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    Némesis

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    Venganza, Némesis

    Los antiguos griegos tenían el don de transformar hasta las cosas más crueles en un acto de belleza infinita. Es el caso de Némesis. Velada, misteriosa y de intimidantes alas, siempre al acecho y dispuesta a castigar. Ramnusia fue el nombre que los primeros áticos del Ramnonte le atribuyeron a la antigua diosa de la venganza, la igualdad rasante y la ciega fortuna. Siempre, entre sus manos, mantiene firmes una rueda y una espada, instrumentos con los cuales suele poner en práctica sus temerarios y horrendos castigos. Invidia, la llamaron los romanos, mucho antes de los tiempos de la república, desde la formación del Lacio, bajo el reino de Evandro. Es una de las Furias, y forma parte de la primera generación de los dioses, temida incluso por ellos y, paradójicamente, ubicada muy por encima de ellos: la temible celadora del igualitarismo por debajo, se erige a sí misma por encima de todos.

    De hecho, Némesis es la potencia de la denigración de lo encumbrado, el castigo que precipita de su altura a todo lo que alguna vez fue dichoso, para preservar la neutra y sosa igualdad. El castigo contra lo que rebasa la medida. El derecho a ser iguales es, en ella, derecho abstracto y externo, que no llega a hacer del contenido ético el real contenido de la justicia. Perteneciente al círculo de los antiguos dioses, privilegia su relación con las necesidades subordinadas de los hombres, por lo que friza sobre la negación de las capacidades individuales, sobre lo distinto y lo mejor de los individuos. Y si bien es cierto que ya en ella se avisora la preocupación por el derecho y la justicia bajo la forma del odio, la venganza, la violencia y la represión, no menos cierto es que, a pesar de presentarse ante quien considera un impío como el brazo ejecutor del castigo, todavía no logra elevarse a la superior condición del derecho y la civilidad. Las Furias no son las Horas. Némesis no es Diké ni, mucho menos, Iustitia.

    Ha salido de la selva nemea para morir y resucitar muchas veces. Se le ha visto por Andorra, Davos y el Vaticano, aunque predique en contra de la riqueza. Vive entre las cajas de alimentos subsidiados, entre los controles de precios, entre los negocios de las concesiones, entre las ayudas y las dádivas. O en las universidades en las que su personal académico pretende ser igualado con el resto, bajo el genérico rubro de “trabajadoras y trabajadores universitarias”. Vico da cuenta de ella transmutada en león, en su obra mayor: “esta Ciencia, en sus principios, contempla primeramente a Hércules (puesto que toda nación antigua habla de uno que la fundó); y lo contempla en el mayor de sus trabajos, que fue con el que mató al león, el cual, vomitando llamas, incendió la selva nemea, desde donde Hércules, adornado con su piel, fue elevado a las estrellas (el león resulta ser aquí la gran selva antigua de la tierra, a la que Hércules, que debió ser del carácter de los héroes políticos, prendió fuego para hacerla cultivable). Y así, los tiempos de los griegos comenzaron cuando comenzó entre ellos el cultivo de los campos”. El león es un numen, es Caco, el ladrón, quien despedía fuego por la boca por ser hijo de Vulcano. Caco hospeda a Hércules en su cueva, donde podían verse los restos descompuestos de sus víctimas como si fuesen trofeos. El terror, la desesperación y la impotencia rondaban en Lacio. Hércules toma la decisión de enfrentarlo y, antes de acabar definitivamente con su usurpación, usa su fuego para quemar la selva, dando con ello inicio a la cultura. Y es de aquel humano que proviene, asegura Vico, la humanidad.


    Terminar con las miserias de la usurpación, con su mediocre y patético pregón de justicia e igualdad administrada, entendidas como venganza y resentimiento, una y otra vez, sigue siendo la principal tarea del presente. Como afirma Platón, lo bueno no puede encerrar nunca envidia alguna, porque lo divino es contrario a la envidia. En la mezquindad de su inmediatez populista, Némesis procura rebajar y empequeñecer lo grande y lo bueno, pues no soporta lo digno y lo sublime. Su cháchara pretende que se abandone lo mejor del espíritu para entregarse a las pasiones tristes, a los ruines intereses y, por supuesto, a la ignorancia, la vulgaridad y la miseria. Su aparente humildad, su exaltación de la pobreza, es un crimen contra el poder de creación y perseverancia del ser y de la conciencia sociales.


    Es verdad -observa Aristóteles en Metafísica- que sólo Dios posee el privilegio de lo ilimitado, pero es indigno de los hombres no buscar la ciencia. Y “si la envidia fuese la naturaleza propia de lo divino, resultaría que todos los que aspirasen a algo más alto serían unos desgraciados”. Némesis, según relatan los poetas, castiga a todo aquel que trata de descollar por encima de lo corriente. Su función consiste en igualarlo y nivelarlo todo. Pero sólo puede ser un auténtico Dios aquel que honra lo excelente, el esfuerzo, la dedicación, en fin, la voluntad de quienes trabajan pacientemente para ser cada día mejores. No es lo mismo un médico-cirujano, que ha dedicado su vida entera a investigar y especializarse para beneficio de sus pacientes, que un médico-comunitario, al que se le ha engañado, haciéndole creer que posee las mismas capacidades y destrezas del más experimentado de los doctores. O lo que es todavía peor: conspirando irresponsablemente contra los estudios académicos de medicina, con la intención de llevarlos al mismo nivel de los cursos de medicina comunitaria.


    Los pueblos no se desarrollan premiando la mediocridad. Se desarrollan como resultado del trabajo de su espíritu, lo que requiere de mucha constancia, disciplina y sacrificios. El mediocre es ignorante e irresponsable. Su única salida es la venganza a la que llama “justicia”, esa que encuentra en la envidia su móvil para actuar en contra de quienes no han tenido que hacer el menor esfuerzo para poder superarlos con creces. Tienen que igualar por debajo. No soportan ser lo que son, pero nada hacen para vencer sus propias limitaciones. Sólo quedan la trampa, la zancadilla, el fraude o la expropiación para poder contrarrestar el indetenible ímpetu del conocimiento. Su desprecio por la aspiración hacia lo más alto es impotencia devenida rabia. El saqueo y la destrucción sistemática de todo un país que, hasta el presente, resiste, no se deja y no está dispuesto a perderse en el abismo de la cruel barbarie. El delincuente, tarde o temprano, queda al desnudo, es sorprendido en el estiercol de la selva nemea, que amerita ser humada a fin de reiniciar, una vez más, el cultivo. Es tiempo de siembra. Tiempo de griegos.

    Los mitos o la edad de los héroes

    Por JOSÉ RAFAEL HERRERA @jrherreraucv

    A César Miguel Rondón


    Según Platón, la palabra mito tiene su origen en el acto de re-contar –es decir, del volver a contar– eventos o circunstancias que van siendo engrandecidas o magnificadas, transmutando las acciones de los hombres en gestas de dioses, semidioses o héroes. Aristóteles se introduce, aún más que su maestro, en las causas del mito: “Los hombres comienzan a filosofar movidos por el maravillarse; al principio, admirados por fenómenos cotidianos que les resultan sorprendentes, y luego, planteándose problemas mayores. Pero el que se plantea y se admira reconoce su ignorancia. Por eso, el que ama los mitos es, en cierto modo, filósofo, porque el mito se compone de elementos maravillosos”. Con ello, y a diferencia de Platón, quien rechaza los mitos y termina expulsando a los “mitólogos” de su república ideal, Aristóteles encuentra en el mito una doble condición: el mito como cotidianidad, que es vivido y creído, y el mito como punto de partida para una comprensión más honda, más íntima, de los orígenes de la realidad.


    El mito vívido, sentido, experimentado cotidianamente, no requiere demostración para ser creído. Pero su comprensión lo trasciende y requiere del logos. Y es ahí, desde el logos, donde se puede llegar a captar el hecho de que en su seno palpita un componente de verdad. Porque, a pesar de que los mitos están revestidos por la fantasía –la imaginatio spinoziana– y del hecho de que presentan la realidad bajo el signo de lo maravilloso, ellos llegan a expresar, como dice Vico, las formas constitutivas de una genuina concepción del mundo, en este caso, la de la condición primitiva y barbárica de una determinada sociedad. En otros términos, en todo mito prospera ese tipo de percepción de las cosas que Spinoza introduce como el primer peldaño del conocimiento: el de “oídas o por vana experiencia”, en cuya instancia, plagada de suposiciones y prejuicios, no necesariamente todo resulta falsedad, pues en el mito se contiene un imprescindible material histórico-cultural a partir del cual resulta posible llegar a comprender racionalmente el proceso de formación del espíritu de un determinado pueblo. El re-contar, una y otra vez, característico del mito, a medida que es recontado se vuelve más elocuente, más grandi-elocuente, más prosopopéyico, haciendo de lo inanimado algo animado y de lo irracional algo racional. Y es ahí, justamente, donde el propio discurso mitológico llega a tejer su propia ruina.


    Si bien el mito es el discurso propio de los tiempos sin razón, de la barbárica incivilidad y la violencia, una vez que este es sometido ante “el tribunal de la razón” pone de relieve sus inevitables falencias, dando paso al discurso de los tiempos de la civilidad republicana. La grandi-elocuencia del mito revela, entonces, el ocultamiento de su secreto: apartado el objeto en cuestión del gigantesco lente que aumenta sus dimensiones, se descubre su íntima verdad, de la misma forma como quien, al seguir la pista del “conocimiento de oídas o por vana experiencia”, es sorprendido no solo en sus insuficiencias e inconsistencias sino en la causa material sobre la cual ha llegado a construir el valor absolutamente relativo de sus verdades. De ahí que todo mito no pueda ser simplemente desechado, excluido –como pretende el entendimiento reflexivo– del proceso inmanente de la formación de la verdad, porque detrás de sus paneles de yeso y de los efectos de la iluminación de sus neones, se descubre su contracara, aquello no exaltado, la debilidad, la insuficiencia y la impotencia de los que están hechos sus pies de barro. En una expresión: se logra descubrir el ocultamiento de sus miserias.


    En el lienzo de su Venezuela heroica, Eduardo Blanco elevó al Olimpo, con vivos colores, las virtudes de los héroes libertadores. Y, sin duda, algunas verdades pueden ser extraídas de su obra. Porque, como se ha dicho, de los mitos pueden extraerse elementos de valor para la construcción de la verdad. Muy distinto es el escenario de los re-cuentos que han pretendido alterar y manipular la originalidad de los mitos históricos. De estas versiones descontextualizadas, genéricas, carentes de espacio y de tiempo, solo pueden surgir, si no desgracias, vergüenzas. Como señalara Erasmo: “Hay una falsa ralea de pretendidos poetas, que no saben hacer otra cosa que correr tras las huellas de los griegos y los romanos para exaltar sus propias ruindades; quieren la misma forma, el mismo metro; invocan sus dioses y héroes, y no saben emplear otros nombres que los que emplearon los antiguos”. La descontextualización resulta atroz: el bravío corcel deviene metrobús; la batalla por la independencia, una redada contra un grupo de manifestantes desarmados, sometidos, encarcelados y, algunos de ellos, ajusticiados; la toma de una fortaleza enemiga, en la del asalto a un canal de televisión o en la expropiación de una empresa que, “más temprano que tarde”, irá a la quiebra; el sacrificio del “Negro Primero”, en la estafa de un educador carente de educación. En fin, Homero convertido en vendedor de “arañitas”. Los resentimientos de Boves transfigurados en principios supremos, constitucionales, de la carta magna de un país.


    La comprensión del fenómeno mitológico –la transmutación de lo esotérico en exotérico– puede contribuir, sin duda, al esclarecimiento de los presupuestos y creencias que están en las bases de una determinada sociedad, develando los misterios de su legítima autoproyección como materia prima de la verdad, siempre y cuando se preserve su contextualización, sus determinaciones históricas, por más universales e infinitas que estas pretendan ser. El mito es la verdad de las sociedades barbáricas, heroicas, violentas, salvajes, militaristas. No es la verdad completa, sino, apenas, una parte, un aspecto, de la verdad, que conviene ser retrospectivamente estudiada en detalle para poder ser superada en su historicidad. Y solo como motivo de una más nítida elaboración del mundo civil puede llegar a ser conservada por el recuerdo del calvario del espíritu


    Del Minotauro a Quirón

    Del minotauro a Quirón por @jrherreraucv


    “¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?”.

    Jorge Luis Borges, La casa de Asterión.

    “Se requiere con urgencia de un gran líder, de un conductor, de un nuevo padre que nos guíe”, clama la multitud desenfrenada, humillada y anhelante de justicia, juntando sus palmas y apuntando la mirada hacia la bóveda celeste, en medio de la mayor ausencia –la bancarrota, quizá– de las virtudes públicas que en algún momento poseyó (no pocas veces, los segundos en la historia pueden llegar a ser ciclos enteros de la eternidad). En medio de la desesperanza más aterradora, medrosa, y después de haber padecido en carne propia, entre charreteras y espuelas –no siempre uniformadas– un sinfín de “tiranuelos de turno”, de caudillos y villanos, una y otra y otra vez, ¿será posible seguir insistiendo en la exigencia de “uno más”, de otro, del “esta vez sí”? La falla tectónica sobre la cual –desde sus propios comienzos– se construyó la nación, entre las ideas y la fuerza, entre la civilización y la barbarie, sigue ampliando sus márgenes, desde cuyas profundidades abismales brotan gases tóxicos o alucinógenos –da lo mismo– que crean el espectáculo, la ficción, de la llegada de los salvadores de pies alados, sedientos de venganza, en medio de un ricorso al que, gustoso, pareciera haberse habituado el entero ser social, en la misma medida en la cual se va hundiendo en las fauces de sus propias miserias. A fin de cuentas, los hombres, como observa Maquiavelo, no son ni buenos ni malos: son tristes. Pero no hay levante sin poniente.

    Marduk –becerro del Sol–, el ancestral dios-toro babilónico, asentado sobre las puertas de Ishtar con la finalidad de no admitir nada que no fuese “controlado” por él, por su despótica inclinación “natural” a la dominación absoluta y, correlativamente, por la sumisa aceptación de la esclavitud por parte de la muchedumbre, representa la preservación del dominio del Estado –interpretado, al modo oriental, solo como sociedad política–: un Estado opresor, puro y bruto, sustentado sobre el miedo del resto de la sociedad. Marduk fue llevado desde Babilonia a Creta, para ser adorado en los juegos sagrados. Ocultado por el rey Minos de los dioses que exigían su sacrificio, pronto Poseidón cobraría venganza, inspirando en Parsifae, esposa de Minos, un deseo insólito e incontenible por el toro. El resultado del monstruoso incesto fue Asterión, el Minotauro, una grotesca bestia con más fortuna que virtud, con cuerpo de hombre y cabeza de toro. En él, el instinto salvaje, violento, sanguinario, controla el resto del cuerpo.

    Fue la virtud de Teseo, su firme voluntad de cambio, lo que, con la ayuda de Ariadna y de Dédalo –del re-cuerdo y del ingenio– puso fin a los casi veinte años de terror del Minotauro, liberando su patria de la sangrienta tiranía impuesta por Minos y su corte de fámulos. Teseo había vencido los horrores que el despotismo orientalista le había impuesto a su tierra. El joven Teseo había sido debidamente educado por el centauro Quirón, en Tesalia. Hábil con las manos –como lo indica su nombre–, Quirón fue preceptor, músico, actor, cazador, médico, cirujano y teórico de las costumbres griegas. Mitad hombre y mitad bestia, su anatomía, de hecho, es la inversión especular del Minotauro. No tiene rostro de bestia con cuerpo humano, sino rostro humano con cuerpo de bestia. No es la fortuna, el acaso, por encima de la virtud, de la voluntad, sino la virtud por encima de la fortuna. No es la coerción por encima del consenso, sino el consenso por encima de la coerción. No es la sociedad política la que determina la sociedad civil, sino la sociedad civil la que determina la sociedad política. Quirón es, de hecho, la cabal representación del Estado occidental, republicano, propio de las naciones libres, frente al estado oriental, autocrático y militarista.

    En El príncipe, Nicolás Maquiavelo sostiene que existen dos elementos a los que es menester atender: el primero es el de las leyes, el segundo es el de la fuerza. El primero –dice– “es propio del hombre”. El segundo, en cambio, es “propio de las bestias”. Y sin embargo, dado que muchas veces las leyes por sí mismas no son suficientes para defenderse de “los lobos”, “conviene recurrir a la segunda”. Toda república tiene la necesidad de saber usar, en sus justas proporciones y de acuerdo con los requerimientos del momento, esta doble condición. Todo lo cual –concluye el filósofo florentino– ha sido “veladamente enseñado a los príncipes por los antiguos escritores, los cuales describen cómo Aquiles y muchos otros de aquellos antiguos príncipes fueron dados al centauro Quirón para que los nutriese, y para que bajo su disciplina los educase. Lo que no quiere decir otra cosa que tener por preceptor a un medio bestia y medio hombre, cosa que necesita un príncipe para saber usar la una y la otra, porque la una sin la otra no es durable”. Una vez develada, la mitología clásica, muy a pesar de lo que se representa la muchedumbre, se manifiesta en todo su esplendor como fuente inagotable del saber expresada con la más bella plasticidad. Ella es, en efecto, el fundamento de toda la educación estética de la humanidad.

    La libertad, al decir de Spinoza y de Hegel, es la “conciencia de la necesidad”, tanto como la virtud lo es de la fortuna y la subjetividad de la objetividad: “la fortuna demuestra su potencia donde no hay una virtud ordenada para resistirla, y vuelve sus ímpetus allí donde sabe que no se han hecho los diques y los resguardos para detenerla”, afirma, no sin énfasis, Maquiavelo. No se puede vencer lo que no se comprende. Quienes presumen de sus conocimientos de oídas o de su experiencia vaga o, incluso, de sus experticias técnicas –siempre abstractas, siempre mecánicas– para oponerse con ellas al Minotauro opresor, subestimándolo, no llegan a comprender que las ideas no son “mudas pinturas sobre el lienzo”, sino la sustancia misma con base en la cual la voluntad humana logra vencer las fuerzas de la bestia salvaje del poder totalitario. Recordar es reconstruir. Ingeniar es transformar el conocimiento en saber. La virtud se sustenta sobre el recuerdo y el ingenio. Su arrojo es el resultado de la astucia de la zorra más que de la ferocidad del león. Cuando las ideas, claras y distintas, se transforman en un arma de transformación no hay líder ni esperanza ni poder bestial que las detenga.

    Razón y fe en el ser humano.

    Razón y fe.

    En la cima de la montaña por Norberto Martín

    Quizá alguno ha tenido la posibilidad de llegar a la cima de una montaña, y experimentar la magnitud de la naturaleza.
    Es una experiencia que se magnifica si se llegó a la cima, por sus propios medios.
    Sentarse en ella y contemplar todo a su alrededor, nos invita a pensar sobre lo insignificante que es el ser humano ante tanta belleza.



    De esta reflexión pueden surgir expresiones diversas, pero me voy a detener en dos diferentes:
    Algunos: ¡Qué maravilla la naturaleza, su inmensidad! ¡Qué impotente el ser humano ante ella! ¡Esta belleza producto de millones de años de acción caótica!
    Otros: ¡Qué maravilla la obra de Dios, su inmensidad! ¡Qué impotente el ser humano ante ella! ¡Es impresionante pensar que Dios imprimió en el principio lo que llegó a ser hoy el universo!

    ¡UN HECHO, DOS INTERPRETACIONES! (puede haber más)

    Quiero analizar otro hecho:
    Durante la historia de la humanidad, para explicar fenómenos, los seres humanos recurrieron a los mitos, producto del animismo, del cual se fueron constituyendo las distintas religiones.
    La monoteísta surge en Egipto y es trasladada, por los Israelitas, un pueblo de esclavos, a Medio Oriente.
    Este punto geográfico estaba ubicado estratégicamente en el medio del camino del comercio entre las naciones conocidazas en ese momento, desde el Lejano Oriente hasta lo que es ahora Europa y el norte de África. Pasaron los comerciantes trayendo y llevando leyendas, mitos y divinidades.
    Aquí se desarrolló la religión Judía (o Israelita) y dio origen a las religiones Cristiana e Islámica. Que por la misma razón geográfica se dispersaron por todo el mundo.
    A través de la historia, las religiones, fueron progresando a lo que conocemos hoy. (Utiliza el término progreso ya que es el resultado de la acción humana y no evolución que es el resultado de la acción de la naturaleza.
    Hasta aquí el hecho.
    Del mismo pueden surgir muchas interpretaciones, me voy a detener en dos antagónicas.
    “EL HOMBRE HA CREADO A DIOS”
    “DIOS SE VA MANIFESTANDO A LOS HOMBRES A MEDIDA QUE ELLOS PROGRESAN EN SU ENTENDIMIENTO”

    ¡UN HECHO, DOS INTERPRETACIONES!

    Razón y Fe, Fe y Razón, ¿cuál de las dos es la correcta? ¿Cuál de las dos es la que me lleva a la verdad?
    El camino de ambas se asemeja al que conduce a un precipicio, la Razón me indica detenerme, la Fe seguir adelante.
    La Fe ha tratado de demostrar, durante siglos, lo que la razón no puede vislumbrar.
    La Razón ha tratado de demostrar la imposibilidad de los hechos de fe.
    Para el que tiene Fe, por ejemplo todas las demostraciones de la existencia de Dios son válidas, dicho sea de paso lo han hecho Aristóteles, Avicena, Averroes, Anselmo, Agustín, Tomás de Aquino, Theilard de Chardèn (este a partir del concepto de evolución), Descartes, Hegel, Marcel, Kierkegaard, etc.
    Para el que no tiene fe, ninguna es válida, y dicen que es imposible demostrar algo inexistente, Sarte, Marx, Nietzche, etc.
    El problema consiste en el punto de partida de ambas:
    La Fe es expresión de la voluntad, del querer y el resultado es confianza, esperanza (de spes, esperar activamente, espero pero hago todo lo posible para lograrlo; no de spectatio, espera del espectador, me siento a ver que sucede), seguridad, amor y actitud.
    La Razón, expresión de la inteligencia, sigue sus lineamientos, el resultado es el conocimiento, la ciencia, la tecnología, etc.
    Pero en nuestra vida diaria ambas están presentes, confiamos en otros, tenemos fe en ellos, a veces sin razón; esperamos conseguir un trabajo mejor, y nos esforzamos buscándolo; pero también usamos nuestra inteligencia para entender los hechos y nuestra voluntad para comprenderlos (1).
    La voluntad es cálida, la razón fría.
    La voluntad quiere, la razón calcula.
    Ambas se condicionan mutuamente.
    Y quisiera terminar con aquel refrán que dice “El corazón tiene razones que la razón no conoce” y si la adaptamos al texto sería “La voluntad (Fe) tiene razones que la Razón no conoce”.

    1 - Es mas toda nuestra vida está basada en la fe, en la creencia, algunas veces corroboradas y otras sin necesidad. Le creemos a nuestros padres, a los docentes, a los parientes, a nuestros sentidos (Ej. el cielo es azul y este color no es mas que un reflejo de la superficie terrestre), y así podría enumerar infinidad de situaciones en que la creencia tiene la supremacía.

    ¿Por qué es importante la lectura de los clásicos?

    Una amenaza la que encuentra por la intención utilitarista hacia las humanidades.

    En algunos momentos de nuestro quehacer reflexivo sobre determinado aspecto o fenómeno, como aspirante a la filosofía, es imperativo poner el dedo en la llaga, como de manera coloquial se dice; es decir, poner en la mesa del debate temas que resultan para algunos en verdad espinosos. En estos artículos en los que estamos revisando la mitología griega, es necesario provocar.


    En algunos momentos de nuestro quehacer reflexivo sobre determinado aspecto o fenómeno, como aspirante a la filosofía, es imperativo poner el dedo en la llaga, como de manera coloquial se dice; es decir, poner en la mesa del debate temas que resultan para algunos en verdad espinosos. En estos artículos en los que estamos revisando la mitología griega, es necesario provocar.
    El tema que se pone sobre la mesa es el siguiente: la vulnerabilidad pedagógica o curricular por la que están pasando la lectura de los clásicos. Esto es, es necesario, desde mi punto de vista y lugar en un hipotético debate, defender a las humanidades. Entonces, ¿es factible defender las humanidades ante un mundo utilitarista? Eso me propongo.
    Es verdad, no podemos luchar de una manera “quijotesca” sobre molinos de viento que, metafóricamente, resultarían “virtuales”. Vivimos en una sociedad de consumo y, más aún, (en esa necesidad sociológica de delimitar ciertos estadios), contamos son un nuevo ingrediente: la llamada orientación tecnológica en nuestra vida cotidiana y laboral.
    Dicha coyuntura socioeconómica, trastoca, entre otros aspectos, un área que nos interesa: la educación. Aquí se plantean los cimientos de un posible debate: hasta qué grado las políticas públicas están resultando irresponsables cuando proponen reestructurar los planes de estudio afectando el campo de las humanidades. No sólo quitando carreras afines sino materias a otras áreas de estudio.
    ¿Por qué considera uno que esto es un acto de irresponsabilidad, el eliminar aspectos humanísticos en los estudios? Ese es el tema. En mi oportunidad de proponer un argumento en este texto, es que no sólo es por la razón de conocer y/o dominar cierto fenómeno de estudio y desarrollar un campo de investigación o acción, sino porque esos conocimientos permiten pensar.

    La lectura de ciertos clásicos, por ejemplo, le permite a uno desarrollar un diálogo intelectual que sin duda será resultante de nuevas ideas, supone uno, cada vez mejor planteadas. Por esa razón genuina y expansiva en el eco reflexivo es que resulta inaudito evitar las lecturas de los clásicos, esa es su riqueza. 

    La transformación mitológica.

    Mitos modernos.

    Mitos y leyendas del mundo ideal.

    Los mitos se dicen que existían antiguamente pero no hoy, en cambio con el reciente fallecimiento del filósofo Gustavo Bueno se ha vuelto un tema muy actual, el filósofo que agrandó su fama por crear un sistema capaz de desentrañar el mito, creó esa maquinaria a la que llamó materialismo filosófico que permite averiguar que planos conceptuales atraviesan una organización de saberes, y cuales organizaciones de saberes no están atravesadas por conceptos suficientes, y por tanto son "sin-saberes", estos últimos, son mitos



    Decía el escritor riojano que la cultura es el gran mito de nuestro tiempo, que no existe tal cosa como una cultura, y que esta solo es un escombro medieval de lo que antes se denominaba "la gracia de Dios", y era la razón por la cual los hombres se unían en pequeños pueblos para convivir bajo la mirada del cura, que atraía la susodicha gracia a todos los hombres que en el pueblo vivían. Sostiene Bueno, que esta organización cultural es el mito de nuestro tiempo, y que creer que nuestra cultura nos ayudará en algo a las personas que de ella nacemos es igual a creer que Dios es un señor con bigote que manda como Neptuno sobre las aguas, en los hombres y todas las cosas.

    Dígase que Bueno dejó claro, en su libro "El mito de la cultura" que no sería fácil librarse de este mito, y que en el mejor de los casos no pasarían menos de quinientos años hasta dejarlo como el polvo bajo nuestros zapatos, mientras, bien podemos darle un repaso a los grandes mitos de la humanidad desde que la conocemos.

    Siendo el primer rompedor del mito, Parménides, el filósofo griego nacido en el año 530 a.c, expuso a través de la vía de la verdad un concepto para romper los mitos de su tiempo, este era el concepto de "ser" o "ente", una substancia ajena a la generación y la corrupción, con la que niega la posibilidad de que pueda existir la nada, y afirma que el "ser" es una cosa indestructible y perfecta, ademas de ser una cosa inmóvil y por tanto sin voluntad. A todo esto, este concepto de ser o ente de Parménides surge del conflicto que habían consolidado las diferentes especulaciones filosóficas en torno a los Dioses singulares de la existencia, ligados estos a los cuatro elementos y a las opiniones sobre estos de los mortales, por tanto, que exista un ser es la prueba de la verdad, y el fin del mito de los Dioses del Olympo. Y posibilita poder decidir por si mismos y por otros hombres, en favor de la democracia directa que impera en Grecia.

    Quizá el segundo gran rompedor del mito sea Jesús de Nazaret, nació este en una de las épocas más convulsas de la humanidad, y por supuesto su nacimiento fue el que marca la linea del tiempo occidental, así nació en el minuto cero, del mes cero en el año cero, en su tiempo y ciudad las leyes Judaicas eran la ley del estado, gobernado por el imperio romano - conquistado recientemente - que aceptaba en mayor medida que otros imperios las religiones y percepciones de los pueblos que conquistaban (pues los romanos eran estoicos y la religión de cada uno - como Marco Aurelio - era una doctrina privada e individual). En cualquier caso la población más necesitada de su tiempo no tenía que comer ni que vestir, no era de extrañar que doscientos años antes pasase por allí Alejandro Magno, que fue el último griego que conquistó y explicó el mundo desde la perspectiva de la verdad del hombre (heredero de Parménides, Socrates, Platón y Aristóteles) y mientras, esa tierra no había padecido sino de guerras y hambrunas, para que ya en el tiempo de Jesús fuera muy común encontrar a los más desfavorecidos contagiados de innumerables brotes psicóticos, en estados que hoy en día no seríamos capaces de contrastar, y que como los neurólogos de hoy aceptan, podrían entrar en estados de inmovilización muy cercanos a la muerte por una irritación de los núcleos y la corteza de las vías dopaminérgicas y norepinefrínicas - las principalmente afectadas por ataques psicóticos continuados -  sumado al hecho de que cada individuo creía en cosas totalmente anárquicas con las de sus cohabitantes, unos en dioses de cada elemento, otros en demonios surgidos de las imaginaciones de sufrientes de aquí y de allá, y los más aventajados, los pertenecientes a las capas más altas de la sociedad, creían en un solo Dios - concepto muy novedoso en esta época - que era producto del saber difuminado de los Griegos desde Parménides a Aristóteles.

    Siendo los Neoplatónicos y los judíos solo dos pueblos de los tantos que organizaron los saberes antiguos en la forma de un solo Dios, estos aceptaban la capacidad del ser de Parménides, pero no la voluntad humana de los griegos de entonces. La labor anti mitológica de Jesús se hizo a través del milagro (no es de extrañar que el el tiempo donde el hombre es una marioneta de los dioses, quien utilizando su poder salve a otros hombres, es profeta y poseedor de la verdad aunque no pueda explicarla) que era entonces la única forma de contrastación de las hipótesis, y en este caso, los moribundos psicóticos, inmersos en mundos anárquicos y demoníacos, y con irritaciones neuronales y brotes psicóticos continuados, alcanzaban cierta lucidez tras escuchar la visión del mundo que Jesús les traía, que era una visión del mundo benigna, alegre y contemplativa, y estos curaban, o resucitaban según la gravedad. De esta forma Jesús rompió los mitos de su tiempo, y creó y compartió una realidad del mundo suficiente para aliviar la carga mitológica (su doctrina también era revolucionaria del orden social, pero eso ya es otro tema que se tratará en otro momento).

    Otro espacio para el rompimiento del mito, fue en realidad romper el mito del Dios monoteísta a través de su nacimiento en los profetas del siglo cero en adelante, que a su vez tenía su origen en la organización de los Griegos; el primer filósofo que desdibujo este mito fue Averroes al que posteriormente siguió Spinoza, en la misma linea argumental, que en su libro "Ética demostrada según el orden geométrico" demuestra por el método deductivo more gemométrico que la razón Griega es externa a la metafísica, y que lo comunmente denominado Dios es una herramienta racional para uso de los hombres en su beneficio cognoscitivo. El libro de Spinoza es un museo de las creencias delirantes que se siguieron de determinados enunciados, haciendo caso a los afectos de los hombres más que a los conceptos, creándose así mitos que volvían a la realidad de estos muy vaga e irreal. Por supuesto no fue entendido en su tiempo, incluso tampoco es entendido hoy para algunos religiosos modernos.

    La misma historia mitológica, pero de una duración exprés y moderna, surge en el momento en que Fichte y Hegel rompen el mito de la realidad como causa de un ente indefinible, y lo definen como realidad compartida de los hombres entre sí, es decir, de la cultura de los hombres para sí mismos, crean un clima de dominio del hombre sobre la naturaleza que acaba por volverse mito, y posteriormente son Nietzsche y Deleuze quienes rompen el último mito creado de aceptar la sociedad los planteamientos de Hegel, y las generalidades de la filosofía europea occidental. Este mito último es muy cercano y conocido, es característico en el mito conseguir una cultura grupal cerrada y perfecta, creada por hombres que se hacen más perfectos conforme esta cultura del hombre los agranda, llegado un punto que, unas ideas delirantes atrapan más a unos grupos culturales que a otros, y entonces son unos los que abogan por ir hacía la perfección del grupo, y los otros, hacia la perfección de los individuos (esta historia reciente es la de las dos guerras mundiales de nuestro planeta), los dos grupos son absorbidos por ideas delirantes contrarias, y los pensamientos se encapsulan y se vuelven ideales en un sentido mitológico y religioso. Entonces Deleuze hace múltiples las diferencias ontológicas que Heidegger defendió años antes - cuando fue elegido rector de la universidad de Berlín por Hitler - y expresa que la diferenciación del ser del mismo ente - se diferencia del hombre como objeto o de la cosa como objeto frente a eso en "sí" -  no es una cosa posible, pues nada existe sin producirse un cambio conceptual, y todo cuanto podemos dar existencia - para Deleuze - es solo por causa de los cambios sufridos por comparar a los conceptos - los objetos o entes - entre sí. He aquí al último gran rompedor de mitos, Deleuze, quién rompió el mito del ser en Heidegger y del "yo" en Freud, hay que caer en el problema de su tiempo, que es un tiempo muy próximo al nuestro, un tiempo en el que los individuos estaban cegados por un "ser" que si acaso solo los grandes pensadores estaban preparados para ver, y los hacia enfrentarse unos a otros, mientras, la novela del siglo XX evidenciaba el juego de lo múltiple, de los afectos, sentimientos, diferenciaciones conceptuales múltiples, y la industria comenzaba a produccir objetos diferenciados, en palabras de Heidegger: "entes cada vez más oscuros en su ser", estos son los distintos objetos construidos de formas y colores diferentes. Como se ve, el mito del ser único de un siglo atrás, ahora se ve claro, pero, ¿cuál será el mito de nuestro tiempo?

    Gustavo Bueno expone como se dijo arriba, que el mito de nuestro tiempo es el mito de la cultura, que aún - y según él por varios siglos más - prevalece en la imaginación de los individuos desde la idealización de Hegel y Fichte, para conocer más a fondo su tesis solo hay que leer su libro "el mito de la cultura". Pero, quizá sea posible dar una definición de mito, que para mí es la siguiente:

    Un mito es una organización imaginada real que incapacita a un cuerpo humano en alguna de las partes extensas e intensas que este contiene, para reorganizar las experiencias e ideas en un nuevo orden más preciso para la comunicación actual.

    De aquí se sigue que todo lo que digamos puede convertirse en mito, igual que ya pasó con los grandes rompe mitos de la historia, y por tanto, es obvia la imposibilidad de la muerte de la filosofía, y más aún, de la literatura filosófica. Pues si los mitos no se rompen, ¿donde llegarán las ideas delirantes en un mundo globalizado?.