corromper, saquear y contaminar; han hecho que la anormalidad aparezca como un hecho normal; han transmutado la riqueza del lenguaje en pobreza del espíritu. En fin, han hecho de la miseria su mayor riqueza. Es hora de revertir el efecto Burnout. Pero no se logrará ni alimentando esperanzas, que terminan por aumentar el miedo, ni con ofertas premurosas que, similares a los fuegos artificiales, inundan de luz el instante para, poco después, convocar la densa sombra del desengaño.

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    La verdad absoluta en Política

    ¿Verdad o absoluta?


    Dicen que la verdad absoluta no existe, pues he encontrado cuatro verdades absolutas casi axiomas de nuestro tiempo. Y están muy cercanas a nosotros.
    A continuación las verdades absolutas:

    - Nicolás Maduro es un dictador o déspota que ha violado derechos humanos en miles de ocasiones.

    - El último gobierno argentino de los Kikchner estuvo implicado en claros casos de corrupción.

    - El gobierno argentino de Macri ha estado implicado en fuga de divisas que facilitó grandes ganancias a terceros. Y él y algunos de sus familiares han vivido de corrupción similar a la que le acusa a su rival.

    - Estados Unidos viola múltiples derechos humanos en su frontera y también en su cárcel de Guantánamo donde los presos no tienen derecho a un juicio justo.

    Sobre estas verdades no va a faltar quien diga: no, es mentira. Primero hay que fijarse si esa persona no está desinformada o mal informada. Luego si no ha recibido algún tipo de ayuda del sujeto de esa verdad. Por que tal vez en su desesperación esta defendiendo su trabajo o su subsidio. O siente un deuda de gratitud. Por ejemplo el primer gobierno de Chavez ayudó a varios países y más de uno puede sentir una deuda de gratitud que claramente no justifica no condenar lo evidente. Hay organismos independientes de todo tipo que han probado las violaciones a los derechos y además miles de venezolanos y argentinos han emigrado y pueden contarlo en persona. Y sobre lo de Estados Unidos, que podemos agregar a esta altura que no se haya dicho.

    Históricamente no ha habido intelectuales más lúcidos que los de izquierda en cuanto a explicar la injusticia. Nadie ha descrito la explotación y la alienación del trabajo como Marx. Y así muchos de sus seguidores. Pero cuando los izquierdistas actuales llegan al poder no pueden reconocer o condenar a un déspota o dictador como Maduro. Casi todos perdieron la lucidez que los caracterizaba. Y para justificar tal omisión hacen todo un relato hipócrita de que Maduro viola derechos porque está acorralado por Estados Unidos. Un delirio que es el mismo que usaba la ultra derecha golpista para justificar los golpes de estado en América Latina cuando decían que actuaban presionados para no convertir a América en Cuba. Hace poco Bolsonaro dijo que gracias a Pinochet, Chile no era cuba. Espantoso como decir que Maduro actúa obligado por la presión de Estados Unidos cuando hasta hace muy poco tiempo le siguió comprando petróleo y fue uno de los últimos países en llamarlo dictadura.

    Sobre Argentina, siendo uno de los países más ricos en recursos naturales de América Latina va camino a tener un 40% de pobres. No hace falta ser Einstein para darse cuenta que alguien robo y mucho, demasiado. Y si ves los que gobernaron en lo últimos 50 años son siempre los mismos . Y encima hay causas judiciales que apuntan con abultadas pruebas hacia ambos lados. Entiendo que una situación límite como la que vive Argentina te haga tener que elegir entre el menos malo. Se alega de uno y otro lado que no hay nada probado. Un argumento de abogado defensor. De acuerdo pero a estos personajes habría que proveerles un abogado de oficio o voluntario a ver que tan bien los defienden. Es probable que renuncien o que incluso los delaten. Además los que dicen que no hay nada probado son los mismos que acusan al contrario sin ningún tipo de pruebas. Si tu único argumento es que no hay pruebas, todos serian inocentes de casi cualquier tipo de delito por que de hecho un enorme porcentaje de causas son apelables. El argumento jurídico estricto no se sostiene. Y se utiliza para ganar tiempo, mas sabiendo que las causas de corrupción pueden tardar de 5 a 20 años en llegar a una sentencia definitiva. Es una estrategia funcional al poder de turno que es acusado. Se van a buscar los mejores abogados, asociaciones y cuando no países amigos que dirán que eso es relativo porque en sus propios países se cumplen las mismas violaciones que se pretenden desmentir . De nuevo volvemos al punto de ver de quién proviene la defensa del relato o simulacro y qué intereses persigue.

    O mientras no estén probadas o apeladas seguir mirando para otro lado. Pero si lo haces luego no critiques al rival por que hace lo mismo ya que no serás tan distinto a tu rival si también avalas a gente que roba. Una actitud sincera sería decir algo como "dadas la circunstancias tengo que votar o apoyar a un delincuente que creo que es el que robo menos pero nos va a favorecer para nuestros intereses futuros de una república más justa y soberana" y te votará tu madre y tres más. Lo saben, por eso es que tienen que armar semejantes relatos.

    Los gobiernos son eficaces y legítimos si los defienden personas que no hayan recibido nada de los mismos , no si los defienden quienes han sido colocados a cambio de favores de los políticos. Y tampoco vale que lo defiendan los propios políticos que han ocupado cargos durante 4 o 5 años y se bajan meses antes de las elecciones para hacer campaña. Y uno se pregunta ¿Están defendiendo su gobierno y gestión? o ¿Su trabajo como simple remuneración?.

    El problema es cuando el sentimiento te tira hacia un lado: puedes definir muy bien que Trump o Bolsonaro son populistas pero no puedes decir que Maduro es un dictador como si a Maduro le importara a esta altura lo que digan de él. Se han vuelto más realistas que el rey. Los que defienden a estos personajes o gobiernos razonan de la siguiente manera: no importa lo que hagan o sean (si roban, violan , etc) sino si sirven o no a sus intereses. Si son funcionales a sus grandes objetivos que pueden ser lograr más puestos de trabajo o favorecer la clases populares o (aún más lamentable) salvar su propio trabajo. Y el caso de los grandes objetivos, nobles en su enunciado, tienen el inconveniente que ese destino nunca llega y el camino van dejando más daño que el que pretendían solucionar a tal punto que luego de ellos puede venir un gobierno que destruya de un plumazo los escasos logros que han conseguido. Y luego de ver su conveniencia inventaran otro relato como justificativo: Maduro fue elegido democráticamente, no hay causas contra Macri, Estados Unidos ha liberado a muchos presos de Guantánamo , etc.

    Otra variante, esta más "filosófica" es aplicar la teoría del materialismo histórico de Hegel, un delirio importante que consiste, muy básicamente, en ver dos grandes movimientos de la historia: uno progresista o de izquierda y otro conservador o de derecha. Entonces con un simplismo atroz se ubica en un mismo grupo a Maduro y toda la izquierda honesta y en el otro a Bolsonaro y todos los liberales honestos. Y según los hegelianos trasnochados a estos dos movimientos hay que soportarlos hasta que desde su lucha aparezca una síntesis superadora. La cuestión es que en él mientras se violan todo tipo de derechos de uno y otro lado. Y que esa síntesis nunca va a llegar por que esos dos movimientos no existen. Cada uno son la negación de sí mismos cuando cobijan a políticos como los mencionados. La izquierda lúcida y emancipadora se vuelve ciega y no ve lo evidente (Maduro dictador) y los conservadores buscan hacer negocios a base de favores de poder (Macri) , lo más lejano al liberalismo.

    Dentro de esto se encuentra la premisa horrenda que el fin justifica los medios. Es así que funciona: estos son de los míos, entonces los banco en lo que hagan. ¿Y los derechos? La única manera de salir de esa mentira es aceptar realmente la culpa. Difícil de esperar de estos políticos. Y de nuestro lado (gente con pensamiento abierto y crítico) ser cada vez más críticos con las conducciones políticas y ver que dicen organismos independientes como los observatorios de derechos humanos Anmesty International, Human Right Watch, etc, respecto a la realidad de cada país.
    Un mínimo de honestidad intelectual es básico para poder avanzar, sino continuaremos en este vale todo. Y verdades como las anteriores hay muchas, elegí las más actuales, evidentes y grotescas. Entonces cuando te dicen que la verdad absoluta no existe o están en la nubes o no ven la miseria que hay a la vuelta de la esquina o a un clic.

    Artículo de Javier Pereira de Filosofia.lat

    De la narco-tiranía.

    Droga es religión del pueblo


    Al abyecto recuerdo de los espadachines a sueldo

    Cada época histórica tiene sus propias leyes. Las diversas formas en virtud de las cuales la humanidad ha desarrollado sus diferentes modos de vida no son una abstracción, incluso a pesar de que en cada una de ellas puedan haber surgido elementos similares o hasta idénticos a las del resto. El modo de hacer característico de los individuos, siempre está socialmente determinado por su época. Las más diversas actividades y disciplinas a las que se dedican los seres humanos no son formas aisladas, ajenas a su contexto específico, histórico y cultural. De hecho, el considerarlas como formas generalizadas, aisladas de sus circunstancias, es un ejercicio de la imaginación desprovisto de fantasía. Son simples “robinsonadas dieciochescas”, incapaces de expresar, más allá de las pesuposiciones, alguna justificación que convalide la remota posibilidad rousseuniana de sustentar la vida en el primitivo buen salvaje.

    Como afirma Marx en sus Grundrisse -sí, el Marx auténtico, el recientemente citado Ricardo Hausmann, no el manipulado y adulterado por el socialismo oficial, primitivo y parasitario-: “cuanto más lejos nos remontamos en la historia, tanto más aparece el individuo como dependiente y formando parte de un todo mayor: en primer lugar, y de una manera todavía muy enteramente natural, de la familia y de esa familia ampliada que es la tribu; más tarde, de las comunidades en sus distintas formas, resultado del antagonismo y de la fusión de tribus. Solamente al llegar el siglo XVIII, con la “sociedad civil”, las diferentes formas de conexión social aparecen ante el individuo como un simple medio para lograr sus fines privados, como una necesidad exterior. Pero la época que genera este punto de vista, esta idea de individuo aislado, es precisamente aquella en la cual las relaciones sociales (universales, según este punto de vista) han llegado al más alto grado de desarrollo alcanzado hasta el presente. El hombre es, en el sentido más literal, un zoon politikón, no solamente un animal social, sino un animal que sólo puede individualizarse en la sociedad”. Toda forma de producción y de reproducción, representada con independencia de su contexto histórico, “es tan absurda como la idea de la existencia del lenguaje sin individuos que vivan juntos y hablen entre sí”.

     Que toda la vida hayan existido la producción, el mercado y el dinero no significa que la sociedad capitalista haya existido siempre. La creencia en el “siempre ha existido y siempre existirá”, vendida como una realidad inevitable, como un hecho natural, desde los “picapiedra” hasta más allá de los “supersónicos”, es parte de las “robinsonadas” por las que acostumbra inclinarse el entendimento abstracto, su más eficaz promotor. Pero la verdad es que la sociedad capitalista propiamente dicha no existió hasta que, como resultado de un largo proceso histórico en el desarrollo de las fuerzas productivas, motivado por una serie de transformaciones en el régimen de producción y comercialización nunca antes visto hasta entonces, tuvo lugar la llamada “acumulación originaria de capital”. A partir de entonces, dejó de ser una determinación más, entre muchas otras determinaciones sociales, para imponerse históricamente como forma de vida, como modo de ser, hacer y pensar. Y sólo a partir de entonces, cada determinación social se le hizo dependiente, como los astros que giran al rededor del sol.

    El ejemplo del modo como se fue fraguando históricamente la sociedad capitalista, cabe perfectamente para explicar la característica esencial que existe entre el negocio del narco-tráfico en general y la consolidación de la narco-tiranía enquistada en Venezuela. Es verdad que siempre han existido tiranías y que casi todas -por no decir que todas- han sido complacientes con la producción, distribución y comercialización de narcóticos, desde los tiempos imperiales del opio hasta los actuales carteles de la cocaína y sus derivados, desde los grandes despotismos orientales del pasado hasta las dictaduras latinoamericanas del siglo XX. Se sabe, por ejemplo, que Fulgencio Batista se hizo socio de Charles “Lucky” Luciano y que convirtió a Cuba en el cuartel general de una de las más poderosas e influyentes corporaciones de la droga durante el pasado siglo. Se afirma lo propio de las llamadas dictaduras del Cono-Sur y, por supuesto, del papel estelar cumplido por Manuel Antonio Noriega, quien hizo de Panamá un puente de referencia mundial para el tránsito de drogas. Tampoco es un secreto que ciertos gobiernos democráticos de la región, es decir, electos por votación popular, fueron señalados en su momento como cómplices directos del narcotráfico, como en los casos de Colombia, Perú y México. Pero todos estos casos, históricamente comprobables, muestran una diferencia fundamental con respecto a lo que viene sucediendo con la narco-tiranía que mantiene secuestrada a Venezuela.

    En la Venezuela del régimen chavista, el negocio de la droga dejó de ser un negocio más entre otros para imponerse, históricamente, como una forma de vida, un modo de ser, hacer y pensar. Y a partir de entonces, cada determinación social se le ha hecho dependiente, de nuevo, como los astros que giran al rededor del cartel de los soles. Sin proponérselo, Fulgencio Batista fue un maestro para Fidel Castro, pero con una importante distinción: esta vez, no se trataba de obtener ingentes ganancias con el narco-tráfico, sino, además, de utilizarlo como un arma política, preisamente, contra el régimen capitalista mundial mediante la construcción de una red, de un gran cartel internacional, que agrupara a todos los enemigos de la llamada sociedad occidental. Castro, como si se tratara de un partido de futbol, intentó meter el “golazo” una y otra vez, hasta que, convertido ya en un anciano, encontró en Chávez -a quien hizo su discípulo- su “goleador” estelar. El mecanismo empleado fue el Foro de Sao Paulo, el cartel de los carteles. Por primer vez, cultivo, producción, comercialización, distribuición y tráfico fueron ensambladas como una gran cadena de montaje. Por primera vez, la droga se transformaba en el medio para el fin. No se trataba tan solo de un jugoso negocio, sino de la chiave di volta que, “más temprano que tarde” terminaría socavando las bases mismas de la sociedad capitalista moderna, intoxicándola. Así, pues, parafraseándo una popular consigna entre los estudiantes de los años '70 y '80, “entre droga y revolución no hay contradicción”. La política “revolucionaria” y “anti- imperialista” encontró en el narco-tráfico su mejor sustento y su programa de acción. Su teoría y su praxis.

    Muerto Chávez -y más tarde Fidel-, Maduro y Cabello continuaron “el legado”. Y a pesar de los reveses, la narco-tiranía prosigue engañando al mundo. Las capuchas de otros tiempos sirven hoy para encubrir los verdaderos objetivos. Los reales victimarios se muestran ante el mundo como las víctimas. Algunos los perciben con ingenuo candor. Desconocen la “picardía” del Caribe. Otros, simplemente, fingen y esquivan la mirada. Muchos son cómplices. Las cosas se invierten con harta frecuencia. Marx afirmó que la religión es el opio de los pueblos. Hoy por hoy, las drogas son la religión de los pueblos. El bucle ha concrecido y se cierra. Entre tanto, un país, secuestrado y abatido, mengua con los días, mientras la seguridad del mundo libre se ve cada vez más amenazada.

    Por José Rafael Herrera / @Jrherreraucv

    El Cartel

    Cartel de la mafia.


    El significado de la palabra cartel es, en sí mismo, una extraordinaria experiencia para la conciencia histórica, no sólo en virtud de sus prolongadas transformaciones fonéticas sino, además, por la extensión del solapamiento sufrido por su acepción original. Tanto que podría decirse que la historia de la formación del término en cuestión coincide con el carácter habilidoso, casi subterfugio -engañoso -, con el cual se manifiesta en el presente. Y es que la palabra cartel puede transitar desde una lámina que se emplea para informar, instruir o publicitar, un convenio establecido por un grupo de respetables empresas o consorcios que evitan competir entre sí, a objeto de regular un determinado producto en el mercado, hasta, por supuesto, un grupo de mafias u organizaciones criminales que establecen acuerdos o alianzas para obtener jugosas ganancias sin perjudicar los intereses de las diversas “familias” que lo conforman. Según los especialistas, en sus orígenes la expresión fue de uso común entre los latinos. La Charta era un papel escrito mediante el cual dos o más personas establecían comunicación. Pero su traducción al francés se transformó en cartel, mientras que en español se estableció la diferencia entre la carta y el cartel, galicismo que indica aviso público. En alemán se dice Kartell. Y fue en los Estados Unidos, a partir de los años '30 del siglo XX, que las mafias de origen alemán, las cuales se comunicaban entre sí por medio de cartas, terminaron por ser definidas como cartels o carteles.

    Hace pocos días, el reputado periodista Carlos Alberto Montaner expuso “cinco razones” por las cuales, a su juicio, el embargo impuesto por el gobierno de Donald Trump al régimen que usurpa el poder en Venezuela terminará logrando su objetivo principal: “povocar un cambio de régimen y ponerle fin a la narco-dictadura de Nicolás Maduro, aliada a los terroristas islamistas”. Se trata, según Montaner, de una situación muy distinta a la que, lejos de defenestrar al régimen dictatorial de los Castro en Cuba, produjo el efecto inverso: terminó por transformar, ante los ojos del mundo, a los victimarios del pueblo cubano en las víctimas por excelencia del “imperialismo yanki”, manteniéndolos por sesenta años en el poder. La estrategia del gobierno estadounidense sería, en cambio, exitosa en Venezuela. En primer lugar, porque mientras el castrismo no podía comerciar con los Estados Unidos sí podía, en cambio, hacerlo con el resto del planeta. Pero en el caso venezolano la Casa Blanca ha sido enfática: los países o empresas del mundo entero deben elegir: o negocian con la narco-dictadura madurista o negocian con los Estados Unidos. En segundo lugar, el gobierno de USA ha sostenido la autoridad de la legítima Asamblea Nacional y la presidencia interina de Juan Guaidó, procurándole un muy respetable respaldo internacional, a lo cual se suma el control de Citgo. Lo cual no ocurrió en Cuba, y mucho menos después de la reapertura de relaciones con la isla promovida por el gobierno de Barck Obama. En tercer lugar, porque, a diferencia de la imagen de un legendario y carismático Fidel Castro, con quien los más diversos jefes de Estado mundiales aspiraban fotografiarse y poder conversar , la de Maduro es la imagen misma del desprestigio: “Maduro y su 'socialismo ornitológico' (Vargas Llosa dixit) es el hazmereír general”.


    En fin, hay todavía dos razones más. La primera es que Rusia y China terminarán por quitarle el respaldo al régimen de Maduro, ya que la administración Trump les ha ido convenciendo de que el fin de la narco-dictadura y la instauración de un gobierno democrático, ajustado a la constitución, es la mejor garantía para poder saldar en los mejores términos la enorme deuda adquirida con ellos, asumiendo, además, el compromiso de hacer cumplir los acuerdos. Y la última razón: a pesar de la insistencia en declarar que “todas las opciones están sobre la mesa”, la salida escogida por el gobierno de USA para derrocar al régimen de Maduro es mediante un proceso electoral pulcro y transparente, para lo cual se hace indispensable remover a los actuales rectores del CNE, depurar el registro electoral y supervisar el sistema de equipos automatizados y de redes, a fin de evitar un nuevo fraude. Así, pues, sin necesidad de la “caballería”, sin los “desembarcos”, sin “bombardeos quirúrgicos” ni “rayos electro -magnéticos”, es decir, sin que la “insolente planta del invasor” -por cierto, oración de Cipriano Castro, no del Buzz Lightyear de Sabaneta- se hunda en la arena de las playas venezolanas. Estas, en síntesis, las cinco razones argumentadas por Montaner, a quien, no obstante, parece habérsele pasado un detalle que quizá convenga no descuidar.

    Hace ya bastante tiempo que los movimientos de insurgencia y subversión revolucionaria en latinoamérica deslizaron sus banderas desde los viejos dichos socialistas hasta los nuevos hechos empresariales. Al principio parecía un modo de encontrar recursos para proseguir en “la lucha por la liberación nacional y el socialismo”, es decir, un medio para alcanzar el fin final. Pero, como casi siempre ocurre, nel mezzo del cammin, el medio se fue transformando en el fin en sí mismo. Fidel Castro lo comprendió muy bien. Y mientras, tras bambalinas, esgrimía el argumento de que el mejor modo de derrotar al imperialismo era introduciendo el consumo masivo de narcóticos entre sus jóvenes, hasta convertir la población de los países que conforman el así llamado “primer mundo” en auténticos fantoches narco-dependientes, el gran negocio del cultivo, procesamiento, almacenamiento y tráfico de la coca y otras sustancias tóxicas se iba haciendo cada vez más próspero. Detrás de las frases huecas sobre el amor, lo cooperación, la solidaridad y el humanismo, características del izquierdismo latinoamericano, se ocultan los intereses del Foro de Sao Paulo, ese gran cartel de “familias” que han convertido el negocio de la droga en una de las más rentables -si no la más rentable- de las industrias del nuevo milenio. Con ella, las diferencias ideológicas, teológicas o políticas llegan a su fin. Ella hace coincidir lo inconciliable. Más que el petróleo, que el oro o que el coltán, el negocio de la droga se ha convertido en una inagotable fuente de poder, riqueza y sensualidad. Nietzsche decía que “lo que no me mata me fortalece”. Una vea más, se equivocaba: lo que mata a unos fortalece a otros.

    Montaner ha dejado fuera de sus “razones” la razón principal, el punctum dollens en el que economía, política y sociedad parecen encontrarse en un nudo: el narco-régimen venezolano forma parte de un gran cartel internacional con tentáculos estratégicamente apostados en las más diversas regiones del planeta. Por eso mismo, la lucha contra la tiranía venezolana comporta implicaciones mucho mayores -aunque en apariencia invisibles- que un asunto de mera estrategia política. Derrotarlo es asestar un duro golpe al más poderoso de los carteles de la historia. La peste de la narcodependencia es el mejor modo de honrar la escisión de sujeto-objeto. Si, según Marx, la religión es el opio de los pueblos, habrá que decir que el -ya no tan infantil- izquierdismo actual es la cocaína de los pueblos. Más que un razonamiento abstracto, la lucha contra la tiranía que ha secuestrado a Venezuela es la lucha por la reivindicación de la entera humanidad.

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    Del lenguaje

    Cortes del lenguaje por el gran tirano.
    Como cortar el pelo, pero más adentro.

    Los regímenes tiránicos se sustentan sobre el terror, la crueldad y la opresión con el premeditado propósito de mantenerse a toda costa en el poder, para lo cual tienen que someter la protesta hasta doblegarla y transmutarla en servilismo. Pero los siervos siguen pensando, y quienes piensan se convierten en potenciales enemigos de sus intereses. De manera que, cuando una determinada sociedad es arrastrada hasta la condición de servidumbre, las tiranías tienen la necesidad de arrojarla en los brazos de la idiotez. El idiota, por definición, es aquel que no se ocupa de los asuntos públicos sino sólo de sus mezquinos intereses. Por eso mismo, los latinos tradujeron del griego la expresión “idiota” por “ignorante”. Mientras mayor sea la ignorancia de los oprimidos más fácil será para los opresores permanecer indefinidamente en el poder. Y es por esa razón que las tiranías le temen tanto a los medios de comunicación y a los centros de enseñanza, especialmente a las universidades. Por lo cual se ven en la necesidad de controlar los primeros y de acabar con las últimas.

    A mayor pobreza espiritual de un pueblo mayor será su sometimiento. Y el modo más efectivo de someter su espíritu y empobrecerlo es a través del lenguaje. Porque el lenguaje no es, como se supone, un mero instrumento, una simple herremienta de comunicación. El lenguaje es, en realidad, mucho más que un mecanismo comunicativo externo. El lenguaje es el espíritu existente de un pueblo, su ser-ahí, su cultura, su forma de ser, de pensar y de actuar, la conciencia y el sistema de sus representaciones. Es la potencia en la que el espíritu realiza la experiencia de su propia consumación como espíritu. Si se empobrece el lenguaje se empobrece el espíritu y se enriquece la idiotez de quienes, en el mayor y más desgarrador punto de la multiplicidad orgánica de la sociedad, son capaces de autoproclarse como quienes “tamos unidos”. Las tiranías terminan imponiendo su lenguaje raquítico, auténticamente escuálido, palúdico, y, con él, su miserable modo de percibir el mundo.

    Como podrá observarse, el lenguaje no es sólo forma, sino también contenido. Porque quien es capaz de asumirse como el prius unitario de una totalidad entera, siendo apenas una pequeñísima parte de la concreta totalidad del ser social, pone de manifiesto su servil adecuación con la cultura de la miseria auspiciada y propiciada por una determinada tiranía. Y es que, a pesar del saludable beneficio de la duda -que en tales casos es conveniente mantener-, resulta inocultable el hecho de que el siervo ha terminado no sólo por asumir el lenguaje que le es grato a su señor -el tirano-, sino que con ello ha terminado por reconocerlo, precisamente, como su señor. Lo cual los hace, en la práctica, doblemente sospechosos. Nombrar implica reconocer. Ora et labora, dice Hegel, siguiendo las Escrituras. Dar nombre a las cosas comporta en sí mismo un hacer, un ejercer la acción. Por eso mismo, el lenguaje es, de suyo, acto. Sólo se puede reconocer al amo cuando se ha asumido el lenguaje del amo, cuando se le imita -o en el peor de los casos, se le remeda-, es decir, cuando se ha objetivado su lógica y se ha actuado según sus criterios, necesidades y determinaciones.

    Sin lenguaje no hay modo de que se produzca reconocimiento, aunque tal reconocimiento no sea recíproco, es decir, correlativo, justo, sino unilateral, tal como sucede en sociedades sometidas a relaciones de dominio y vasallaje. Porque sin lenguaje no puede haber traspaso, ni del yo al otro ni del otro al nosotros. En consecuencia, sin lenguaje no hay ethos, no hay civilidad. Y a medida que el intercambio es más rico, más amplio y mejor elaborado, la formación social se constituye sobre relaciones sociales más sólidas, más consistentes, estables y ricas. En ese tipo de sociedades lo que se hace coincide con lo que se dice, la producción material se adecúa con la producción espiritual y la sociedad civil con la sociedad política. Son esos los pueblos libres. Todo lo contrario de los pueblos en los que impera la violencia, la injusticia y el enfrentamiento de todos contra todos. En sociedades marcadas por el menester y la impotencia, por la carencia y la lucha por la sobrevivencia, el lenguaje se empobrece cada vez más, sus signos y sus símbolos nada dicen, están marcados por el no reconocimiento. Son formas vaciadas de contenido, en las cuales las relaciones sociales que se establecen están limitadas por las necesidades básicas, primarias, instintivas, por el apetito, la pulsión y el deseo. La confrontación excede los límites de la más mínima cortesía. Los extremos se confunden, se truecan incesantemente. Al final, la vida salvaje reina a sus anchas y la muerte acecha a cada paso. Es la vuelta a la barbarie, propia del estado de naturaleza. El lenguaje se achica, se va haciendo cada vez más limitado, más tosco, más pobre, hasta que se extinge y calla. Ahora todo se reduce a los gritos de un silencio estremecedor, en el que sólo pueden hablar los odios, los golpes, los puñales, las pistolas y las metralletas. Y es así como el silencio -la ausencia de lenguaje- se confunde con el miedo.

    Las heridas que han causado el desgarramiento se profundizan. Los días y las horas se cuentan entre esperanzas y temores. Son heridas hondas, y más que de una lucha por la sobrevivencia, se trata de una lucha a muerte. Los secuestradores no han dejado resquicio a los secuestrados y ya casi les resulta imposible respirar. El odio se torna contra el sí mismo desigual en sí mismo. Un odio que se mira en su propio reflejo purulento, que se percibe abyecto y vil, útil sólo para el otro que lo rodea, lo tortura lo hace morder el polvo de sus vergüenzas, de su mancillada dignidad, en medio del arrebato y la ganga, de la caja de sobras, de la línea muerta, del dinero inútil, de la remesa que no alcanza, del muchacho que se vá, de la doña que muere por desidia, de la casa sin luz y sin agua, de la miseria que se hace lenguaje y del lenguaje que se hace miseria. El que exhibe su poder sabe de su vileza de origen, una vileza que compra para satisfacer el ego de su alma en ruinas, objeto insaciable de su prostitución. No habla ya, no dice, no puede pensar. No es más que un despojo que balbucea el lenguaje de los rufianes, el código de lo predecible, el extraño y hueco ideograma que nada es y nada dice. Son esos los caracteres generales de un tiempo en bucle, las ruinas circulares de la decadencia que ahora toca reconstruir. Porque una vez que se termine este tiempo de salvaje impiedad, después del estallido del bar-bar de las ranas, cuando se apague el humo de la pira y exhalen sus últimos quejidos los victimarios, reaparecerá, otra vez, el lenguaje, sustituyendo la secta criminal por el debate de ideas y valores, la guerra por la política y la violencia por la palabra.

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv