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La eternidad de la nada


Pronto olvidarás todo; pronto te olvidarán a ti. Marco Aurelio.


Asomado al balcón, en casa de mis padres, pensaba en tantas personas como he visto marchar a lo largo de mi vida. Personas que estuvieron presentes, activas, cargadas de sueños y de pesadillas; personas que llenaron el mundo de estampas, escenas que hoy amarillean camino del olvido. Mientras estaban, parecía imposible que un día hubieran de ausentarse para siempre. Ahora que no están, que ya no estarán nunca, parece asombroso que hubiesen estado alguna vez.
Richard Dawkins asegura que, puesto que no existió durante miles de millones de años, no le preocupa dejar de existir otro tanto (siempre me ha parecido sorprendente que hayamos aparecido justo en la mitad del trayecto del Sistema Solar). Es más: “Nosotros, los pocos privilegiados que ganamos la lotería de nacer contra todo pronóstico, ¿cómo osamos lloriquear por nuestro inevitable regreso a ese estado previo del que la inmensa mayoría jamás escapó?” Si a ese privilegio le añadimos tantos otros, concernientes a las circunstancias de nuestra vida frente a las de millones de personas, parece que la muerte resulte una minucia. Y, sin embargo, dado que somos vida y nuestra vocación es la vida, la muerte siempre se nos aparece como una siniestra paradoja. Una paradoja que, además, provoca nuestra rebeldía. Porque no podemos pensar en la muerte con la sangre fría: es un asunto demasiado personal.  

Vuelvo a mis muertos. A veces los evocamos solo desde el angustioso pesar de haberlos perdido para siempre, de que hayan ingresado en esa ausencia que, como dice Comte-Sponville, “durará y durará”. Y, como el protagonista de La habitación verde de Truffaut, que convierte una habitación en el mausoleo obsesivo de su mujer perdida, quisiéramos esforzarnos por mantenerlos vivos construyéndoles un santuario en nuestra memoria, convirtiendo nuestra vida en una remembranza de los que amamos. Sin embargo, también nosotros nos iremos, y ya no estará nuestra memoria para oponerse al tiempo. ¿Quién encenderá entonces la vela de nuestra evocación?
Reflexionando sobre esto se me ocurrió que dejar de estar viene a ser como no haber estado nunca, que al día siguiente de una desaparición el mundo tapia el hueco que ocupaba esa persona y apenas queda un rastro que se va desvaneciendo poco a poco, hasta que al final desaparece del todo. La realidad seguirá su curso, ya para siempre, sin los que se fueron, y eso significa que, para un cierto presente que sucederá algún día, nunca habrán existido. A nuestras espaldas se acumula una multitud innumerable de muertos anónimos, de los que ya nada se sabe, que se perdieron para siempre en la ceniza del pasado. Y entendía un poco mejor ese principio budista de la “impermanencia”: si un día dejaremos de existir, si un día se borrarán por completo todos los rastros que dejamos en el mundo, entonces es como si ya no existiéramos, como si nuestra existencia fuese, ya aquí y ahora, un mero hálito ocasional de la nada eterna. Lo pasmoso, lo desconcertante, no es que habiendo sido dejemos de ser, sino que cuando desaparezcamos será como si no hubiésemos estado nunca.

Hemos de concluir, por consiguiente, que la verdadera característica del ser no es la levedad, como en la novela de Kundera, sino la nada; la eternidad de la nada que es ya un hecho en nuestro futuro. El pasado no existe, ya está perdido y nada lo hará regresar; no tiene consistencia ontológica más que como causa o precedente, pero aunque las cosas guarden en sí mismas la huella de sus causas, ya no son estas, del mismo modo que llevamos los genes de nuestros antepasados, pero no somos ellos: ellos se han desvanecido, la mayoría por completo, puesto que ya no queda nadie para recordarlos. En cuanto al presente, ¿dónde encontrarlo? ¿En qué minuto, en qué segundo, en qué milésima exacta está el presente, esa lámina tan infinitesimal que resulta imposible de aislar? Lo único consistente es el futuro: la infinitud de las posibilidades, la incuestionable seguridad del fin. Heidegger tenía razón: estamos lanzados hacia ese futuro, todo nos conduce a él, nos aguarda en algún cruce de todos los caminos; somos seres para la muerte.
Así que el tiempo, para nosotros, es una vivencia, un fenómeno ante todo psicológico. Para Kant es la intuición en la que se asientan los marcos de nuestras percepciones, esas estructuras a priori que él llamó categorías. Conceptualmente, lo construimos al diferenciar pasado, presente y futuro. Pero no existe la línea objetiva que los distinga: solo hay un flujo incesante que avanza, una marea que empuja, una flecha que se abre paso en una única dirección. Y en esa flecha todo sucede y deja de suceder, todo está y no está, todo relumbra y se apaga. “Dentro de un rato te marcharás por el mismo camino por el que has venido, y será como si nunca hubieses estado aquí, porque aquí ya no quedará nada tuyo”, me dijo más o menos un ermitaño que guardaba el parque de Bigues (un pequeño pueblecito próximo a Barcelona), y al que conocí casualmente yendo de excursión. En aquella ocasión me pareció una idea triste: al fin y al cabo, habíamos compartido un rato de afable charla; me daba pena que ese regalo se perdiera en la nada.

Desde la memoria he evocado a menudo aquel encuentro, y he reflexionado sobre la lección de mi querido ermitaño, al que, en efecto, nunca volví a ver. Acertó: de nuestro encuentro no queda nada real, solo la vaga sombra que acerca de él reconstruye la memoria. Allí ya no queda nada mío, y aquí, en mí, tampoco queda nada suyo, salvo el revoloteo, distraído y bostezante, de los recuerdos.
Y pensarlo ya no me parece tan triste, aunque siga desconcertándome. El viejo refrán tenía razón, una razón literal: no somos nada. O más bien habría que enunciarlo en positivo: somos nada. Una nada eterna que se despliega en el tiempo, que también es nada. Ni la habitación verde ni el santuario que construye Davenne, el personaje de Truffaut, a modo de baluarte, salvará a su mujer (tampoco a él, ni a aquella otra mujer que él perdió la oportunidad de amar) del olvido: todas las velas acabarán por apagarse, porque la luz es la excepción, porque lo eterno es la oscuridad.

Publicado en mi blog Filosofías para vivir 01/02/2019

La nada. Un proyecto incompleto

En este escrito pretendo dilucidar una de las cuestiones que, para Heidegger, se presentaban como de mayor relevancia; a saber, el origen y constitución de la metafísica a partir de una pregunta radical sobre la angustia humana.

No es posible hacer la pregunta "¿qué es la nada?", pues al hacerla ya estamos concibiendo la nada como un ente. La pregunta, por ende, se despoja de su propio objeto. ¿Qué quiere decir esto? Sencillamente, que el objeto se constituye como algo distinto de la pregunta misma. No podemos, pues, elaborar una pregunta genuina sobre el "ser" de la nada.

Al no poderse responder la pregunta a través de una formulación tal “la nada es esto o lo otro”, nos vemos impelidos a abdicar de la soberanía científica para abordar el problema en cuestión. El pensamiento, en esencia, es pensamiento de algo, por lo que intenta evitar, en la medida de lo posible, las contradicciones. La nada, por tanto,  requiere pensar en contra de la esencia misma del pensamiento. La pregunta por la nada, planteada bajo la suprema instancia de la lógica y el entendimiento, es un “problema que se devora a sí mismo”.

Desde esta perspectiva, decimos de la nada que es la negación de la omnitud del ente, es el "no ente". Entonces, bastaría con llegar a la totalidad de lo ente y negarlo para, en última instancia, llegar a la nada. Pero, ¿acaso es la nada un acto del entendimiento? ¿Realmente la negación es anterior a la nada? Parece que,  como sostiene Heidegger,  no es el caso que la nada sea el correlato de la negación; más bien, diríamos que la nada es originaria respecto del no. Y si la negación es un acto específico del entendimiento que depende de la nada, ¿cómo va a decidir el entendimiento acerca del problema de la nada? Aparece aquí un contrasentido.

No aceptamos la imposibilidad de la pregunta, porque cuando se busca algo es porque hay algo que buscar (sabemos que hay algo). Así que, como no podemos hacer patente la nada desde la vía intelectual, optamos por una experiencia radical, por una vía "pática". Heidegger, en concreto, habla de distintos "temples de ánimo" que hacen patente lo ente en su omnitud: la alegría y aburrimiento profundos. Pero nosotros buscamos un pathos que haga presente la nada, directamente y no por una referencia (indirecta) a lo ente. Dicho pathos o temple de ánimo, en el caso del filósofo alemán, es la angustia. La angustia nos hace descubrir la nada, nos pone en contacto con ella. Ésta es sustancialmente distinta del miedo. El miedo es siempre “miedo de”, mientras que la angustia se presenta como indeterminada, como in-definida. La angustia es un estado de ánimo transversal, que afecta a todo lo que hay, que no está  focalizado hacia ningún objeto particular. En la angustia no hay nada que hacer, porque cuando se produce, desaparece el "enemigo" concreto del miedo.

La angustia nos deja “suspensos” mientras lo ente en total se escapa. En ese momento nos hallamos “desazonados”, conmocionados; se trata de un "estar suspensos" en el cual no hay nada a lo que agarrarse. La angustia nos vela las palabras, nos fuerza al ensimismamiento. Así, una vez reducidos a puro existir, el ente en total termina por alejarse de nosotros, y entonces es cuando aparece la nada . Es al mismo tiempo que se aleja el ente en total cuando aparece la nada. De este modo, afirmamos que la nada necesita de ese alejarse el ente en total para poder hacerse patente. En la angustia la nada no atrae, sino que rechaza y oprime. Es el “anonadar” de la nada, donde se nos hace patente un rechazo que nos remite al ente en total que se nos escapa. Este puro existir que es el anonadar de la nada nos permite captar, por primera vez, el ente en cuanto tal, lo real en su mismidad.

Sólo a base de la originaria patencia de la nada puede la existencia del hombre llegar al ente y entrar en él. Ex-sistir significa estar sosteniéndose dentro de la nada. Aquí rompe el filósofo alemán con la dicotomía sujeto-objeto: sólo desde la nada podemos captar los entes en sí mismos. Ahora bien, no podemos estar siempre angustiados (la experiencia de la angustia, que pone de manifiesto la falta de fundamento, sólo es útil una vez que volvemos a estar-en-el-mundo).

Una vez que hemos experimentado la carencia de fundamento se nos revela como "esencial" la idea de que somos proyecto. Estamos constreñidos a hacernos a nosotros mismos, pues no hay fundamento desde el cual se nos done la esencia de nuestro ser. Todo esto no es sino una forma de entender la metafísica como algo que pertenece a la “naturaleza” del hombre, en tanto que ésta parte de la libertad. Con Heidegger, pasamos del ex nihilo nihil fit al ex nihilo ens qua ens fit. Por el mero hecho de existir, ya estamos en la metafísica. 

En palabras del propio Heidegger: “Y la filosofía sólo se pone en movimiento, por una peculiar manera de poner en juego la propia existencia en medio de las posibilidades radicales de la existencia en total. Para esta postura es decisivo: en primer lugar, hacer sitio el ente en total; después, soltar amarras, abandonándonos a la nada, esto es, librándose de los ídolos que todos tenemos y a los cuales tratamos de acogernos subrepticiamente; por último, quedar suspensos para que resuene constantemente la cuestión fundamental de la metafísica, a que nos impele la nada misma: ¿Por qué hay ente y no más bien ?"

La existencia y trascendencia en Heidegger


La existencia y trascendencia en Heidegger.
Es muy común que veamos en el autor alemán cuestiones como iniciación a un tema, lo más significativo es el título de uno de sus cursos ¿Qué es metafísica? a lo que nos vamos a referir aquí para explicar lo relacionado con la trascendencia y la existencia.

Para empezar debemos saber que Heidegger es un autor muy influenciado por muchos otros, en especial Søren Kierkegaard (1813-1855) con su Teología de la crisis donde nos dice que la religión es el drama del hombre y su destino. La exasperación de la trascendencia compromete la relación hombre-Dios que es fundamental ya que sin eso no puede ser una religión verdaderamente. Este existencialismo es un drama del hombre para el hombre pues a él le pertenece la trascendencia, que en el sentido kantiano es a lo que se tiende pero que apenas se alcanza. Según el propio autor alemán, la trascendencia es condición de fundamentación del existir mediante el Dasein; su discípulo Karl Jaspers dirá del mismo concepto que es el ser puro que experimentamos como fundamento del existir, así que ambas posiciones no serán demasiado alejadas. En cualquier caso, aquí lo importante, la existencia está fundada por el Dasein. No hay que olvidar que prácticamente son lo mismo, en Ser y tiempo Heidegger los usa indistintamente en muchas partes de su obra (a veces como Dasein otras como Existenz). La existencia es finita y limitada así que el existir poner lo absoluto fuera de sí para comprenderse a sí mismo ya que la existencia no es absoluta y lo absoluto es el término trascendental con el que la existencia se funda a sí misma. La trascendencia es el único modo por el que la existencia garantiza libertad. Por tanto, el existencialismo plantea las antinomias que llevan a los problemas de religión; las antinomias son el descubrimiento de un plano del ser donde el hombre busca en vano la explicación del misterio del propio ser. Aquí, en definitiva, hallamos la solución al drama del hombre.

El existencialismo descubre la existencia como un momento en sí autónomo, como problema que ahonda en sí y no quiere ayuda. Esto se puede confundir con la experiencia religiosa o la vida moral pero el momento de inquietud pasa, en el arte o en el pensamiento filosófico también. La existencia no es esa forma concreta sino su anterior inquietud, es la vida que no ha sido expresada en ninguna de sus formas. Es la Nada. ¿Qué es? Básicamente lo que impide que lo real se realice, lo negativo que toda forma de ser lleva en sí o el vacío que cada forma de ser lleve llenar, lo que falta, lo que no es. Esa negatividad, ¿cómo está causada? Lo que no puede ser es una forma del espíritu en la distinción de sus formas y lo que corresponde a lo que no es es la forma económica del espíritu. Esta forma es la vida, la existencia que es un drama vivido en la inmediatez de lo que ocurre, es inquietud y angustia que nos lleva a la exaltación del egoísmo, es una continuación sin razón de nuestra vida económica. A todo esto lo llama existencia trivial. Eso es existir en el mundo, una existencia trivial. El mundo es un conjunto de objetos determinados por su manejabilidad (Zuhandenheit) de los que tratamos de huir, nos preocupa más la utilidad de nuestra vida y por eso la existencia se revela en la Sorge o el cuidado. De este modo llegamos a la indecisión: la totalidad del ser parece escaparse y abismarse, por ello nos sentimos más presentes a nosotros mismos. Entonces, se revela la angustia o Angst, ¿por qué ser en vez de no ser? ¿Por qué ser y no más bien nada? Así cerramos esta breve disyuntiva, la existencia trasciende cuando se transforma en interrogante.

YA somos iguales

YA somos iguales.
Este escrito –sintetizado en su título– pretende plantear una réplica común a dos posiciones intelectuales diferenciadas y contrapuestas relacionadas con la conciencia colectiva llevada a sus últimas consecuencias, la conciencia única: Defensa o Combate; Acelerador o Freno; Fomento o Sabotaje.

En la acelerada dinámica –mejor, torbellino– en que nos sume el devenir actual de nuestra existencia, se aprecian determinadas entradas que apuntan a una normalización de la conciencia o identidad, a una esterilización del pensamiento individual en favor de su disolución, como un azucarillo, en una sopa mental común, brebaje único sobre el que los pensadores –ya sean de salón o de pedigree contrastado– no se ponen de acuerdo: para los detractores se ve como el mayor de los males y para sus defensores como la solución a todos nuestros problemas.

Estas entradas son de dos tipos: externas o internas. Entre las externas destacan la globalización imparable –diríase que cuenta con vida propia– y su consecuencia lógica, la multiculturalidad, difícilmente controlable desde una posición individual, más allá del papel de espectador pasivo y sufridor activo. De esta entrada es fiel reflejo la siguiente cuestión, planteada por una buena amiga «virtual», María Diz, cuestión que, aunque limitada al ámbito de la política local, es perfectamente escalable y que, debo reconocer, ha sido el catalizador de este escrito:

«¿En un mundo globalizado hay que perder la identidad individual para diluirse en lo amorfo de los términos como conservador, progresista, derecha, izquierda ...?».

Esta entrada externa –a diferencia de la interna, como veremos más adelante– la podríamos definir como inevitable, como «impuesta por las circunstancias», causada por una nube de hechos que podrían resumirse en dos conceptos: el «progreso» tecnológico y el «regreso» cultural, no necesariamente relacionados. Y sus consecuencias son malas, aceleradamente malas, con un final acusadamente «distópico».

En cambio, la entrada interna es una expectativa, una pretensión, una teoría de imposible verificación, patrocinada por los defensores de la introspección, de la búsqueda del yo –de nuestra identidad– dentro de nosotros mismos, del «conócete a ti mismo» llevado a sus últimas consecuencias, con el pretendido objeto de llegar al conocimiento del Ser absoluto, de la comunión universal con la Verdad, solución, cual bálsamo de Fierabrás, de todos nuestros males. Se podría calificar de una globalización no material, «espiritual» cuyas consecuencias, en contraposición con la entrada externa, son buenas, aceleradamente buenas, pero también, a mi modesto entender, utópicas. Paradójicamente, en esta corriente de pensamiento coinciden creyentes religiosos, agnósticos y ateos, éstos últimos máximos exponentes de inconsistencia intelectual.

En resumen, a esta conciencia colectiva única universal, a esta identidad normalizada, o nos llevamos nosotros mismos –lo que es bueno, bueno– o nos llevan las circunstancias –lo que es malo, malo–. Como vemos, de nuevo enfrentadas Mente y Materia.

Materia

«Polvo eres y en polvo te convertirás» (Génesis, III. 19). Resulta difícil encontrar un texto más antiguo, más físico, menos espiritual y más ajustado al tema de hoy que este proverbio bíblico. Representa una verdad indiscutible subordinada a la única verdad absoluta aplicable a nuestra efímera existencia: la muerte (material, para los creyentes).

Un montón de siglos más tarde, Lawrence Krauss dijo:

"Cada átomo en tu cuerpo vino de una estrella que estalló. Y los átomos de tu mano izquierda probablemente vinieron de una estrella diferente que los de tu mano derecha. Es realmente la cosa más poética que sé de la física: todos somos polvo de estrellas. Tú no podrías estar aquí si estrellas no hubieran estallado, porque los elementos –el carbón, el nitrógeno, el oxígeno, el hierro, todas las cosas que importan para la evolución– no fueron creados al principio del tiempo. Fueron creados en los hornos nucleares de estrellas y la única manera para que terminaran en tu cuerpo es el hecho de que esas estrellas fueron lo suficientemente amables para estallar. Así que olvídense de Jesús. Las estrellas murieron para que pudiéramos estar hoy aquí."(1)

Obvia y notablemente, ambas frases, salvadas las distancias de toda índole, dicen lo mismo: polvo, elementos básicos, átomos, ladrillos, en suma. Ciento dieciocho (118) elementos –átomos– distintos, de los cuales, muchos son artificiales y efímeros. Aproximadamente sesenta átomos (60) se encuentran en el cuerpo humano, de los que cuatro (sí, sólo 4: oxígeno, carbono, hidrógeno y nitrógeno) representan el 96%, mayormente en forma de agua. Por lo tanto, a pesar de las apariencias, cuando te miras al espejo cada mañana, al lavarte la cara, deberías recordar que, en el fondo, eres agua, que estás construido por los mismos cuatro (4) ladrillos que cualquiera y que, consecuentemente, eres prácticamente igual que Charlize Theron(2). Pero podemos coger un martillo y romper un átomo. Electrones, protones y neutrones, tres componentes (sólo 3), fundamentalmente iguales entre sí. Y si queremos ir más allá, con un martillo un tanto especial, un martillo cuántico, nos encontramos con doce (sí, sólo 12) partículas elementales –el electrón es una de ellas–, lo que se conoce como el Modelo Estándar. Doce partículas elementales. Esto es todo. Iguales para todo y para todos.

No creo que exista mayor introspección, mayor profunda mirada a nuestro interior que conocer esta realidad, mayor «conocerte a tí mismo» que este conocimiento. Y esto me lleva a la siguiente conclusión utlitarista: para qué reflexionar, especular, temer o promover la globalidad universal si ya nos fundiremos todos cuando muera el cuerpo. Si ¿nuestras? doce partículas elementales seguirán existiendo recombinadas aquí o allí, en un nuevo cuerpo o en una piedra, cumpliendo este desiderátum de forma automática sin mayor esfuerzo. En definitiva, si «YA somos iguales».

En cambio, mucho más importante es –pienso– reconocer y reflexionar sobre el misterio de la exuberante diversidad generada por la rigurosa igualdad de las exiguas doce partículas, del que destaca, indudablemente, la vida, y dentro de ella, la vida racional, la Mente.

Mente

Empecemos también con una frase, ésta de Erwing Schrödinger, físico cuántico, premio Nobel en 1933:

«La conciencia no se experimenta en plural, sólo en singular. No sólo nadie ha experimentado más de una conciencia, sino que no existe huella de la evidencia circunstancial de que ello haya ocurrido alguna vez en el mundo».

Esta frase, extraída de su recomendable obra "Mente y Materia", nos sirve de percha para argumentar la improbabilidad de la existencia de una conciencia colectiva, la cual, de existir, debería «ser consciente» –valga la redundancia– de su pluralidad. De no ser así, a pesar de ser, hipotéticamente, clónica de Todas, no podría ser calificada de otra forma que de «individual».

Pero no debemos olvidar que la Mente es el conjunto de procesos cerebrales conscientes, inconscientes y procedimentales y que el cerebro es una parte más del cuerpo y que, como tal, en su constitución más íntima, es cualitativamente igual para todo el género humano –excepción hecha de su «musculatura» intelectual, básicamente adquirida(3) y de la degeneración vegetativa–, con sus aproximadamente cien mil millones de neuronas. Y olvidamos también que la Mente, y dentro de ella, los procesos conscientes, el pensamiento, es el último reducto de libertad individual, presente en todas las situaciones humanas, por agresivas y humillantes que éstas sean, y que nada puede ser más alienante que pretender su «normalización», sea con el fin que sea, utópico o distópico, bueno o malo.

Y ya que estamos con la Mente, finalizaremos haciendo uso de ella:

¿Conciencia colectiva? ¿Ser absoluto? ¿Esencia universal? No, gracias. Ya somos iguales. Pero yo soy yo, y a mucha honra.

Por encima de la globalización impuesta (externa) o voluntaria (interna) se sitúa la libertad, la responsabilidad y el mantenimiento de la identidad, en los tres casos, individual. Y la herramienta para estar en este plano superior, para ver la globalidad «mala», la imparable, a la que nos lleva el «progreso», desde arriba y extraer de ella todo lo bueno –que lo tiene–, es la Cultura.
Resulta bochornoso el desconocimiento de la mayoría de las personas de su propio cuerpo y del universo –incluso de su tribu– donde están alojados(4) y las eternas y políticamente sangrientas disquisiciones de la clase dirigente sobre la importancia de una nota de corte o la enseñanza de la religión o el idioma tribal. Si la totalidad(5) del género humano conociera y reconociera su interior, su «yo» más íntimo, el hecho de que todos somos iguales, de que estamos formados por las mismas doce partículas elementales, que somos, fundamentalmente, agua, quizás veríamos al prójimo con otra cara y todo nos iría mejor. Sin necesidad de especulaciones o comuniones místicas o esotéricas(6). Porque «YA somos iguales», pero no lo sabemos. Porque no nos lo enseñan. Y esta igualdad es la responsable de la abrumadora diversidad. De nuestra individualidad. Por lo tanto, libertad, responsabilidad, identidad y ejemplo individual. Y asumir la siguiente cita, porque Todo depende de cada uno de nosotros, aunque algunos seamos más iguales que otros. Por favor:

«Las sociedades siempre topan con los mismos bobos, incluso los elegidos democráticamente, ignorando la máxima de que cuando la clase dirigente se vuelve más tonta que la dirigida nos encaminamos inexorablemente al abismo» (Alfredo Abián, vicedirector de La Vanguardia, ¿Es plana la tierra? 27-06-2013).

Notas:
1 - Se reproduce la frase íntegra perteneciente a una conferencia, fácilmente localizable en YouTube, sobre la Nada como origen y final de Todo, dualidad que no comprendo ni comparto y sin efectuar juicios de valor sobre el rotundo argumento ad hominem. Desprovista de este sesgo, define hechos físicos incontrovertibles.
2 - Mala forma de empezar el día.
3 - Obviamos aquí posibles predisposiciones genéticas, propuestas por Howard Gardner en su teoría de las «siete inteligencias».
4 - Ver concursos televisivos.
5 - Dejémoslo en «mayoría». Por lo de las utopías.
6 - Mi experiencia me permite asegurar que cada vez que le he explicado a un niño, o a un adulto ignorante de este conocimiento, la constitución básica de la materia y del cuerpo humano –los ladrillos fundamentales, comunes para todos–, se le ha abierto mucho la boca y ha tardado, también mucho, en cerrarla. Me consta también que la percepción de su propia existencia y del mundo ha cambiado. En cambio –perdón a quien se sienta aludido, maestro o alumno–, mis intentos de llevar a contertulios y amistades a profundas reflexiones sobre preguntas existenciales tales como ¿quién soy yo?, ¿de dónde vengo? o ¿adónde voy? han despertado, generalmente, un gran desinterés e, incluso, grandes bostezos. Se echa en falta utilitarismo –no materialismo– cultural.

GOD

GOD

Un héroe hace falta y no sabemos mirar dentro de nosotros para encontrarlo.
Hace falta un héroe en nuestras vidas, uno solo, alguien en quien confiar, en quien podamos depositar nuestros secretos, debilidades, miedos íntimos y personales, pero todo falla, nadie parece dar plenas garantías, eso sí, aún duran los amigos de la mano, pero ellos van a y vienen. Nada es eterno, la vida es un ciclo girando sin parar.

Quizá nos equivoquemos buscando en las afueras, en la periferia social, y nuestro amigo fiel vive dentro de nosotros, desde siempre, sin preocuparse por nuestros errores, por nuestras infidelidades, por que él nos da las energías suficientes para salir de la cárcel de alcoba, la de barrotes invisibles. Nuestra propia careta de intereses.

Lo que nos abate y recuerda los golpes, fallos, traiciones. Pero nuestro interior se remueve y nos hace abrir  las puertas del alma, las del corazón, y hablar con mi voz, con sus ganas de gritar en un susurro, en un silencio, en una necesidad tal que nos hace llorar y sufrir a partes iguales. Pedir un abrazo a gritos de silencio, escondidos, apagados, tristes, míseros, sin fuerza, porque no dejamos que respire nuestra alma.

Así que si quieres abrirte al mundo, abre la puerta de tu mente, obedece tus sentimientos y abre las ventanas de tu corazón, los ventrículos y auriculares en un respiro, tan lleno de fuerza, poderes, luz y con los suficientes colores, para hacerte frenar en la revolución, y lanzar un suspiro tan profundo, sincero y cercano, necesario y justo, que llegaran tan lejos que alguien, en las antípodas de la lejanía, los escuche y acuda a ayudarte, y derribarás fronteras, y si todos suspiramos a la vez, el mundo sería único, libre, verdadero, sin barreras.

Sólo empieza a imaginar.

Cree en ti, nada más que en ti, lo demás va y viene, nada es eterno, todo se difumina, opaca y desaparece para siempre, hasta ser evocado en un recuerdo pasajero, firme si eres fuerte, apagado si eres débil, si no oyes las señales de tu alma, de tu interior, de tu corazón, de tu único amigo fiel, entonces, una vez hayas escuchado, ábrele al mundo tus pensamientos, tus gritos de dolor, desesperación, de silencio, de soledad traicionera, de la apagada oscuridad que te rodea, se ilumine con tus colores, con tu luz interior, con tu fuerza para soportar el camino árido, pedregoso, difícil, lleno de oídos sordos, de manos vacías, porque nadie escucha a su interior.

Haz que el mundo te escuche a ti, que el ser humano razone contigo, que se haga justicia con los que murieron con algo que decir, con quienes sufrieron el dolor del silencio de una gran ciudad, llena de ruidos opacos y vacíos de sentimientos y razón.

Solo así podrás escuchar al resto del mundo, escuchando tu interior, solo así el resto del mundo podrá escucharte, y podrá hablar, entonces tendremos algo que decir.
Y habrá alguien que escuche. En el silencio, en la penumbra, en la soledad.